martes, 12 de noviembre de 2019

'EL CLUB' A las puertas del paraíso




CRÍTICA DE TEATRO


'El club'
Autoría y dirección: José Recuenco
Del 15 al 30 de noviembre. Teatro del Barrio (Madrid)


Ser un triunfador, pertenecer al club de los elegidos y abandonar la vida de los mediocres. La riqueza y el dinero como oportunidad, solo hay que saber aprovechar la opción, hacer contactos, ser más listos que los demás, arriesgarse y salir de la zona de confort. Tal es el mantra del nuevo (viejo) capitalismo de seducción en el que estamos inmersos.

Y en el umbral de esta promesa se encuentran los dos protagonistas de esta obra. Dos desconocidos que coinciden mientras esperan a ser llamados para la entrevista final que les dé acceso a un club exclusivo y prácticamente secreto que les dará entrada a múltiples negocios y contactos con los que ganar más dinero del que nunca habían imaginado y, sobre todo, ser gente respetable y triunfadora ante los suyos.


El montaje cuenta con la química que se establece en escena entre los dos actores, magníficamente interpretados por un aparentemente exitoso joven ejecutivo Ricardo Reguera y un canallita José Ramón Iglesias, que intercambian desconfianza mutua, pequeñas confesiones, miedos y complicidades mientras esperan a ser llamados al paraíso en una solitaria y peculiar sala de espera, atentos a los mensajes del móvil.

Ambos dotan de agilidad y ritmo a un texto con ecos de ‘Esperando a Godot’ de Beckett y a ‘El Montacargas’ de Harold Pinter, pero con un filtro más cotidiano y costumbrista, con unos personajes al borde del abismo que se aferran a una última posibilidad. Un texto con el que por medio de buenos diálogos va desgranando las angustias de los dos candidatos mientras va lanzando ácidas críticas al capitalismo actual y a una sociedad en la que el trabajador se vende como producto y en donde lo importante son los contactos y aprovechar las oportunidades que te pueden hacer subir rápido.

Dos personajes que en ese espacio aislado solo tienen la mutua compañía que no esperaban mientras les llega la información a cuentagotas a través del móvil. La eterna espera del minuto antes de que la vida cambie en ese espacio prácticamente vacío. Esa pobreza escénica acentúa la soledad de los personajes y su desesperación e incertidumbre. Cierto es que se podría haber trabajado más en este aspecto así como en iluminación y sonido obteniendo una mayor riqueza escénica y dramática, pero conociendo las posibilidades de trabajar estos aspectos en estas salas la apuesta es más que correcta y entendible.

‘El club’ es una comedia de su tiempo cuyo comienzo aparentemente ligero va abriéndose camino hacia una tragicomedia del malestar actual. Un montaje concebido para espacios pequeños pero con gran potencial de crecer, una sorpresa y alegría en el circuito de salas pequeñas y multiprogramación.


BENJAMÍN JIMÉNEZ DE LA HOZ

miércoles, 6 de noviembre de 2019

'ARIZONA'. Muerte mascada en la frontera



CRÍTICA TEATRAL


'Arizona'
Centro cultural Santa Petronila


Todo se inicia con una aventura de picnic de una pareja, Margaret y George. Ellos se miran, sonríen y preparan su espacio. La tarta, qué rica pero qué calor. George coge sus prismáticos y su escopeta que limpia con brío. Nada se ve, pero Margaret se muestra intranquila. El sol en esa frontera es duro y cada vez afecta más a una dubitativa esposa que siente cómo todo se va desmoronando. La radio sitúa la acción. La pareja protagonista son voluntarios que funcionan como pequeñas patrullas que deben impedir la “invasión” de sus vecinos mexicanos. La propuesta escrita por Juan Carlos Rubios es tan árida como contundente. Su inicio deja claro que son dos personas que en ocasiones simulan actuar como marionetas de ese deber que les ha sido impuesto. Incluso sus tonos de voz juegan a ser excesivos. Esto se va regulando a medida que avanzan los minutos. George vigila y no acepta las dudas que plantea su mujer. Todo debe seguir un orden que han debido memorizar para poder llevar a cabo su misión. No importan las reflexiones del pasado de sus abuelos y de cómo los mismos llegaron a la tierra de las “oportunidades”. Esa era otra realidad que puede tener consecuencias para lo que están realizando. La obra posee un personaje demoledor pero invisible que es el sol y sus efectos. De este modo entronca directamente con la película de Carlos Saura, ‘La caza’ y la cercanía de ambos finales. 

