viernes, 13 de septiembre de 2019

'UNTOUCHABLE'. El sheriff y el hombre normal



CRÍTICA DE CINE

'Untouchable' (Ursula Macfarlane. Estados Unidos, 2019. 98 minutos)

‘Untouchable’ supone un torpedo, otro más, en la línea de argumentación de aquellos que cuestionan la ya irrefutable expansión del movimiento de denuncia de agresiones y acosos sexuales sufridos por mujeres. Aquellos que se interrogan por el por qué  ha surgido ahora esta oleada de manifestaciones encontrarán una respuesta en el documental de Ursula McFarlane, empezando por el mismo título, cimiento sobre el que se levanta el posicionamiento central de este trabajo y que puede llevar a disquisiciones más profundas. Para el resto, el visionado de la cinta reafirmará su ideas y poco más le añadirá a lo ya sabido, la historia de un depredador sexual, otro hombre de los proclamados hechos a sí mismo y de verdades como puños que mientras construía su imperio laboral engordaba un historial de abusos y agresiones a los que nadie se atrevió a poner freno. Esa barrera en forma de miedo se logra transmitir a lo largo del metraje, tanto en las víctimas como, de una forma diferente y mezclado con los remordimientos, en aquellos que rodeaban a Harvey Weinstein y contribuyeron a levantar ese imperio que fue Miramax. Es en estos últimos testimonios cuando ‘Untouchable’ pellizca algo más fuerte al mostrar esos sentimientos contradictorios en ese grupo de trabajadores, agradecidos en lo profesional por el trampolín que supuso trabajar en un proyecto como el de la productora y al mismo tiempo asqueados por recordar ese tiempo tan venturoso mezclado con lo que hoy ya salió a la luz pública y que hicieron de lado. La mayoría, como en el resto de la industria, eran conocedores de ese lado oscuro de Weinstein. El documental ratifica ese pacto de no agresión, esa rendición ante el poderoso, ese temor a las represalias tantas veces reproducido. En ese enfoque todo lo planteado en pantalla por McFarlane adquiere un tinte mafioso y oscuro, una confluencia de intereses en el que solo las víctimas salían perdiendo y los que amenazaban con denunciar eran acallados al firmar férreos contratos de confidencialidad. 

Lejos de levantar una obra de tesis alrededor de este planteamiento, hombre poderoso que acalla a base de billetes las escasas voces de denuncia –hay que decir que acertadamente apenas se da voz y presencia a su figura-, es interesante ese testimonio colocado en la parte inicial del relato que demuestra que Weinstein ya actuaba así incluso cuando todavía era un desconocido productor musical de una ciudad de interior. En las dudas, titubeos y dolor, visible hasta varias décadas más tarde, de la declaración de la mujer agredida, Hope d’Amore, se edifica uno de los momento más potentes de ‘Untouchable’. Es cierto que en general se trata de un trabajo se asienta sobre hechos que cualquiera que siga la prensa ya conoce y que le lastran ciertos tics televisivos como esas recreaciones borrosas a modo de flash-back que nada aportan, pero con instantes tan sutiles y mantenidos como el citado se constata la amplitud de la problemática. Ya no se trata de un magnate con modales de otra época en pleno siglo XXI ni como a sí mismo se define como “el puto sheriff del pueblo” haciendo y deshaciendo a su antojo desde la pirámide de dólares e influencia, sino de un hombre como cualquier otro con un mínimo de poder en un escalafón laboral reducido y ya dispuesto a obrar de la manera conocida. Uno se pregunta cuantas historias similares se habrán producido y sigue habiendo bajo estos parámetros y sin ningún tipo de foco encima, y más en un entorno social en el que todavía tantos se cuestionan estas denuncias y críticas.

RAFAEL GONZÁLEZ

sábado, 24 de agosto de 2019

'FORBIDDEN GAMES: THE JUSTIN FASHANU STORY'. Fútbol, qué importa



CRÍTICA DE CINE

'Forbidden games: The Justin Fashanu story' (Jon Carey, Adam Darke. Reino Unido, 2017. 80 minutos)

En la larga lista de documentales sobre deporte predominan las historias de superación, las que deslumbran con el camino a un trofeo o aquellas que glorifican al personaje de turno. No hay demasiados que pongan el asterisco y se sumerjan en una narrativa en sentido contrario. El deporte se vende como superación, éxito, progresión al alza y derribo de obstáculos hasta tocar cimas insospechadas. Entre ese colectivo de productos un tanto narcotizantes y de esquemas prefijados a veces se cuelan otro tipo de relatos, de mayor complejidad y de consecuencias y conclusiones ajenas a ese optimismo un tanto naif que se suele proponer en este tipo de prácticas cinematográficas. ‘Juegos prohibidos. La historia de Justin Fashanu’, estrenado en 2017 en el Reino Unido, pertenece a esta categoría. Estamos ante una documental que demuele cimientos y que deja roto tras su visionado. De lo que sucedió con este futbolista inglés en la década de los 80 y 90 apenas nos ha llegado nada más que unas cuantas líneas. El retrato complejo que Jon Carey y Adam Darke hacen de Fashanu aporta el subtexto y la profundidad necesaria para tratar de comprender lo que quizá nunca se llegue a saber con total certeza. 

