jueves, 10 de septiembre de 2015

EL EXTRAÑO CASO DEL CINE ESPAÑOL


‘A esmorga’. España, 2014. Dirección: Ignacio Vilar.
‘Las altas presiones’. España, 2014. Dirección: Ángel Santos.
‘A cambio de nada’. España, 2015 Guión y dirección: Daniel Guzmán.
‘El camino más largo para volver a casa’. España, 2014.

Escribía Eugenio Trías en su ensayo publicado póstumamente, ‘De cine. Aventuras y desvaríos’ (2013), que el cine es un microcosmos de todas las artes. No le faltaba razón. El problema reside en cómo se aplican esas artes o el acierto que tenga el que está operando todo el andamiaje de la película. Por desgracia, la vida de una película es algo más que eso. De hecho el rodaje es lo más sencillo dentro de todo el proceso que implica la realización de un largometraje. Es ese después, al finalizar la postproducción, el que determina que la película tenga vida o caiga en el mayor de los olvidos. Para el presente artículo se han escogido estas cuatro películas, que sirven como guía de lo que se viene realizando en la actualidad en una España que parece luchar seriamente contra el desarrollo de su propia industria.

El panorama actual del cine español no invita al optimismo, sino que más bien se augura una desilusión contra la que resulta difícil combatir. Los culpables pueden estar en muchos lugares, pero las productoras y las distribuidoras tienen mucho que ver en este vacío fílmico que sufren las carteleras. Aunque la producción es notable, el problema reside en las escasas oportunidades que se tiene de poder disfrutar de tales películas. Si bien es cierto que existe un doble circuito para poder ver determinados filmes, este sistema es cuanto menos equívoco y tremendamente desigual para que se sepa con certeza qué cine se realiza en España. Por un lado se encuentran las películas que gozan de buenas subvenciones, diversos apoyos, gozosa distribución y generosa publicidad, como bien puede ser el caso de ‘El niño’ (2014) de Daniel Monzón, o ‘La isla mínima’ (2014) de Alberto Rodríguez. Cine de consumo rápido, influenciado por la comercialidad americana, con producciones muy elevadas que no muestran la realidad de lo que viene siendo el cine realizado en España. Con buena producción pero mucho menos respaldado por las distribuidoras y por la propia academia española, se encuentran directores como Jaime Rosales y Javier Rebollo. Sus prodigiosas últimas películas, ‘Hermosa juventud’ (2014) y ‘El muerto y ser feliz’ (2012) respectivamente, a pesar de haber sido premiadas, tuvieron menos repercusión de la que deberían. En el caso de Rebollo –muy laureado– está envuelto en dificultades para poder financiar su nueva película, cosa que debería resultar absolutamente inverosímil si atendemos a que es el mejor dotado técnicamente de todos los directores españoles de la actualidad.

Por otro lado, está el circuito alternativo, palabra que no es del todo acertada, pero que sí sirve para comprender el concepto de ese tipo de cine. Presupuestos menores, algunas ideas buenas, pero su proyección en las salas suele ser en días sueltos u horas extrañas, evidentemente acompañadas de una escasa difusión mediática y previo pago, muchas veces, para poder ser expuestas. La Academia de Cine también se olvida de ellas y por alquilar su sede pide una gran cantidad de dinero, por lo que al ser productos de bajo presupuesto, quedan condenadas a Internet, a no ser que triunfen en un festival extranjero y España las acoja con posterioridad. 

Resulta triste asistir a una descomposición fílmica tan evidente. De nuevo se vuelve a estar muy por debajo del resto de cine europeo que sí dota a las producciones propias del aporte suficiente, mientras que en España se ven destinadas casi al anonimato. En este orden de cosas, las películas seleccionadas podrían integrarse en ambas categorías, aunque ninguna llegue a los presupuestos de las mencionadas ‘El niño’ y ‘La isla mínima’. 

‘A Esmorga’, de Ignacio Vilar, adapta la novela de Eduardo Blanco. No hay que olvidar que ya la adaptó notablemente Gonzalo Suárez bajo el título de ‘Parranda’ (1976). La referencia al ‘Ulises’ de Joyce se encuentra más presente en la novela. La historia refleja todo lo que acontece en un día con el alcohol como un protagonista más. La lucha por la huida, la bebida, el silencio y el derrumbe en la película de Vilar es muy desigual. Un acto atroz acompaña a los personajes en esa tierra repleta de secretos, climas cambiantes y deseos prohibidos. La interpretación de Elejalde, Lir y Durán no ofrece la recompensa deseada porque el ritmo es demasiado dispar. Las secuencias evolucionan de un modo discontinuo y lo que podría ser una historia tan local como universal pierde demasiada fuerza en una duración innecesaria. Ignacio Vilar no consigue aportar más que un granito de arena, que sirve para dejar constancia de que podría tratarse de un gran director, pero que por el momento solo es un proyecto con mucho que pulir. 

