'PŁYNĄCE WIEŻOWCE' ('FLOATING SKYSCRAPERS'). Egoísmos emocionales


CRÍTICA DE CINE

'Płynące wieżowce' ('Floating Skyscrapers'). (Tomasz Wasilewski. Polonia, 2013. 93 minutos)

A ‘Floating Skyscrapers’ le han adjudicado incluso desde antes de su estreno la coletilla de provocadora. En un país como Polonia todavía se ponen este tipo de etiquetas a productos que toquen, no hace falta que se adentren demasiado, temáticas como la homosexualidad. Es cierto que la nueva película de Tomasz Wasilewski no se echa atrás al rodar las escenas de sexo y que en ella late una historia sentimental entre dos hombres. Tanto como que es casi lo de menos dentro de lo que no deja de ser un drama de pasiones que hierven reprimidas y un día saltan y ya no hay vuelta atrás. ‘Floating skyscrapers’ está protagonizada, y es lo que sobresale, por egoístas emocionales, personas que priorizan lo suyo y que parecen olvidar a quiénes les rodean. Es por eso una película que se hace dura, ante la que es complicado empatizar y acercarse. Se hace incómoda de principio a fin, a pesar de que no se puede poner ninguna objeción a la dirección de Wasilewski, con una fotografía pulcra, una dirección de actores correcta y una atmósfera que va envolviendo lentamente en su tránsito a una tragedia casi poética.

Es el guion la parte más endeble, incuestionable, la zona a la que más pegas se le pueden poner. Es noble el empeño de Wasilewski, y es importante que se normalice la aparición de películas de este tipo, pero no sabe escaparse de convenciones. Ahí tenemos a ese tercer vértice del  triángulo, un joven de clase alta, madre comprensiva y padre que niega su tendencia sexual. La escena en la que enfrenta a su padre su sexualidad deja al borde de la risa cuando ni la pide ni la pretende. En contrapartida e igualmente durante el desarrollo de una comida,  hay otra escena magnífica, con los tres protagonistas compartiendo pasta, tensiones y sentimientos reprimidos.

Wasilewski apuesta por el silencio, por arrinconar palabras y gestos. La decisión afecta al resto de elementos cinematográficos. La puesta en escena es fría, casi aséptica y la visión que se ofrece de Varsovia raramente ofrece algo de luz, está oscurecida, anunciando un cierre que puede parecer abrupto. La carga simbólica que parecía arrastrar hasta el epílogo –dos golpes de guion, bofetones, casi consecutivos- se diluye. Deja eso sí el rastro de dos valiosas interpretaciones y una escena, la ya mencionada comida a tres, en la que se escucha el grito reprimido de los sentimientos que no se dejan salir, tantas veces ahogados.

RAFAEL GONZÁLEZ

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