Todo le llegó demasiado pronto y mal a Fashanu. Rechazado por sus padres, creció en un ambiente de blancos en el que él y su hermano eran los únicos negros. Son muy reveladores los insertos de determinados políticos británicos de la época, con Thatcher a la cabeza, que dibujan el clima de crispación que había en aquellos años acerca de cuestiones como la integración, la multiculturalidad o conceptos que casi no estaban en boca de nadie pero que estaban normalizados como el racismo. Más adelante, fue el primer futbolista de alto nivel y todavía en activo en hacer pública su homosexualidad. La noticia causó una detonación en un entorno que no estaba preparado para asumir la revelación. En el momento más duro del documental, se detalla cómo hasta su único hermano, que había conseguido labrarse una carrera futbolística de buen nivel como jugador físico y rudo en el Wimbledon, llegó a ofrecerle dinero para que no hiciese pública la noticia. Pero Justin lo tenía claro, quería quitarse la máscara que tanto daño, según se extrae de declaraciones del entorno, le estaba haciendo. Ya nunca recuperó la relación con su hermano ni tampoco el control de su vida. Desde ese instante la carrera de Fashanu, que tocó techo en el Nottingham de un Clough, que le puso la cruz en cuanto surgieron los primeros rumores sobre su frenética vida nocturna, cayó en picado. El documental equilibra bien responsabilidades y culpabilidad y muestra que muchas de las decisiones que adoptó tampoco fueron las correctas, en especial en su relación con los tabloides británicos. Tampoco hace sangre en sus últimos tiempos, cuando ya se presagiaba la tragedia, envueltos en escándalos, denuncias y temas más escabrosos. Fashanu apareció ahorcado en un garaje londinense en 1998, tenía 37 años de edad. 

Lo que queda es la demolición de una persona que incluso sus allegados cuentan que nadie pudo llegar a saber cómo era realmente. Se topó con el rechazo desde la infancia, los problemas de integración, racismo, la homofobia del fútbol y de la sociedad de la época y lo peor, el rechazo de aquel que pensó que nunca le fallaría. El derrumbe del hermano en mitad de la entrevista de los directores al recordarle aquello estremece. La historia de Fashanu es la de un fracaso que llegó desde diferentes ámbitos y que sin aleccionar deja multitud de interrogantes sobre si la situación actual sobre todo este conjunto de aspectos sociales ha mejorado o sigue en las mismas o similares ciénagas que en la de la época que le tocó sufrir a JustinFashanu.

RAFAEL GONZÁLEZ 

miércoles, 21 de agosto de 2019

'ÉRASE UNA VEZ EN... HOLLYWOOD'. Estrellas sin brillo


CRÍTICA DE CINE

'Érase una vez en... Hollywood' (Quentin Tarantino. Estados Unidos, 2019. 165 minutos)

Tarantino siempre forma revuelo al estrenar una nuevo film y más cuando dijo que solo pretendía hacer diez películas y si cumple su palabra solo le quedará una décima y última obra en su filmografía. Son grandes las expectativas al estrenar una nueva cinta por la trayectoria del extrovertido cineasta y obviamente por la cantidad de estrellas que reúne en su elenco actoral que siempre esta plagado de actores de renombre. Con esta película, Tarantino nos sumerge en el Hollywood del año 69, con el movimiento hippie en pleno auge y un mercado cinematográfico y televisivo basado en Western y series de policiacas de la época.

La cinta entremezcla historias de varios personajes, como ya es común en el cine de Tarantino, pero lo curioso de esto, que a diferencia de sus otras películas corales, en esta ocasión las tramas parecen no llegar a ningún sitio. Estas pegado a la butaca esperando que algo pase o que algún personaje lleve a cabo alguna acción que cambie el rumbo de la historia pero esto nunca ocurre. Por momentos parece mas un documental del Hollywood de la época que una película. Aparecen muchas personas ilustres de la época como Bruce Lee o el propio Roman Polanski con su esposa Sharon Tate, que dotan al film de verosimilitud de lo que sucedía en el Hollywood de final de los 60. Estos personajes tienen sus pequeñas tramas, pero que no llegan a ningún lado. Por momentos parecen gags y escenas de algún acontecimiento que ocurrió en aquel momento, que no aportan nada a los personajes ni a la historia. La obra genera insatisfacción al ver un guion que se basa más en ser fiel a los acontecimientos del momento, que al querer contar una historia que se desarrolle en esta mega industria cinematográfica como era el Hollywood del 69. 

