CRÍTICA DE CINE
La ofensa (Sidney Lumet. Reino Unido. 1973. 112 minutos)
La
ofensa (The Offence,
1973) es un tratado cruento sobre el crimen, la desesperación, el deber social
y el agotamiento vital. Película extraordinaria que supo adelantarse a ciertas
encrucijadas policiales, con Lumet y Connery en estado de gracia.
El
primer adiós de Sean Connery a James Bond tuvo lugar tras la irregular —pese a
la colaboración en el guion de Roald Dahl— Solo se vive dos veces (You
Only Live Twice, 1967). La saga del agente del MI6 pasó por un bache con El
servicio secreto de su majestad (On Her Majesty's Secret Service,
1969), que hizo tambalearse esa máquina de hacer dinero. Para superarlo fue
necesario recuperar al "verdadero Bond": Connery, con Diamantes
para la eternidad (Diamonds Are Forever, 1971), que se convirtió en
la estrella mejor pagada del momento. Era tal el estado de ansiedad por
mantenerle en la piel de 007 que el actor escocés supo jugar muy bien sus bazas
en la negociación del contrato. Consiguió que United Artists le diese carta
libre para realizar dos proyectos de su propia elección.
El
primero fue La ofensa. El texto está basado en la obra teatral de John
Hopkins titulada This Story of Yours, que él mismo adaptó a la gran
pantalla. Connery no buscaba el camino fácil: quería riesgo, y nada mejor que
una trama tan oscura, plagada de inquietud, odio y tristeza. Para guiar el
proyecto eligió a Sidney Lumet, que realizó una de sus películas más particulares
y arriesgadas. Fue además un gran año para el director, que también llevó a
cabo Serpico (Serpico, 1973).
El
guion es sólido y ciertamente complejo para un público que quizá no estaba
preparado para una historia narrada de un modo tan brillante y particular. La
apuesta es valiente desde el libreto. Esa solidez permitió a Lumet imprimir un
ritmo nebuloso pero bien construido. Su arranque ya marca las directrices que
seguirá la película. Merece destacarse la partitura de Harrison Birtwistle,
compuesta mediante lo que entonces se denominaba computadora, algo que genera
un desconcierto hipnótico de efecto inmediato. ¿Por qué no volvería a firmar
ninguna banda sonora? Otro misterio sin resolver. La película es brillante en
su concepción y su planificación es osada, respaldada además por la favorable
recepción que había tenido la obra sobre las tablas. La fuerza del nombre de
Bond y su peso en taquilla les otorgaban plena libertad para trabajar.
Nada
más comenzar surge una pregunta: ¿qué ha sucedido? Un principio lleno de
interrogantes. Algo grave ha acontecido en la comisaría. La cámara lenta y esas
extrañas notas musicales generan tensión. La historia se reconduce: no es tan
importante empezar por lo que ha pasado en el cuarto de interrogatorios. El
espectador tarda en situarse y la trama va desentrañándose poco a poco. Existe
un primer zarpazo para quien fuese al cine atraído por Connery: se encuentra
con un hombre que recuerda muy poco al que venía viéndose en pantalla. Su
bigote, su peinado y sus trajes no evocan a 007, tampoco sus modales ni su
forma de hablar. Aunque esa rudeza no era del todo nueva: el propio Connery
había dejado pistas en Diamantes para la eternidad de lo que podía ser
ese rol de policía. El Bond que interpretó en la película de Guy Hamilton ya
esbozaba matices de aspereza que desarrollaría plenamente en la cinta de Lumet.
En La ofensa encarna a un policía envuelto en una oscuridad que le ha
llevado a la bebida y a no querer mirar atrás. Son demasiados años investigando
violaciones, abusos y asesinatos de niños. Esa crudeza se ha instalado en todas
las rutinas de su vida.
Un
texto tan sólido permitió a Lumet apostar por el naturalismo y descartar
cualquier distracción estilística. La historia y las interpretaciones son la
clave: el director muestra una habilidad especial para ir desenredando la trama
sin recurrir al virtuosismo estético.
