viernes, 24 de enero de 2014

'EL FUTURO'. Bailad, malditos, bailad


CRÍTICA DE CINE 

'El futuro' (Luis López Carrasco. España, 2013. 67 minutos)

Muerto el perro no murió la rabia. Se transformó para sobrevivir, menos mortal y menos escandalosa en sus efectos.  Pero ahí siguió, como en Orán en ‘La peste’ de Camus, dónde una vez desaparecidos los bubones y las montañas de cadáveres, todo se mantuvo igual que antes.

Pero menuda fiesta para celebrar el final de los entierros en masa. Qué euforia para celebrar la liberación cultural. Ya se podía comprar música punk y teñirse el pelo de colores raros. El 23-F había fracasado (o no), los socialistas habían ganado las elecciones del 82 (año en el que, en apariencia, comienza ‘El futuro’) con su lema “hay que cambiar” y sonaban esa canciones que animaban a abrir las ventanas para airear el país. Después vinieron la OTAN, la reconversión, la reforma laboral, el AVE y los Juegos Olímpicos, una larga fiesta para tantos.

Y eso es ‘El futuro’, el relato de aquella fiesta en Madrid durante los años 80, inocua para las estructuras. Supuso un gran avance en costumbres y moral, algo que este país anquilosado necesitaba (pero nada que no se hubiera dado unos años antes en otras ciudades y con otra intención), pero fue incapaz de articular, con toda esa energía creativa, ningún proyecto transformador. Una fiesta que, como la orquesta del Titanic, celebraba un hundimiento, la derrota de una explosividad política y social, asociativa y creativa que se había gestado en la década anterior, la victoria del discurso en rosa de Victoria Prego sobre la transición, esa que se escribe con mayúsculas.

Luis López Carrasco suma su voz a esta revisión, que no revisionismo, sobre el mito de la feliz Cultura de la Transición. Para ello presenta una película en la que experimenta con el lenguaje fílmico, en la que el qué se dice se ve reforzado por el cómo mediante un punto de vista innovador y necesario. Quizá se le puede acusar de ser una película de festival, que lo es, pero está muy alejada de ese elitismo que tal crítica conlleva, puesto que no observa ni cuenta desde ese púlpito. Al contrario, aunque a más de uno se le atragantará, siempre ha sido preferible el arte político de Rodchenko o los dadaístas.

Se le puede reprochar el abuso de cierto esteticismo, de algún plano desesperantemente largo o incluso de intentar abarcar más de lo que al final cuenta (ya está dicho), defectos que para nada lastran el discurso, político y estético y el objetivo de esta propuesta arriesgada y audaz. Porque arriesgado es presentar de esta manera una película de desastres como las de antes. Esas que empezaban con un presente esperanzador y una fe en el futuro, mientras se iban presentando los personajes uno a uno, todos felices, pero sin que supieran que el desastre ya estaba incubado: unos pagarán la fiesta y otros se harán ricos.

Una casa en Madrid, música a todo volumen, conversaciones que no paran y que escuchamos a fragmentos, de una a otra, y no todo lo que se dice. Las imágenes saltan de un sitio a otro. El espectador tiene la sensación de estar viendo una grabación de Súper 8 encontrada al azar, de estar observando algo de lo que no era destinatario, lo que algún asistente a esa fiesta recogió y en algún momento olvidó. Sensación que aumenta gracias al gran trabajo de sonido y de tratamiento de la imagen. Las conversaciones apenas se escuchan, solo aquellos fragmentos que el director quiere. Después de todo en aquella época todo el mundo tenía mucho que decir  tras tantos años callados, pero solo a algunos se les dio la oportunidad de ser escuchados.

Igual pasa con las letras de las canciones, la mayoría pertenecientes a grupos que apenas grabaron una maqueta. Las oímos a trozos, repetidas, con saltos. Letras que, aunque tengan un toque de frivolidad, contienen un poso de premonición y van sirviendo como una especie de hilo narrativo.

Los personajes bailan, beben, se drogan, todo hasta el exceso, en busca de una forma de vida más espontánea, de espacios de libertad. Todo parece nuevo, pero se encierran en una casa, esas mismas casas que guardan las fotos familiares con brazos en alto (la peste sigue ahí), y hablan sobre ETA debajo de una mesa, confían su futuro al horóscopo y en que alguna vez se vayan los ‘marines’ de las bases, todo ello con unos actores que aportan frescura y espontaneidad en todo momento.

Conversaciones al azar que solo pueden hablar del presente, el suyo y el nuestro, pues el director juega con ese doble tiempo a través de unos acertados anacronismos. Únicamente el presente, pues entonces no querían saber nada de su pasado, las fotos al cajón, mientras que el futuro se aplaza por hedonismo y acomodamiento y queda, en el mejor de los casos, en el olvido o diluido en cucharillas y otras tragedias.

De ahí entonces que los saltos de imagen, la repetición de escenas, la aparente falta de guión al uso y de tramas y conflictos (que existen) sean también el propio mensaje. Es imposible mantener el relato que nos habían contado, las certezas de un pasado edulcorado y un futuro que se muestra imposible, por lo que es necesario desmontar esa narración. Negar de dónde se viene y hacia dónde se va es una opción política coherente como denuncia, enseñar, en un primer paso, sus fragmentos, sus pedazos, y saber que aquel aire fresco que prometían se convirtió en aires acondicionados en casas de hormigón y ventanas cerradas.

BENJAMÍN JIMÉNEZ

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