viernes, 23 de junio de 2017

‘CRISIS IN SIX SCENES’. Allen siempre vence

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CRÍTICA DE SERIE
 
‘CRISIS IN SIX SCENES’ ( Director: Woody Allen. País: Estados Unidos. Duración: 25 minutos aproximado cada capítulo. Año: 2016.)


Tras una película tan decepcionante como poco alleniana, ‘Café Society’, el director neoyorquino ha decidido reencontrarse con aquel yo anterior. ‘Crisis in Six Scenes’ es un disparate delicioso en el que se vuelve a primar el gag por encima de la historia como ya ocurriese en sus inicios como cineasta. El mero hecho de que sea el propio Allen el protagonista de la historia ya dota a la misma de un significado importante y más teniendo en cuenta lo poco que le gusta actuar últimamente. 

Una serie era una de las pocas cosas −quizá la única si no tenemos en cuenta la escultura− en la que Allen no había probado suerte. El cine, el teatro, la ópera, el dibujo… habían aportado resultados igual de exitosos en su carrera. Una serie no deja de ser algo osado y más si atendemos al fenómeno que se ha creado desde hace ya demasiados años. ¿Qué necesitaba demostrar este “hacedor” de historias? Nada. Amazon, con su chequera repleta, supo tentarle y hacerle sucumbir para que se adentrara en ese curioso mundo de los episodios. ¿Realmente era algo nuevo para Allen? Se podría considerar que no si atendemos a lo que han sido no pocos filmes suyos concebidos como pequeños capítulos dentro de una temática. Sí resulta algo diferente el tipo de historia en el que ha decidido centrar estos seis capítulos impregnados de homenajes y autoplagios. 

Resultado de imagen de crisis in six scenesMuchas son las críticas que Allen ha vertido sobre la tensión que le ha causado el rodaje de la misma. Suena más a llanto tramposo que a realidad. Cada episodio es una sucesión de momentos divertidos o hilarantes en el que toda esa aparente formalidad temática se vuelve tan alocada como sensible. Todo se sitúa en los años 60. Sidney y Kay forman un matrimonio peculiar. Ella, consejera matrimonial, y él, escritor −nuevamente obsesionado por esa gran novela que debe escribir−, aunque al comienzo de la historia está muy centrado en vender una serie a la televisión. El matrimonio lleva una vida tranquila y agradable hasta que una noche el pasado, envuelto en joven revolucionaria, hace su aparición en casa. Ese es el momento en el que el ingenio de Allen campea a sus anchas por cada secuencia. No busca complicarse lo más mínimo. Conoce el camino del humor y guía al espectador por unos derroteros grotescos y entusiastas.
No hay un solo elemento que no sea reconocible. Su forma de lidiar con su nueva inquilina, la neurosis, el terror, el absurdo y el enfrentarse a problemas innecesarios aportan a cada capítulo un ritmo trepidante. La duración es perfecta. Ningún capítulo supera los 25 minutos y logra poner el gancho para que se acuda al siguiente con premura. El poder que tiene Woody Allen en pantalla es fascinante. Es capaz de dotar a cada una de sus pulsiones un nuevo reto vital. Es el mismo personaje que se le ha visto en tantas y tantas películas, pero consigue darle una intimidad que lo convierte en único. Ya sea en una peluquería solicitando al peluquero el look de James Dean, en el médico con su neurosis por el dedo pulgar, por esa úlcera que no han diagnosticado porque no la han encontrado, jugando a ser un mentiroso con un policía, o decepcionado al ser confundido con Salinger consiguen que, pese a no tener una trama que vaya más allá de lo curioso, resulte efectiva. 

