martes, 11 de diciembre de 2018

'MOBY DICK'. Moby Pou



CRÍTICA DE TEATRO

'Moby Dick'
Autor: Herman Melville
Adaptación: Juan Cavestany
Dirección: Andrés Lima

Honor a un titán de la escena, Josep Maria Pou, tantas décadas a pie de escenario, erudito solitario y obseso en el ínfimo detalle. Dos características, las últimas, que conectan con el Ahab de Melville, un disfraz en el que encaja a la perfección. Son figuras comidas por la obsesión, dispuestas a engullirse la una a la otra sin necesidad de cetáceo alguno. Quizá se pueda llevar la reflexión más lejos y haya más de Moby Dick en Pou que de Ahab, una leyenda que perduró sobre un huidizo y atormentado capitán de navío. Este nuevo acercamiento a ‘Moby Dick’, ahora en teatro bajo dirección de Andrés Lima, orbita por completo alrededor de la figura del actor barcelonés, un ‘one piece man’. Aunque en realidad escape de la definición, Pou con su vigor se come todo, como la ballena hará con Ahab, y que nadie reproche el espoiler. 

Pou se engulle la historia y hace una masa con ella, empieza y acaba en él la larga novela de Melville. La adaptación de Juan Cavestany pone otros dos intérpretes en liza que se reparten al resto de personajes del original. El foco recae en el capitán del bajel  y punto final. Limpia queda la historia de desvíos secundarios, quedando todo reducido a un uno contra uno al que se llega con fluidez aunque sin demasiado atractivo, nada a lo que aferrarse que refuerce el interés de aquel conocedor del texto inicial. 

A las puertas del enfrentamiento final, Pou se desata y pisa fuerte con la pata de madera para dar lo que se llevaba esperando demasiado tiempo. El duelo con la ballena blanca es a lo que más jugo escénico se extrae, escenografía e iluminación de la mano creando una ambientación casi pesadillesca. Media hora frenética que envuelve escenario y platea y que culmina en un naufragio que deja los restos que se esperaban: los del escribano agarrado a la madera para así poder contar una leyenda que perdurará siglos y los del espectador que buscaba al actor y al clásico, nada más, y los encontró. 

RAFAEL GONZÁLEZ 

viernes, 7 de diciembre de 2018

'VERGÜENZA'. Sin chispa



CRÍTICA DE SERIE

'Vergüenza' (Movistar. 2ª temporada)

La primera temporada de la serie ideada por Juan Cavestany y Álvaro Fernández-Armero ofreció una disección valiente y resultona de típicos comportamientos eminentemente ‘españoles’. Era sencillo reconocer muchas de las situaciones y los personajes encajaban muy bien en lo que es una parte muy representativa de la sociedad. Solo el final pareció írsele de las manos y toda la gracieta era menos efectiva.

En la segunda temporada, desgraciadamente, se ha seguido ese camino. Ya ni siquiera lo supuestamente embarazoso obedece al propio título. Los creadores han tirado por tierra todo lo que habían conseguido establecer. El aburrimiento es la tónica que reina en esos gags sin fuerza, más tópicos que ingeniosos. Hay un porqué sí que no se entiende bien ni termina por funcionar. ¿Qué son padres? Vale ¡Y qué! No se trabaja en esa dirección tampoco. El tema de la adopción se banaliza de una forma descarada. ¿Qué aporta el rodar ese remake de ‘El graduado’? Todo por un chiste parece ser la única apuesta. Es un cumulo de desinterés constante que únicamente consigue que se sonría en pocas ocasiones. Los personajes siguen un patrón que les condena a una previsibilidad monótona. El personaje de Rellán queda desahuciado a la nada sin gracia. Las incorporaciones nuevas juegan en ninguna parte por mucho esfuerzo que hagan los actores. No se ha trabajado el guión, al que le falta tensión e interés en los pasos dados hasta la resolución final, fiado en exclusiva a la escatología. Quizá se buscase no salirse de lo establecido y se olvidaron de cuáles eran los puntos fuertes de la temporada anterior. 

