lunes, 3 de agosto de 2015

'LA ANALFABETA'. Agota Kristof

CRÍTICA LITERARIA

160'La analfabeta'


Autor:Agota Kristof

Editorial: Alpha Decay

Páginas: 66




CUANDO LA ESCRITURA ES MÁS QUE UNA NECESIDAD

La autobiografía de Agota Kristof, al igual que su Opus completo, debería tener un lugar de privilegio dentro del llamado canon literario. Quizá para eso, solo haga falta que alguien de la talla e influencia de Harold Bloom haga una reseña o simplemente la considere indispensable para que se constate su valía de forma mediática.

No hay duda, ni puede resultar extraño que, la autora húngara fuese siempre  uno de los eternos nombres que suenan en la carrera del premio Nobel, aunque su obra no sea extensa, sí resulta  extraordinaria.  Tras la lectura de su autobiografía es cuando se aprecia el conjunto global que forma la obra de una escritora que supo lo que fue y no jugó a los extraños desplantes y farsas de tantos y tantos escritores.

Agota Kristof se enfrenta a sí misma en un texto que consigue transmitir  mediante una concisión brillante. Toda esa amalgama de vivencias que han transcurrido en una vida excesivamente dura y rica se relata en tan sólo 66 páginas.  Su llamativo manejo de un lenguaje consigue la finalidad de hacerse comprender, pero este empeño de Kristof da un paso más por el género en el que se desarrolla, la autobiografía, eso sí, no se está ante una autobiografía común. No trata de ensalzar hazañas, únicamente se encarga de relatar, pero no se pierde en detalles que en apariencia no puedan tener mayor importancia, sino que se centra en aquello que desea trasmitir y lo consigue con furia.

El libro consta de once capítulos. Todos ellos titulados con un pequeño epígrafe, que por norma general será lo que evoque en el último párrafo de cada capítulo. Se puede decir que cada título sirve a su vez de conclusión. Conoce perfectamente el mecanismo del tiempo y sabe conjugarlo con cada parte de la vida que quiere relatar, matizando que en tan pocas páginas, en apariencia, no se añora nada. Todo queda asentado, todo cobra la forma definitiva en ese cara a cara de alguien que se ha ido conociendo. Si se ha leído cualquiera de las novelas anteriores –‘El gran cuaderno’, ‘Ayer’- se reconoce a esa figura que en realidad ya se ha conocido pero que ahora forma  un contorno especial en la entereza del aspecto de Agota Kristof. Todo está ya en sus libros y aún se consigue admirar más por ese perfecto juego de realidad/ ficción que ha conseguido expresar con las herramientas necesarias para consagrarse como una autora del todo imprescindible.

Los adornos son desterrados, no son necesarios. Tampoco edulcora el relato con nada que no sea su verdad, aquella que se encuentra en un conjunto de percepciones que va conformando. Ese modo de evocar imágenes, en apariencia sencillo, puede traer a la memoria a la escritora Odette Elina, que con su fabulosa novela ‘Sin flores ni coronas’, consigue en pocas páginas lo que fue un año en Auschwitz  y transmitir al lector  la sensación –mediante una prosa directa y concisa- de haber estado allí sin echar en falta ninguno de los detalles que suelen acompañar a ese tipo de historias.Los diálogos que escribe Kristof son frescos. Su estilo es directo –como Strindberg-, no busca palabras que suenen falsas, no, tan sólo las que posiblemente fueron, y consigue que se interioricen al dejar a un lado el artificio. Plantea su verdad, aquella que ha ido saliendo en cada uno de sus escritos pero que ahora consigue dotar de forma única.

 Se centra en su yo que no anhela pero que recuerda. Pese a la dureza de lo relatado, la autora incluye fragmentos en los que la comicidad de ciertas vivencias que constatan la más que evidente empatía para con la protagonista. En ‘La analfabeta’ las relaciones que existen entre la autobiografía y la ficción son difíciles, sin olvidar que lo son todas las fronterizas. Este discurso autobiográfico logra sus efectos de autenticidad y de comunicación con la autora, sacando partido de la asimilación de las diferentes heridas ocultas tras el yo puesto en escena. Para ello, se sustenta sobre una concepción representacional del lenguaje y sobre una ideología de la transparencia. Llama la atención que aún no se haya llevado a la gran pantalla, mientras que otros acercamientos a las vidas de ciertas personas que se convierten en falsas heroínas han sido adaptadas por ridículas o distantes que fueran, pero qué se puede esperar de una industria ¿cuál no?, que valora más los rostros y los nombres que la historias que realmente cuentan algo.Sus descripciones resultan precisas y certeras. No dejan lugar a una imaginación que se siente asaltada por el continuo vaivén de imágenes a lo largo de un ejercicio tan conciso como completo. Su forma de transmitir es inteligente, su control es absoluto, de ahí que no estaría de más recordar el postulado de Worsdworth por el que el poeta debía usar el  lenguaje convencional de las gentes. Kristof aplica tal precepto y no se equivoca, conoce bien la realidad de quién fue y no se distancia de ella. Desde bien pequeña muestra su amor por los libros y  la lectura. 

