domingo, 12 de octubre de 2014

'LA PLAZA DEL DIAMANTE'. Lolita vence por goleada a una floja dramaturgia


CRÍTICA DE TEATRO

'La plaza del diamante'
Autora: Mercé Rodoreda
Dirección: Joan Ollé
Teatro Español (Madrid). Hasta el 23 de noviembre

Apostar por Lolita para interpretar a la heroína de la espléndida novela de Mercé Rodoreda ha sido una decisión valiente. Su talento como actriz había quedado probado en la irregular película ‘Rencor’ (2002), de Miguel Albadelejo, pero siempre el cine aporta una mayor comodidad para una actriz que un monólogo en solitario y sentada en un banco frente al público en una sala pequeña. La osadía por parte de su director, Joan Ollé, ha salido triunfadora y con creces. Lolita interpreta con suavidad y delicadeza las reflexiones de  Natalia sobre su vida. Su viaje emocional es doloroso y su tono, aunque un tanto apagado, es veraz. No hay artificio en la interpretación. Se ha sabido trabajar los puntos fuertes de la actriz y esta ha devuelto la confianza con seguridad y aplomo. No obstante, irá a más según avancen las funciones. Siente esos ecos del vacío y del dolor y los evoca con viveza. Sus trucos son medidos y nunca desentona en la Natalia que ha conformado.

La dramaturgia realizada por el director Joan Ollé  y Carles Guillén ha optado por el camino sencillo y no se han implicado demasiado en lo que es el sentir vital del personaje. El ritmo del espectáculo es demasiado discontinuo. Su comienzo es demasiado lento y la parte final se acelera en demasía y sin sentido si se tiene en cuenta lo que se ha venido proponiendo. Detalles crudos sobre el estado mental de la protagonista o su primer matrimonio y sus sentimientos han quedado relegados a una especie de olvido incomprensible y más cuando resultan tan determinantes en la reflexión de la protagonista.

La interesante propuesta de sentar en un banco a Natalia y que se levante en contadísimas ocasiones se muestra un tanto opuesta a la escenografía planteada: un banco con un suelo que más bien parece ser de un muelle que de ningún parque. Lo curioso es que las luces que acompañan la acción sí encajan en la disposición, pero ese suelo indica que se ha buscado un preciosismo no coherente a lo narrado. El aspecto musical no acompaña bien tampoco porque la música es una mera comparsa ajena a una interpretación notable.

Espectáculo que se sostiene por una Lolita que trabaja y que evidentemente es recompensada.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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