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

domingo, 2 de diciembre de 2018

CARTA A MI AMIGO FERNANDO OLAYA


En memoria de Fernando Olaya, antropólogo, historiador, teatrólogo, dramaturgo y editor de Esperpento Ediciones Teatrales

Madrid, 2 de diciembre de 2018

Querido Fer:

Te conocí y cambió mi vida. Hasta ese momento -aunque hubiese publicado- nunca había sabido lo que era conocer a un editor que confiase en mí. Nuestra primera conversación cara a cara -gracias a nuestro amigo en común Clemente-  fue en aquel bar en la calle del Ferrocarril -al que después fuimos tantas veces-. Hablamos y teníamos tantas cosas en común que de allí solo podía salir algo bueno. Sí, hablábamos de teatro, de caraduras, de cervezas, de enamoramientos, de tristezas, de escritura… y nos hicimos amigos. 

El sábado pasado charlamos durante una hora por teléfono, nuestra última conversación. Tu  festival de teatro, tu proyecto de Pasolini nuestro proyecto shakesperiano, las puestas en escena, la presentación de tu nueva publicación, la futura puesta en largo de tus obras -¡qué rabia lo de 'Ofelia'!-, la creación del colectivo, el proyecto para Mayorga, la traducción de Bergman…

¡Y ahora qué! No podemos quedar a comer, no te puedo presentar a mi hija, no podemos ir al teatro, no podemos crear juntos. Veo nuestras colaboraciones y nunca podré olvidar la ilusión que ponías en cada una de ellas. Esos mensajes -pocos, preferías hablar- “Mandado a imprenta” o “Ya tengo el libro. Ha quedado muy bonito”. Ahora ya no podremos hablar, no me dirás que los prólogos no llegan, que si la presentación está bien estructurada o lo que había que intentar hacer para solucionar la problemática del off y la ausencia del dinero.

Tu último artículo fue brillante, diseccionabas con precisión lo que era la situación teatral. Siempre confiabas en lo que hacías, te arriesgaste y ganaste. Te has ido en el momento en el que por todo lo que luchabas comenzaba a cobrar forma. Te has ido en lo que iba a ser ese momento que tanto habías planificado. ¿Cuánto tiempo podíamos hablar? Siempre venías a todo. Tú con tu cigarrillo, yo con mi puro, con nuestros abrigos y soñando con lo que sería lo siguiente. Tu forma de hacer sentir a uno especial era muy delicada. Eras honesto. Hiciste tanto por mí que te has ido sin que pueda haberte dado apenas nada. Gracias, gracias.

¡Y ahora qué! ¿Cómo se va a poder hacer algo sin ti? Tu valentía, tu tono de voz, tu respeto. Amigo mío te has ido y tu butaca ha quedado para siempre vacía. Gracias, querido Fer. No estás querido amigo y aunque no me lo perdonarías, debo decirte que, la entrada que tenía para ti, no la usaré ya. 

Un abrazo muy fuerte

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

viernes, 30 de noviembre de 2018

'LA TRAMPA DE LA DIVERSIDAD'. Temblores y banderas




CRÍTICA DE LIBRO

'La trampa de la diversidad'
Autor: Daniel Bernabé
Editorial: Akal
Páginas: 256
Año: 2018


Abordar el libro de Daniel Bernabé supone enfrentarse a todo un ruido mediático, artículos de intelectuales y jefes de formaciones políticas, puñaladas en Twitter, acusaciones a la totalidad tras leer dos párrafos, respuestas más o menos bruscas de su autor, defensas enconadas, extraños aliados, vítores y muchas ventas. Porque 'La trampa de la diversidad' es quizás uno de los acontecimientos políticos-culturales del año y que en el momento de escribir esta reseña va por la sexta edición sin contar con el apoyo de ningún grupo mediático (si no ha salido en el Babelia no merece relevancia alguna, siguiendo el criterio de cierto novelista).

Bernabé ha llegado en el momento justo para tratar un tema que se llevaba un  tiempo discutiendo de forma esotérica, un runrún que se iba propagando en redes sociales entre obreristas y diversos (dicho de una forma exagerada puesto que había mil matices). De hecho, uno no puede dejar de pensar que el título ha actuado como una especie de clickbait involuntario (o no) que ha logrado atraer a los críticos más feroces y las disputas más polarizadas.