Los personajes van evolucionando y el juego de la unión comienza a evaporarse. El dolor y la decepción de cada uno de ellos va en aumento. La obra escrita en 2005 posee elementos de una actualidad que asusta. Los movimientos que van ejecutando por su espacio de picnic son muy medidos. En ellos se aprecian esas diferencias que posee cada uno de ellos. Los temas de conversación se reiteran, pero nunca existe un punto común. Cada acercamiento es un paso más a la distancia. El amor y la posición de poder se van alternando. Cada frase inicia una fase que introduce a los personajes en un ya nada será lo que era. 

La escenografía es habilidosa y los colores que exponen contrastan muy acertadamente en ese desierto en el que se encuentran. El reparto es muy bueno y ambos actores (Nieves Hernández y Carlos Rodríguez) se centran en sus papeles con una propuesta arriesgada en la que salen victoriosos. Retratar esos aspectos ridículos y sanguinarios que puede potenciar un gobierno es un tema escalofriante. Merche Lagarejo plantea una obra en la que el dolor, la muerte, la renuncia y la realidad son artífices de una propuesta sobria y coherente en una hora de duración. 

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

lunes, 4 de noviembre de 2019

'TóXica(s)'. En busca de ti, pero sin mí

CRÍTICA LITERARIA

'TóXica(s)'
Autora: Isa González
Editorial: Librossampleados
Páginas: 174
Año: 2019

La narrativa mexicana está a un nivel extraordinario. La pena es que a España no suelen llegar muchísimas de esas muestras de talento. Hay que recurrir a amigos libreros o a conocidos que por un casual hayan realizado un viaje. Es algo sorprendente que no exista una mayor facilidad para conseguir esa literatura. ¿Por qué? Es más, las propias editoriales que tienen sede en ambos lados del charco en ocasiones no traen los títulos que publican en los otros países. Una pena.

La trayectoria brillante de Isa González tiene en ‘TóXica(s)’su obra más madura. Enfrentarse a esta novela en la que el doppelgänger se reinventa era un desafío muy potente y el resultado no deja indiferente. La escritora mexicana nunca es infiel a lo que ha propuesto en su obra, pero en esta ocasión y en distancia larga sabe sacar provecho a todo ese bagaje narrativo que ha ido construyendo a lo largo de estos años.

Susana y Ana. Ana y Susana. Dos hermanas que por momentos son una y por muchos son dos. La crudeza de las acciones está perfectamente mezclada con la dulzura, la entrega y el conocimiento. La novela es un ir y venir de tiempos y en el que jamás el lector se pierde. Se asiste al dolor, a la pasión, al placer y a la subsistencia. González recrea las vidas de ambas hermanas, pero no se pierde en rellenos ridículos. Dota a la narración de una agilidad vertiginosa. Su distribución en pequeños capítulos es una decisión muy acertada. No necesita valerse de relleno para que todo cuadre. Esa estructura muestra una clara intención autoral y posee en la construcción de cada personaje una solidez aplastante. Es una mirada a la mujer que no se anda con miramiento alguno. Es necesaria esta honestidad para retratar ese paso del tiempo y el cómo las cicatrices se van incrustando en una hondura de la que jamás podrá salirse. En todo ese recorrido vital hay muchos momentos de luz y de esperanza porque al fin y al cabo lo que retrata es la vida y sus diferentes estados. La separación de las hermanas, el terror, la huida y la subsistencia. Hay ecos en algunos momentos que pueden llevar a ‘Inseparables’ (1988) de David Cronenberg, aunque con muchos matices. Esa complejidad entre gemelas que se entienden aún en la distancia, esa angustia y esas decisiones irrevocables. No importa que se maquille a un muerto, que se masturbe o se vea una pelea de hámsteres, todo encaja sin ser previsible y sin resultar ajeno a lo que se expone.

