lunes, 17 de septiembre de 2012

'THE SWELL SEASON'. El amor dura una gira


CRÍTICA DE CINE

'The Swell Season' (Nick August-Perna, Chris Dapkins, Carlo Mirabella Davis. Estados Unidos, 2011)

Los analistas del ramo se basan en estudios y teorías químicas para asegurar que el amor de pareja no se extiende más allá de los tres años. Los protagonistas de 'Once' ni se acercaron a la cifra: lo suyo duró una gira. 'The Swell Season' opera como el reverso grisáceo de aquella fábula blanquecina que se tituló 'Once' (2006). Aquella película llegó a la cúspide desde la nada, abanderada por la hermosa 'Falling slowly', una canción que pasó de 'hit' del tarareo a ganar el Oscar. La sinceridad de esa propuesta acunada en las aceras de Dublin redobló dulzores en cuanto saltó la noticia fuera del plató. Sus dos protagonistas, aquel músico callejero pelirrojo y la muchacha checa que vendía flores en la calle y le miraba de reojo, iniciaron un idilio más allá de lo profesional. Ni el mejor de los cuentos de hadas escuchados en la infancia.
 
'The Swell Season' mira a lo que vino tras 'Once' y la estatuilla. Son los inicios de la fama, la fotografía con el fan, los viajes por carretera, los auditorios a rebosar, los autógrafos no importa dónde, la ardua tarea de mantener un amor que se encendió de una forma poco convencional. El documental se revela como una pequeña pieza que, de inicio, no manifiesta excesivas ambiciones argumentales. El día a día de una larga gira por Estados Unidos y las relaciones que se tejen entre los componentes del proyecto no es algo demasiado novedoso en el género. El material apuntaba para consumo de seguidores de Glen Hansard y Markéta Irglová. Las grabaciones engordan con la incorporación de la banda sonora. Suena a lo largo del metraje el largo cancionero de ambos artistas, buenas piezas, melancólicas la mayoría, que añaden pizcas de tristeza a unas imágenes que probablemente no las necesitasen.
 
Entre recitales, cervezas, alguna sonora bronca, muchas sonrisas, furgonetas y canciones los protagonistas se van abriendo, casi sin darse cuenta. Por esos agujeros se cuelan casi imperceptiblemente las diferencias que les separan. A un lado se sitúa Hansard, músico curtido en bares y de suerte esquiva hasta 'Once', inquieto, de tortuosa infancia e intentando aprovechar cada resquicio de la nueva situación que le toca afrontar. Peor lo lleva Irglová, retraída, con miedo a fallarse a sí misma, a perder lo que le mantiene a salvo, su propia personalidad.Mediante fogonazos de una cámara que se inmiscuye dentro de estas vidas sin hacerse notar en exceso, se ve cómo la distancia entre ambos, pese a permanecer juntos en cada fotograma, se va agrandando.
 
'The Swell Season' desemboca en una conversación en una cafetería de una ciudad de la República Checa. Es el cúlmen, la catarsis. La escena dura apenas un par de minutos, pero dice más que muchísimas horas de metraje dedicadas a evocar qué es una ruptura, qué supone y qué secuelas deja al instante. Con ese sabor agridulce se despide esta pieza de apenas setenta minutos de duración que inesperadamente se eleva por encima del posible interés y simpatías que puedan despertar los protagonistas. Porque de lo que habla, aunque no fuese el objetivo inicial, es de algo que fluye por otras latitudes, lejos del escenario. Y pocas veces se ve con tanta nitidez en una pantalla.
 
RAFAEL GONZÁLEZ

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