En realidad el libro no afirma que la diversidad sea una trampa, más bien trata sobre los mecanismos con los que el capitalismo de seducción es capaz de atraer para sí y cooptar las diversas identidades y lanzarlas al mercado de la competitividad atomizadas y por separado. Habla de cómo mucha parte de la izquierda, tras la derrota contra la ofensiva neoliberal encarnada en Thatcher y Reagan, se ha refugiado en lo meramente simbólico y solo es capaz de plantear batallas culturales que en muchos casos solo son polémicas laterales.

Para defender esta tesis Bernabé no plantea un texto ensayístico y académico al uso, sino que ha optado por un estilo más propio de un artículo de opinión, lo que hace que pueda ser más accesible y apetecible para un grupo amplio de público, además de imprimir un ritmo ágil y ameno a la exposición de argumentos que hace que la lectura sea amena y el lector se enganche. El uso de numerosas referencias pop y de la cultura popular ahonda en estas cualidades y aumentan el interés.

Evidentemente, al renunciar al ensayo, muchos de los hechos que da el autor no se ven respaldados por  datos o documentos. Esto hace que por momentos pueda perder algo de consistencia, ya que al presentar el autor como verdades lo que son meros recuerdos u opiniones da una cierta sensación de suficiencia. Un ejemplo es cuando aborda las manifestaciones antiglobalización, a las que retrata como una amalgama de opiniones diversas y peregrinas mientras que obvia la huelga de estibadores en la batalla de Seattle o la unión de sindicalistas con ecologistas.

Otro de los aspectos que no terminan de jugar a favor del texto es el empeño de su autor por recordarnos que no se trata de un ensayo y que ciertos temas que enuncia no son el objeto de discusión del libro, tanta apelación al lector es repetitivo.

Bernabé va exponiendo numerosos casos donde las políticas de identidad han sido absorbidas por el sistema de mercado. Sitúa fundamentalmente el origen en la derrota de los ideales del 68 y en la consiguiente ola contrarrevolucionaria neoliberal, en ese deseo que los antiguos revolucionarios blancos y provenientes de la clase media tienen de diferenciarse de aquella sociedad que no han podido cambiar y en cómo este anhelo se plasma en el consumo y en la creación de una potente identidad cultural, en un fuerte individualismo.

Así, la izquierda, incapaz de ser algo más que una mera gestora del sistema, una gestora más social pero inhabilitada ya para discutir el sistema, solo puede rebatir a la derecha ciertas costumbres sociales y al ir abandonando cada vez más la cuestión de clase entra en un juego de identidades y en un mercado de opresiones. Interesante es la observación que se hace del uso del término privilegio en esta competición, de cómo se puede convertir a un trabajador explotado en un privilegiado opresor solo por una identidad que no ha elegido y gozar de unas ventajas  de las que no es responsable, de cómo este término es un síntoma de un profundo individualismo y cómo esta reclamación de revisión de privilegios se hace desde posiciones de poder, neoliberales y desde una élite que vive en una burbuja cultural.

Al autor no se le puede reprochar que los ejemplos que da son ciertos y pueden ser certeros. Lo que sí se le puede reclamar es que algunos de los casos que usa para reforzar sus tesis son parciales, que los ha escogido precisamente porque le dan la razón ignorando otros muchos que le contradicen. Esta sensación aumenta al final del libro, donde parece abandonar su tesis inicial en la que no ve contradictorio la cuestión de clase con cualquier otra cuestión de identidad. También se le puede reprochar que en muchos casos ha sido el propio movimiento obrero consciente el que ha apartado a esas identidades con actitudes profundamente machistas, racistas y homófobas, en muchos casos con una violencia terrible. 

'La trampa de la diversidad' es un libro que ha generado un debate, algo que siempre debería celebrarse, que expone certeramente algunos de los problemas graves de la izquierda desde un punto de vista de clase. Un texto que no rehuye el conflicto y al que quizás le sobren algunos golpes de manos sobre la mesa y algunos amagos de caricaturización.

BENJAMÍN JIMÉNEZ DE LA HOZ

sábado, 24 de noviembre de 2018

'ARDE MADRID'. Buena premisa y muchas distracciones



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CRÍTICA DE SERIE
'Arde Madrid' (1ª temporada, 2018. Movistar+)

Movistar+ sigue en su lucha por realizar series propias e intentar ofrecer calidad. Si se analizan todas las emitidas no pueden catalogarse que las apuestas sean productos que luchen por salir de lo que ofrece la televisión pública. La apuesta económica es evidente pero los resultados son altamente desiguales. Los guiones necesitan un trabajo mayor para que las propuestas no decaigan. Los dos episodios emitidos de ‘Todo por el juego’ no auguran nada bueno por lo que no hay mucha esperanza en que en los seis restantes se remonte el vuelo.