La narración posee una claridad visual muy seductora. Las escenas descritas en las que la crueldad se moldea con pausa, pero sin regodeo vacuo poseen una brillantez poco común y más si atendemos a ese anhelo de consumo de violencia gratuita que existe en el presente. Es bueno afrontar ‘TóXica(s)’sin conocer demasiado a lo que uno va a enfrentarse y así cada giro será más contundente. Hay que dejarse sorprender por Ana, Susana, Ángel, el profesor, los hámsteres, el Juguete, doña Celia, Efraín y tantos otros. ‘TóXica(s)’es un texto sobresaliente y una novela que queda a la espera de que se distribuya con normalidad en España.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

martes, 29 de octubre de 2019

'FINALE'. El reverso de los índices de felicidad





CRÍTICA DE CINE


'Finale' (Søren Juul Petersen. Dinamarca, 2018. 100 minutos)                

Apenas provocó sobresaltos y mínimos de tensión en la platea del festival Nocturna 2019 de Madrid la proyección  del filme danés ‘Finale’. Observación negativa al tratarse de una cuarta pared acalorada y de tacto fino, proclive a expresar emociones sin demasiadas exigencias. Temperatura tibia la que arroja esta producción  que mezcla crítica social, vídeos snuff, un pizquito de tortura y algo menos de suspense. Desde el inicio se muestra juguetona. Con un preámbulo clownesco y que posteriormente se verá sobrante, trata de jugar con la idea de felicidad que se da de Dinamarca y los daneses en cantidad de estudios e investigaciones, con el país nórdico y sus ciudadanos ocupando casi perpetuamente los escalafones superiores. Quiere decir su director y guionista, Søren Juul Petersen,  en un mensaje en exceso obvio, que tanto bienestar tiene su reverso, una cara oculta, una represión que puede salir en cualquier instante. Más adelante se verá que esta lectura sociológica se desvía por otros senderos, el de la crítica a la tecnología y al uso que se puede hacer de ella, difuminando esa tesis inicial que se vislumbraba de mayor interés.

Sobra solicitar originalidad y sorpresa cuando ya tanto se ha exprimido la fórmula del cazador misterioso acechando a las presas. Si se le podía haber pedido a ‘Finale’ unos mínimos que le cuesta alcanzar. El guion no entra ni sale ni le interesa en ese juego de engaños acerca de la identidad del que acecha en la oscuridad a dos jóvenes trabajadoras de estación de gasolina. El sentido simbólico o argumental a ese desfilar de secundarios candidatos al cuchillo no se logra solidificar y el trazo grueso con el que están esbozadas las protagonistas, con esos brotes de clasismo que después de repente se olvidan, dificulta que el espectador sienta cercanía, ya no empatía, a la situación que atraviesan.

El desquicie de su tramo final rompe con el tono sobrio y poco estimulante en lo sensorial que se ve con anterioridad.  El mensaje que quiere transmitir se difumina entre un festival de desconcierto que también afecta a la puesta en escena, aparatosa en ocasiones, y le pone un envoltorio de autor que si no hubiera existido nadie echaría de menos. El plano final, ese ojo orwelliano que lo ve todo, se funde con esa efigie de la heroína ensangrentada que tanto remite a la de ‘The descent’ de Neil Marshall. Que entre tanto espacio para la felicidad y el bienestar hay daneses que saben odiar y matar, no deja duda.

