jueves, 17 de diciembre de 2015

'IRRATIONAL MAN'. Angustia, condena y motivación



CRÍTICA DE CINE

'Irrational Man' (Woody Allen. Estados Unidos, 2015. 96 minutos)

El momento vital en el que se encuentra el profesor de Filosofía Abe Lucas parece seguir el postulado de Kierkegaard por el que intenta averiguar “si existe para la existencia, en sí vacía de sentido, un sentido”. Esta cuestión es determinante, y que sea la filosofía el marco en el que se desarrolla todo el postulado fílmico de lo que acontece, le sirve a Allen para hacer ciertas reflexiones en voz alta para llegar a conclusiones parecidas –aunque con voz propia– que en títulos anteriores.

'Irrational Man' sabe conjugar ese conglomerado creativo que el director neoyorquino lleva desarrollando en gran parte de los dramas que viene realizando desde 'Delitos y faltas' (1989). Si bien es cierto que, con anterioridad, cada inclusión en el drama seguía los andares de Ingmar Bergman y en ocasiones las huellas de Fellini, todo indica que Allen ha conseguido desarrollar una serie de cuestiones ligadas siempre a la muerte en las que va indagando sin conseguir respuestas satisfactorias o puntos finales a sus dilemas –de ahí que regrese una y otra vez–. Cuenta Ingmar Bergman que dirigir 'El séptimo sello' (1957) le ayudó a aceptar su relación con la muerte. Quizá Woody Allen esté intentando enfrentarse al crudo destino de diferentes maneras, pero siempre –con mayor o menor tino– llega a conclusiones cercanas o, cuanto menos, complementarias entre sí. Con 'Match Point' (2005) readaptó 'Delitos y faltas' añadiendo un poso aún más notable de amargura. Esa premisa lacerante es la que ha ido ganando enteros en cada uno de sus nuevos dramas. 

Resulta sugerente acudir cada año al cine a ver la nueva creación de Woody Allen. Siempre hay algo que es propio de su cine y eso es muy difícil de encontrar en otros directores actualmente, quizá en ninguno. Su obsesión por crear es la que da rienda suelta a un impulso incontrolable. Más vale un Allen no tan bueno, o flojo, que no verlo. Su compromiso con el trabajo tiene una recompensa visual que ha ido ganando enteros a lo largo de los años. El Allen del último decenio está más centrado en el aspecto técnico de sus proyectos. Sabe lo que quiere contar y la economicidad de planos no sólo atiende a razones estéticas, sino de tipo práctico para que los rodajes sean rápidos y efectivos. 

Con 'Irrational Man' vuelve ese Woody Allen al que el público puede reconocer. Su anterior incursión tras la cámara, Magia a la luz de la luna (2014), dejaba al descubierto la faceta más impersonal de su carrera, pero su antepenúltimo título ya –contando la actual que filma y la serie maldita para Amazon– le rescata de ese laberinto rosa para devolverlo a su yo más extrañamente existencialista y cruento. ¿Cuánto vale la vida? Las premisas de Kant y Kierkegaard sobrevuelan cada entramado de una historia que propone diferentes caminos en los que la derrota es siempre esa guía a la que persigue.

El personaje principal, Abe, es casi una antítesis exacta en igual manera tanto de la tesis kantiana como de la síntesis hegeliana. Si se retoma el concepto de angustia, esta se asocia con lo individual. Los planteamientos de este profesor de Filosofía sólo tienen validez en esa sinuosa búsqueda o capricho que le proporcione algo que está muy por encima de lo correcto, dado que tras él no hay nada más. Su estado de desesperación es esa “enfermedad mortal” que le define como enfermo de muerte. En el comienzo de la historia parece ahondar en la idea de que la propia muerte consiste en no poder morir. Seguir aunque sea ahogándose en su propia desidia física y emocional. La construcción del malditismo que le acompaña le sirve para que su figura se haga aún más grande. Ese tratado de hombre herido y rebelde es el que le dota de un aire atrayente entre los otros profesores y el alumnado, especialmente el femenino. 