La serie de Paco León tiene un primer capítulo esperanzador, pero la misma no mantiene el nivel y termina sin consolidarse. Ofrece algo de oxígeno con respecto a la anterior serie de la plataforma, la caricaturesca ‘Gigantes’, pero el mismo no da para ocho capítulos. La propuesta es potente, pero es demasiado pobre lo que ofrece dramáticamente. El guión parece asentarse en instantes curiosos pero los mismos no poseen la contundencia imprescindible para el metraje que tiene. ¿Eran necesario 8 capítulos? En absoluto. Lo fascinante de las coincidencias en ese Madrid en el que se dieron cita Perón, su estrambótica segunda mujer, Ava Gadner y demás personajes pintorescos daba para mucho más -sin que, por ello, la relación de la pareja protagonista se viese perjudicada-. El optar por una subtrama sin interés alguno como es el robo de un collar condena la serie a una cobardía innecesaria. El pacto de ficción estaba conseguido pero el mismo no se perpetúa. Si realmente hay una labor de documentación, la misma ha quedado difuminada. Paco León dirige muy bien al elenco. Es el aspecto más potente de la serie. No es tan hábil en la planificación técnica, pero eso no tendría que tener tanta importancia si lo escrito tuviese más fuerza. La comedia es efectiva en ocasiones y su tono desenfadado consigue que los ocho capítulos se terminen -eso ya es algo importante-. 

Se ha optado por un blanco y negro que no tiene la suficiente personalidad de formar parte real de la historia. Toda esa pureza académica no se adentra en los vericuetos argumentales y es una pena porque la misma está plagada de juegos que podrían haber ido en consonancia con lo planteado. La pareja protagonista formada por Inma Cuesta y Paco León está muy bien engrasada y nunca es artificial -pese a la situación-. Ellos y el matrimonio Perón -junto con la excepcional sirvienta, el mejor papel de la serie-son muy divertidos. Ava Gadner también es verosímil ¿Por qué no tuvo una mayor relevancia en la trama? 

‘Arde Madrid’ se queda en una intentona que no da ese paso que perfectamente podría haber dado. Su comienzo poseía potencia con Ava, el espionaje, el franquismo, un buscavidas, ecos de Hemingway y mucho que contar en aquel Madrid de escapes y silencios. 

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

domingo, 18 de noviembre de 2018

'NADA DE NADA'. Crueldad, humor, sexo, amor y veracidad



CRÍTICA LITERARIA

'Nada de nada'
Autor: Hanif Kureishi
Editorial: Anagrama
Páginas: 184



La literatura de Hanif Kureishi golpea. La radiografía que siempre ofrece del ser humano y más concretamente del hombre resulta muy esclarecedora. No se oculta de su condición y como tal la muestra sin miedo. Si ya en la espléndida ‘Intimidad’ (2000) trataba sobre el terror al envejecimiento del hombre y sus tretas para intentar despistar a la edad jugando a ser joven -muy por encima de la supuesta trama de un agotamiento matrimonial- en ‘Nada de nada’ apuesta por el hombre ya viejo. Si en su anterior novela ‘La última palabra’ (2015) tenía como eje central a un alter ego de Naipaul en la figura del malhumorado escritor Mamoon Azam, en ‘Nada de nada’ continúa buceando en la tercera edad con Waldo, un director de cine condenado a pasar su vejez en una silla de ruedas y a grabar con su cámara de vídeo películas que no verán la luz. Los ecos de Naipaul están presentes y pueden apreciarse en detalles de ese director capaz de menospreciar y de llevar su humillación hasta cotas en las que el dolor colea y del que jamás se huye. La prosa del escritor inglés siempre es directa y no se adorna de ambages inútiles. La sordidez es embriagadora y el sentido del humor que la acompaña sirven para que la novela tenga una consistencia tenaz y efectiva. 

