domingo, 13 de mayo de 2012

'PLAYING CARDS 1: SPADES'. Puzle intermitente

CRÍTICA DE TEATRO

'Playing cards 1: Spades' ('Juego de cartas 1: Picas')
Compañía: Ex Machina / Robert Lepage
Autor: Creación colectiva
Dirección: Robert Lepage
Escenario: Teatro Circo Price. Madrid, 12 de mayo de 2012


La visita que más se repite en el Festival de Otoño –ahora llamado de Otoño en Primavera-  ya ha llegado y con ella todo su despliegue de fanfarria y promesas sobre la nueva creación del genio de Quebec. Robert Lepage dio con su formula hace ya muchos años, y lo  que en un principio resultó novedoso por integrar unos textos comprometidos –y muy bien elaborados- con una concepción del espectáculo como arte completo –y que a su vez ha influido tantísimo en las nuevas corrientes  teatrales europeas-  ha involucionado en una apuesta visual que está muy por encima de una dramaturgia que hilvana pedazos de vidas que viajan hacia ninguna parte.

La primera parte de la tetralogía ‘Playing cards 1: Spades’ es un mejunje pretencioso que dura tres horas y que consigue mantenerse gracias a una puesta en escena notable y a unos actores entregados –todos son impresionantes- que se socorren los unos a los otros ensamblando palabras que son meros acompañantes del aspecto visual. Se supone que Lepage en compañía de sus actores elaboran –creación conjunta- aspectos de la guerra mezclados con diferentes vaivenes en la ciudad del juego, Las Vegas - no falta Elvis y una boda-, pero todo es demasiado desigual. Este proyecto encaja muy bien en el espacio del Circo Price, no faltan recreaciones del desierto, habitaciones de  hotel, casinos, campos de batalla… todo se hace con una sincronía perfecta y ese aparente espacio desnudo va permutando con orden y concierto. El problema –y grave- es el que unas historias acompañan más que otras, que se quedan reducidas a meras comparsas que rellenan el tiempo o funcionan como ingeniosas transiciones, pero no van más allá. Esto produce cierta tristeza por ese esfuerzo titánico del grupo actoral y técnico, pero Lepage parece luchar por metamorfosearse en una pequeña caricatura de ese pasado que permanece en la memoria del público. No faltan tormentos, tentaciones, alcohol, bailes, crímenes, chamanes, viajes espirituales… pero claro, formando más parte de esa opción estética que de un texto que se difumina tras la conclusión de la obra.

Lepage tiene un talento más que notable, pero se le debe pedir más, no basta con las buenas intenciones de intentar reflejar la situación multicultural del mundo basada en tópicos, Quizá es el momento para precisar una dramaturgia más seria, coherente y determinante que acompañe a la perfecta puesta en escena: aún quedan tres obras para cerrar la tetralogía, o lo que es lo mismo: hay tiempo para remontar el vuelo.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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