jueves, 28 de junio de 2018

'BIRDS ARE SINGING IN KIGALI'. Violencia en la calma



CRÍTICA DE CINE

'Birds are singing in Kigali' (Krzysztof Krauze, Joanna Kos. Polonia, 2017. 113 minutos)

En una época en la que el foco se fija más que nunca en la relación entre Europa e inmigración, ‘Birds are singing in Kigali’ viene a aportar su particular punto de vista desde una perspectiva geográfica y social poco habitual. En este caso se mezcla el genocidio de Ruanda en 1994 con el posterior proceso de asilo en Polonia de una joven superviviente. Son en los fogonazos en los que aflora la barrera que levantan gobiernos como el polaco, abanderados de la fortificación de fronteras, cuando esta producción toca fibra. Apenas se perciben, aunque duelen, esa visita policial con preguntas impertinentes, aquella mirada del lugareño o los escarceos en una habitación oscura con las dificultades de la nueva lengua a aprender.

Tiene ‘Birds are singing in Kigali’ el mérito de describir los sucesos de 1994 sin alzar la voz ni buscar el impacto. El tono de la narración es seco y se puede hacer pesada esa insistencia por el estatismo de determinados planos. Los diálogos son escasos y todo se conduce a través de miradas y de una puesta en escena que transmite gelidez. La aproximación de Krauze y Kos es desde la peripecia individual, y desde ese lugar ir extrayendo las capas que todavía recubren lo acaecido durante el genocidio. Los directores, firmantes de la reivindicativa ‘Papusza’, realizan un notable trabajo en esta línea y no exento de crítica interna sobre cómo se desempeña la acogida a los asilados en determinados países como el suyo. Lo mejor es el sólido andamiaje que sostiene la psicología de sus dos personajes principales, la ruandesa que escapó de la matanza y la bióloga polaca que la condujo hacia lo que era una tranquilidad que, como se verá, no lo será tanto. El dibujo es el de dos mujeres reacias a hundirse en el fango de la crueldad y que hacen de la soledad compartida el nexo que las une. Su dolor es distinto y a la vez universal, y queda al descubierto en su relación con sus progenitores. 

Aunque su buscada frialdad conduzca al distanciamiento, ‘Birds are singing in Kigali’ se revela como una película con una voz y poética propia y desde ya con un espacio en lugar preferente en toda aquella filmografía centrada en el genocidio de Ruanda. 

RAFAEL GONZÁLEZ

sábado, 9 de junio de 2018

'PARIS ETC'. Capital del yo



CRÍTICA DE SERIE

'Paris etc' (1ª temporada, 2017. Canal + France)

Existe la percepción en Francia de que todo empieza y termina en París. La capital avasalla y engulle, tantas veces en exceso, erigida como termómetro moral del país. Satura, sobrecarga y al mismo tiempo distancia y enternece. No hay una París, sino muchas, infinitas, opuestas, desconcertantes, extremas. La nueva serie ‘Paris etc’, una temporada y doce episodios, se fija en los sustratos altos. El amor, sobre todo, y la familia, copan las preocupaciones de sus protagonistas, profesionales liberales que se mueven en ese París de postal y tan amable que se deja al descubierto en la cámara fotográfica del viajero. Ellas viven en esa burbuja y es, precisamente, su personaje más interesante, la jovenzuela de provincias que llega para hacer unas prácticas y se mueve entre el rechazo y la fascinación de la capital, la única que oscila entre los dos polos, el quedarse dentro, como los privilegiados, o permanecer fuera, los demás. Las referencias a ‘Sexo en Nueva York’ son evidentes (se ha buscado semejanza hasta en el físico de alguna de sus protagonistas), aunque ‘Paris etc’ resta glamour y pone algo más de miseria moral en el devenir de sus protagonistas. Se palpa un interés en dotar de identidad propia al conjunto, con imágenes de archivo histórico de una dulce París, y una impronta personal de estilo. ‘Paris etc’ es una serie agradable visualmente en la que lo que flojean son los guiones, con personajes viviendo al borde continuamente de la histeria, constituida la ciudad en la que viven como la capital del yo. El proceso de descomposición de pareja que sufre Nora y el ya señalado viraje emocional de (in)madurez de la joven Allison -fantástica la escena de la primera cena en el piso compartido, con ese esbozo de simpatías hacia el FN- superan en interés al resto de episodios de esta serie coral que, lejos de radiografiar los muchos Paris que existen, se queda en uno de los más típicos, el chic incluido en el pack de problemas del primer mundo. 