La historia de cada personaje parece aislada del contexto general, cambiando de una a otra esperando que al final se entremezclen y den sentido a la trama, pero este hecho nunca llega a producirse generando un guion que carece de frescura y plagado de viejos trucos del cineasta que ya no sorprenden como antes. Todo converge hasta una escena final plagada de violencia. Es en este momento donde Tarantino se recrea y da al espectador lo que ha venido a ver, porque no hay película de este característico director donde no haya sangre y violencia por doquier. Tarantino siempre ha sido brillante al saber usar estas escenas de violencia, donde la trama de sus películas nos llevaba a este momento y todo encajaba a la perfección. En esta ocasión se muestra una violencia gratuita, sabe lo que el espectador ha venido a ver y le da su dosis de sangre y muerte que tanto estaba esperando, pero de una manera vulgar. 

El cineasta se desenvuelve perfectamente en esta ambientación de los 60: rodajes en una gran productora de Hollywood, la vida de los actores del momento y sus fiestas, y series policiacas que se emiten de noche en televisión. Esta ambientación unida a una brillante banda sonora, como suele ser habitual en sus películas, es lo mejor que tiene film, donde se recrea una estética que unida a las localizaciones nos transporta a la gran ciudad de Hollywood de 1969 que converge a la par con el movimiento juvenil hippie y figuras como Charles Manson.

Cuando el conocido director anunció que solo iba a realizar diez películas se produjo cierta confusión dada su corta edad porque bien podría seguir rodando películas hasta los 70 o 80 años como Scorsese o Speilberg que llevarán más de 30 películas cada uno. Pero después de ver su última película igual no es tan mala idea que no pase de diez, dado que un director de su renombre no puede permitirse hacer una cinta como esta, donde es sin duda su peor obra. Con su experiencia es difícil imaginar a Tarantino escribiendo un guion tan vacio. Le queda una última bala, esperemos que tenga una despedida al menos digna de la gran pantalla, pero le será complicado recobrar esa chispa de sus antiguas películas.

JORGE LACASTA

sábado, 17 de agosto de 2019

'HISTORIAS DE MIEDO PARA CONTAR EN LA OSCURIDAD'. Cuentos de rutina


CRÍTICA DE CINE

'Historias de miedo para contar en la oscuridad' (Andre Øvredal. Estados Unidos, 2019. 111 minutos)

Casi una década hace ya de la irrupción de ‘Troll Hunter’. Con guion y dirección de un desconocido noruego, Andre Øvredal, cautivó en Sitges y quedó adherida en la retina del aficionado al fantástico-mitológico con trazos de survival. Aquella idea original de Øvredal traspasó el fluido unidireccional que en forma de ‘nordic noir’ suele llegar de Noruega. Llamó la atención el cineasta, que enseguida fue reclutado para producciones norteamericanas y puso el listó bastante elevado en su debut, ya con guion ajeno, con ‘La autopsia de Jane Doe’, con una primera hora de arrebatador suspense en el que daba buena muestra de su pericia en la puesta en escena, aunque el desenlace acumulase demasiado desenfreno. Guillermo del Toro se interesó en Øvredal, quien ya despojado de su aura creador en su recorrido estadounidense, es ahora responsable de lo que todo apunta a franquicia, un producto sin duda de etiquetado menor como ‘Historias de miedo para contar en la oscuridad’. Valga todo este recorrido por la todavía breve filmografía del director noruego como ejemplo que valida la ruta de aquellos cineastas que de mercados menores terminan en las redes de los circuitos más convencionales. 

Aparecen hasta doce manos firmando la escritura de la película, cuya acumulación de pequeñas set pieces salen de un libro de Alvin Schwartz. La disparidad de visiones se refleja en pantalla por mucho que el trabajo de Øvredal trate de maquillarlo. Apenas lo hace en alguna esporádica ocasión, ya que aparte de suaves sublecturas políticas que se quieran buscar en los márgenes (el paralelismo buscado entre presidente de Estados Unidos preVietnam con el actual antiinmigración) se trata de un producto aseado, cómodo y un tanto aséptico y sin personalidad definida. El esbozo de los personajes, a la estela de todo el movimiento ‘Stranger Things’ y ‘The Goonies’, no termina de conectar y provoca que la progresiva eliminación a lo ‘Destino final’ de cada uno de ellos no afecte en exceso, es más, exceptuando a la protagonista uno está deseando casi quitárselos de encima. Luce así el conjunto un aspecto de empaquetado industrial y rutinario, y ni siquiera esos monstruos con sello Del Toro logran provocar temblor alguno, con especial decepción para ese espantapájaros sin carisma alguno. 

