lunes, 15 de octubre de 2018

‘JANE EYRE. UNA AUTOBIOGRAFÍA’. Amargo amor amado




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CRÍTICA DE TEATRO
'Jane Eyre. Una autobiografía'.
Dirección: Carmen Portaceli.
Teatro Español (Madrid)

                                                                                                                                         Pentru Ioana

Carme Portaceli por fin realiza un montaje en el que aporta cosas. Desde que se hizo cargo del Teatro Español nada de lo que había dirigido había poseído empaque suficiente. Su Jane Eyre bebe de la adaptación cinematográfica llevada a cabo por Cary Joji Fukunaga en el 2011. En cuanto al dinamismo también casa con la propuesta dirigida por Sally Cookson. 

Partiendo de una ágil adaptación, el montaje fluye desde el comienzo. Anna Alcubierre firma una escenografía altamente efectiva. Esa habitación blanca con espejos a ambos lados sirve para dar cabida a la vida de Jane Eyre y sus diferentes desventuras e ilusiones. Todo tiene un calado mayor con la aportación de la música en directo compuesta para la ocasión por Clara Peya. Cellista y pianista se sumergen en los estados emocionales de un viaje vital con grandes resultados. Si bien es cierto, conviene matizar que en ocasiones la música está muy alta y eso hace que los actores griten en ciertos instantes. En un principio, la composición original parece evocar al Michael Nyman de ‘El piano’. Los flashbacks y las elipsis sobre las que se trabajan nunca llevan al equívoco al espectador.

Hay decisiones más cuestionables. Se ha suavizado al personaje de Rochester. Es una pena porque su arco es menor y aunque Abel Folk está muy bien, se le resta enteros a su composición por una decisión de la dramaturga y la directora. Sus ecos llevan a Pierce Brosnan. Se echa en falta algo de crudeza y tristeza. Trazan un personaje menos atormentado. Todo el tramo final se aleja de lo planteado por Brontë y se da más relevancia al personaje de Antoniette. Esto no suma, resta y lleva a Gabriela Flores a rayar la sobreactuación. Una pena porque en su rol de Helen llega a ser tan delicada que emociona. El reparto está muy bien. Ariadna Gil es un portento escénico. Se acepta sin mayor problema el pacto con la edad de Jane. Consigue hacerse dueña de la escena y sus tonos nunca resultan exagerados. 

‘Jane Eyre. Una autobiografía’ es un gran montaje. La duración de dos horas se hace llevadera, aunque esas aportaciones que ha realizado Anna María Ricart consiguen que el montaje pierda enteros. ¿Por qué alejarse del texto de Brontë sin que este alejamiento aporte? Veremos cuál es el devenir en la dirección de Portaceli. Si este es el camino, bienvenido sea. 

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ








martes, 9 de octubre de 2018

'TODOS LOS CAMINOS CONDUCEN AL NARCO'. ¡Que viva México!





CRÍTICA DE TEATRO

 'Todos los caminos conducen al narco'.

Texto y dirección: Acoyani Guzmán.
Nave 73 (Madrid)

El arte mexicano en todas sus disciplinas está ganando terreno a cualquier país. Si atendemos a la literatura podemos destacar innumerables nombres como Isa Gónzalez o Julián Herbert ―por citar solo dos―. En cine, Arturo Ripstein, Carlos Reygadas ―de nuevo solo dos citados―, en teatro, los Colochos, Lagartijas tiradas al sol ―entre muchos más― Y así se podría seguir en todas las disciplinas. Se trata de una forma de exponer la realidad mediante creaciones muy originales y repletas de fuerza.

Ahora irrumpe con entereza la figura de Acoyani Guzmán con su obra ‘Todos los caminos conducen al narco’. Una noticia extraordinaria para el espectador es que el texto ya estuviese publicado por Esperpento Ediciones Teatrales. La labor que realiza esta editorial es altamente gratificante y necesaria para el mundo de la creación teatral. Es una ventaja enorme poder tener los textos y conocerlos antes de asistir a la función. Un trabajo como el que nos ofrece la autora y directora mexicana es muy complejo en apariencia si atendemos al texto, pero ha sabido trasladarlo a las tablas con sencillez y saber hacer. El imaginario común que se pueda tener de México en esta puesta en escena es mostrado sin titubeo ni adornos innecesarios. No resulta sencillo emplear todo el espacio de una sala como la de nave 73. Acoyani maneja el espacio con destreza. La dirección artística ofrece los matices necesarios sin recurrir a elementos fútiles. Los altares al “santo de los narcos”, Jesús Malverde, y a la Santa Muerte reinan a ambos lados del escenario sin interrumpir las acciones y sin tomar un protagonismo innecesario. 