Desde el planteamiento inicial, la voz en off es una guía que explica diferentes puntos muertos que ayudan al espectador a comprender la magnitud del personaje que sigue. Este recurso es terriblemente tramposo, pero no determinante –como sucediese en American Beauty (1999) –. El cine siempre puede resultar engañoso, es un arma más de toda la seducción que ofrece y ayuda a que los enigmas se hagan más sorprendentes. En esta ocasión es un hecho destinado al espectador para así economizar aspectos narrativos. 

La muerte, el deseo, la impotencia, el aburrimiento, la bebida, la distancia, la derrota, la vida, más muerte, el yo, el crimen, la culpa, la falta de culpa, la ausencia, el pragmatismo, la acusación, el revivir y las fracturas emocionales. Allen se sumerge en sus obsesiones, pero no oculta sus propias referencias, de ahí que 'Irrational Man' beba de sus propios títulos continuamente. Sin ir más lejos, el modo en el que se acerca a su alumna brillante es casi un autoplagio de cuando el personaje interpretado por Allen en 'Maridos y mujeres' (1992) elogia el relato del personaje de Juliette Lewis. En esta ocasión es un trabajo de filosofía, pero el fin es idéntico. Ese clima de intimidad avanza y las confidencias, recomendaciones y sentimientos caminan de la mano en todo momento. De igual modo, las situaciones grotescas que acontecen con la aparición de la muerte y la excitación por el misterio no resuelto parecen traer de la mano al Allen de 'Misterioso asesinato en Manhattan' (1993).

La culpa en esta ocasión, a diferencia de 'Match Point', no tiene la misma relevancia. Ese yo egoísta que podría coincidir también con 'El sueño de Casandra' (2007), aunque mira sólo para sí mismo, parece jugar con la presunción de que el mundo sería mejor si no existiesen ciertas personas. ¿Qué proporciona el juego necesario para que el genio neoyorquino se adentre en tales disquisiciones? La reflexión ajena es el fenómeno epifánico que sirve para cambiar el rumbo de las motivaciones del personaje principal. Ya sea en la consulta de un psicoanalista o en un bar, el hecho de escuchar el dolor de un tercero vuelve a impulsar y a generar vida en personajes extraviados de su propia existencia, como ya ocurriese en 'Otra mujer' (1988). Joaquin Phoenix y la sugerente Emma Stone forman una pareja protagonista eficaz y contundente. Pese a una premisa que puede estar más que gastada, como es el acontecimiento de que una alumna se enamore de un profesor brillante y que a éste la fama de díscolo, bebedor y pequeño enfant terrible del mundo académico le ayude a ser aún más misterioso y atractivo, la trama va girando y evoluciona hasta ser algo más peculiar aunque, eso sí, sin abandonar los dogmas presentados. Ambos personajes están bien resueltos, ninguno de ellos se extravía del sendero marcado por lo planteado. Su evolución es coherente y significativa. No ocurre lo mismo en el desarrollo de otras subtramas, como la de la profesora que se queda prendada del profesor, el enamorado de la alumna o las coincidencias que surgen tras esos dimes que se escuchan en barbacoas. Es especialmente llamativo que el romance entre la profesora y Abe no sea más salvaje porque hay mimbres de que algo más podía suceder. Se instala en un cierto convencionalismo que no termina de despegar. Elegir vivir el deseo como auténticos descerebrados inmaduros, el cambio de esas vidas monótonas y aburridas no termina de encauzarse, pero lo planteado podría haber proporcionado una dote de asfixia a los interrogantes de cada personaje. Por el contrario, Allen opta por algo más sencillo pero no por eso menos acertado. 