RAFAEL GONZÁLEZ

martes, 22 de octubre de 2019

'DIECISIETE'. Cuento con final feliz





CRÍTICA DE CINE


'Diecisiete' (Daniel Sánchez Arévalo. España, 2019. 100 minutos)


La fuerza creativa de Sánchez Arévalo ha tenido su mejor escaparate en los cortometrajes que realizó. Sus largometrajes no han conseguido por el momento conformar un producto compacto. Son historias que parecen nacidas para el corto y que se han ido alargando para conforman la duración necesaria para transformarse en largometraje. En ‘Diecisiete’ sucede lo mismo. El primer tramo de la película es muy efectivo. Todo está planteado de un modo acertado. En esta producción de Netflix prima un excesivo buenismo en el que las aristas morales de todos los personajes no existan. Los mismos se moldean siempre para buscar agradar y conseguir que los demás cambien y que ellos evolucionen. Todos los delitos “humanistas” que aparecen en la película tienen fines últimos morales. Nada importa. Héctor se encuentra interno en un centro de menores. Su obsesión es aprenderse el código penal -se lo ha recomendado la juez que le mandó al centro- y claro, eso provoca la risa de los compañeros. Prefiere estar incomunicado a tener relación con alguien. Aparecen los perros como terapia para los que se adaptan peor y se vuelca en uno de ellos. Tras ser adoptado el can por una familia, Héctor decide ir a por él. Para ello su abuela -en sus últimos meses de vida- y un hermano perdido en su propio ser se alían en la búsqueda de ese perro.

La historia se transforma en una road movie con muy poca inmediatez. La relación entre hermanos está marchita y la abuela quiere acercarse a la tumba del marido. El pasado lastra ciertas relaciones familiares pero las angustias se resuelven muy fácilmente porque todo el mundo es muy bueno y comprensivo. La historia no evoluciona. Da círculos sobre sí misma para llegar a un final que está previsto desde las primeras imágenes. El trabajo del dúo protagonista es resolutivo y consiguen despertar sonrisas. Película para ver en familia por ese positivismo que plantea.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

martes, 15 de octubre de 2019

'LA VIRGEN DE AGOSTO'. Jonás en la verbena de la ballena





CRÍTICA DE CINE


'La virgen de agosto' (Jonás Trueba. España, 2019. 129 minutos)


Eva ha decidido pasar agosto en Madrid. Pero lo va a pasar como si fuera una visitante, como si quisiera ver Madrid con otros ojos, cambiar su relación con la ciudad para descubrirse a sí misma también con nuevos ojos.

Eva ha conseguido que un conocido le deje su casa mientras se va de vacaciones, una casa en Ribera de Curtidores, justo cuando van a empezar las tres fiestas de Madrid. Eva se sube a un autobús turístico, mira por primera vez las lágrimas de San Lorenzo, se abre a conversar con gente desconocida y a dejarse llevar por los encuentros casuales.

Es en este viaje de Eva donde la película de Jonás Trueba funciona en la creación de esa mirada transformada y descubridora de la protagonista. A través de los silencios y los gestos el viaje fluye y los continuos encuentros casuales se insertan con naturalidad. La película tiene su mejor baza precisamente ahí, en lo íntimo, en esos pequeños gestos y silencios, en esa fábula de la nueva Eva que está siendo al dejarse llevar por el ritmo especial de una ciudad en vacaciones, en el que el tiempo parece ser otro- un paréntesis que cada vez es menos en estos tiempos de Ryanair y Airbnb.

Fuera de esa intimidad y ese tiempo suspendido, la película hace aguas, hay una continua percepción de artificio. Es como si Jonás Trueba no supiera que hacer con lo cotidiano, con la vida corriente de esos madrileños que van a las fiestas populares. Toda esa fábula de la transformación interior, todo ese tiempo suspendido en la ciudad en agosto se hace con la ciudad como estorbo.