RAFAEL GONZÁLEZ

domingo, 3 de junio de 2018

'PLAYGROUND'. De repente, el horror



CRÍTICA DE CINE

'Playground' (Bartosz M. Kowalski. Polonia, 2016. 82 minutos)

Otro trabajo sin concesiones, tan distante y frío como pertubador, el que se filtra en las pantallas españolas procedente de Polonia. La colisión con el iceberg emocional que es ‘Playground’ llega a diez minutos de su cierre. La cámara se aleja y se expone como testigo mudo de la atrocidad. La lejanía no disminuye tal efecto, una agonía que en absoluto desencaja con lo expuesto anteriormente. Es ese trallazo inacabable la ficha del puzle que nadie hubiera querido completar y a la que llevaba directa Bartosz M. Kowalski. En su primera película, el director polaco explora la esencia del mal y su banalidad, conectando con directores como Gus Van Sant y su ‘Elephant’  o la chilena ‘El niño de barro’ de Jorge Algora. ‘Playground’ es milimétrica en su exigua duración, su maquinaria exigía precisión y lo consigue. La tragedia se intuye pero no llega y la inquietud se recrudece. Una vez que parece que todo se ha estabilizado en ese surtido de historias cruzadas con bullying como tema principal, aparece el hachazo moral. No se le puede acusar de efectista a su director y guionista, puesto que la historia apenas se aleja de un suceso real que conmocionó hace ya unos años a la sociedad inglesa. Kowalski lo lleva a su terreno, y deja traslucir en ese cambio geográfico el peso que la tradición todavía mantiene en el sistema educativo polaco o esos silencios que enquistan el devenir de tantas familias. Solo se le puede reprobar que se salga del código fijado en ese slow motion recriminatorio a la pareja de chavales. Esa pasarela de miradas de reprobación parece querer ejercer de contrapeso al entorno familiar de los jóvenes y exculpar a la sociedad, una simbología que no llega a funcionar por su obviedad y la simpleza en la ejecución. Un exceso que no interrumpe el desaliento que produce como resultado esta ‘Playground’, fiada a un horror al que todavía muchos se niegan a reconocer.

RAFAEL GONZÁLEZ TEJEL

domingo, 18 de marzo de 2018

Dos películas en una tarde de sábado.

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 CRÍTICA DE CINE

'Muchos hijos, un mono y un castillo' (Gustavo Salmerón. España, 2017. 90 minutos)
'Call Me by Your Name' (Luca Guadagnino. Italia. 2017. 130 minutos)


Tras los premios, las loas, las publicidades y los camuflajes envueltos en producciones cuantiosas, conviene acercarse a películas que han sido reivindicadas como cine de alta calidad y que, solo el estreno de otra nueva hornada las ha relegado a un segundo plano. El tiempo y alejarse de tales elogios es en ocasiones necesario para valorar algunos títulos.