Tampoco deja lugar a dudas de las críticas que esto mismo le generó “hay miles de cosas más útiles que leer ¿no?”. Su escritura es un juego continuo con la percepción, una necesidad casi fisiológica por narrar. Los cambios temporales aunque son notables no son bruscos. Muestra la distancia y el paso del tiempo con inteligencia. Descripciones de un tiempo doloroso en el que  habitan recuerdos y cómo la llegada de la Segunda Guerra Mundial trae la tristeza y la separación de una familia que no se puede reencontrar: no hay dinero ni medios para ello. Las sonrisas se tornan en lágrimas de la vida en un internado. Al igual que su hermano, que aunque están a veinte kilómetros no pueden verse, no hay dinero, hay miseria y añoranza. Lo único que da salida a las lágrimas y a la rabia de la no comprensión es la escritura en unos pequeños cuadernos que serían sus diarios. En ellos comienza a saber lo que significa la escritura y el extraño poder hipnótico que posee sobre ella, pero no se regodea en su miseria, consigue alternar varios de sus estados.

Del mismo modo que narra cómo  tiene que fingir una enfermedad y tirarse tres días en la cama porque no tiene zapatos hasta que el zapatero  ponga un parche más a unos zapatos compuestos por costuras ya sin fuerza, describe con viveza sus divertidas payasadas a la hora de imitar a profesores. No sólo escribe sobre ella sino que consigue crear un grupo teatral en el que da forma a pequeñas piezas que representan a cambio de dinero o alimento entre las compañeras del internado. Ahí surge el veneno del teatro  en ella, del mismo modo se añade su pasión por la radio –evidentemente y aunque ya no es sorpresa alguna, en España no se encuentra ninguna de las traducciones de  los textos-. En sus descripciones de las tabernas recuerda el racismo a los gitanos, ellos beben en vasos diferentes, nadie quiere beber en un vaso que ha usado un gitano.  Tras la ocupación de los rusos de Hungría el modo de narración cambia ligeramente y comienza a jugar con el tiempo, las idas y venidas se producen como aclaración, o más concretamente, matización de algunos recuerdos que retornan a su lugar. No sólo recurre a ello para mostrar un pasado, sino que se sirve también para mostrarse en un futuro o en su presente. El recurso es empleado de un modo magistral al evocar su huida. Recurre a una noticia actual en la que se molesta por el fallecimiento de un niño que iba a espaldas de su padre huyendo de su país… en un principio se muestra crítica con los padres pero al instante se recrimina no acordarse ya de que aquello mismo hizo ella cuando su hija tenía un año. El recuerdo de uno mismo es algo a lo que alude continuamente. No olvida sus orígenes, en lo que hizo y con quien lo hizo, pero no da más detalles, se centra en su ahora, pero no es un ahora tan sólo físico sino idiomático también. Sabe francés, pero su romance con ésta lengua es un tanto cruel, debido a que esta lengua es la que está matando a su lengua materna y eso le genera rabia, pero sobre todo, añoranza de una infancia que describe con sutileza y emoción.