Todo comienza con una invitación a Tequila y Mezcal. El dinamismo se enuncia con inteligencia en dos entregados actos de Fe. En una obra coral que nunca lleva a la confusión, los dos personajes sobre los que recae el peso de la función son la Corderita y la Pulpo. Caracteres aparentemente opuestos que se van complementando en ese Tetris que pueden ser las relaciones en una cárcel. El vínculo entre ambas evoluciona al igual que sus circunstancias. Las fragilidades se van alternando y cada una desarrolla virtudes que desconocían para llegar a ser personas con un arco bien diferenciado desde el comienzo al final. El resto de reparto da vida a muchos personajes y todo ello genera un enigma fabuloso para que la trama continúe reinando en una propuesta que no huye del teatro documento para enlazarlo con el teatro de acción. El video forma de la partida con sutileza. Su aparición siempre aporta y puede condenar, angustiar ―en los interrogatorios― o mostrar esa realidad que retrata. Los acentos son protagonistas a su manera. Intentan despistar y viajan al igual que los personajes. El acento mexicano que reina en la función en momentos puntuales se vuelve español. Todo tiene un porqué. Nunca se lleva a una confusión que vaya más allá de lo que es la propuesta ―mérito sobresaliente de un gran elenco y una buena dirección con criterio―.

‘Todos los caminos conducen al narco’ trata de México. Esa estrella de cinco puntas que se va remarcando siempre encaja en todos aquellos lugares en los que las acciones van teniendo lugar. Lo mismo se está en la cárcel, que en una sala de interrogatorios o en Culiacán. El espectador sigue sin perderse. Hay continuos movimientos, pero jamás los mismos son gratuitos. El dinamismo que ofrecen está muy medido. Se hubiese agradecido una mayor intervención de la música en algunas transiciones. La crueldad y la dulzura se van alternando en busca de ese camino que se va exponiendo. México sin jugar al escondite. México en su seducción, en su dolor y en su proyección. México moldeando lo que será, México intentando encontrarse, México en sí para sí. 

El reparto es sobresaliente. Las actrices nunca pierden la coherencia de la acción. El trabajo con el acento es destacadísimo y sus acciones son dinámicas y comprensibles. Todo a favor de un texto que cobra una fuerza mayor con una representación notable. Puede ir a más porque esto no ha hecho más que empezar. Acoyani Guzmán sabe hacer teatro. Ahora solo tiene que continuar con ese paso firme.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

sábado, 29 de septiembre de 2018

'HARRAGAS'. Morir o poder morir



CRÍTICA DE CINE

'Harragas' (Merzak Allouche. Argelia, 2009. 110 minutos)

‘Harragas’ es el mismo reverso solo que en otro tipo de moneda que ‘La Pirogue’, reseñada hace un par de semanas en esta misma página. Si aquella se ocupaba de la inmigración vía marítima que conecta Senegal con el archipiélago canario, ahora el retrato es el del periplo que lleva de costas argelinas a alguna zona del sur peninsular. Se cambia el cayuco de madera, la travesía de días y el océano inabarcable por la patera o lancha motora de reducidas dimensiones, el viaje fugaz y el miedo continuo a ser descubierto. Es una ruta sin duda de más impacto mediático, fundamentalmente por las cifras registradas. Al igual que sucedía con ‘La Pirogue’, ‘Harragas’ multiplica su valor al ofrecer un punto de vista inédito, el que procede del mismo país del que salen estas pequeñas embarcaciones llenas de gente que huyen de la muerte en vida. “Si yo parto sé que puedo morir. Si yo me quedo me muero”. Alrededor de ese razonamiento gira esta producción argelina, ya con casi diez años de antigüedad. Otra, como ‘La Pirogue’, flagrantemente olvidada por los distribuidores cinematográficos en España y que apenas se pudo ver en algún festival. 