Si hay un aspecto rescatable de ‘Historias de miedo para contar en la oscuridad’ es cómo sabe moverse en la frágil frontera del terror adolescente y los intereses de un público más adulto, con esos toques que de perfil la rozan, con la inmigración y la descorazonadora política exterior estadounidense como puntas del iceberg crítico. Poco más que la ya mencionada superficialidad blanquecina y ciertos aires a rutina se puede encontrar en la película, con la que Øvredal avanzará en reputación en la industria y retrocederá en la imagen que todavía algunos custodian de aquella desquiciadamente entretenida ‘Troll Hunter’. 

RAFAEL GONZÁLEZ

jueves, 15 de agosto de 2019

'LUTHER'. John el domesticado



CRÍTICA DE SERIE

'Luther' (5ª temporada)

La expectación que había generado el estreno de la quinta entrega de las aventuras de DCI Luther solo se sostiene en determinados momentos y no en todos los capítulos. El comienzo puede ser sugerente, pero la trama va resquebrajándose en grietas que se hacen ingobernables y carentes de impacto. Hay añoranza de la primera temporada y se intentan rescatar algunos elementos que funcionan más como falsos cebos que como ideas válidas. Partir de un personaje con tanta  garra es tener mucho ganado y si le da vida Idris Elba que es un actor todoterreno fantástico y entregado, con poquito que pueda tener el guion puede ser suficiente, pero no ha sido el caso. Los cuatro capítulos que componen la temporada no parten de un caso que tenga demasiado calado, incluso las subdivisiones -que ya rechinan- que son lo que realmente conforman la trama no tienen esa fuerza que transforme el producto en algo sólido. Todo se mantiene por unas interpretaciones de matrícula de honor, pero de algún modo los personajes no se parecen demasiado a ellos mismos. El paso del tiempo ha llevado a tirar por tierra elementos muy valiosos y contemplar a un paciente y comprensivo John Luther no deja de ser una estrategia poco sugerente y más, si atendemos a la resolución del conflicto. La polémica ya generada en tantas y tantas series sobre los malos finales tiene un aliado más en la conclusión de esta entrega en donde todo se transforma en gazmoñería previsible. La muerte de personajes cercanos es algo que suele encajar bien, pero tampoco ha causado el impacto previsto por una desgana en la escritura del libreto. El guion se ha trabajado muy poco y no se exprime la complejidad de unos personajes que oscilan en montañas rusas de idas y venidas. La química sublime que existe entre Ruth Wilson e Idris Elba no se maneja con inteligencia. Todo se enuncia brevemente para de ese modo pasar a retratar a dos personas que se alejan mucho de lo que podía haber supuesto un avance. La dirección de Jamie Payne no pasa de ser de correcta. Es un director que sabe manejar la cámara, pero no aporta nada que vaya más allá. Los capítulos se siguen bien porque el personaje posee ese magnetismo necesario para captar la atención. 

John Luther se merece otra temporada y que el trabajo de guion se tome en serio.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

sábado, 10 de agosto de 2019

'UN HOMBRE FIEL'. Rectángulo emocional



CRÍTICA DE CINE

'Un hombre fiel' (Louis Garrel. Francia, 2018. 75 minutos)

El clan de los Garrel en sus películas se aproxima a un lado muy particular de lo que son las relaciones sentimentales. Para su segunda aventura en el largometraje, Louis Garrel, cuenta con un maestro como J.C. Carrière en el guion y eso se nota en la solidez de una trama que es capaz de bailar en numerosos géneros sin que por ello nada resulte petulante. Las acciones están muy medidas y entre toda esa extravagancia emocional propuesta reina la comedia y no el drama. Es una gran decisión para que la película no se asfixie en esa tristeza que podría haber resultado demasiado impostada. Tampoco se abusa de una comedia de extremos, ya que habría quedado en la caricatura. 

Una infidelidad, un embarazo, un abandono, un deseo oculto, intimidad, muerte, sexo, venganza, planificación, reencuentro, planes, más planes, miedo, decepción, rencor y turbulencia vital. El tono de la cinta es muy inteligente. Los personajes están magníficamente construidos y los mismos van evolucionando en sus pulsiones. Laetitia Casta es el que más avanza sin freno. Comienza siendo una persona en apariencia tímida, pero crece hasta ser claramente quien marca los pasos de todos. Un personaje importante debe llevar consigo la capacidad de sorprenderse por una decisión que tome. Eso es algo imprescindible en ese paso más tan necesario para que una película del corte de ‘Un hombre fiel’ no quede varada. Hay un sometimiento vital a lo que son sus planteamientos pero nunca están expuestos de forma obvia. La introducción del thriller tiene en el niño, interpretado a las mil maravillas por Joseph Engel, su mejor aliado. Los mayores se interrogan continuamente por lo que él les cuenta. Es un voyeur de la realidad con gran capacidad para la manipulación. Con su móvil graba conversaciones y los sonidos íntimos de su madre en la cama para posteriormente poner los jadeos y las conversaciones a personas a las que derrumbará sus ilusiones. Su mirada y su forma de enfrentarse a esas escenas en las que la turbiedad supone un claro desafío, están muy bien resueltas. El cómo se retrata al niño entronca directamente con el tratamiento que les daba Truffaut en sus películas, tratándoles como adultos.