El reparto que ha conseguido reunir vuelve a ser extraordinario. Las dudas que podía suscitar la aparición de Miley Cirus se ven despejadas a los pocos minutos. Es capaz de ser un elemento interesante y, tan contrario a él, que en ese contraste reside el éxito de lo que propone la historia. La verdadera triunfadora de la serie es Elaine May, que realiza el papel de su mujer. Su anterior colaboración con Allen ya fue un éxito en la irregular ‘Granujas de medio pelo’ (2000), pero es su papel de mujer, terapeuta y “revolucionaria” en donde consigue la mayor hilaridad de la propuesta. Sabe llevar a su marido mediante argucias y engaños dulces que siempre buscan un fin. Los momentos en la consulta, con esas parejas abocadas al fracaso emocional junto con las amigas ancianas que conforman el club de lectura, son instantes colosales. El personaje evoluciona hacia una revolución intelectual con Mao a la cabeza que no deja de ser un auténtico dislate brillante. 
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El comunismo en la mira de la escopeta, el deseo de que esa inquilina revolucionaria se marche, el hechizo sufrido por el hijo de unos amigos íntimos que está alojado en casa de Kay y que cae rendido ante los encantos de esa mujer kamikaze suman a todo lo que ya estaba expuesto. El hecho de enamorarse de una mujer con la que se conoce de antemano el fracaso recuerda a ese Woody, personaje de tantos títulos, que caía rendido sin remisión ante esas mujeres frenéticas, ‘Maridos y mujeres’ (1992). Los momentos en los que la intriga hace su aparición llevan a no pocas escenas de ‘Misterioso asesinato en Manhattan’ (1993). El homenaje más extraordinario es, una vez más, a los hermanos Marx, concretamente a la escena del camarote de ‘Una noche en la ópera’ (1935). En eso acaba transformada la casa en la que viven. Cada visita, más extraña y sin sentido. Una maravillosa conjunción de obsesiones −micrófonos en los burritos−, deseos, miedos, comidas, más deseos, fracasos y escritura.

La dirección de Allen es muy sobria y eficaz. Emplea el plano secuencia con elegancia, demostrando que las composiciones que realiza son efectivas y no aburren. Es muy importante que un plano secuencia sea capaz de mantener esa tensión que se debe unir al ritmo interno de la secuencia para que el mismo no resulte tedioso. Se reserva planos muy llamativos para sus expresiones y todo se agiliza con un montaje muy ilustrativo y dinámico. La dirección de fotografía es elegante y se impregna de ese espíritu alocado que mantiene cada capítulo. Eigil Bryld es un amanuense dotado de talento para manejar esas luces que transitan por el clima de la escena, algo no tan común en algunos proyectos televisivos.

‘Crisis in Six Scenes’ es una historia con personajes reconocibles que consiguen proporcionar una sensación tan cercana que sus múltiples carencias, en lo que se refiere a efectos dramáticos, no tienen importancia alguna. El hombre de Brooklyn ha confeccionado su producción más divertida desde su notable película ‘No te bebas el agua’ (1994). No hay un solo director en la actualidad que sepa reencontrase en tantas ocasiones como Woody Allen. Será el tiempo el que confirme que logró crear un estilo nuevo dentro del panorama cinematográfico −por mucho que a él le pese−.


IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

martes, 20 de junio de 2017

'RICARDO III'. Ritmo, sudor y talento sin redondear



CRÍTICA DE TEATRO

'Ricardo III'
Autor: William Shakespeare
Versión: Jack Gamble, Jonathan Powell y Greg Hicks
Dirección: Mehmet Ergen
Arcola Theatre London
Teatro Salón Cervantes (Alcalá de Henares), Inauguración Clásicos en Alcalá

La propuesta de este 'Ricardo III' sugiere la suciedad de esa alma corrompida que se ahoga en su propio éxito. Partiendo de una escenografía a base de sillas y espejos, el texto vuelve a dejar patente lo sencillo que resulta situarlo en cualquier lugar y momento. El vestuario refuerza esa atemporalidad planteada. La cadena que une el pie con el brazo de Ricardo, sus ropas, la daga, los libros que leen, todo está encaminado a ese instante sin tiempo. 