Merzak Allouache radiografía con contundencia qué lleva a un grupo de jóvenes a tomar una decisión en la que el desenlace siempre es incierto. Va a un paso más allá del viaje y se toma su tiempo en mostrar el contexto, circunstancias y breves y certeros brochazos de los tres personajes principales. ‘Harragas’ habla de desheredados en mayúsculas, de personas que separadas apenas por unas millas de la costa española eligen poner en riesgo lo único que les queda, su futuro. Lo prefieren a seguir condenados a la nada, a la suma de un día gris más otro a la vuelta de la esquina. Es suficiente un par de conversaciones familiares y un excelente trabajo de fotografía en los barrios desfavorecidos de Mostaganem para describir ese profundo hastío y desánimo. Anida en esta película un pesimismo y una tristeza que no la hará digerible a muchos espectadores, porque ni siquiera aun cuando se ponen en la mejor de las opciones los tripulantes de la embarcación se atreven a abrir resquicios a la esperanza. 

Una introducción larga y necesaria para contextualizar situación y también la negociación de un viaje de estas características deja paso a la parte más cinematográfica y al mismo tiempo de la que menos se sabe, el trayecto. Existe una especie de pacto no tácito entre los que lo han vivido de evitar el tema en las conversaciones. Allouache impone ritmo a estas secuencias, trata de desarrollar algunos personajes secundarios (no sale del todo bien parado) y, en la decisión más criticable, introduce un gancho para añadir el tema de la corrupción enquistada en la sociedad de su país. Quizá no fuera necesario tanto énfasis en la falta de humanidad de uno de los personajes, aunque sí es cierto que estas escenas elevan una tensión ya en niveles casi máximos. 

‘Harragas’ no podía acabar de una forma diferente a la que lo hace. Allouache pone así otra muesca en una filmografía poco conocida en España y que se hace tan necesaria en estos tiempos de zozobra y discursos preconcebidos, puesto que su cine, como muestra ‘Harragas’, ejerce de frío análisis de las realidades que más preocupan en la actualidad en su país y que se pueden extrapolar a tantos otros contextos. 

RAFAEL GONZÁLEZ TEJEL

domingo, 16 de septiembre de 2018

'TODOS LO SABEN'. Farhadi se pierde y se añora



CRÍTICA DE CINE 

'Todos lo saben'  (Asghar Farhadi. España. 2018. 130 minutos)

El melodrama es un género en sí mismo que resulta fascinante. Ingmar Bergman lo practicó a lo largo de toda su carrera con resultados excelentes. El problema que puede tener es que el mismo se pase de tuerca y todo lo que narre sea más propio de una telenovela que de una película. Asghar Farhadi se desenvolvía a las mil maravillas en sus historias manteniendo cierto exceso controlado y de ahí que sus películas tuviesen esa doble aceptación tan complicada de crítica y público. En ‘Todos lo saben’ el artefacto se le ha ido de las manos por todos los costados. Nada en la historia posee empaque. Partiendo de un acontecimiento nada original ―eso no es que importe― se da forma a una desarticulada trama repleta de lugares comunes y en los que ninguno de los elementos que pueden poseer fuerza se desarrollan ―el silencio, las rencillas, el engaño, el secreto―. La previsibilidad de lo narrado termina por agotar en un metraje tan excesivo como desigualmente distribuido. 

Su comienzo está más cerca de ser un anuncio publicitario ―casa Tarradellas, Fuet…― que de formar parte de una historia. Una presentación que recurre a todos los tópicos sin prescindir de ninguno. Por momentos todo lo sugerido lleva más a un curso de tópicos españoles para extranjeros que al intento de filmar una historia. ¿Qué queda del Farhadi que conseguía que el espectador se interrogase? La lentitud con la que transcurre la cinta no es más que una guía de viaje en la que nada sorprende porque todo está demasiado enunciado. La historia se ahoga en la falta de un desarrollo coherente y eficaz.