Es una constante, casi una identidad, en las películas de Jonás esa burbuja de jóvenes artistas de la autodenominada clase creativa. En las verbenas, en las tres que jalonan los quince primeros días de agosto el centro de Madrid, no hay aglomeraciones, ni inmigrantes, ni lateros, no suena música pachanguera a todo volumen desde las casetas, pero si el flamenco indie de Soleá Morente. Tampoco hay borrachos ni turistas, aunque si una alemana que hace perfomances. Casi se podría decir que no se hacen bocatas de calamares de calamares y gallinejas, sino que se vende sushi y arroz crujiente para todos esos jóvenes artistas guapos.

La opción de obviar toda esta cotidianidad propia de unas fiestas populares es perfectamente legítima, pero lastra la propuesta de esa visión poética de la búsqueda. Parece como si al director le molestara lo cotidiano y su presencia le impidiera encontrar lo bello, una muestra de incapacidad que hace que numerosas escenas parezcan demasiado preparadas, artificiosas. A esta artificialidad contribuyen también algunos diálogos demasiado forzados, metidos con calzador, como si Trueba no hubiera encontrado el momento adecuado en el guion y los personajes los hubieran tenido que meter en algún tiempo muerto.

Los personajes, aunque bien defendidos por los actores, sirven para hacer fluir el camino de Eva, así que no tienen una construcción muy elaborada y no terminan de dejar ningún poso, más o menos peculiares, pero de los que se podría haber sacado más. De Eva no llegamos nunca a saber realmente nada de ella, fascinante en su fragilidad. Una pena que vaya perdiendo frescura según avanza la película. Buen trabajo de Itsaso Arana.

‘La virgen de agosto’ es un cuento bonito que quiere mostrar un Madrid amable, un Madrid en el que se ven las estrellas fugaces con todo su brillo, un Madrid en el que cualquier cosa buena puede pasar, tal es así que a veces parece un anuncio de las fiestas hecho por el Ayuntamiento. Un Madrid en agosto donde es posible el cambio y la ciudad puede transformarse. La fábula se deja ver, pero la burbuja hace que vaya alejando cada vez más y se vuelva ligera hasta que estalla y se ve el jabón y el agua.

BENJAMÍN JIMÉNEZ DE LA HOZ

sábado, 12 de octubre de 2019

'JOKER'. Guasa en el reverso



CRÍTICA DE CINE

'Joker' (Todd Phillips. Estados Unidos, 2019. 121 minutos)

Un personaje tan enigmático como Joker siempre puede ser merecedor de una película. En sí mismo tiene demasiada entidad y todos los claroscuros que posee su origen merecen ser fabulados porque no hay ninguna norma y eso dota al creador de mucha libertad.  En cuanto al origen del personaje se podrían destacar dos acercamientos brillantes: ‘La broma asesina’ de Alan Moore y Brian Bolland que ya tuvo su particular y no muy acertada adaptación en animación. Mezclaba de forma muy dinámica los orígenes del personaje y un nuevo truculento y lacerante caso del Joker. En segundo lugar, el destacadísimo número de Brian Azzarello y Eduardo Risso titulado ‘Batman: El caballero de la venganza’ en el que dieron una vuelta de tuerca magistral al personaje y al hombre murciélago. El más original y destacado hasta la fecha. También posee una fuerza asombrosa el libro tercero –‘La cacería del caballero nocturno’-de lo ideado por Frank Miller en ‘El regreso del caballero nocturno’. En esa ocasión era un Joker otoñal que se enfrentaba a su última puesta en escena.

