lunes, 22 de septiembre de 2014

'EL LOCO DE LOS BALCONES'. Quijotes, entelequias y traiciones


CRÍTICA DE TEATRO

'El loco de los balcones'
Autor: Mario Vargas Llosa
Director: Gustavo Tambascio
Teatro Español (Madrid). 18 de septiembre de 2014

El insistente impulso de recuperar los textos teatrales de Vargas Llosa por parte del Teatro Español comienza a ser cuanto menos sospechoso. Parece que se intenta propulsar un conjunto de obras, como pequeños diamantes escondidos de las tablas injustamente –en lo que a España se refiere-. ‘El loco de los balcones’ viene a demostrar nuevamente que el teatro escrito por el Nobel no está a la altura de lo que ofrece como novelista y ensayista. Se asiste a una obra tan localista y focalizada que su efectividad se pierde sacada de su contexto. Su concepción romántica envuelta en la cruzada de ese profesor de Arte, Aldo Brunelli, por salvar los preciados balcones de una Lima en pleno proceso de reconstrucción, se pierde en intenciones que no llegan a ser algo más que eso. Con ciertos ecos quijotescos, la acción es reiterativa. El aparente entusiasmo de la gente que rodea al profesor en su aventura no deja de ser un falso acercamiento a una quijotización zalamera y sin sentido.

La propuesta de Gustavo Tambascio no respira autenticidad ni ayuda a pulir esos momentos cansinos del texto. Con una puesta en escena un tanto efectista con un balcón a la derecha del escenario y pequeñas reproducciones de una Lima que ya comienza a ser desconocida por los cambios urbanísticos, no sirve de ayuda para aportar algo en todas esas idas del profesor y su fiel -en apariencia- séquito. La música está mal medida en lo referente al volumen seleccionado; en no pocas ocasiones se deja de escuchar a los actores. Las pequeñas coreografías tampoco evitan que el ritmo no sea un tanto tedioso. Hablan, recitan y no se encuentran. El texto no ayuda a que esos años 50 limeños entren con fuerza.

José Sacristán y Candela Serrat están extraordinarios y debido a su trabajo la obra se sostiene en ocasiones. Sus interpretaciones son acordes con lo que defienden, siempre están en el punto justo, nunca se exagera y defienden sus decisiones sin necesidad de recurrir a trucos efectistas. Ambos son padre e hija y su relación con esas fisuras desconocidas –al menos por el profesor- tiene algo de sentido en la exposición de motivos –pero no textuales, solo interpretativos-. Es una pena que la escena en la que se destruye emocionalmente al profesor no tenga un punto más de dolor, un elemento textual más de frustración. Hay poco de decepción, todo pasa demasiado rápido para tener calado. Los personajes aparentemente emocionales se vuelven egoístas sin importar dañar a quien se quiere. Lo expuesto en los caracteres de los personajes se ve descompensado por acciones poco consecuentes con lo que defienden. El amor que supuestamente promulgan queda soterrado en chascarrillos de olvidos y supuestamente todo seguirá igual, solo cambian los cromos, se trata de sustituir personas que no emociones. Ver a Sacristán siempre merece la pena y sus monólogos tienen la hondura de esa voz penetrante que embriaga al espectador y le permite aguantar estoicamente las dos largas horas.  El resto del reparto tiene otra dirección. La exageración es la línea común de todos con unos tonos recitativos que llegan a agotar porque el poco humor que tiene el texto se exagera con gestos y estereotipos que no funcionan.

Gustavo Tambascio, en un intento por respetar una obra del Nobel Vargas Llosa, condena su puesta en escena a la lejanía. Pero cuento con Sacristán, con quien el teatro es otra cosa.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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