El aspecto interpretativo es insuficiente a todas luces. Puede que el propio guion no deje mucho campo de acción a los actores, pero los mismos no dejan de recurrir a sus previsibles trucos para no ofrecer trabajos contundentes.  Momentos aparentemente dramáticos despiertan la risa en el espectador. Penélope Cruz se pierde en ese inoperante acento argentino. En ocasiones lo emplea, en otros no ―¿por qué?―. Bardem se queda acomodado en una calma que no va a ninguna parte, a Eduard Fernández le sucede algo similar y cada personaje se queda en una nada que poco aporta. Elvira Mínguez naufraga en ese excesivo dramatismo al que recurre continuamente. Ramón Barea sí pelea más y es el más resolutivo del reparto junto con la parte inicial de Bárbara Lennie y un siempre natural y efectivo Tomás del Estal. Darín vuelve a hacer de Darín y poco más. Son los jóvenes los que intentan mostrar sus cartas, alguno lo consigue y no era tarea sencilla con esas líneas que tenían. 

Tampoco el aspecto técnico ofrece algo que vaya más allá de lo correcto. La fotografía está diseñada más para el escaparate que para narrar la historia. Su iluminación está más cerca de la publicidad que del servicio al melodrama. Va por una dirección muy opuesta a lo que plantea el libreto. El montaje es mucho más eficaz pese a una dirección sin alma. 

Asghar Farhadi naufraga en una producción que pese a tener buenos ingredientes no aporta nada que no sea una duración exagerada.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

sábado, 15 de septiembre de 2018

'LA PIROGUE'. El alma de un cayuco



CRÍTICA DE CINE

'La Pirogue' (Moussa Touré. Senegal, 2012. 87 minutos)

Aunque ya tenga unos años (data de 2012), lo retratado por ‘La Pirogue’ mantiene cierta vigencia respecto a la actualidad. Tras la denominada ‘crisis de los cayucos’ de 2006 siguió un descenso vertiginoso en el número de llegadas a las Islas Canarias de este tipo de frágiles embarcaciones de madera que salían de Senegal. En los últimos meses de 2018 se ha registrado un repunte que enlaza con la inercia de lo vivido más de una década atrás en el archipiélago. ‘The Pirogue’ funciona así como testimonio de una realidad que no cesa, aunque su valor se redobla por el simple hecho del punto de vista que aporta. Viene firmada, ideada y ejecutada desde Senegal, esa visión que se nos hurta o que aparece aplastada por la occidental tantas veces. En este caso nadie se apropia de una realidad y puede configurarla al gusto del espectador medio. El trabajo de Moussa Touré en ese aspecto es irreprochable. ‘La Pirogue’ no victimiza ni abre la puerta a la heroicidad o al valor de sus protagonistas. Prefiere adentrarse en su psique, en sus motivaciones, objetivos, ilusiones y angustias. Hay quien pueda valorar que se quede corta, puesto que no asoman culpabilidades ni reproches hacia un sistema que empuja a las personas a jugarse la vida en tales condiciones. No es la intención de Touré, quien se ocupa de retratar los miedos, temores, generosidad y egoísmo de esa particular tripulación que pone rumbo a las Islas Canarias desde una villa pesquera de Senegal. 

Que nadie, por otra parte, espere encontrar ingenuidad o una falsa bondad en ‘La Pirogue’, maniqueísmos los justos. Apenas hay briznas de esperanza en lo que se sabe de antemano, aunque no se exteriorice, que será un viaje casi imposible, y aún así se intente. La película, tras un correcto preámbulo en tierra, rápidamente se echa a la mar  y convierte el viaje en una sucesión de pesares entre los que se intercalan aproximaciones a las motivaciones de sus personajes, lo que les diferencia y les une. Touré narra con ritmo e incluso regala unas espectaculares escenas en medio de una tormenta propias del mejor cine de alta mar. El cayuco es supervivencia y al mismo tiempo la peripecia tiene algo que retrotrae a un espíritu bélico, curioso antagonismo, y que queda perfectamente definido en la escena de cruce de embarcaciones. Cine introspectivo de aventuras al margen, ‘La Pirogue’ tiene un componente de testimonio documental interesante, al mostrar cómo se realiza un reclutamiento para este tipo de viajes y quiénes suelen ser los capitanes, expertos pescadores muchos pese a lo precoz de su edad. Este retrato se aleja de ese otro tan pérfido de mafias siniestras con el que los medios -a veces la realidad- alientan lo que sucede en esa y otras fronteras.