Se
percibe primero la rutina de una investigación que persigue a un asesino de
niños. Las pistas no son claras y la tensión va en aumento. Nadie sabe nada.
Una niña desaparece pero no muere. La denuncia llega tarde, y ese tiempo
perdido es valioso. Se detiene a un sospechoso y lo llevan a comisaría. Es
entonces cuando llega el turno del sargento Johnson. Ya se le ha visto antes en
un colegio buscando señales, o apurando una cerveza. Esas escenas sirven para
que el espectador se haga una idea de quién es ese hombre y la rabia acumulada
que arrastra.
El
uso de la cámara lenta ha servido para mostrar cómo tratan sus compañeros a
Johnson. Hay miedo en ellos y el trato se parece más al que se tiene con una
bestia fuera de control. De ahí que en el momento del encuentro entre el
supuesto pedófilo y el sargento ya existan indicios de lo que puede suceder.
Lumet
no disimula la estructura férrea y dramática de la película, sino que la
aprovecha para generar mayor tensión. Los rostros y la crudeza de la situación
van acordes a una propuesta que asfixia. Es significativo que la película no
siga un orden estrictamente secuencial: esa es otra de sus grandes virtudes,
que refuerza el impacto de la concepción global de la cinta. La culpa, el
dolor, el odio, el asco y la falta de ilusión son rasgos definitorios del
sargento, y sobre ellos se ahonda a través de tres largos diálogos.
El
primero es con su mujer, interpretada con mucho acierto por Vivien Merchant. Se
aprecia un matrimonio en crisis permanente. Son dos personas que ya apenas se
conocen —o que se conocen demasiado bien— y muestran su derrumbe como pareja
sin añorar siquiera lo que fueron. Él bebe pero aún no está borracho. Hace
ruido, está herido, y ella intenta ofrecer consuelo. Algo diferente hay en la
actitud de ese marido al que ella reconoce en su estado derruido. Unas brasas
de sentimiento pasado parecen renacer en los instantes en que Johnson acepta
ese consuelo, pero todo resulta demasiado amargo y la cólera del sargento se
enciende. La culpa también está instalada, y él intenta convencerse de que no
golpeó tan fuerte. Los diálogos buscan herir desde una honestidad insensata.
Todo se interrumpe con la llegada de la policía en busca de Johnson. La escena
está muy bien filmada.
El
segundo diálogo tiene lugar con un teniente de carácter singular, perfectamente
interpretado por Trevor Howard. La conversación está plagada de idas y venidas.
Hay complicidad por momentos, pero también mucha distancia. Los modos hoscos
salen a relucir y el sargento recibe palabras amargas que le recuerdan su
estancamiento profesional. A Johnson no parece afectarle nada: está demasiado
sumido en esas rutinas salvajes de muertes y desapariciones. Ya no queda tiempo
para la reflexión, y menos aún cuando tiene que ver con él mismo y su carrera.
El
tercer enfrentamiento verbal es con el sospechoso al que da vida Ian Bannen, y
es donde surge el terror psicológico a medida que ambos personajes se desnudan.
¿Qué sucede exactamente? El instinto forjado en años de oficio lleva a Johnson
a pensar que es culpable. ¿Y por qué no habría de serlo? Las preguntas, los
antecedentes del sospechoso, su modo de reírse, el crimen. La paciencia de
Johnson no existe: sus puños cargados de furia dan con el presunto —o no tan
presunto— pedófilo en el suelo. ¿Ha sido golpeado con suficiente fuerza para un
funesto desenlace? Las preguntas quedan abiertas para el espectador.
La
dirección de fotografía de Gerry Fisher es práctica y eficaz, y consigue sacar
partido a esa angustia que recorre todo el metraje. El montaje de John Victor
Smith también cumple. Ningún departamento técnico busca el lucimiento gratuito:
el objetivo es la recreación más fiel posible de esa bajada a los infiernos que
termina siendo la investigación.
La
ofensa es una película
excepcional. La taquilla no la abrazó y United Artists no permitió a Connery
realizar su segunda apuesta. Una pena.
IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ
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