lunes, 14 de abril de 2014

'ENEMY'. Espejos convexos y almas atormentadas



CRÍTICA DE CINE

'Enemy' (Denis Villeneuve. Canadá, 2013. 90 minutos)

A Fredo, in memoriam

Entre la angustia de la existencia y el anhelo de ser otro, ¿dónde radica la felicidad? La monotonía, en ocasiones, es ese aliado que no permite que nada nos suceda, pero, ¿qué ocurre cuando existe una pequeña fisura que se cuela en nuestro día a día y nos obliga a salir de esos quehaceres que nos oprimen?

Denis Villenauve parte de un texto de Saramago, ‘El hombre duplicado’, y lo extrapola a un Toronto actual, amarillento, crudo y demasiado urbano. Esta particularidad ofrece a Villenauve un espacio por el que campea a sus anchas en ese viaje a través de esa dualidad asfixiante que reina a lo largo de la película.

El director canadiense vuelve a demostrar  su habilidad con las historias opresivas –como ya ocurriese en ‘Prisioneros’- y su dirección es portentosa. Consigue crear un tempo propicio a la vida de ambos antagonistas. Contar con un actor tan sofisticado, técnico y ejemplar como Jake Gyllenhaal facilita el envite. La composición que ofrece de ambos personajes a los que encarna es tan diametralmente opuesta como compleja y gratificante. El hecho de tener el mismo físico es un riesgo del que sale victorioso. Construir dos personajes asimétricos es un desafío cuando es un mismo cuerpo el que da cobijo a ambos. Evidentemente no es un Jekyll yHyde, pero por momentos puede llevar a simularlo debido a lo opuesto que son ambos y lo que en el fondo pueden llegar a parecerse.

La curiosidad, el azar, el doble riesgo, las pesadillas, los sueños oscuros, las obsesiones, lo prohibido, la rutina y las rarezas en los hábitos se acercan mucho al cine creado por David Cronenberg. Son palpables los ecos a películas como ‘El almuerzo desnudo’, 'Crash’ o ‘Inseparables’. Incluso la técnica empleada en muchos planos llevan a evocar al gran director canadiense.

La composición de ‘Enemy’ reviste un mérito tremendo. La realidad es que se trata de una película construida en torno a un actor y a pequeños personajes que le acompañan. No deja de ser un thriller con elementos eróticos, angustias, obsesiones y cierto fatalismo al que no puede renunciar. La fotografía es absolutamente prodigiosa. La querencia al sepia se integra notablemente en ese mundo que por momentos raya lo irónico y en el que no faltan los insectos envueltos en catástrofes que corroen y acompañan a esos fantasmas de una angustia que no reposa ni en las reliquias del sueño.

Llama la atención  ese final abrupto y extraño. Su impacto golpea en el rostro de un espectador que se interroga sobre la intencionalidad del mismo. Denis Villanueve ha vuelto a realizar una gran película que no dejará indiferente.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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