Resultado de imagen de muchos hijos un castillo y un mono duracion‘Muchos hijos, un mono y un castillo’, el debut de Gustavo Salmerón en el largometraje le ha llevado a recibir numerosos premios por diferentes festivales. Solamente hace falta asistir a los créditos finales para corroborar que no es un video de andar por casa meramente familiar, por mucho que se intente vender así. En ese truco está una de sus principales bazas para la distribución y les ha dado un resultado más que enriquecedor. El personaje, absolutamente fascinante, que compone Julia en lo que ha sido su vida, hubiese sido extraordinario con una duración de 35 minutos. Que todo se alargue a los 90  lastra el resultado porque lo maravilloso lo vuelve redundante. El magnetismo capta la atención del espectador y la osadía que Julia despliega la convierte en un centro que empequeñece todo lo demás. Se busca un nexo para que la estructura no quede deslavazada pero el mismo se antoja insuficiente para componer una película. El mercado dicta que las cosas cortas no tienen cabida en las salas, pero es un error muy grave porque la apuesta de Salmerón sería más fresca y eficaz sin un metraje así. Aunque bueno, los premios dictan otra cosa.  El equipo que tiene detrás el director es suficiente para garantizar un pronóstico acertado allí dónde se presente.

Imagen relacionada'Call me by your name’ es una película estupenda. Partiendo de una adaptación profundamente inteligente de James Ivory, la puesta en escena completa a las mil maravillas lo que se expresa en el libreto. El verano, el amor, el anhelo, las lecturas, las confidencias, los días largos, las confusiones, el conocimiento de uno, el terror, el atrevimiento y el dolor. Todo está resuelto con mucho oficio por parte de la dirección de Luca Guadagnino. Su modo de filmar es altamente productivo para sacar partido a la historia. Los planos secuencia está rodados con profesionalidad, los encuadres y la propia dirección de actores ayudan a que el proyecto vaya creciendo a medida que avanza el metraje. El verano del descubrimiento, el verano de enfrentarse a nuevas decisiones difíciles, el verano de asumir, el verano de encontrar respuestas, pero de formularse más preguntas -fabulosa conversación padre hijo-. Todo ello envuelto en un maravilloso sol en el norte de Italia que lo convierte en más ilustrativo. Es un acierto que se haya prescindido de un dramatismo atroz que suele acompañar a este tipo de historias. Todo sucede y no deja de ser idílico, incluidos unos padres extraordinariamente comprensivos y abiertos. El amor en todas sus vertientes. Las heridas están presentes, pero no se hace sangría con las mismas. El reparto es un diez. Encontrar ese nivel es determinante para conseguir que una película escale peldaños de calidad. El tono de la misma es el acierto para que su duración nunca canse. 

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

martes, 20 de febrero de 2018

‘CAPULLO QUIERO UN HIJO TUYO'. La vida, ellas y ellos o no.



 

CRÍTICA DE TEATRO                                                             

'Capullo quiero un hijo tuyo'

Autor y dirección: Javier Durán.
Sala Azarte (Madrid).

La pluma de Javier Durán siempre es mordaz. Se maneja con soltura en esa barrera que une el humor con la rutina. Lo tratado en ‘Capullo…’ posee un llamativo doble rasero. Por un lado, los dos amigos, Lucas y su lugarteniente, que casi es un Sancho Panza contemporáneo, encorsetados en el síndrome de Peter Pan, con su recorrido vital de mujeres, bebida y anhelos. Por otro, la parte más ‘racional’ -en principio- que es la pareja formada por Mamen y Diana. Tan racional como que quieren tener un hijo a costa de alguien guapo.  Para ello, no tienen reparo en acudir a una discoteca y allí buscar al galán en cuestión. Las escenas en sus transiciones avanzan y lo que un principio podría ser algo que se quedase en cierto estereotipo -muy buscado- comienza a recrudecerse cuando ya los sentimientos, los celos, el enchochamiento, la traición, la decepción y la esperanza se intercalan de un modo fresco. 

En ese instante la función se adentra en esa hipérbole emocional en el que los encuentros, los desencuentros y los engaños se abrazan en busca de un fin común. El humor es el arma que se emplea para que todo tenga cabida, pero Durán no se olvida de que escribe sobre personas y huye de caer en lo sencillo. La palabra es la que gana por goleada. No son necesarios muchos de los elementos escenográficos que en ocasiones parecen dictar la posición de los actores. El texto es lo suficientemente claro para no necesitar de mucho más. Los interludios musicales siempre están perfectamente introducidos y consiguen que las elipsis sean consecuentes en su propuesta.