Nuevamente el duelo de egos, la supervivencia, la infidelidad, la humillación, el deseo, el voyeurismo y la crueldad vuelven a tener amparo en un texto de Kureishi. Las puñaladas, las traiciones, el regodeo en esa humillación tan recalcitrante como puede ser la sexual, articulan una trama que nunca se ausenta de lo que es. El amor se ha transformado en asco y siempre la mentira es esa arma arrojadiza que puede anular una vida si emplea la seducción como zanahoria contra la rutina asfixiante. El cuarteto de cámara que conforman Waldo, su hermosa mujer pakistaní Zee, el “creador” aprovechado Eddie y la bella y singular Anita están en consonancia y cada uno opera según lo que es y pretende. Los personajes están muy bien definidos y mantienen su coherencia en una trama que bien podría haber transformado los objetivos iniciales. La búsqueda de la seducción se une al autocastigo de asistir al goce de un ser querido. Waldo se autotortura y todo lo cruel que ha sido con los demás en determinados momentos se vuelve contra él mismo, que asiste a su descomposición vital en un campo dónde solo él era el amo. Waldo tiene un pasado. No lo define cómo una mala persona, de hecho, todo lo que hizo por Zee es lo que consigue que ella termine asesinándolo en sus diferentes intentonas. Los amantes son descuidados. El director retirado asiste como espectador a la única película sobre la que ha ejercido el control total, la de la felicidad de su mujer  que sabe hacerle reír y con quién sabe estimular su cuerpo de un modo que creía tener olvidado.  No le importa acudir a los mismos sitios que Waldo le descubrió cuando tenían rutinas juntos ni le importa cederle el despacho que su marido guarda sus premios con su mesa inmaculadamente ordenada. 

Todo tiene un fabuloso aroma a thriller impregnado de buenas referencias a películas, festivales y cineastas. El humor siempre está presente y resalta la relevancia que tiene el tema del dinero como arma para no solo subsistir. El dinero, siempre el mismo, y qué hacer por conseguirlo.  La referencia de la literatura de Simenon es una constante, pero a su vez se enriquece con unas dosis de sexualidad muy ilustrativa en todo lo que relata Waldo, de este modo se une mucho al mundo de Philip Roth. No hay que dejarse engañar por la apariencia, la novela trata de un hombre que tiene miedo porque ve cómo está perdiendo a la mujer que ama. A partir de esa premisa, Kureishi conforma detalles que nutre con muchos elementos pertenecientes a diferentes géneros que se cruzan sin resultar invasivos.

La mirada del voyeur que se queja y que analiza la importancia del dinero para vivir cómo se quiere. Las quejas como reclamo a la voz de un anciano que necesita quejarse para ser escuchado y si le muestran el desnudo femenino todo en su estado se hace más llevadero. Anita, Zee, los celos, el pasado, las trampas, la belleza y continuar existiendo. El tramo final de la novela baja en su intensidad porque se resuelve de un modo rápido. Cinco capítulos más no hubiesen sobrado. Nuevamente los diálogos son ágiles y certeros. Las novelas de Hanif Kureishi pueden leerse perfectamente como guiones y sus guiones como novelas. Se trata de un escritor con una entidad propia muy significativa que siempre ahonda en la decrepitud del ser humano, la falta de esperanza, el humor, el sexo, el dinero, la empatía, el ego, la crueldad, la humillación, el ser, el otro y el deseo de vivir entre tanta mezquindad, pero el deseo de vivir por encima de todo.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