La película escrita por Todd Phillips y Scott Silver ha preferido tomar un camino propio, aunque en ocasiones existan elementos que coinciden. En ellos es el fracaso el más predominante. La cinta podría haberse titulado ‘Joker’ o ‘Arthur’ o ‘Un hombre que agoniza’ porque las referencias que se dan con respecto a su unión con Batman son metidas con calzador e incluso algunas de ellas rozan la telenovela. No era necesario referir nada o al menos no hacerlo de un modo tan ostentoso. ¿Acaso hay alguien que no sepa lo que será el acontecer del personaje y cuáles serán sus ‘fazañas’? El guion pretende acercarse más a ‘Taxi Driver’ que a Allan Moore, pero en ocasiones hay demasiados ecos que parecen que Silver y Phillips han jugado más a la falsa adaptación. También hay algún eco a ‘El rey de la comedia’, de hecho, no han dudado en incluir a Robert de Niro, el protagonista de ambas cintas, para que esté presente y funcione como “antagonista”. Todo se vuelve demasiado previsible y resta impacto.

Existe una crítica social grande y estereotipada en el que se anuncia que la sociedad es la causante o una de las causantes de que el personaje llegue a tomar el rumbo que toma. Hay un exceso desde el comienzo que impide que Fleck, ese payaso que no consigue la risa, evolucione. Desde esos primeros compases su estado mental ya es crítico y la retirada de fondos va a permitir que su enfermedad se vaya haciendo inabarcable. La relación con la madre, las cartas de la misma a un envejecido Thomas Wayne, los problemas de trabajo y las falsas seducciones se van aliando en un planteamiento que chirría porque se vuelve tan evidente que no deja incógnita alguna. Del mismo modo el empleo del flashback está realizado con poca suspicacia. 

La película tiene dos elementos positivos, la fotografía y muchos aspectos de la interpretación del siempre estupendo Joaquin Phoenix. La risa que emplea consigue enturbiar cualquier instante y generar mucha incomodidad. Eso ya marca un sello determinante en lo que es el personaje. Sus bailes y sus muecas también son sugerentes. El problema que puede poseer su interpretación es el propio guion. Era una buena oportunidad para bucear y no necesitar nada de la historia posterior. En este caso, el fenómeno que supone el Joker, ya es un atractivo rico y no necesario de nada más. No hay porqué buscar una empatía remarcada con el público o realizar continuos guiños. Eso pierde. Quizá hayan buscado tener un punto en común con alguna saga, pero el resultado no es novedoso. La fotografía si capta el estado anímico de ese guasón con la reiteración de claroscuros muy bien planificados. La banda sonora alterna el score con piezas muy conocidas de Nat King Cole como ‘Smile’ o el ‘That´s life’ de Sinatra se fusionan correctamente. La dirección de Todd Phillips no tiene que ver con su trilogía de la Resaca, pero tampoco ofrece puntos brillantes que vayan más allá de la elección de un actor como Phoenix, su mayor acierto. Sería muy absurdo entrar en el triste debate por ver que Joker ha sido mejor en la gran pantalla. El ideado por Phillips es completamente diferente a cualquiera de los otros, tanto que no es ni el mismo personaje. 

‘Joker’ es una película entretenida. Su gran campaña publicitaria atraerá a los cines a la gente y no molestará ni a los aficionados a los comics ni a los que no lo son.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

sábado, 28 de septiembre de 2019

'EL HOTEL A ORILLAS DEL RÍO'. Los tres actos bien marcados pero poco expeditivos


CRÍTICA DE CINE

'El hotel a orillas del río' (Hong Sang-soo. Corea del Sur, 2018. 96 minutos)