‘Las altas presiones’, dirigida por Ángel Santos, ofrece una película en la que las dudas y los desmantelamientos emocionales son el eje que guía la historia. ¿Qué hacer con las ilusiones cuando ya parece que han desaparecido? La excusa de un ayudante de producción que acude a Galicia –de nuevo– a buscar localizaciones para un proyecto que no le interesa, sirve para que Santos reflexione sobre lo que supone enfrentarse al pasado y a aquellos lugares de los que se huyeron posiblemente buscando algo mejor. El resultado, aunque con toques de interés, no deja de ser irregular. Los planos excesivamente contemplativos en ocasiones consiguen que la historia pierda fuerza. Los devaneos sentimentales dejan de tener interés y cierto idealismo, mezclado con la autodecepción, hace que no consiga levantar el vuelo para ofrecer eso que anuncia. Andrés Gertrudix realiza una interpretación sobresaliente que logra que la película se mantenga a flote.

‘A cambio de nada’, primera incursión en el largometraje de Daniel Guzmán como director, ofrece escasos atisbos de algo que no sea una colisión de tópicos continuos. La película triunfadora en el Festival de Málaga es desigual en todos los apartados. Partiendo de un guión sin fuerza, que busca más la gracia o las situaciones rocambolescas que aportar algo, se ahoga en una dirección previsible que no saca partido a ciertos momentos que están correctamente enunciados pero derivan en clichés abrasivos. Teniendo como referencia al Saura de ‘Los golfos’ (1959), ‘Deprisa, deprisa’ (1981) o incluso a León de Aranoa con ‘Barrio’ (1998), Guzmán se pierde sin ofrecer claridad en su narración. Las desventuras de un muchacho de barrio no cuajan en la verdad expositiva, sino que más bien, la sencillez y previsibilidad de cada acción con su resolución enunciada, condenan a un resultado muy pobre. Pese a ser la película de mayor presupuesto de las cuatro analizadas, se notan ciertas carencias debido a que la historia encajaría mejor a finales de los ochenta o principios de los noventa. Por mucho que se le haya puesto la vitola de cine autobiográfico, este no respira verdad, sino que más bien se instala en lo impostado. Lo realmente destacable de la película es la interpretación de Antonio Bachiller que se lleva todo el talento.

Sin duda alguna, la película más interesante de todas es ‘El camino más largo para volver a casa’. Sergi Pérez sí sabe buscar algo diferente dentro del panorama cinematográfico español. La sensación de ese trauma, esa herida reciente que acompaña a un personaje –magistralmente interpretado por Borja Espinosa–, que al igual que sucede en el ‘Ulises’ de Joyce –de nuevo– se seguirá a lo largo de un día, aunque su narración pueda aproximarse más a ‘4 meses, 3 semanas, 2 días’ (2007) del rumano Cristian Mungiu. Película compleja y nada complaciente, jamás cae en la indulgencia y es hábil a la hora de mostrar ese camino para volver a casa. Con un Macguffin en la figura del perro, Pérez radiografía parte de la vida de su protagonista. Su forma de huida es incómoda, aunque tampoco se dan pistas de lo que sucedido. Ha acontecido algo horrible en su vida y aún no ha sabido enfrentarse a ello. La muerte es la que le acompaña, pero nunca se aclara. Su dirección ofrece personalidad y la cámara en mano transmite cierta agonía mezclada con la angustia por la que transita un personaje que no ofrece simpatía alguna. Es posible que el cine de Haneke haya sido un modelo a seguir en cuanto a la concepción del personaje. Nada es cómodo y nunca se  salva al protagonista, su caída a los infiernos es continua, y la fotografía de Julián Elizalde ayuda a materializar este proceso de descomposición interior. El montaje y la música terminan de dotar al guion de una fuerza que poco tiene que ver con gran parte del cine que se viene realizando en la actualidad. Los personajes satélites que acompañan al protagonista siempre ayudan a conocer algo más de un día para el olvido. Cualquier decisión es incorrecta porque trae consecuencias. El miedo, el asco, el vacío, el egoísmo, la derrota y la falta de resolución son una constante. Las lágrimas afloran en ese llanto desesperado por pedir auxilio con gritos mudos. ‘El camino más largo para volver a casa’ jamás resuelve nada, pero tampoco es necesario, eso engrandece aún más una película que deja en difícil situación a un espectador que asiste como un mirón a esa actividad ajena que transmite un dolor insoportable. Sergi Pérez es un director al que hay que seguir muy de cerca porque ofrece algo que los demás no hacen y eso ya es bastante.

El cine español tiene fuerza, pero el sistema de exhibición y producción lo condena. Se prefiere apostar por un cine insustancial, de consumo fácil, que por el que ofrece algo diferente. España juega con fuego de un modo gratuito. Si talento hay, y mucho, ¿por qué no dar una oportunidad? Mientras esto siga así, no se podrá hablar de industria española sino de pseudoproductos cinematográficos. La solución está al alcance. ¿Por qué nadie se atreve a apostar por ella?

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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