domingo, 16 de septiembre de 2012

'EL AMIGO DE MI HERMANA'. Veinte minutos no bastan


CRÍTICA DE CINE

'El amigo de mi hermana' (Lynn Shelton. Estados Unidos, 2012)

Es evidente que la idea que da origen a 'El amigo de mi hermana' es muy atrayente y posee fuerza, y más, en momentos en los que resulta muy complicado encontrar a alguna persona que tenga claro qué hacer con su vida. La secuencia inicial desborda talento, ingenio, tensión, aspereza, complicidad y miedo. Tantos elementos en tan poco tiempo y sin que éstos se intuyan enrevesados son demasiadas virtudes que raramente se aprecian, especialmente si se trata de una escena de aniversario –reunión de amigos que beben-  por la muerte del hermano del protagonista. Su mejor amigo habla de la gran persona que era y todos ven fotos y brindan porque le echan de menos. Cuando le toca el turno al hermano del fallecido da una vuelta de tuerca a la situación y nada de lo que ellos creen es lo que en realidad era el homenajeado. A partir de ese momento él toca fondo, o casi, y decide aceptar el consejo de su mejor amiga e irse una semana solo a la casa del padre de ella para intentar encontrarse. Allí, no está solo, la hermana lesbiana de su mejor amiga se refugia en la cabaña tras un fracaso sentimental y se encuentran con tequila de por medio…  El diálogo que se produce  en esa secuencia es vertiginoso y repleto de ingenio y sinceridad. Las idas y venidas que provoca son brillantes, sortean los tópicos saliendo airosos y la cámara los acompaña con un juego de contraplanos eficaz y honesto.

Hasta aquí, todo encaja, pero tras la llegada de la eyaculación precoz el nivel comienza a descender. La visita de la mejor amiga, las conversaciones del pasado, los sentimientos ocultos, los secretos, las vergüenzas, los chantajes, los condones agujereados, los abrazos, los enfados… ya forman parte del tópico y del vacío. Toda la frescura que había anunciado se transforma en calor que sofoca aunque sin llegar a extremos. Los personajes no dejan de ser niños egoístas que juegan a creer que se entregan por cocinar buenos platos o a pensar que lo que sienten les convierte en especiales.

El guión carece de consistencia pero es un experimento curioso dado que los diálogos se fueron trabajando a lo largo del rodaje. Eso puede aplaudirse porque al menos intenta luchar por encontrar un nuevo camino, pero la inconsistencia se instala y los giros difuminan los buenos planteamientos. El trío protagonista es correcto –es de aplaudir que Emily Blunt haga películas de este tipo y no sólo grandes producciones- , sus interpretaciones son de calidad. La fotografía y los planos ingeniados por Lynn Shelton funcionan; sobre todo si se tiene en cuenta el enclave en el que sitúa la historia; pero ya está. Los primeros veinte minutos sirven para propiciar grandes esperanzas que se diluyen hasta el acertado interrogante final.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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