El reparto se maneja con soltura. Todos en una misma dirección con sus roles debidamente marcados y defendidos. El personaje interpretado por Ana Marrufo es el que más aspectos íntimos llega a ofrecer y la actriz imprime un plus en esos vericuetos emocionales con los que dota a cada una de las acciones sin caer en la trampa evidente.  Las acciones son ágiles y buscan ese fin común que es el hacer algo divertido de todo aquello que puede parecer desolador. 

‘Capullo quiero un hijo tuyo’ divierte y se asiste a esa evolución por la que transitan los personajes en ese camino tan ondulante que es la vida y sus circunstancias.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

domingo, 18 de febrero de 2018

'AIRE SIEMPRE DE VIAJE'. Lo que es mejor no decir




CRÍTICA DE TEATRO

'Aire siempre de viaje'
Autora: Sara García Pereda.
Dirección: Pablo Canosales.

El Umbral de  Primavera (Madrid).


El texto de Sara García Pereda ya había sido publicado por la editorial Esperpento Ediciones Teatrales.  Este acontecimiento ya indica una propuesta valiente por el teatro que se viene realizando en la actualidad. La obra en su estructura posee cierto paralelismo con ‘Traición’ de Harold Pinter. El conflicto emocional avanza, regresa y jamás se queda inerte. 

La dirección de Pablo Canosales unido al acortamiento del original, consiguen que la acción posea un mayor dinamismo y que el texto no se vea lastrado por ello. Más bien, se potencia una intencionalidad de desconcierto emocional que ayuda a que el espectáculo avance sin freno.  Las fluctuaciones temporales son un acierto y están bien resueltas escénicamente. Nunca generan confusión en el espectador. Se asiste a lo que han compartido dos personas. Fricción, sentir, distancia, miedo, preguntas no formuladas, respuestas ajenas y el paso del tiempo. 

El qué hubiese pasado si… es la tónica que reina en el transcurso de las diversas situaciones. Finalmente, todo son decisiones: viajar, no viajar, ir, no ir, pintar, decir, callar. Para ofrecer cabida a toda esta amalgama sentimental, Canosales, opta por una escenografía altamente resolutiva y con ecos a Kandisky, creada por Laura Costero y Tania Tajadura. El suelo es de pizarra y sobre él dan rienda suelta a conjugaciones numéricas ambos personajes. El hecho de que Nadia sea pintora -además de animadora- sirve a las mil maravillas para tal recurso escénico. Ambos hablan de sus anhelos. Fer, con su bici a cuestas, Nadia con sus pinceles y su arte. Ninguno comprende al otro en lo que son sus sueños, pero se esfuerzan y fracasan, pero no importa. Ambos de un modo u otro, se necesitan en ese cuadrilátero. Queda menos claro el motivo por el que los personajes salen en ocasiones de ese espacio marcado. No era necesario porque ese cuadrado es el lugar en el que ambos se buscan.

La iluminación funciona y se ajusta con delicadeza a los diversos estados emocionales por los que atraviesan Nadia y Fer. Las interpretaciones de Violeta Orgaz y Juan Caballero son verosímiles. Hay diversos fraseos demasiado literarios pero que ambos actores conllevan y salen airosos. Orgaz imprime ternura y búsqueda. Su modulación y dulzura en sus tonos imprimen a ese personaje un plus en toda su búsqueda.

La dirección de Pablo Canosales es hábil. Mueve a los actores con elegancia. No despistan los movimientos y consigue que ambos impriman esa intimidad necesaria para mostrar todos los aspectos de la relación que existe entre ellos. ‘Aire siempre de viaje’ es una apuesta inteligente con homenajes encubiertos y una buena resolución.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

sábado, 20 de enero de 2018

MANIFIESTO SOBRE EL 'TEATRO ACONTECIMIENTO'


Llevamos tiempo rumiando una teoría. El ascenso de Ciudadanos y el reciente Síndrome de Stendhal continuo en redes sociales y páginas culturales tendría su causa en la derrota del "periodo revolucionario" del 15-M, la Primavera Árabe y el Occupy, entre otras manifestaciones colectivas recientes. 