El anhelo sexual es otra de las constantes envueltas en una admiración que roza la idolatría. Para ello, el personaje al que da vida Lily -Rose Melody Depp- es muy directo. Aguanta el envite del cara a cara y aporta mucha naturalidad a una historia en la que los aspectos psicológicos están muy presentes, aunque no apabullen. Se consigue que exista un avance narrativo continuo, el interés dramático nunca es pervertido. Con una duración de 75 minutos es clave porque la película se sostiene muy bien. Louis Garrel se amolda al rol de hombre manejado por las mujeres, pero no es una marioneta, simplemente es alguien inseguro y muy paciente que se entrega con todos sus miedos, pero con un solo propósito: el estar bien. El daño en la película queda desdibujado y es una decisión muy correcta porque no habría podido ser tan ágil en caso de prestar demasiada atención al dolor. Se maneja bien el flashback y el recurso de la voz en off es inteligente. No obstaculiza y es una guía para conocer el interior de los personajes sin recurrir a trampas insustanciales. Es esta voz en off lo que se relaciona directamente con la Nouvelle Vague. La fotografía de la película es demasiado funcional. La historia posee demasiados elementos para que la misma pudiese haber ofrecido más matices en la composición de personajes o situaciones que siempre varían entre cómicas y dramáticas.

‘Un hombre fiel’ es una película que sale victoriosa en la conjunción de géneros, con una Laetitia Casta desbordante envuelta en una trama en la que las incógnitas nunca quedan resueltas, pero se disfrutan. ¿Quién es el padre? ¿Hay asesinato? ¿Es gay? Un guion firme siempre consigue que la propuesta ofrezca algo más y Louis Garrel lo ha conseguido. Contar con Carrière aporta ese más para que un proyecto gane y mucho.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

sábado, 3 de agosto de 2019

'LOS MUERTOS NO MUEREN'. Dos tazas de zombis


CRÍTICA DE CINE

'Los muertos no mueren' (Jim Jarmusch. Estados Unidos, 2019. 105 minutos)

Ante la avalancha de producciones  de zombis que en los últimos años han invadido por tierra, mar y aire todos los medios culturales posibles: series, películas, novelas, cómics, videojuegos y hasta teatro (Banqueros vs Zombis) era normal que, más tarde o más temprano, alguien intentase echar el cierre a toda esta narrativa de muertos vivientes.

Quien lo intenta en este caso es Jarmusch y su método son dos tazas de zombis para que el espectador quede empachado. Bueno, de zombis no, de  ghouls como uno de los personajes nos aclara, que aquí no hay hechizos sino que siguiendo los cánones del género los muertos salen de sus tumbas por un uso peligroso y avaricioso de la tecnología, en este caso es el 'fracking' en los polos que desvía a la tierra de su eje y cambia su magnetismo.

Desde el inicio, con la insistente canción del mismo nombre,  la película deja claro que es una película de zombis, algo que su pareja protagonista sabe (aquí la metaficción y la autorreferencialidad sirven ante todo como un recurso para bromear), y tira de todo el repertorio del género: los muertos que visten como cuando estaban vivos, la casa cercada con tablones en la ventana, los animales que huyen o la escena en el cementerio. En este último caso hay un claro homenaje a 'La noche de los muertos vivientes' (George A. Romero, 1968) y que puede sintetizar el “espíritu” de la película: donde en Romero había acción y urgencia en Jarmusch hay un humor ácido e irónico y una aceptación de lo que ocurre, pues que te rodeen los zombis al atascar el coche con uno de ellos es lo que ocurre en ese tipo de películas. 

La historia se desarrolla siguiendo la estructura clásica del género, presentación de personajes mientras se va enrareciendo el ambiente, primeras apariciones de los muertos, primeras víctimas, incertidumbre, colocación de personajes en sus lugares de muerte, apocalipsis y orgía de muertos por las calles y héroes cortando cabezas. Hasta cuenta con un personaje narrador, el ermitaño que ha vuelto a la naturaleza, cuyas explicaciones a veces son redundantes y demasiado explícitas. Y este es uno de los problemas del film, que según avanza se hace un poco redundante, se va atascando y ni siquiera los trucos finales pueden quitar esa sensación.

A pesar de la ironía y la broma sobre la redundancia del zombi, la obra no renuncia a la crítica y a retratar el ambiente enrarecido y asfixiante de la América trumpista representada en ese pueblo tranquilo y tan típico donde la convivencia de dos vecinos amigos anda enrarecida por esa gorra de Make America Great Again.