miércoles, 14 de noviembre de 2018

STAN LEE: EL HOMBRE QUE SIEMPRE QUISO SER NOVELISTA


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 La muerte de Stan Lee no deja de ser un recordatorio de que la infancia y adolescencia han pasado. Ese yo que recuerdo de mí cuando leí -siendo consciente de lo que leía- a los 8 años el primer número de Spiderman fue un impacto sobrecogedor. Algún académico diría que sufrí un episodio epifánico. Si nos queremos poner estupendos, lo admitiré, lo es, no hay duda. ¿Quién era ese chico al que yo me parecía o quería parecerme? Era algo mayor que yo, pero él era brillante en los estudios y yo no. En realidad, no me parecía en nada, pero yo sentí que sí. Imagino que esa fue la primera vez que fui consciente de lo que era el autoengaño. Mostré un interés mayor en matemáticas que evidentemente, no funcionó. Recuerdo los domingos por las mañanas acudiendo al rastro en busca de esos números antiguos de Spiderman. Ya no quería ir al Retiro o a la Casa de Campo, solo el rastro y pasear en busca de las aventuras arácnidas o si podía una escapada a Arte 9 o Madrid comics. Un compañero de clase había heredado de su hermano mayor la colección ‘completa’ -anda que no le quedaban números por salir- de Spiderman. Los traía a clase y a todos se nos caía la baba. Algunos pensamos en golpearle y robarle los comics, pero eso terminó pareciéndonos desgarrador, él era nuestro amigo. Mi amigo L. que hasta entonces odiaba sus gafas, pasó a lucirlas con orgullo cuando pudo comprobar que eran muy parecidas a las que lustraba Peter Parker en los comics. Stan Lee ya había entrado en nosotros para instalarse en un apartado diferente a todos los demás. Ese grupo de amigos que conformábamos jugábamos a crear historias. Las más interesantes eran aquellas en las que adaptábamos los guiones de Stan al colegio. El truco era mirar algún número avanzado que no conociesen los demás y llevarlo dentro de los muros del colegio. “En mi pueblo Spiderman lo tendría difícil porque los edificios son muy bajitos”. “Yo tengo una prima japonesa, me iría allí con ella porque hay rascacielos”. “Dicen que si te pica una araña te puede transmitir sus poderes”. Así se pasaban los recreos.

 Un día, en una de esas semanas en las que la clase iba a la granja escuela descubrimos que había muchas arañas. No nos importó y pusimos nuestras manos para que los insectos nos picasen. Dolían las picaduras y descubrimos que uno de nosotros era alérgico. Nos devolvieron a casa. ¿Qué era eso de atentar contra nuestra salud? Era lo que era, solo que las arañas que nos picaron no eran radiactivas. ¿Qué nos había hecho Stan? No habíamos estudiado el Quijote, pero ya éramos pequeños Quijanos convertidos en falsos pequeños spidermans en busca de desfacer entuertos. 

Unos niños tenían un traje de Spiderman roto, yo no tenía ninguno. Las imitaciones que mis padres me intentaban comprar eran demasiado diferentes al que estaba en los comics. El de ellos era igual solo que troceado. Los guantes, por un lado, la máscara por otro. Me convencieron -sin apenas esfuerzo- de que debía ponérmelo. Lo hice y me insultaron para que corriese tras ellos. Así lo hice y pude constatar cómo mi velocidad era muy superior. Apenas les tocaba me decían que les hacía mucho daño, que era muy rápido y que incluso saltaba como un jugador de baloncesto. Me creí que con ese traje ya era diferente. Llegué incluso a planificar cómo salir de mi cuarto -vivía en un bajo- para impedir robos. Aún recuerdo sus risas. Stan… ¿qué habías hecho en mí? Todos llevábamos bajo nuestra ropa disfraces hechos con guantes de fregar y pantalones de pijama. Peter Parker era atormentado ¿quién le entendía? ¿quién me entendía? Se reestrenaron aquellas películas televisivas que había protagonizado Nicholas Hammond y evoco con gran ilusión el día que mi padre nos llevó a ver ‘Spiderman 3: El desafío del dragón’ (1979). Jugaba horas con mi hermano a todo lo que sucedía en la película. El dardo que le tiraban y cómo caía al agua, incluso me aficioné a la fotografía -mi padre había sido reportero gráfico y le cogía su cámara. Él representaba el papel de editor que me pagaba poco por mis fotos-. Mi hermano y yo vimos las anteriores películas televisivas con mucho interés. Eran tan malas que nos fascinaban. Aún a día de hoy tarareamos sus pegadizas bandas sonoras. Años después de un modo casi clandestino pudimos ver ‘The Green Goblin´s Last Stand’ (1992). Esa película sí que nos gustó. Adaptaba ese portentoso número que se titulaba ‘La muerte de Gwen Stacy’. Si no lo adaptaba era muy similar. Todo resultaba creíble y estaba envuelto en aquella iluminación más propia de película porno, pero el imaginario de Lee sí lo reconocí. Era una intentona muy seria de un admirador. Un homenaje de alguien al que Stan había despertado la creación. Mi amigo Salva Guerra -otro al que Stan  marcó a fuego- sabe todo lo que tiene que ver con esa película y lo que tuvo que pasar Dan Poole en todo su proceso mientras trabajaba en un acuario de Baltimore. Él tiene una idea para rodar sobre lo que fue ese rodaje, quizá ficción, quizá documental, pero un proyecto apasionante. Ojalá lo haga. La primera de las dirigidas por Raimi le debe muchísimo a la película de Poole. No se pusieron ni colorados al plagiar tanto. ¿Habría algún tipo de denuncia?