Esas entradas recién puestas a la venta en la web agotadas meses antes del estreno, esa avidez por no perderse la obra-que-no-te-puedes-perder.

Escapismo. Y no nos referimos a la gente que va, a los espectadores. Hablamos de una especie de 'Zeigeist', una tendencia a refugiarse en teatros donde todo es maravilloso, todo tiene que ser maravilloso. Vivimos en la hipérbole cultural continua donde el montaje del siglo (en 2018) precede por unos días a la mejor obra del año (en enero), después de haber tenido la suerte de poder haber asistido desde septiembre a unos diez montajes maravillosos, de los que te marcan, de esos de "qué afortunados hemos sido, qué privilegio (no exento de cierto mérito personal) haber asistido a la Belleza".

C´s viene a ser la forma presentable de gestionar la derrota sin visibilizar lo nuevo, ni un cambio, como si fuera exactamente lo viejo lo que había que derrumbar. Además su discurso permite culpabilizar a todo aquello que no es narrativa homogénea de no querer que las cosas se calmen. Nos ofrece no ser los últimos de la carrera, los pringados, cierta descarga de frustraciones. 

El 'Teatro Acontecimiento' nos permite la ilusión de asistir a una belleza efímera, de poseer ese privilegio y saber valorarlo. Cierta "aristocracia cultural" (como podrían ser en los 60´s los avistadores de OVNI's), pertenecer a una determinada comunidad cerrada, especial. 

LA CARCOMA

miércoles, 29 de noviembre de 2017

'TROYANAS'. Carente de fuerza


CRÍTICA DE TEATRO

'Troyanas'
Dirección: Carme Protaceli.
Teatro Español (Madrid).

Tras los primeros minutos de función ya se es consciente de que la misma no va a llegar a ninguna parte. La adaptación y la dirección se han quedado en medio de la nada. Desde el texto -se agradecen los recortes del original- se constata que la propuesta naufraga por todos los costados. Por un lado, parece que Alberto Conejero quiere actualizar a Eurípides pero por otro, su intentona, se queda varada en lo que ya era el original. No existe posibilidad de que ambas ideas prosperen porque la valentía es nula y las palabras se pierden. Tampoco la dirección de Carme Portaceli tiene un pulso férreo. Hay un juego corporal que no concuerda con el resto de la propuesta. Se abusa del tono declamativo que perjudica -y mucho -al avance textual. La escenografía tampoco aporta. Esa T invertida en la que se proyectan imágenes de guerras actuales resulta impostada. 

En el aspecto interpretativo todo es irregular también. Aitana Sánchez-Gijón grita demasiado y sus tonos transitan entre la alta burguesía y el habla “macarra” que imprime en demasiados momentos. Esto le resta potencial a ese personaje que sufre de una manera tan intensa como es Hécuba. Nacho Fresneda -Taltibio- busca la naturalidad y en instantes lo consigue, pero en otros se hace patente que el propio texto ralentiza lo que él podría ofrecer. Maggie Civantos gana por partida doble en su papel de Elena. Es natural y nunca excesiva. Sus monólogos son lo mejor de la función. Alba Flores pelea con naturalidad al dar vida a Políxena y lo consigue en sus largos parlamentos. El problema son los movimientos que realiza debido a que la propuesta es difusa. El resto del reparto debe pelear con frases y acciones que no les ayudan en el tránsito de su dolor. Pelean para defender sus acciones, pero el aspecto textual y la dirección les complica mucho todo el trabajo.

‘Troyanas’ no es un buen montaje y el mismo, pese a la corta duración, llega a hacerse pesado. 

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