La pareja protagonista formada por Adam Driver y Bill Murray funciona a las mil maravillas, tal es así que casi se podría decir que también es una buddy movie ambientada en un holocausto zombi. Forman la típica pareja de policías con distinto carácter y visión de la vida, eso sí, ambos parcos en palabras y casi herméticos hasta en los momentos de más riesgo. A su alrededor orbitan otra series de personajes que van completando sus propias historias intentando sobrevivir al desastre bastante bien entrelazadas por lo que sorprende que una de ellas, los niños del reformatorio, quede tan aislada, sin aportar nada a la historia y sin su conclusión, como si en el montaje se hubieran eliminado escenas.

Los zombis de Jarmusch son capaces de hablar algunas palabras que recuerdan lo que más le gustaba en vida, son unos zombis que aún conservan cierta humanidad, no obstante son los vecinos de los que aún viven, despiertan cierta comicidad y ternura en su empeño en repetir lo que hacían cuando estaban vivos mientras van aprendiendo a desenvolverse en su nueva situación. No son unos entes repulsivos sedientos de sangre que se arrastran inexpresivos. Sirva como ejemplo ese primer muerto viviente vestido de viejo rockero que se mete una jarra de café y representado por Iggy Pop (es otro juego de la película: la presencia de veteranos ilustres).

'Los muertos no mueren' juega en la liga de películas como 'Zombieland', pero jugando más a lo irónico que a lo paródico, con unos protagonistas que no huyen sino que están dispuestos a aceptar con serenidad el destino que les depara el guion. Una comedia divertida y ácida que juega con el género pero que va perdiendo el tono y fuerza según avanza a pesar de conservar unos diálogos brillantes. Jarmusch no escapa de los zombis.

BENJAMÍN JIMÉNEZ DE LA HOZ

sábado, 27 de julio de 2019

'ENTENDIENDO A INGMAR BERGMAN'. Las mejores intenciones no son suficientes



CRÍTICA DE CINE

'Entendiendo a Ingmar Bergman' (Margarethe von Trotta. Alemania, 2018. 109 minutos)

Con motivo del centenario de Ingmar Bergman han proliferado los documentales acerca del director. El resultado de los mismos ha oscilado entre hagiografías ridículas o exposiciones sin mucho sentido. Tesis plagadas de refritos convencionales, que si qué se siente en su casa, que si era un ogro, que si era sensible, que si revolucionó el cine y así en todos. Realizar un encargo a Margarethe von Trotta (secundada por Felix Moeller y Bettina Böhler) para que se acercase a su figura era algo estimulante. No hay que olvidar que ambos se conocieron y que el propio Bergman consideró como una de sus imprescindibles a la película de la realizadora, ‘Las hermanas alemanas’ (1981).

Von Trotta en un principio parece que va a llevar el documental por una visión personal de lo que el guionista/director supuso en su vida, pero esto no es así. Su esperanzador comienzo en lo que supuso para ella estar en París y asistir a una proyección de ‘El séptimo sello ‘(1957), fenómeno catártico que le llevó a ser directora de cine, se va difuminando. Se intentan abarcar demasiadas cosas y claro, no se centra prácticamente en ninguna. La galería de figuras que aparecen entrevistadas no aportan gran cosa, entre ellas cuesta entender que la única declaración que resaltan de Carlos Saura sea que le tenía envidia por su actrices ¿Eso es lo mejor que pudo decir Saura? El director francés y gran conocedor de su obra, Oliver Assayas, explica muy bien cómo influyó el realizador sueco en toda la Nouvelle Vague. Ya en su curioso libro, escrito junto al sabio Stig Björkman, 'Conversations avec Ingmar Bergman', sacaban partido a algunas peculiaridades del realizador. Es una pena que su aportación no salga de lo ya por todos conocidos. El propio Björkman participa de forma coherente, aunque no incide demasiado en todo lo que conoce, parece que von Tortta no quiere dar ese paso más y desarrollar aspectos más desconocidos para el gran público.