El ritmo de toda la primera parte es dinámico y las transiciones son originales, se enuncia la siguiente escena con la aparición al fondo de los actores. Es hábil esa idea porque no resta, pero sí pierde inmediatez. Los actores defienden sus roles con entereza. Greg Hicks, uno de los actores 'shakespearianos' por excelencia, compone un buen Ricardo pero le falta empatía para terminar de conectar. No solo se trata de la propuesta de dirección -muy respetable-, el propio actor -no olvidar jamás su excelso ‘Coroliano’- no termina de sacar el jugo necesario para que esa maldad y ese encanto sepan conjugarse del modo adecuado. Los aparte propuestos son buenos, pero no están llevados a unas últimas consecuencias y las escenas grupales no tienen la misma fuerza. El problema en este caso es la adaptación. La obra tiene tantos matices que hay que saber bien dónde y por qué cortar para tener mayor calado. Se combinan demasiadas escenas largas con otras ágiles, triunfando las ágiles porque las largas no se justifican. El destiempo llega a ser demasiado constate. Esto sucede más en la segunda parte, en la que el ritmo se ralentiza y pierde mucha de la frescura expuesta en todo el primer tramo. Se hace hincapié en el humor que posee la obra y es algo que consigue dinamizar todo ese engranaje de corrupción. La escena de seducción con Lady Anne va en aumento y sí, por fin, resulta verosímil, zalamera y cruenta. No se saca mucho partido al papel de Margarita, una pena, debido a que es el oráculo el que expone la verdad. Sus palabras son esos cuchillos que mutilan cuerpos. El reparto entero es notable. Destacar a uno por encima sería terriblemente injusto. 

El juego de la escenografía casi desnuda es muy acertado. Las transiciones son ágiles y en combinación con la música, consigue que funcione. La iluminación, aunque es correcta, tiene momentos de excesiva luminosidad que no se comprenden bien. La parte final es casi un chiste y pierde mucho de lo ganado hasta el momento. No obstante, se puede aseverar que el dinamismo que ofrecen los grupos ingleses con Shakespeare es algo tan excepcional como brillante. Buen ‘Ricardo III’,  pero no redondo y lejos de estarlo, pero bueno, eso es otra historia. Lo visto es una muestra de calidad y eso siempre se agradece, y más, en un verano de descontento y asfixia.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

martes, 11 de abril de 2017

'ZONA HOSTIL'. '¡Firmes!'



CRÍTICA DE CINE

'Zona hostil' (Adolfo Martínez. España, 2017. 93 minutos)

Abre ‘Zona hostil’ con la etiqueta de ‘basada en hechos reales’ y se despide con un tributo a los militares españoles fallecidos en Afganistán y agradecimientos varios a múltiples unidades del ejército. Ambas estampas encierran las claves que descifran las coordenadas de esta muestra de cine bélico propagandístico al que en el cine español no se está demasiado acostumbrado. Rareza, por lo tanto, amplificada por la eficacia con la que el cineasta mexicano curtido en Hollywood Adolfo Martínez se ha manejado. 

Hay que tener clara esta situación para posicionarse ante lo que se va a ver de inicio. ‘Zona hostil’ derrocha medios y puesta en escena para conformarse como un más que digno entretenimiento. Puntúa muy alto por el lado de producción y, aunque el guion intenta profundizar en los personajes, rápidamente se demuestra que era innecesario. Todos son planos y esos apuntes familiares solo sirven para ampliar minutaje y, en algún caso, provocar sonrojo (la medalla del teniente). Entre clichés, ensalzamiento de la Legión y una nada disimulada referencia a ‘Black Hawk derribado’, ‘Zona hostil’ se ubica como un producto que sabe mantener la tensión y con unas escenas de combate, especialmente las nocturnas, rodadas con pulso. 