La actividad frenética del director coreano es bien recibida. En 2017 rodó tres películas y en 2018, dos. No importa que, en ocasiones, como es la película que nos ocupa, ofrezca un resultado poco alentador. Curiosamente ha sido muy premiada y sin embargo dista mucho de ser uno de sus títulos más interesantes. Los elementos poéticos están aliados con un paisaje enternecedor en el que la emoción, la dulzura y la melancolía se encuentran. Las dos historias paralelas no terminan de arrancar. La forma de encontrarse en diferentes instantes es opaca y demasiado impostada. Son más bien trucos de un guion que une dos realidades y nada mejor que un hotel para que se toleren la causalidad y la casualidad. Por un lado, uno de los residentes es ese poeta que ya no encuentra el sentido de nada. Simplemente está y se reúne con sus hijos para enfrentarse a conversaciones que ya ni siquiera le importan. No le interesa mucho lo que hizo o dejó de hacer ni cómo es la vida de esos hijos de los que una vez se despidió. Le seduce más alabar a sus compañeras de hotel, su belleza, su sonrisa y su proximidad. Es ahí donde se descubre a la bella Sanghee, que atraviesa una etapa oscura por el dolor de una separación. Las historias avanzan para encontrarse de maneras demasiado ficcionales. 

La película es más una intención que una realidad sin ensamblar. La propia iluminación de la cinta está muy en consonancia con esta falta de definición plasmada en el guion. Se emplea un blanco y negro impersonal. Demasiado claro, no terminando de tomar ninguna dirección concreta y por ello no aporta a la historia. La dirección de Sangsoo vuelve a ser resolutiva y se mantiene firme en su decisión de no cuestionar el empleo del zoom. Eso, a día de hoy es una osadía que se agradece. Confía en sus actores y rueda planos secuencia muy largos en el que todo lo relevante se encuentra en la emoción de la situación. La muerte flota en la intencionalidad marcada pero las acciones no llevan a que exista impacto alguno. El tiempo en esta ocasión no lo maneja con la habilidad que suele mostrar. El problema real reside en el guion, aunque el mismo haya sido premiado. 

‘El hotel a orillas del río’ son más unas notas de trabajo que una película acabada pero es gratificante ver en acción a Hong Sangsoo y a unos actores que solventan acciones nada sencillas. Que en sus películas brille Kim Minhee ayuda a que todo se ensamble mejor. 

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

sábado, 21 de septiembre de 2019

'53 GUERRAS'. La otra trinchera


CRÍTICA DE CINE

'53 guerras' (Ewa Bukowska. Polonia, 2018. 79 minutos)

El nivel de atracción del cine polaco en España lo calibra cada año la muestra Cine Polska. Nueve ediciones alcanza un ciclo que permite ver en pantalla grande producciones que de otra manera serían casi inaccesibles para el espectador. El festival ya llega a ocho ciudades del país y verifica la robusta salud de una cinematografía que escapa del cliché al que le someten los nombres de las celebridades que todos conocen. A lo largo de los prolegómenos de la ceremonia de inauguración se escucharon en los interminables discursos protocolarios apellidos como los de Wajda, Holland, Kieslowski o Polanski en su primera etapa y someros intentos de dar ofrecer unas características generales a una producción tan heterogénea. La extensión de los parlamentos casi igualó la duración del primer largometraje proyectado, el debut en la dirección de la actriz Ewa Bukowska. 

‘53 guerras’ se une a la cada vez más gruesa lista de trabajos sobre los corresponsales de conflictos bélicos, aunque aquí el argumento mira a los que se quedan esperando su retorno, a lo que pasa en la retaguardia y a las consecuencias y el vacío que dejan. El protagonismo recae en su totalidad en Anna (trasunto de Grazyna Jagielska), la mujer del periodista Witek (en la realidad Wojciech Jagielski, con varios libros traducidos al español) y en la devastación que su ausencia le produce. Los tiros ya no están en la trinchera, sino en ese teléfono que no suena, en el hueco en la cama y en la reunión escolar con el padre de espíritu ausente. Los escenarios no son Grozni ni Kabul, sino el salón desordenado de una ciudad polaca cualquiera y la cocina a rebosar de cubertería sucia. 