'Irrational Man' deambula por la tragedia y la comedia –de sonrisa no de risa– con igual acierto. Premisas divertidas que se oscurecen para cambiar la intencionalidad marcada en el comienzo. La historia esbozada posee un ritmo en ocasiones desigual, pero siempre constante. El desarrollo de los personajes, siempre escondidos en la aparente madurez impregnada de artisteo, sufre una contraevolución en los momentos más dramáticos. Es ese instante en el que dos que iban de la mano se separan hasta lugares ya intransitables para ambos. Depresión, ilusión, bloqueo emocional y creativo, güisqui, cenas, bibliotecas y escritores rusos… Todo ello se manifiesta en el devenir de unos acontecimientos que viran desde la frivolidad hasta la responsabilidad. 'Crimen y castigo' vuelve a colear en cada una de las acciones que marcan la decisión vital del profesor Abe Lucas. No es el mismo postulado que perseguía Raskólnikov pero sí está relacionado. A ello se unen ciertas reflexiones de Hannah Arendt que completan ese nicho ideológico que nunca se pierde en un conglomerado irresoluble. 

El reparto es sensacional. Los secundarios proporcionan consistencia a esas lagunas que la historia solo enuncia. Siempre resulta gozoso adivinar qué personaje podría haber interpretado el director neoyorquino en las películas en las que se encuentra ausente. Suele dar algunas pistas y en esta ocasión bien podría haber sido el padre de la alumna interpretada por Emma Stone. El duelo protagonista, comandado por la propia Stone y Joaquin Phoenix, es enriquecedor y repleto de una intencionalidad en absoluto frívola. Phoenix compone un personaje en evolución constante. Su forma de ser, ya de por sí sensible, se afianza en ese profesor autotorturado que deambula por el desánimo y el bloqueo físico, emocional y sexual. Sin vida, esperando ese instante de fervor que le entregue algo para poder querer seguir viviendo. La falta de energía en sus andares, su forma de beber de una petaca siempre cargada, va cambiando a una vitalidad apasionada que conjuga con su modo de vestir e incluso su aspecto físico. Siempre consigue mantener el interés en cualquiera de sus acciones. Algo similar puede ocurrir con Emma Stone. Su desparpajo interpretativo proporciona a su papel una consistencia física e intelectual que el texto no posee en la misma magnitud. Su aspecto inocente va cambiando progresivamente hacia una madurez y una capacidad de reflexión siempre atrayentes y nunca aleatorias. Pueden existir ciertos ecos con el papel de Scarlett Johansson en 'Scoop' (2006), pero aquí se ofrece un punto más de sensatez. Saber renunciar al obnubilamiento inicial no resulta grotesco sino que avanza de un modo coherente, al igual que sus reflexiones y posicionamientos.  La prestancia de los detalles en esta cinta tiene una significación muy importante, al igual que sucedía en Match Point. El final sucede con demasiada celeridad y más teniendo en cuenta el cómo se han ido gestando los cambios en los protagonistas. Su forma extrañamente abrupta es una salida de ese tempo marcado a lo largo de toda la propuesta. 

La relación de Woody Allen y su director de fotografía, Darius Khondji, es de una solidez conocida. La luz que imprime Khondi se instala en la atmósfera descrita en el guion, pero la potencia creando espacios adecuados para que las palabras se instalen de un modo más hondo. Consigue hechizar con esos trazos de luz que van variando según los estados emocionales de unos personajes que del mismo modo que se encuentran se desencuentran. De ahí que los tonos cálidos contrasten con luces más frías y distantes, pero siempre desde una perfección formal que suma un atributo más para ese resultado global más que satisfactorio. Lo que no encaja tan bien es el montaje, en ciertos momentos algo descuidado y que resta dinamismo a un número no pequeño de acciones. Llaman la atención ciertos errores de raccord que pueden condicionar algunos contraplanos y más tratándose de una acción-reacción inmediata. La música vuelve a ser ese punto que siempre funciona. Bien elegida la pieza que ya reinase en 'Poderosa Afrodita' (1995) –The ‘In’Crowd– para imprimir ritmo, al igual que la inclusión de Bach. Es precisamente su presencia la que sirve para ahondar en esa angustia existencial que siempre está presente.

'Irrational Man' devuelve al Allen de la angustia, al creador del miedo por el destino, al escritor salvaje y al director valiente que sabe copiarse sin caer en demasiadas reiteraciones.

IVÁN CERDÁN 

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