Es importante tampoco dejar pasar, como ocurría con aquellas películas norteamericanas de hace casi un siglo, el binomio que esboza ‘Zona hostil’ de buenos-malos. El enemigo aquí viste túnica y barba y se desconocen motivaciones, solo se advierte su salvajismo. El peligro de equiparar misión humanitaria con intervención militar es otra constante que se mantiene lo largo del filme y que no se debería obviar. Esa tendencia dual sale a relucir en un balance general. El paso delante que supone ver cómo se produce dignamente un ejemplar de género bélico (todavía colea la serie 'Los nuestros') se contrarresta con la lectura patriótica y publicitaria de su contenido, más propia de tiempos pretéritos. 

RAFAEL GONZÁLEZ

domingo, 9 de abril de 2017

'CÓDIGO DE SILENCIO'. Cabezas huecas



CRÍTICA DE CINE

'Código de silencio' (Gerard McMurray. Estados Unidos, 2017)

Llamativo lo rápido que Netflix ha alcanzado en tan poco tiempo un rango de productor y contenedor cultural de primer nivel. Ese sello de privilegio no ensambla todavía con las exigencias descontroladas del público 3.0, apetencias que no dejan de solicitar material, lejos de saciar. En ese ritmo de producción vertiginoso en el que está instalado el canal aparecen con cada vez mayor frecuencia trabajos que bajo su logo y marca de sofisticación apenas desvelan un tono telefilmero de media tarde. ‘Código de silencio’ es el ejemplo, un largometraje que bajo la arrogancia sobre la que se presenta, película que desenmascara los procesos de iniciación a una fraternidad universitaria, no es más que una suma de situaciones que no abre los interrogantes que debería. ¿Qué lleva a un joven a sufrir todo tipo de atrocidades para entrar en un grupo de estas características? Solo hay una escena que da la medida, fugaz pero reveladora y donde se vislumbra la profundidad que podría haber alcanzado esta propuesta. Es cuando los aspirantes torturados telefonean a sus tutores, antiguos miembros de la fraternidad hoy ya profesionales acomodados. Estos les reiteran las bondades de lo que vendrá después y, desde su posición de privilegio, les piden que resistan lo que solo parece una insensatez fruto de la inmadurez.

Hasta entonces, ‘Burning Sands’ sigue los protocolos del filme universitario de novatadas, silencios que no lo son y personajes tan planos con los que resulta espinoso empatizar ante su falta de cuestionamiento por lo padecido. Tan solo hay una acumulación de humillaciones al más puro estilo ‘La chaqueta metálica’ kubrickiana, autoimpuestas y sin que apenas haya espacio a las motivaciones de estos jóvenes, más allá de algún esbozo a modo de herencia familiar. Tampoco hay rastro de la comicidad de aquellas propuestas ochenteras de género y no asoma el dramatismo de ruptura generacional que hay en otras similares. 

Los personajes principales no alcanzan singularidad y los secundarios aparecen desdibujados. Es de lamentar que tampoco se haya incidido en el tema racial ni el papel jugado por las chicas, reducido a dos personajes muy superficiales. Si el objetivo era dar luz al catálogo de salvajadas sufridos por estos jóvenes se ha conseguido, pero si se trataba de ir más lejos de lo que a pesar de la clandestinidad de este tipo de situaciones ya se sabe, el trabajo de Netflix se queda en la coraza, sin que pinche ni provoque reflexión alguna. Hueco, como la cabeza de estos jóvenes. 

RAFAEL GONZÁLEZ

miércoles, 5 de abril de 2017

'LA CASA DE LA PAZ'. Retrato preciso de la falta de esperanza



CRÍTICA DE TEATRO

'La casa de la paz'
Autor: Lothar Kittstein
Versión libre: Juan Reguilón
Dirección: Nuria Pérez Matesanz
Nave 73 (Madrid)

Tres soldados alemanes con su pasado a cuestas se dan cita en un lugar tan ignoto como atrayente. Todo se debe a una avería de su Jeep y a su reparación, lo que les hace estar lejos de cualquier lugar. Con esta premisa comienza el juego de tomar conciencia de lo que les sucede. La puesta en escena de Nuria Pérez Matesanz es inteligente y consigue que la tensión que ya de por sí marca el texto se vea reforzada por unas intenciones muy claras que nunca resultan impostadas. La falta de aire que va acompañando a las acciones tiene en el espacio sonoro, la escenografía, el vestuario y la iluminación unos aliados que recrudecen ese viaje a los infiernos. 