‘La Pirogue’ rompe así ideas preconcebidas y, fundamentalmente, permite conocer desde el otro lado y con otra voz y diferente mirada, algo a lo que en Occidente nos hemos acostumbrado a digerir desde una perspectiva propia. Al final queda lo que es, desde el prisma que sea, un cúmulo de historias trágicas con algún final feliz y que realmente les pertenecen más ellos que al ‘nosotros’ del mundo occidental, y el cine no debe ser ajeno a ello tampoco.

RAFAEL GONZÁLEZ

domingo, 9 de septiembre de 2018

'UN ENEMIGO DEL PUEBLO. (ÁGORA). Amigos, votaciones, Ostermeier y poco teatro




CRÍTICA DE TEATRO

'Un enemigo del pueblo. (Ágora)'.
Basado en la obra de Henrik Ibsen.
Dirección: Álex Rigola.
Teatro Kamikaze (Madrid)

Álex Rigola consiguió ofrecer un espectáculo notable con ‘Vania’. A partir de ese instante la fórmula de la propuesta se ha repetido con ‘Who is me. Pasolini (Poeta de las cenizas)’ ―bien― y con ‘Un enemigo del pueblo’ ―muy mal―, agotando en sí misma la idea. La propuesta con esos ingredientes aparentemente metaficcionales, en la que los actores se llaman por sus nombres reales no tiene ningún calado. La misma es teatro narrado por actores que narran al espectador lo que sucede, salvo  en algunos instantes donde puede apreciarse conflicto y acción-reacción ―los menos―. 

Rigola escribe una adaptación libre de la obra, pero la misma casi ni es una propuesta propiamente. ¿Cómo llenar más de una hora con un texto que no pasa de los 30 minutos? Jugando a hacer una performance social con la intervención del público. Votaciones y más votaciones. La primera ―de casi unos 20 minutos― en la que se juega a decir que los responsables del Teatro Pavón Kamikaze no pueden ser libres porque si opinan no les dan subvenciones… que si pobrecitos… que si la libertad de expresión…. Total, para decidir si se sigue con la obra o no. Se puede entender que el día del ensayo general saliese que no se continuase con la misma, pero no cuadra que esto se repita debido al precio que tienen las entradas. Tras eso, y el eterno conteo de las votaciones, comienza la obra, que si Isra ha descubierto, que si el transgresor periódico ―de nombre tópico, Public Enemy― le publica lo que escribe, que si la alcaldesa… Lo que es el aspecto teatral de esas narraciones y alguna conversación entre actores que no para la galería, como es la constante, sí puede ser dinámico, pero es más una alucinación que una realidad de la propuesta. Esta se pierde completamente cuando ofrece la palabra al espectador. Son más de 20 minutos de reflexiones sobre si Isra ―Elejalde― es un enemigo del pueblo o no lo es. Puede entenderse en un encuentro con el público, pero no en una obra que parece que lo que busca es arañar minutos para traspasar la hora de duración. Lo consigue, claro. 

Llama la atención que lo planteado por el director catalán sea similar o casi a lo realizado por Ostermeier en Berlín. Pizarra, dibujos, mesa… ¿casualidad? ‘Un enemigo del pueblo. Ágora’ es una obra pretenciosa e ineficaz que se pierde en la falta de un planteamiento consistente. Las interpretaciones son correctas en esa búsqueda de naturalidad, el problema es… ¿qué quieren contar?

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

sábado, 8 de septiembre de 2018

'THE RITUAL'. Amigotes de excursión



CRÍTICA DE CINE

'The Ritual' (David Bruckner. Reino Unido, 2017. 94 minutos)