Lo que realmente aporta es la aparición de Daniel Bergman. Es en ese momento en el que el documental despega y el espectador puede plantearse el por qué no centró el documental por aquí. Daniel desvela la relación con su padre y las heridas que se causaron. No libra tampoco de ese dolor a su madre, la excelsa pianista, Käbi Laretei. Los pormenores de una secuencia de ‘Niños de domingo’ (1992) con Bergman y su padre como protagonista es excelente. Se deja desnudo a un hombre que no tenía ninguna afinidad familiar pero sí la poseía con el equipo artístico de sus películas. También aparece el hermano de Daniel, Ingmar Jr, al que considera su hermano favorito. Ambos, como muchos de los hijos de Bergman, se conocieron en la fiesta que ofreció su padre al cumplir 60 años. Esto es un momento de luz y es una pena que no entreviste en profundidad a su hijo Ingmar, no hay que olvidar que la relación con su madre es el origen de muchas de las películas de Ingmar o de sus guiones, como ‘Infiel’ (2000). Otro gran momento es que von Trotta consigue desarrollar más lo que fue su periplo alemán y eso ofrece algo que hasta el momento permanecía más oculto. ¿Cómo se enfrentó a su puesta en escena de ‘Secretos de un matrimonio’ en alemán? ¿Cómo fue el rodaje de ‘De la vida de las marionetas? (1980)? Una pena que no se siguiese por ese camino. Tampoco se desarrolla ese conflicto que puede existir entre las escuelas de cine de Gotemburgo y Estocolmo. Esa dualidad entre Widerberg y Bergman se enuncia, pero queda difusa.

Tras este atisbo de luz en el que se exponen muchas sombras de uno de los tótem del cine, se regresa a la senda dulce de lo grande qué fue Bergman, lo que consiguió… o lo que es lo mismo, los lugares comunes que se encargan de repetir en cualquier documental que trate sobre su figura. Con todas las puertas que se le abrieron a la realizadora alemana ¿por qué no ser valiente? ¿por qué reincidir una y otra vez en las mismas cuestiones? ¿por qué no ahondar más en su figura, sus dudas, su deseo de reconocimiento cómo guionista -esa es la parte en la que realmente Liv Ullmann aporta algo-?

‘Entendiendo a Ingmar Bergman’ no ofrece la osadía imprescindible para ser un documental diferente pero sí aporta elementos que no habían sido tocados, eso sí, lo hace con pinzas, sin dar ese zarpazo necesario. Puede ser que la sombra del maestro siga siendo alargada y los productores solo quieran cosas convencionales. Se agradecen los momentos de luz que ofrece la casi siempre controvertida Margarethe von Trotta.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

jueves, 18 de julio de 2019

'YEARS AND YEARS'. Optimismo a pesar de todo


CRÍTICA DE SERIE

'Years and Years' (Russell T. Davies. Reino Unido, 2019)
1ª temporada 

Tras el final de 'Juego de Tronos' se ha desatado una búsqueda frenética sobre la nueva mejor serie de la década que colme nuestras necesidades. Esta carrera parece haberla ganado la miniserie 'Chernobyl', con su consecuente debate a muerte en las redes sociales. Si bien en este caso no se podía discutir el final (la cosa acabó como acabó) ni poner las manos en el cielo por los spoilers (al final no nos cargamos el planeta en un holocausto nuclear, por el momento) sino por el carácter más o menos anticomunista de la serie.

En esta carrera ha pasado más o menos desapercibida la última creación de Russell T. Davies ('A very English scandal', 'Doctor Who') para la BBC y HBO en la que se nos presenta un futuro próximo distópico, en lo que se podría considerar el espíritu cultural del momento: 'Umbrella Academy', 'El cuento de la criada', 'Altered Carbon' entre otras y en la que curiosamente 'Chernobyl' funciona como distopía desde el pasado.

'Years and Years' acompaña durante quince años a la familia Lyons como hilo conductor, desde es el presente de incertidumbre en el que vivimos a un futuro de caos y autoritarismo en el sistema democrático occidental. Así, los diferentes miembros van sufriendo, disfrutando o simplemente viendo restricciones en su libertad de movimientos, corralitos bancarios, pluriempleos en la nueva llamada economía colaborativa, repliegues nacionalistas y culturales o el avance de las tecnologías digitales. Lo único que parece estable es la vieja y enorme casa de la bisabuela, el pegamento de los cuatro hermanos tan diversos: una madre soltera y precaria, un experto en inversiones que pierde un millón de libras, un gay liberal que trabaja en programa de viviendas para refugiados y una activista radical del ecologismo.

Este futuro caótico no llega como consecuencia de un hecho espectacular o traumático que marque un antes y después, aquí no hay un desastre nuclear (pero si armas atómicas), o una hecatombe natural (pero si cambio climático y contaminación). No, aquí el desastre llega poco a poco, donde lo cotidiano se va convirtiendo en grotesco y lo imposible primero parece una broma, luego algo que no puede ocurrir para terminar siendo normalizado ante una ciudadanía que, en muchos casos, es mera espectadora. La famosa ventana de Overton, donde lo que ayer era una barbaridad hoy es lo normal.