El trío protagonista está lleno de contradicciones que resultan imprescindibles a la hora de identificar quiénes son y en qué momento vital están. Ese Jeep averiado no deja de ser una excusa para que cada uno de los protagonistas saque ese 'yo' que le acompaña y sobre el que apenas habían podido reflexionar. El hecho de que uno de los personajes sea una mujer dulcifica  y evoca cierta ternura que florece en los tres soldados. La añoranza, la homosexualidad, el deseo, cierta ilusión, la pasión, el miedo y la disciplina son los elementos que se  alternan y evolucionan en ese viaje emocional por el que transitan los soldados. La ilusión siempre viene por Marie, el personaje femenino -excelente y entregada Lucía Casado-, que es un claro contraste con Jost y Lorenz, ya desgastados y en ocasiones timoratos en lo que es su situación personal. El alcohol sirve también para dar salidas a esas angustias que acompañan, fundamentalmente a Jost, que por momentos parece asumirse en lo que fueron sus deseos. La ensoñación tiene una participación determinante cuando se trata de rasgar el pasado y los personajes tan ligados a la realidad se ven inmersos en esas añoranzas y esos anhelos tan alejados de lo que la propia Marie puede sentir. Es en ese contraste donde la pieza alcanza grandes momentos que sirven para constatar que la motivación de cada personaje es muy diferente pero a su vez están íntimamente ligadas. 

La fuerza del subtexto siempre aporta y más cuando cada personaje va despojándose de la máscara que posee. Esta riqueza vital es la que asoma en esos momentos de flaqueza. Los tres actores defienden muy bien sus roles. No importa que alguna vez se empleen tonos demasiado agresivos dado que son personas que tienden a vivirlo todo con mucha intensidad. La adaptación, dentro de su corrección, mantiene algunas frases que se podrían considerar demasiado educadas o literarias y más si se atiende a la tensión del instante. Nuria Pérez formula en las transiciones un elemento más de tensión para que la obra avance y nunca se estanque. ‘La casa de la paz’ es un montaje atrevido, realizado con talento que disecciona la falta de esperanza con toques de ilusión. 

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

lunes, 3 de abril de 2017

'IN MEMORIAM. LA QUINTA DEL BIBERÓN'. Estatuas en las trincheras


Ros Ribas

CRÍTICA DE TEATRO

'In memoriam. La quinta del biberón'
Autor y dirección: Lluís Pasqual
Coproducción Teatre Lliure y Temporada Alta
Teatro María Guerrero (Madrid)

'In memoriam. La quinta del biberón' trata de rendir homenaje a todos aquellos adolescentes que con apenas diecisiete o dieciocho años fueron llamados a filas por el Ejército de la República en 1938 tras el derrumbe del frente de Aragón, puesto que fue tal el desplome que ya no había casi adultos para completar las bajas.

Homenaje justo y necesario, puesto que estas levas fueron llevadas a la Batalla del Ebro, una de las más cruentas y crueles de la Guerra Civil, y los que sobrevivieron sufrieron exilio o represión al finalizar la guerra.

El problema es qué haces con el homenaje, cómo lo tratas. Decía el protagonista de la obra 'Ragazzo', vista recientemente en el Teatro del Barrio, que no quería que le convirtiesen en una estatua, en un busto como homenaje, que eso sería acabar con la vida que fue. Y es en esa trampa en la que cae esta obra. Vuelve a sus protagonistas de piedra, los fosiliza, los uniforma y les niega en el escenario la vida que pudieron tener.

