jueves, 12 de abril de 2012

'GRUPO 7'. El peligro de vivir para trabajar


CRÍTICA DE CINE


'GRUPO 7'
Alberto Rodríguez. España, 2012

Tras la insulsa ‘After’, Alberto Rodríguez se ha visto en la necesidad de regresar a las calles de Sevilla y a sus gentes para intentar retomar  la destreza que ya demostró con ‘7 Vírgenes’. La película tiene un comienzo directo, el ritmo es trepidante y todo se rueda del mejor modo posible. La cámara se mueve continuamente sin resultar molesta, acompaña la acción con tino, mostrándolo todo de un modo certero y en absoluto impostado. Es de agradecer que la violencia se ruede con verosimilitud. La apuesta por un modo narrativo basado en los movimientos de cámara es un claro acierto y se constituye como la mejor virtud de la película de Rodríguez, mención especial aparte para la fotografía de Alex Catalán.

Los años previos a la Expo del 92 son el marco idóneo para poder mostrar al Grupo 7 –de nuevo el número 7 en la filmografía del director- en plan comando especial y al límite de cualquier tipo de ley con el único propósito de lavar el aspecto de una Sevilla que forzosamente ha de destacar frente al mundo. La radiografía de los miembros del grupo no tiene muchos secretos ni es nada que no se haya visto con anterioridad, pero los personajes están  bien dibujados pese a todos los tópicos a los que se enfrentan. ‘Grupo 7’ es una película de género y todos los lugares comunes son bienvenidos, fundamentalmente si los actores defiende bien sus objetivos como es el caso: Antonio de la Torre compone un personaje muy rico en su contención –que a su vez funciona como un libro abierto- y combina sin fisuras con lo extrovertido que resulta su compañero de grupo, Joaquín Núñez, todo un virtuoso de la naturalidad y de que nada resulte ajeno a su personaje. Algo más desdibujados están Mario Casas y José Manuel Poga, sus personajes no terminan de arrancar –pero no por interpretación, aunque Casas debería trabajar más su voz-. Los personajes femeninos aportan muy poco a la historia, salvo el de Caoba, interpretado por una extraordinaria Estefanía de los Santos. Inma Cuesta defiende un estereotipo que sólo consigue radiografiar el derrumbe de la vida familiar –lástima, porque es una actriz repleta de matices-. Julián Villagrán es un actor que se desenvuelve muy cómodamente en cualquier rol y en este caso compone un yonqui sin fisura alguna.

La película comienza a hacer aguas hacia la mitad, donde sólo ciertos detalles como el ‘romance’ de Miguel con Caoba o más muestras de violencia excepcionalmente filmadas consiguen que la película no decaiga estrepitosamente, aunque también hay escenas que caen en el ridículo, como la emboscada de los ‘malos’.

Aunque todo está bien reflejado estéticamente, parece que hay que buscar un final y las acciones se van volviendo cada vez más tópicas y previsibles para llegar al único lugar posible, eso sí, acompañados por una fotografía que siempre logra la atmósfera precisa. Lástima que el trabajo en el guión haya ido decayendo porque por momentos parecía que Rodríguez podría abrir nuevas vías, pero no, el resultado se queda en una sucesión de buenos momentos aunque insuficientes para que el resultado final consiga  ser algo más que una película interesante.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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