viernes, 8 de enero de 2016

'LA ÚLTIMA NOCHE DEL RAIS'. Yasmina Khadra




CRÍTICA LITERARIA

'La última noche del Rais'
Autor: Yasmina Khadra
Editorial: Alianza (2015)
Páginas: 176



MÍSTICA, MÁSCARAS Y MONSTRUOS

Apenas sorprende que tras una novela dedicada a airear la corrupción de la clase pudiente de Argel, Yasmina Khadra viaje a Libia en su nuevo libro. Es habitual que el escritor argelino cambie de escenario, siempre en la esfera árabe y manteniendo la constante de su país natal, con el que mantiene una compleja relación que se extendería mucho más de lo que requiere esta reseña.

Khadra aborda en ‘La última noche del Rais’ un proyecto inequívocamente teatral, prácticamente un largo monólogo salpicado de puntuales intervenciones de otros personajes. El autor se instala en la mente de Muamar Gadafi horas antes de su linchamiento público, cuando se escondía en una escuela de Sirte, recluido junto a sus fieles. Imagina sus últimas horas y pensamientos, todo suposiciones, dando fe del delirio en el que se instaló el político libio. La obra se inscribe dentro de la línea de creación que muestra a celebridades poco antes de fallecer. En cine hay variados ejemplos, desde Abraham Lincoln o Adolf Hitler, hasta Kurt Cobain, al igual que en teatro, como se vio recientemente en los escenarios madrileños con un Philip Seymour Hoffman agonizante.

En ‘La última noche del Rais’se describe a un megalómano que se niega a la evidencia. “Soy Muamar Gadafi, el hombre convertido en mito”, dice casi de inicio. Está instalado en el miedo y teme una traición o un envenenamiento. Ve enemigos traspasando las paredes y escucha una voz que le acompaña desde hace años y a la que se encomienda. No se arrepiente, presume de mujeriego y apenas confía en un personaje en el que se ve reflejado cuando era joven, Brahim Trid, un militar ambicioso y listo para trepar en el instante oportuno. El retrato del escritor es despiadado y siempre quedará la duda de que si la realidad superó a la ficción, lo que da a esta descripción un toque amenazante.

Hay pasajes interesantes intercalados entre largos monólogos de trazo poético y rápidas conversaciones con los que le rodean y que hacen avanzar la acción. Uno es el recuerdo de ese diálogo con uno de sus hijos cuando asisten por televisión a la revuelta tunecina que supuso la caída del presidente Ben Alí, al que desprecia por haber huido de esa forma sin dar la cara. El diálogo ficticio con Sadam Husein, quizá algo excesivo y que rompe el tono, y la infancia miserable del protagonista también ocupan un espacio importante. En boca de un personaje ya situado más en otro mundo, Khadra alumbra su infancia, marcada por la ausencia de un padre, el engaño sobre su origen (el daño que le producía que le calificaran de bastardo) y la falta de medios. Expone todo ello, sin justificar.

La prosa de Khadra se tensa en ese final ya por todos conocidos y que el autor argelino describe casi cinematográficamente. “Muero, pero mi huella permanecerá”, acierta a decir el ya moribundo mandatario libio. Todo es ficción pero, a pesar de los excesos, sabe llevarlo por el terreno de la verosimilitud. Para el que tenga dudas, que mire ‘youtube’ y se estremezca.

Con esta novela, todo un ejercicio de ficción despojada de matices geopolíticos  y en el que se vislumbra igualmente la posición del autor, Khadra hace una radiografía de un político-dictador que podría ser tantos, erigido en deidad por los mismos que le hicieron morir como el peor de los animales. En el fondo, como en todas sus obras, aparece lo miserable de la condición humana. El que quiera algo de luz u optimismo que busque lejos de las páginas de Yasmina Khadra.

RAFAEL GONZÁLEZ 

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