Desde el inicio, donde se desliza que esa dependencia que la mujer muestra por el marido tiene un origen marcadamente físico, hay un descenso continuo y prolongado a los infiernos a la locura. La dirección juega a agobiar con planos cortos y rápidos y lo hace con buen tino. Todos los elementos al alcance de Bukowska se ponen a disposición de lo emocional, en detrimento del estatismo que presenta el argumento y de unos personajes sin desarrollo. No hay titubeos a la hora de mostrar ese viaje a la locura, con momentos tan quebradizos como aquel en el que Anna inventa la muerte de su esposo u otro, ya en el extremo de la psicopatía, como los dos intentos frustrados de asesinato. 

El otro personaje es el ausente, el reportero de guerra, al que apenas se le ve. Es un fantasma que no se responsabiliza y al que no se le señala, más preocupado por la entrevista al líder checheno que por el colegio de su hijo, una voz al otro lado del cable, un cuerpo al que engancharse sexualmente cuando cruza la puerta. En ese sentido ’53 guerras’ se posiciona casi sin darse cuenta, con el retrato absoluto del desequilibrio de la mujer y esa ausencia de cuestionamiento en la actitud del hombre. La imagen con la que se cierra la película es definitoria, con el último trazo al círculo interminable de frustración, dolor y dependencia entre una pareja que, quedó demostrado, nunca dejará de habitar en dos trincheras diferentes.

RAFAEL GONZÁLEZ

martes, 17 de septiembre de 2019

'QUIEN A HIERRO MATA'. Narcos, pasado y poca novedad


CRÍTICA DE CINE

'Quien a hierro mata' (Paco Plaza. España, 2019. 107 minutos)

Paco Plaza es un director que maneja con soltura el medio y sabe sacar partido a una producción que tiene como gran objetivo ser un éxito de taquilla. El guion posee casi todos los elementos que van conformando un thriller para el gran público. Los buenos a un lado y los muy malos a otro. Para ello tira de coincidencias sangrantes para que a los buenos se les puedan detectar ciertas fisuras en su idílico orden vital, pero los malos son tan malos que tampoco importa mucho los que les pueda suceder. Del mismo modo incrusta algo de humanidad en el gran capo antagonista. No hay nada en lo escrito que aporte novedades. Lo más destacado de la película es Xoán Cejudo. El personaje que compone tiene ecos del Lear shakesperiano. La relación con sus hijos -personajes que siguen al pie de la letra el prototipo de narco- no atraviesa por un buen momento debido a esa decepción que el padre siente con ellos. Su crudeza refleja lo que es la experiencia. Se adelanta a lo que va a suceder y como todo en esta película, sucede. 

Se dan claves continuas de lo que va a acontecer en cada instante, por lo que las aparentes sorpresas jamás son tales. Se beneficia la historia del pulso fílmico y de saber dotar a ciertas acciones de un ritmo vigoroso sin que por ello la previsibilidad del resultado llegue a ser molesta. Luis Tosar representa justo el punto contrario de Cejudo. Enfermero modelo, buen marido, futuro padre y guía para esos ancianos en sus últimos momentos. Su pasado vuelve a golpearlo y entran en la historia los prescindibles flashbacks que no aportan nada, es más, parece formar parte de un mal corto pretencioso. Tosar sabe componer su personaje, pero se queda en eso, en un trabajo bien hecho pero reiterativo en lo que es un actor de su talento. 

Toda la propuesta busca ser efectista y para ello se vuelve a recurrir a Shakespeare, en esta ocasión, el personaje de Tosar homenajea a Lady Macbeth con sus manos teñidas de sangre. El trabajo interpretativo es resolutivo y aunque los personajes se mueven en esos arcos reconocibles sin que ninguno, salvo Cejudo, se salga de lo que marcan los estereotipos, lo hacen correctamente. Las exageraciones tonales no terminan de importar porque es lo que se espera de ellos, ya sean los hijos del patrón, los colombianos, la mujer de Tosar, los compañeros… 

‘Quien a hierro mata’ no aburre, aunque no sorprende en nada. El final carece de impacto y es solo la dirección de Plaza la que compite contra la previsibilidad enunciada.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