El aspecto político es una constante en su vida, pero el tratamiento que hace del mismo es casi lírico. No hay extrañas reivindicaciones, únicamente la vida y el intento de sonreír. La muerte de Stalin está narrada desde la repercusión de la enseñanza y Kristof completa aquella afirmación de Nureiev en la que dijo que cuando murió Stalin, salió al campo y esperó que ocurriese algo extraordinario pero nada ocurrió… La escritora completa aquello hablando de que la respuesta llegó 36 años después por parte de los pueblos. Esto le sirve para dar pie a la personalidad que ha ido formando. Es el instante en el que decide incluir alguna referencia al escritor que más le marcó, Thomas Bernard, y esto ayuda a comprender aún más  su estilo. Se ofrece consecuente con quién es, no camufla su sentir, lo estudia y lo expone, eso sí, sin adentrarse en detalles. Es importante este punto, porque no se le puede pedir algo más, juega con los tiempos a su antojo, no hay despistes, lleva al lector de la mano. Es posible que la propia autora eche en falta todos aquellos cuadernos que escribió y perdió, porque el tiempo siempre deforma la realidad. Sus memorias en ocasiones juegan con el aspecto de un sueño que aflora en el recuerdo o de ser una vida vivida por otra persona. Es una especie de reconocimiento a su propia memoria y que ésta  se negara a recordar el momento en el que perdió gran parte de su vida. Es ahí, cuando la escritora desnuda su aflicción por no poder disponer con certeza de lo que fue realmente la vida de un tiempo. El realismo flaubertiano, como la mayoría de la ficción, es similar a la vida y artificial al mismo tiempo. Es similar a la vida porque el detalle realmente impresiona –al igual que en la escritora húngara- especialmente en las ciudades grandes, como un tatuaje de aleatoriedad. El artificio se encuentra en la selección de los detalles. En la vida uno puede girar la cabeza y cerrar los ojos, pero si lo analizamos, somos como cámaras indefensas. Nuestra memoria selecciona para nosotros, pero no selecciona la narración literaria. Nuestros recuerdos carecen de talento estético. De ahí que se reivindique tanto a los escritores con gran base en su propia autobiografía. Sólo es a través de los detalles se puede comprender lo esencial. Es preciso conocer todos los detalles, porque nunca se sabe cuál puede ser importante, ni cuando una palabra puede establecer un hecho. Tampoco el detalle tiene que atragantar. Si tomamos el ejemplo de Bellow en la descripción del cigarro del señor Rappaport: “fantasma blanco de una hoja con todas sus venas y su vaga actitud”; la apreciación excesivamente estética del detalle parece elevar, de una forma ligeramente distinta, la tensión entre autor y personaje.De nuevo el tiempo transcurre y ahora ya son refugiados a los que llega a comparar con animales de zoológico que son vistos por todos aquellos que acuden a darles limosna tras el partido de fútbol.

La escritura, ese vicio del que ya no puede despojarse da rienda suelta a lo que es, pero no simplemente lo evoca, sino que es capaz, en breves páginas, de dar ciertas claves para la creación sin ser necesarios vacuos manuales. Resulta alentador ver su forma de compaginar su vida laboral con su trabajo indispensable que era la escritura. Por muy duro que fuese el trabajo, mientras más mecánico resultaba, más tiempo disponía para elaborar sus versos en la memoria y una vez constituidos darles forma en papel. Pese a toda la crudeza que posee cada página, siempre se aprecia esa búsqueda positivista llegando a ser el ruido de las máquinas  el que imprimía ritmo a sus poemas –Evidentemente tampoco hay ninguna traducción de sus versos-.

 La situación del refugiado no es confortable. Ella lo relata pero a través de pequeños detalles es capaz de dar forma a la desesperación de unas gentes que ya no sabían quiénes eran y que preferían regresar a su tierra aunque fuesen condenados o sino el suicidio por no recordar ya nada de lo que eran o pretendieron ser alguna vez. El dolor es camuflado en la narración. Toma distancia para reanudar su romance con la escritura “hay que escribir, luego hay que seguir escribiendo, incluso cuando no le interese a nadie, incluso cuando tenemos la impresión de que nunca le interesará a nadie, incluso cuando los manuscritos se acumulan en los cajones y los olvidamos para escribir otros”. De un modo nada empalagoso narra brevemente su camino por la escritura y el éxito. No hay regodeo, simplemente hay una narración orgullosa de lo que significa verse traducida a tantos idiomas cuando a ella le resultó tan complicado el francés. Es posible que sea el escribir en una lengua –francés-  que no es la suya materna, la que haya conseguido que su estilo sea tan personal y preciso.

Sus 66 páginas no concluyen en el instante final del libro. Es a partir de ese instante cuando todas aquellas imágenes que ha conseguido recrear en el imaginario comienzan a  golpear en las entrañas del lector, obligándole a acudir a releer un número altísimo de momentos  que se narran, por no decir una recomendable segunda lectura completa. ‘La analfabeta’ es una perfecta muestra de conciencia, de lucha, de reconocerse, pero ante todo es el reflejo de una lucha transformada en placer por la lectura.


IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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