miércoles, 28 de septiembre de 2016

'EL PORVENIR'. Cine ensimismado



CRÍTICA DE CINE

'El porvenir' (Mia Hansen-Love. Francia, 2016. 100 minutos)

Encantada de conocerme. Es lo que vocifera cada fotograma de ‘El porvenir’, con la que la treintañera Mia Hansen-Love alcanza ya la media docena de largometrajes en lo que ya es una radiografía muy personal del entorno social que mejor conoce. En eso no engaña la directora y lo que muestra en pantalla. ‘El porvenir’ avisa desde el inicio con esa visita familiar a la tumba de Chateaubriand solo porque sí. Están los que van a disfrutar del día de playa con la chavalería y los que los llevan a un promontorio histórico al que solo se puede acceder con la marea baja. Los personajes que pueblan esta película son así, de una pieza, colección de burgueses tratando de superar sus problemas que, aunque pretendan ser los de tantos, están alejados a los de la mayoría. Viven en casas de diseño cargadas de libros, meten citas filosóficas en cuanto pueden y para oxigenarse se echan una amante más joven o se van a una cabaña aislada de la civilización habitada por hippies de clase alta que se las dan de revolucionarios entre gatos salvajes y vacas rumiadoras. 

Película rebosante de esa intelectualidad que a ratos parece impostada aunque a cambio ofrezca caché y pose, ‘El porvenir’ gana matices gracias a la labor de su protagonista, Isabelle Huppert. Da igual lo que le lancen, que esta actriz siempre responde. Aquí es Nathalie, una mujer desbordada por reveses morales, amorosos y profesionales en un periodo en lo que el cuerpo lo que pide es lo contrario. Sin profundizar en exceso en las heridas que se abren y manteniendo la distancia con el drama, Hansen elabora una producción agradable y con buen gusto, en exceso relamida con esa colección de personajes ensimismados y narcisistas pululando alrededor de la protagonista. Se hace complicado empatizar ante una fórmula así, con esos secundarios tan distantes y atrapados sin reconocerlo en las convenciones de esa clase medio-alta con aspiraciones. Al final uno se queda como esos alumnos del instituto en el que imparte clase Nathalie ante uno de sus discursos rousseaunianos con los que les obsequia en un determinado pasaje. Atónito y superado por unos seres humanos a los que no logra y, peor, no quiere entender. Quizá cuando decidan salir de su burbuja. 

RAFAEL GONZÁLEZ

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