domingo, 15 de abril de 2012

'MADRID, 1987'. Follar o no follar

CRÍTICA DE CINE

'Madrid, 1987'
David Trueba (España, 2012)

David Trueba es un fenómeno curioso dentro del panorama cinematográfico y literario español. Hasta el momento –y señalo momento- no había mostrado buenas condiciones cinematográficas. Sus películas jugaban en territorios vacíos y sus intenciones quedaban difuminadas ya desde los guiones. Por el contrario, sus novelas son todas notables, destacando ‘Saber perder’. En ellas se puede apreciar a un novelista de talento ilimitado. Parece que algo ha cambiado, ya desde ‘La silla de Fernando’ y su notable serie ‘¿Qué fue de Jorge Sanz?’  Se agradece que se haya embarcado en un proyecto  como ‘Madrid, 1987’.  Todo el artificio que traía consigo ha quedado fuera del estudio del pintor donde se ha rodado la película; se trata de contar una historia de dos personas pertenecientes a dos generaciones que se encuentran sin mentiras, sin disimulos.

Estamos ante una obra de cámara –bien podría ser teatro- y no es necesario nada más para contar una buena historia filmada con lo necesario, sin recurrir a trucos insulsos –pequeña pega la utilización del efecto final-, simplemente mostrando a dos personas en una situación muy concreta con fines muy específicos. El personaje interpretado por Sacristán bien podría ser el mismo de ‘Asignatura pendiente’ (Jose Luis Garci, 1977), pero con unos años más. Es un ser consciente de quién es, lo que ha sido y posiblemente sea. Su interpretación es notable, otorga a cada frase el tempo necesario y compone un personaje sin fisuras, muy parecido a alguno escrito por Philip Roth –quizá el profesor de ‘El animal moribundo’- . María Valverde, pese a un inicio titubeante, se hace con el control del personaje y consigue ser honesta con todo lo que plantea el guión, llegando a formar un tándem idóneo entre un articulista y una estudiante de Periodismo en busca de respuestas. El guión está repleto de buenas frases –algunas en exceso ‘literarias’, pero bien resueltas-, nada se alarga demasiado, las transiciones son necesarias y Trueba sabe donde situarlas para que la historia no decaiga. También utiliza con inteligencia los propios juegos de los personajes, que consiguen que la rutina no se instale en el desarrollo. Sus cuerpos desnudos con sus respectivos pudores ayudan a que el espectador comparta las uniones que existen, sus distancias, sus realidades…

Es admirable que alguien como David Trueba ruede una película así, recordándose así mismo que es un destacado narrador de historias, y que para hacer una buena película sobre personas no son necesarios tantos medios ni tantas vueltas de tuerca. Si se sigue el modelo de David Trueba es muy probable que el cine español tenga algo que decir de nuevo, ojalá.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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