Y ahí es donde esta producción juega su mejor baza  pues sabe leer y contar muy bien los hechos que están en los telediarios de hoy. No hay un rechazo general del futuro que presenta, huye de esta forma de un relato conservador, nostálgico o reaccionario, sabiendo captar la capacidad de seducción de la nueva ultraderecha en tiempos de incertidumbre a través del personaje de Vivianne Rock, esa mujer millonaria que se presenta como antisistema y que apenas tiene cuatro ideas generales para el país y aún menos ética. Un personaje que empieza siendo ridícula para terminar siendo tenebrosa y tan bien interpretado por Emma Thompson. Anticipa cuestiones que no tardarán mucho en plantearse, tales como el transhumanismo, la relación entre cuerpo-Estado-empresa o la híperconectividad a un nivel absoluto.

Davies dota la serie de un buen ritmo al usar varias elipsis para avanzar en la historia sin que se pierda información relevante en estos saltos ni en ninguno de los dos niveles en los que se mueve la narración: la familiar y la sociopolítica, que se combinan perfectamente y de forma muy ágil, estableciendo un diálogo entre ambas, en lo que parece una de las tesis de la serie, esto es, nuestra responsabilidad como sujetos políticos.

El trabajo de los actores es eficaz como corresponde a una historia coral, llegando a buen nivel en la mayoría de los casos en que uno de ellos acapara el protagonismo en algún momento, aunque se puede achacar que ciertos personajes secundarios apenas tienen mayor relevancia que ser un apéndice de su protagonista, un complemento.

'Years and Years' probablemente no es la mejor serie de la década, ni del año, pero tampoco le hace falta ni lo busca. Simplemente es una de las series más conscientes desde el punto de vista del mensaje político (tampoco se esperen a Ken Loach o a Costa-Gravas, que estamos en la HBO) sin caer en el discurso fácil y simple, capaz de mantener el ritmo y la coherencia argumental y vital de sus personajes, con una potente banda sonora al que quizás le pierde un final precipitado e ingenuamente optimista que no termina de enlazar bien con todo lo mostrado anteriormente.

No hay un “hype” por esta serie, ni habrá encendidos debates sobre su final o su veracidad, pero es una producción que merece ser visitada y que probablemente el tiempo, fuera de urgencias, la irá poniendo en su lugar.

BENJAMÍN JIMÉNEZ DE LA HOZ

sábado, 6 de julio de 2019

'AMATEUR'. Fue campo atrás



CRÍTICA DE CINE

'Amateur' (Ryan Koo. Estados Unidos, 2018)

Otro acercamiento del cine al baloncesto y nuevamente infracción señalada por los colegiados. ‘Amateur’ hace campo atrás y apenas se pueden rescatar para un breve resumen un par de jugadas destacadas. El título ya ofrece un doble sentido que opera en su contra, no hay apenas nada de interés que saque del tedio y de subrayar lo ya conocido por el aficionado a este deporte en esta producción apadrinada por Netflix. Cualquier documental arroja más luz y sobre todo realidad en este descenso al inframundo de los agentes, familias y demás cohorte que rodea y trata de canibalizar al jugador joven de baloncesto. No hay estereotipo fijado de antemano que se escape del guion de Ryan Koo también puesto al frente de la dirección, donde se maneja con mayor soltura, especialmente en la frescura y aquí sí, veracidad, de sus pocas escenas de cancha. 

A ‘Amateur’ tampoco le ayuda la interpretación atribulada y tormentosa de su protagonista, Michael Rainey Jr, aquí base de pequeño centro escolar tentado para jugar en categorías superiores por personajes un tanto siniestros, la nocturnidad en la que se presentan así lo grita. Hasta la baza de sus problemas de aprendizaje no se explota convenientemente, hubiera sido lo suyo, y queda como mero complemento que salvo la original resolución al problema ahí se queda. La llegada del protagonista a un nuevo equipo y su inmersión en los códigos de un vestuario que desconoce, y ahí sí que hay grosor, apenas quedan esbozados y un par de partidos le bastan para sentirse integrado y de ahí al interés nacional. En ese sentido ya se ha apuntado que un documental dotaría de mayor humanidad y cercanía a una historia que por rápido desarrollo y escasez de metraje se antoja acelerada y superficial. Le falta a ‘Amateur’ incluso ese toque de épica que, aunque poco verosímil, daba calor a otros trabajos sobre baloncesto, como la sobrevalorada ‘Hoosiers’ o ya a un escalón superior ‘He got game’. Respeto a Spike Lee.  

Radiografía de los males que acechan a los jóvenes que empiezan a destacar en un deporte, incluso en ese microuniverso desagradable ‘Amateur’ se muestra luminosa. Busca redención y remontar en sus últimos minutos, tras sestear los anteriores cuartos. El protagonista va saltando obstáculos, padre tirano, agente oscuro, entrenador de dobles intenciones y rivales por el puesto, a modo de videojuego juvenil hasta llegar a la pantalla final, un partido callejero en el que por fin muestra una sonrisa y que dota al conjunto de una luz que, en la realidad, que se lo digan a tanto proyecto de estrella destruido, no sería tanta. 

RAFAEL GONZÁLEZ