De todos los personajes creados por Stan siempre ha sido Spiderman mi preferido. Lo que generó con Steve Ditko ha sido lo que más me ha gustado. Hulk y Daredevil también me interesaban, pero no jugaba a ser ellos. Esos personajes con aquel tormento interior. Iron Man era muy divertido y con Dr Strange nunca empatice, aunque con Thor sí, pero eso era por mi amigo Don Luis que, me lo metió en vena. ¿Qué tenía Stan? Ahora ya en las múltiples películas que hacen sobre sus creaciones lo que más me gustaba era saber cuándo iba a aparecer su cameo. El resto es ya silencio, querido Stan. Lo más curioso de todo es que siempre quiso ser novelista. ¿Qué hubiese escrito?

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

sábado, 10 de noviembre de 2018

'ROSARIO DE ACUÑA: RÁFAGAS DE HURACÁN'. Mecidos en la tempestad



CRÍTICA DE TEATRO

'Rosario de Acuña: Ráfagas de huracán'
Texto: Asun Bernárdez
Dirección: Jana Pacheco
Producción: Centro Dramático Nacional
Teatro Valle-Inclán (Madrid)

Rosario de Acuña es una de las numerosas intelectuales y artistas que por su condición de mujer han sido relegadas a un rincón de la historia. Acuña fue dramaturga, poeta, periodista y ensayista, además de una mujer comprometida con la libertad que le costó el exilio.

La reivindicación de la figura de Acuña se enmarca dentro del ciclo “En letra grande” dedicado a reivindicar figuras femeninas que contribuyeron a la cultura y que fueron olvidadas. Excelente iniciativa que esperamos que tengan continuidad en una sala más grande y en formato de montaje y no de medio montaje como es el caso de esta obra. Y si no es mucho pedir, que estos montajes sobre mujeres y hecho por mujeres abandonen la categoría de ciclo para incorporarse a la programación ordinaria, ya que no son un minoría que se puedan conformar con un ciclo como si fueran una representación de teatro armenio.

'Ráfagas de huracán' aprovecha este espacio minimalista, o mínimo que supone el ciclo potenciándolo con una escenografía que llena toda la pared de globos. Suponen una metáfora de un sistema de células que recuerdan a un cosmos, la ciencia frente a la religión, y una dirección escénica y una coreografía limpias y delicadas que hacen que los dos planos temporales en los que se mueve la obra (el de Rosario de Acuña y el de una entrevista en la actualidad a una experta sobre la autora) se combinen perfectamente de forma dinámica y armoniosa.

El texto tiene la ventaja de dar a conocer quien es Rosario de Acuña a cualquiera que se acerque a él de una forma clara. A cambio, peca a veces de demasiado explicativo y enunciativo, sobre todo cuando intenta mostrar el momento actual de ataques a la libertad de expresión que se correspondería con la censura que sufrieron las obras teatrales de Rosario  de Acuña.

Esto que podría ser un hándicap apenas repercute en el montaje. Por un lado, nos encontramos ante un muy buen trabajo actoral, con una sutileza que se agradece en estos tiempos. Por otro, Jana Pacheco ha logrado moverse en lo poético y en la creación minuciosa de imágenes, que junto con una iluminación y espacio sonoro que siempre van en consonancia con lo que ocurre en escena realzando lo que se quiere contar, logran que el espectador no solo se quede en un conocimiento más o menos didáctico sobre Acuña y su contexto social e histórico, sino que profundice en su dolor, frustraciones, dificultades y sobre todo en sus alegrías y esperanzas, que el texto se haga imagen y Rosario carne y se multiplique en el resto de mujeres que han sufrido ese silencio.

BENJAMÍN JIMÉNEZ DE LA HOZ