Cine varonil aunque poco testosterónico, ‘The Ritual’ se aferra para sobreponerse a lo convencional a los no tan férreos pilares que sustentan la amistad entre hombres surgida en la infancia, mantenida en la época universitaria y ya metida en la madurez. Para introducir algo de picante a un asunto un tanto trillado se le ha incorporado un elemento sobrenatural en un intento desesperado de ahuyentar del tedio a este liviano largometraje apadrinado por Netflix, otro más, y surgido de un best seller de Adam Nevill (advertencia: no leer la sinopsis de la novela a riesgo de destripar el filme). Lo cierto es que le falta mordiente a ‘The Ritual’, sin pegada ni definición, conformándose con ser un producto con profundo aroma a encargo y que se sitúa entre las líneas del drama introspectivo, el terror y el fantástico. Revisando por zonas, en la que mejor podría manejarse es en la de la relación que se establece entre sus protagonistas y el viaje como catarsis, curiosamente la menos explotada desde el guion. Entre ellos hay mucho subtexto a reconstruir por el espectador, la explicación a las rencillas del pasado e incompatibilidades varias que tratan de esconder el alcohol, las conversaciones intrascendentes y las bromas pesadas tan típicas entre colegas de toda la vida.

Los protagonistas de ‘The Ritual’ son cuatro treintañeros trasplantados a un entorno que desconocen, la densidad de un bosque sueco. Como en tantas producciones mochileras de fines trágicos, la Europa continental funciona como sentencia del ciudadano anglosajón o estadounidense. El impactante prólogo ya muestra las fisuras que se irán ensanchando durante el periplo, mostrando la debilidad de esa camaradería varonil teóricamente a prueba de todo. Un montaje demasiado estático y unos prolegómenos extensos y que poco aportan van cediendo espacio a otro tipo de película, más oscura y extraña. La irrupción de lo desconocido se hace de rogar y cuando llega trastoca los cimientos de la amistad. Donde había risas cerveceras aparecen los reproches, casi sin estación intermedia, todo con un aire muy Stephen King (‘El cazador de sueños’ opera como referencia). La historia se olvida de los secundarios, se fija casi en exclusiva en uno de los expedicionarios y se introduce en senderos que sonarán al espectador de títulos recientes de terror como ‘Hereditary’ o ‘La bruja’. Por ahí parecen que van los nuevos tiros en el asunto del cine de terror que conecta con platea sin renunciar a un toque artístico. 

Para entonces, la atención al desnudo psicológico de los protagonistas ya se ha disipado y habrá que predisponerse a afrontar otro tipo de (sub)producto. Y ya lo que pase, por mucho efecto especial que tercie, no importará demasiado, porque realmente no ha habido manera anteriormente de conectar con ninguno de los personajes.

RAFAEL GONZÁLEZ

sábado, 18 de agosto de 2018

EN VERANO. CINE Y LECTURAS (II)

Avanza el verano sin freno y la cartelera en ocasiones genera más pavor que expectación. Se agradece que en algunas salas se repongan películas que han sido destacadas o que se apueste por una continuidad en la programación que va en contra de las leyes dictadas por el mercado. También la Filmoteca es un buen lugar - si se programa correctamente-. En cuanto a los libros seleccionados en esta segunda entrega, los mismos están relacionados por ese peligroso y maquiavélico término que parece englobarlo casi todo: autoficción.

‘En tránsito’ de Christian Petzold.
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La fiel adaptación de la novela de Anna Seghers es una película asombrosa en cuanto a estética se refiere. Un ejercicio muy propio del teatro que se trae a la gran pantalla con grandísima efectividad. La Francia ocupada durante la segunda guerra mundial -Marsella en este caso- se refleja sin ambientar la acción en esos años.  Todo es actual y la fuerza es aún mayor. La historia no deja de poseer un romanticismo en ocasiones efectista, pero es una apuesta muy original en la que los espíritus de Rick –‘Casablanca’- y Walter Benjamin campean como sombras muy presentes.

‘El insulto’ de Ziad Doueiri.

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El cine de Ziad Doueiri es inconformista y nunca busca establecerse en una zona cómoda. Partiendo de un guion planificado hasta la extenuación, ‘El insulto’ se mueve por unos derroteros ya conocidos, pero por otros senderos menos transitados. La libertad es la base de todo, al igual que la dificultad para imponerse. Una historia en la que los elementos políticos podrían resultar demasiado complejos jamás se le permite caer en lo farragoso. La habilidad del guion consigue establecer vías de desahogo con elementos cómicos que son imprescindibles. El cine libanés vuelve a dejar constancia de su soltura en un medio que cada vez le otorga una mayor notoriedad a nivel internacional.

‘La carcoma’ de Ingmar Bergman.