Lluís Pasqual intercala a los protagonistas, una serie de chicos recién llamados a filas de dos formas: en las trincheras, juntos, jugando, discutiendo, en una parte más teatral. Y otra, casi metatreatal, dónde se dirigen al público.

En esa parte de las trincheras donde parecen tener más libertad y se vislumbra a esos jóvenes, con sus miedos, sus bromas, sus personalidades. Aquí la obra funciona, con unos diálogos con mucho ritmo. Refleja la cotidianidad de su vida en las trincheras con sus miserias y sus momentos divertidos.

Sin embargo, cuando los saca de ahí, todos los personajes reaccionan igual, son reducidos al lamento, todos lloran y la guerra les cambia del mismo modo. Aquí el montaje se hace repetitivo, tedioso y poco creíble, más cuando apela continuamente a la empatía del espectador, a su lágrima. Sensación que se acrecienta con el espacio sonoro, unos músicos en directo no muy bien justificados salvo por su buen hacer.

Tampoco ayudan los numerosos cortes realizados por las proyecciones y una voz en off que intentan recrear y explicar la situación de la época (hay que preguntarse si la última proyección que coloca a Franco y a Negrín en el mismo plano es un error o una decisión meditada). Quizá no sea necesaria tanta explicación y tanta aclaración en lo que es, ya de por sí, un texto que abusa de lo narrativo.

Hay que destacar el uso de la escenografía, sencilla, apenas unos bancos grandes que sirven para formar trincheras o una taberna.

Un homenaje fallido, pensado como un formalismo institucional, que busca emocionar al espectador por la vía fácil (lo de pedir un minuto de silencio en un teatro en silencio, daría para un tratado de sociocrítica) y que deja escapar la potencialidad vislumbrada en algunos momentos. 

BENJAMÍN JIMÉNEZ DE LA HOZ

lunes, 27 de marzo de 2017

'EL LOCO CANDELAS'. En continua búsqueda



CRÍTICA DE TEATRO

'El loco Candelas'
Texto y dirección: Álex Céspedes
Lugar: CCIC La Tortuga (Madrid)

Álex Céspedes se moldea un personaje a su antojo para conseguir exponer con mucha disciplina y humor de lo que fue ese universo hippie de los años setenta. 'El loco', un individuo al que uno no debe tomar demasiado en serio, disecciona el mundo para proponer reinventarlo. Su locura puede evocar a la de Hamlet, por ser la misma muy cuerda. No importan sus desvaríos ni sus virajes singulares en lo que propone.

Con la música como motor, Céspedes demuestra tener talento para modular su voz e insertar diferentes números musicales -con guitarra a cuestas- para que la historia evolucione. La ayuda de otro guitarrista -a modo de Chamán- en escena, ayuda a que todo resulte mucho más palpable y contundente sin que por ello se asista a ninguna lección moral. 'El loco' seduce a la audiencia para guiarla por terrenos oscuros y de todos conocidos. Su estrategia vital es contagiosa y propone replantear la rutina y llevarla por unos caminos no tan oscuros aunque sí discutibles. Un modo de vida que casa maravillosamente bien con la propuesta escénica. Se respira cambio y evolución continua. La mística está siempre presente y no exenta de cierto humor malicioso pero efectivo. ¿Pero quién es Candelas, un loco, un sabio, un tonto? Quizá todos en uno. Espectáculo dinámico y en constante crecimiento que sirve para constatar que Álex Céspedes es un actor sin miedo y talentoso. El espectáculo sería más efectivo  aún si se prescindiese de la música externa. Con ambos “locos” sobre el escenario ya hay función. Pues que dure.

