miércoles, 12 de febrero de 2014

'LA VENUS DE LAS PIELES. De semejanzas, pasiones y apariencias



CRÍTICA DE CINE

'La Venus de las pieles' (Roman Polanski. Francia, 2013. 96 minutos)

A Elena Amor

El romance envenenado que mantiene con el teatro Roman Polanski tiene todos los avances y deterioros pasionales que posee cualquier relación furtiva o estable. Su última adaptación fue la exagerada y flojísima hasta extremos impropios del director ‘Un Dios salvaje’, sobre la sobrevalorada obra de Yasmina Reza. Ahora parece haberse quitado la espina y ha encontrado un texto a su medida. ‘La Venus de las pieles’ del dramaturgo David Ives, que firma el guion junto a Polanski, parece dar cabida a todos esos sugerentes ingredientes que el director abraza hasta la extenuación. Puestos a jugar, el propio Polanski lo hace de un modo directo, no escatima en el divertimento y escoge como protagonista a su mujer,  Emmanuelle Seigner y al excelente Mathieu Amaric. ¿Existe alguien que se pueda parecer más físicamente a él? Simplemente ese hecho dará que hablar, y sino que le pregunten a Ingmar Bergman acerca de la elección de Liv Ullman como protagonista de ‘Secretos de un matrimonio’.

Bajo la prolífica estratagema  pirandelliana de teatro dentro del teatro, ‘La Venus de las pieles’ es un texto solido que atraviesa  fases emotivas muy bien armadas. Todo se realiza desde la incógnita, la osadía, el deseo, el anhelo y cierta esperanza. El entramado de la actriz aparentemente hortera y sin talento, del adaptador/director con ego, el texto como trasfondo de Leopold von Sacher-Masoch y el deseo por lo prohibido se funden en una película inquietante, divertida y sugerente.

El trabajo interpretativo es altamente eficaz. La mesura, el desenfreno, la seducción y el que sus personajes jueguen a ser  actores va dotando a la película de ese halo misterioso que deja muy patente que Polanski ha regresado a su mejor estado de forma. Parece haber comprendido a las mil maravillas el texto de Ives y consigue dotar a los movimientos de cámara de una frescura que encandila. El ritmo es tan acertado que la película no necesita ningún elemento más para hacerla grande. Polanski demuestra que no es necesario un reparto coral –como viene siendo tan de moda- para hacer que una película respire estilo y buen hacer.

El final es el único punto extraño que puede ofrecer. Es ambiguo y deja todo al espectador. Es posible que sea una decisión acertada porque se atreve a no cerrar la llave de nada y para eso hay que ser muy bueno y estar muy seguro de lo que se tiene entre manos. La música de Alexandre Desplat y la fotografía de Pawel Edelman son perfectas para el entramado 'polanskiano'. Sí, parece que Roman Polanski ha vuelto con furia, deseo e ingenio.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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