Resultado de imagen de la carcoma peliculaAunque el ciclo que ha destinado la Filmoteca de Madrid ha sido muy irregular debido al poco riesgo que ha ofrecido el mismo y a numerosos títulos que han obviado del director sueco, se ha podido disfrutar de un visionado de esta película crucial en la carrera del cineasta. Crucial no por su calidad, pero sí por la portezuela que se abrió hacia el universo sentimental que tantas veces había buceado en él pero que, a partir de este título, se centró casi con exclusividad. Esta producción internacional cuenta con Elliott Gould que, posiblemente fuese el mejor alter ego de Bergman.  Su comunicación con Bibi Andersson es lo más destacado de la cinta. Película íntimamente ligada con ‘Infiel’ (2000). Muchas de sus escenas parece que son borradores de la historia dirigida por Liv Ullmann.  La infidelidad, el egoísmo, la mentira y el dolor se dan cita en una propuesta diferente en la que todos los personajes terminan desenmascarados en esa agonía que puede significar el sentir. Si alguna Filmoteca o cine o institución cultural se tomase en serio el centenario de Bergman, programaría el documental de cómo se rodó la película: una de las joyas para conocer cómo trabajaba el director con su pequeño equipo.

LIBROS

Hay una relación muy íntima entre los últimos títulos de Sam Shepard, Simon Roy y Eduardo Halfon. En los tres se relatan aspectos del yo, pero realmente resulta muy complicado encuadrarlos dentro de un género porque cada uno de ellos juega con diferentes modalidades en su exposición. El diálogo entre géneros es una constante que enriquece continuamente cada texto. El autor que mejor lo trabaja es Eduardo Halfon. 

Resultado de imagen de biblioteca bizarra eduardo halfon ‘Biblioteca Bizarra’ es pura orfebrería. ¿A qué género pertenece? Imposible sacar conclusión alguna porque todos ellos se abrazan, se seducen, se engañan, pero siempre tienen una dirección muy bien estructurada. Aunque se trata en apariencia de crónicas independientes en la que escribe sobre él -o no- literatura, escritura, la llegada del hijo… todo está perfectamente ensamblado y relacionado. Texto poderosísimo en el que las propuestas del escritor guatemalteco toman una consistencia firme y coherente. Autor que está construyendo una obra solida e íntimamente relacionada entre sí. Las idas y venidas de sus textos son pequeños guiños y homenajes. Es el escritor que tiene más consonancia en cuánto a creación con Thelonious Monk: Cuando parecía que iba a tocar el mismo tema, jamás era igual. Eso es Halfon, alguien que siempre sorprende con talento ilimitado y que jamás nada en él es igual. 
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En ‘Yo por dentro’ Sam Shepard se busca y se expone. No renuncia a hablar de su exmujer, de sus amantes, de lo que es literatura, de sus periplos en la carretera, de la mentira, de las críticas, de los diálogos, de la intimidad, del semen. ¿Habla de él mismo o no? ¡Qué importa! Todo en Shepard está en consonancia, no hay más artificio que el de la propia creación. Él escribió un texto extraordinario que por momentos es literatura, otros, teatro, filosofía y mucho cine. Honestidad, dolor y mucho Oeste. El prólogo de su amiga Patti Smith no mastica polvo, pero es cariñoso y deja constancia de la admiración y respeto por quién fue alguien determinante en su vida.

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Simon Roy con ‘Mi vida en rojo Kubrick’ ajusta cuentas consigo mismo, su madre y el director neoyorquino. El texto no puede considerarse propiamente una novela. Es más bien un ensayo con cortes biográficos y secuencias imaginadas. El impacto que le produjo ‘El resplandor’ (1980) y cómo establece poderosas relaciones con su propia vida. Siendo, cómo es, un estudioso de la obra de Kubrick desvela numerosísimas casualidades -en Kubrick nada es casual- y anécdotas muy esclarecedoras de los rodajes o de la convulsa figura del director. Ambas partes -la dedicada a su madre y al realizador- no se complementan de un modo fluido. Cada parte es efectiva pero su unión no es igual de solida que lo que propone Halfon. Roy reflexiona y toda la crudeza que desgrana es desoladora pero tampoco puede encorsetarse en un solo género y eso consigue que el libro obsequie un dinamismo eficaz y aplastante.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