ANDRÉS REVENGA

domingo, 19 de marzo de 2017

'AFTERIMAGE' / 'PAULA'. De lienzo a lienzo

CRÍTICA DE CINE

'Afterimage' (Andrzej Wajda. Polonia, 2016. 98 minutos)

'Paula' (Christian Schwochow. Alemania, 2016. 123 minutos)

Coinciden en cartelera francesa dos largometrajes dedicados a pintores del siglo XX, biografías en apariencia distantes a las que no es complicado hallar puntos en común. Las dos excavan en los fantasmas del artista incomprendido, reivindican la perseverancia de los ideales aunque parezcan no llevar a ningún lado y, al final, subrayan la pintura como vehículo de expresión al exterior y única salida en ambientes que denigran lo individual. 

‘Afterimage’ es la última película que rodó Andrzej Wajda antes de morir. Es otro brochazo al extenso lienzo en el que el cineasta polaco ha ido retratando la historia de su país y el discurrir de algunos de sus ciudadanos más ilustres. El retrato de los últimos momentos del pintor Wladyslaw Strzeminski es sin duda uno de sus mejores trabajos de la última hornada, un fiel representante de su estilo llevado con sumo cuidado y resuelto con acierto. Dibuja Wajda la grisura de ese postrer y largo aliento de un artista que se negó a seguir el camino marcado. La primera escena ya define lo que vendrá a continuación, con ese telar con la imagen de Stalin que cubre y enrojece la vivienda en Lodz del reputado pintor de vanguardias. Su reacción al romperlo y reencontrarse con la luz le llevará a ese primer choque con las autoridades comunistas. ‘Las flores rojas’ se ubica en los primeros balbuceos de la Polonia de los años 50. Es fiel a ese cine rocoso y pétreo de Wajda, siempre con ánimo de perdurar y sin resquicios para nada que no sea el drama. Secuencias breves y hasta cierto punto repetitivas, con Strzeminski rechazado allá donde va. De ser un artista admirado y con notoria presencia en museos nacionales a ser ninguneado. Pesa el desdibujo en algunos secundarios y se echa de menos conocer algo más de su esposa, Katarzyna Kobro, un figura de la que solo se escucha y no se sabe. Wajda, en definitiva, sabe hacer interesante y universal un relato encerrado en un contexto muy determinado. Esquiva el cliché del artista maldito con la inclusión de esas escenas de admiración de los jóvenes pupilos de Strzeminski, así como con la compleja relación establecida con su hija, contado con fino pincel. La prolija filmografía de Wajda se cierra así con un digno retrato, otro más, de su país del siglo XX a través de la biografía de uno de sus personajes más conocidos. 

En el caso de Paula Becker su problema no vino por las diferencias ideológicas con su contexto, primeros años de siglo XX, sino que procedía de ese destino ya fijado para la mujer antes de nacer. La pintora alemana se veía a sí misma con un ser libre en un entorno contaminado por los prejuicios de género. No es la suya la historia de una pionera al frente de una revolución y eso lo narra bien Christian Schowochow. Es el relato de una mujer rebelde que finalmente se acopló como pudo a un sistema en el que nunca terminó de encontrarse cómoda. Huyó en primera instancia para finalmente terminar abatida cuando todo parecía ponerse otra vez de frente. 

El filme se centra en su matrimonio con el también pintor Otto Modherson, la aburrida vida en provincias y su posterior marcha a París buscando sacar fuera la frustración acumulada. A la bella fotografía trufada de colores alegres se opone esa oscuridad acechante e invisible en continua pugna con el carácter juvenil de la protagonista. ‘Paula’ recorre con eficacia los puntos de control de un biopic al uso, a la velocidad adecuada y midiendo bien los extremos. No hay lugar a la ruptura o ni a un profundo subtexto, lo que hace de este trabajo un perfecto acercamiento a una pintora por muchos desconocida y que dejó huella, como se puede verificar al tratarse de la primera mujer a cuya obra se dedicó un museo por completo, el que hoy en día está abierto en Bremen.

RAFAEL GONZÁLEZ TEJEL