martes, 19 de enero de 2016

'EISENSTEIN EN GUANAJUATO'. ¡Qué viva Greenaway!



CRÍTICA DE CINE

'Eisenstein en Guanajuto' (Peter Greenaway. Holanda, 2015. 105 minutos)

Las diferentes aproximaciones que realiza Peter Greenaway a acontecimientos artísticos pasados, como ya sucediese con ‘La ronda de la noche’ (2007), siempre están dotados de imaginería y fuerza. ‘Eisenstein en Guanajuato’ es una fantasía que posee arrojo pero que llega a ser redundante. Greenaway fantasea con aquel viaje que Eisenstein realizó por México financiado por Upton Sinclair y su mujer. A partir de aquí comienza una fábula en la que se destapa sin tapujo alguno la homosexualidad del  cineasta ruso. Se ahonda más en este capítulo, en compañía de su guía Palomino Cañedo, que en su pulsión cinematográfica. El material que dejó filmado de su estancia en México es amplísimo, pero no se aprovecha la historia de ello, quedando relegado a un segundo o tercer término.

Apostar por un Eisenstein lenguaraz y estridente puede rememorar en parte al Mozart retratado por Milos Forman en ‘Amadeus’ (1984). Este juego o fusión de personalidades excéntricas y geniales no es desarrollado por Greenaway. Ciertas salidas de tono en la figura del director no le permiten  avanzar en unos postulados creativos -enunciados en un principio- que se quedan un tanto desdibujados. Es una opción, naturalmente, pero la fuerza visual queda del mismo modo desnutrida de intenciones que acompañen a la propuesta. Si bien es cierto que esa mezcla de imagen de archivo con el momento fílmico unido a un montaje dinámico y alentador dota de vida a la narración, no llega a exponerse en su totalidad el director británico. ¿Cómo afrontó Eisenstein la idea de su película? ¿Qué pretendía filmar? ¿Cómo su estancia en México modificó su forma de dirigir? Esto queda en puntos suspensivos. Se apuesta por los dibujos fálicos y su latente inquietud por descubrir y concretar su lado más personal.

‘Eisenstein en Guanajuato’ es  un ejercicio delicioso y valiente. Llama más bien la atención que en  todo el entramado visual no se logre jugar más con la textura y la indagación fílmica del cineasta ruso. Quedarse en los experimentos sexuales es demasiada poca recompensa para una fantasía que podría haber sido una apuesta más completa. Peter Greenway sigue jugando en el cine. Se reinventa, ataca, muerde y polemiza con esos movimientos exquisitos de cámara y con el apoyo de un equipo técnico y artístico que rozan la matrícula de honor. ¡Larga vida a Eisenstein, larga vida a Greenaway!

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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