lunes, 25 de abril de 2016

'CINE' (LA TRISTURA). Viajar sin moverse



CRÍTICA DE TEATRO

'Cine'
Compañía: La Tristura
Texto: Itsaso Arana y Celso Giménez
Teatros del Canal (Madrid)

Un estreno de La Tristura siempre es un acontecimiento teatral en Madrid, máxime cuando por primera vez estrenan en uno de los grandes teatros de gestión pública, aunque sea en la sala pequeña, como es el  Canal, dentro de la programación del  Festival de Otoño. Es un hecho que se puede considerar, por su trayectoria y relevancia, un acto de justicia.

La Tristura presenta una trayectoria consolidada con más de diez años de carrera, en la que han demostrado su interés por la exploración de nuevas formas de expresión y la búsqueda de lenguajes escénicos contemporáneos. Han aportado a la escena española una frescura que necesitaba y dos obras importantísimas para entender la escena independiente: 'Años 90. Nacimos para ser estrellas' y 'Actos de Juventud' (y la posterior 'Materia Prima'), que suponen un recorrido existencial y sentimental de su generación.

'Cine' presenta a un hombre que descubre que es un niño robado por el franquismo. Es un hombre, por tanto, al que se le acaba de caer su identidad, resulta que no es. Este descubrimiento viene a sumar una nueva pérdida en su confusión vital y le va a hacer emprender un viaje en busca de respuestas.

Como siempre, el grupo madrileño consigue que iluminación, sonido y audiovisuales vayan de la manos del montaje y realcen ese lenguaje poético tan característicos en los montajes de la compañía, y ayuden a crear ese ambiente de sala de cine.

A partir de ese gran acontecimiento de dimensiones enormes (se calcula que fueron secuestrados más de 30.000 niños hijos de rojas), el montaje apuesta por lo íntimo, por la pequeña historia de Pablo, el protagonista. Para acentuar esta intimidad se le proporciona al espectador unos cascos con los que escuchar lo que ocurre en escena.

Sin embargo, en ciertos momentos esa búsqueda de intimidad se convierte en una especie de melancolía, de una autocomplacencia en las imágenes creadas, donde más que presentar o representar se intenta impresionar al espectador, arrullarle e incluso impresionarle.

Así lo que ocurre a los personajes va perdiendo importancia, sus acciones parecen no querer competir con la atmósfera, no crear ningún conflicto con ella. Se da la paradoja entonces de que el buen trabajo de los actores -grandioso el de Fernanda Orazi cambiando de personajes y confiriendo a cada uno su propia personalidad y más que notable el del cantante Pablo und Destruktion- quede aislado de la trama, sin que pueda ayudar a dotarla de más empaque, quedando los actores muy por delante de sus personajes.

Al protagonista el viaje siempre le viene como algo externo a lo que se amolda sin que le afecte el devenir de este en casi ningún momento. Su afán por buscar su verdadera identidad casi siempre sólo aparece verbalizado y cuando puede hacer las preguntas necesarias parece no querer molestar y se limita  a realizar algunas como formalidad burocrática.

'Cine' tiene dos escenas, dos monólogos impresionantes, tanto por su belleza como por su crudeza. Es la vez que Pablo llama desde el hotel a alguien que parece no estar y habla del futuro que ya no volverá y la estremecedora justificación del juez. Las dos únicas veces en la que se tiene la sensación de que no se habla para los auriculares que dan a la entrada y sí para el mundo.

Estas escenas contrastan con otras decisiones escénicas que no terminan de aportar nada. La historia de la chica fotógrafa no termina de funcionar y la presencia en escena de niños no tiene ninguna justificación escénica ni aporta nada a la trama, siendo su aparición al final bastante fallida, en un momento que recuerda al flautista de Hamelin pero con Pablo y su guitarra eléctrica.

Da la impresión de que las canciones se han metido con calzador, sin que encontrase el momento adecuado y confiando en que la propia entidad de las canciones salvaría ese  problema. También son innecesarias las explicaciones de Pablo, ya como actor, sobre la obra

La Tristura apunta cosas, intenta proponer nuevas vías pero se quedan en el gesto. Parecen más interesados en sus propios descubrimientos que en lo que ocurre en escena. En una entrevista dicen que el uso de cascos es una forma de hacer teatralmente un primer plano, pero como todo, una continua sucesión de diferentes primeros planos hace que se pierda la eficacia y el discurso, que el recurso se convierta en un fin en sí mismo. Quizás habría que haberse quitado los cascos.

BENJAMÍN JIMÉNEZ

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