lunes, 23 de abril de 2012

'THE LIFE AND DEATH OF MARINA ABRAMOVIC'. Terapia catártica

CRÍTICA DE ÓPERA

'The Life and Death of Marina Abramovic'
Una creación de Robert Wilson y Marina Abramovic.
Teatro Real de Madrid. 20 de abril de 2012.

¡Por fin se aprecia la figura de Mortier! Si la pasada temporada resultó ilusionante por el salto de calidad –y agresividad- que ofrecían los diferentes montajes, en la actual, el fenómeno Mortier había comenzado a desinflarse, aunque desde ‘La clemenza’ de Tito todo ha ido transformándose hasta llegar a la asombrosa creación de Abramovic. Con este montaje el belga asienta las bases de lo que ha venido siendo su gestión en otros teatros –Ópera Nacional de París- y lo que le ha llevado a ser tan controvertido como respetado. En su afán de situar al Teatro Real de Madrid en la primera división del gremio operístico, ‘The life and death of Marina Abramovic’ ha de suponer un cambio radical en la consideración de la capital como un lugar al que hay que tomar en serio en cuanto a programación. Aceptar un montaje de estas características nunca va a dejar indiferente.

Es un espectáculo completo, desde la música a la escenografía, pasando por la imagen… no falta nada. Si este es el modelo a seguir de la ópera del siglo XXI, adelante. Marina Abramovic desmenuza sus entrañas –fundamental hacerse con el libreto para poder continuar apreciando cada frase- sin edulcorar quién ha sido; lo hace con la agresividad de enfrentarse al dolor que no ha superado, repitiendo aquellas frases que retumban en su interior, ensalzando la palabra que ha echado a volar y que ya no se puede agarrar…. Hay que ser muy valiente para mirarse en un espejo y hablarse sin tapujos.

Como maestro de ceremonias está un inmenso Willem Dafoe –es imposible imaginar esta ópera sin su presencia- que da voz a esa vida repleta de acontecimientos. Todos sus actos son exagerados –no hay que olvidar que la dirección escénica es de Wilson- pero se integran perfectamente en el acontecer de ese año tras año de la artista. Pese a la dureza que posee el espectáculo, Wilson ha trabajado para dotarlo de un sentido del humor que consigue que la tragedia pese menos. Todo el elenco de cantantes –actores- se mueven como robots –una constante en todas las creaciones de Wilson- pero en esta ocasión, los movimientos no generan interrogantes, son  las piezas que reconstruyen esa vida.

Las contadas apariciones de Antony son como un bálsamo al no escuchar su voz sobre las imágenes de alguna película de Isabel Coixet. El hecho de ser compositor junto a Basinski y a la siempre recomendable Svetlana Spajic –impresionantes los momentos de música autóctona- es ya suficiente recompensa, y escucharle además cantar –pese a su coherente inmovilidad- dota al espectáculo de un aura especial en el que la iluminación encaja y resuelve el rompecabezas de una creación extraordinaria.

No hubiese sido extraño encontrar este montaje representado en un teatro que no fuese destinado a la ópera. Es un espectáculo completo que va por delante de lo que se viene haciendo hasta ahora. Es posible que destellos teatrales de Robert Lepage estén a la altura, aunque su experiencia en la ópera no rezuma tanta originalidad .
Representar una vida es muy complicado –más en la ópera- pero todos los elementos se han unido y no hay una sola nota musical que no ensalce  la atmósfera de los recuerdos del tiempo de Marina Abramovic, figura tan brutal y esclarecedora  como su vida.  Sí, Mortier, este es el camino.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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