domingo, 11 de septiembre de 2016

'TARDE PARA LA IRA'. Rencor de periferia



CRÍTICA DE CINE

'Tarde para la ira' (Raúl Arévalo. España, 2016. 92 minutos)

Acorde a los tiempos han ido apareciendo en la industria española producciones que conjugan costumbrismo y violencia. Ya no son aisladas, sino enmarcadas en un contexto preciso, pulsando el momento actual y respirando el mismo aire contaminado. Enrique Urbizu indicó el camino a seguir con ‘La caja 507’, un trabajo que no apaga su dolor con el paso de los años, y Alberto Rodríguez coronó cumbre con ‘La isla mínima’. Películas crepusculares y contenidas, arraigadas en el imaginario patrio y con explosiones fugaces de violencia irracional, justo el mismo esquema que pinta en su debut Raúl Arévalo. Sorprende en un actor que se había hecho un nombre fundamentalmente por sus trabajos tragicómicos un estreno de estas características, tan oscuro y tribal. Su ‘Tarde para la ira’ no propone nada nuevo, ni siquiera lo busca, solo pone en liza de manera notable las herramientas más rudimentarias del género negro y las colorea con un costumbrismo de periferia (a veces en exceso protagonista, casi grotesco) y pueblo paterno de vacaciones de estío. Las excelentes interpretaciones multiplican la potencia del filme, que en otros aspectos sí recuerda que se está ante un trabajo de un director novel. 

‘Tarde para la ira’ se tambalea en ocasiones por el vértice de la verosimilitud, un defecto cuando se mueve en un registro realista. Así lo corrobora esa imagen granulada y esa cámara inquieta y extremadamente nerviosa que incluso en ocasiones se disfraza de silencioso documental de paisajes. Al borde de ese precipicio de la credibilidad es cuando la película se aferra a su mayor virtud, ese catálogo para elegir entre interpretaciones que la sostienen. Hay que elogiar en especial a ese Luis Callejo (Curro), que hace equilibrismos para no despeñarse en ese irregular periplo emocional al que le somete el guion, con alguna trampa demasiado evidente. Arévalo ha hecho carrera y sólida como secundario y a ellos dedica algunas de sus mejores escenas, como la del gimnasio con Manolo Solo. Es allí y en sus aledaños donde se condensa el espíritu de este trabajo, se palpa su sudor y se mancha de sangre. Asoma hasta el humor con esa vestimenta arrabalera de boxeo a dúo. Un caso aparte en este apartado es del Antonio de la Torre, a cuyo trabajo de contención se le deja cargar el peso de la película. Tras un inicio titubeante, en el que se nota que fuerza situaciones, sí deja ver su talla a posteriori. De la Torre sabe hacer suyos esos papeles que oscilan entre lo pusilánime, lo contenido y lo visceral. El riesgo es el de parapetar en ellos su calidad como intérprete, aunque este trabajo le dará, otra vez, una ristra de galardones. 

La venganza, y sin desvelar mucho, es el motor que mueve una historia simple y sin vericuetos que ahonda en los sentimientos más primitivos. Aquí hay otro personaje cuyo destino está firmado desde el inicio, como el Santos Trinidad de ‘No habrá paz para los malvados’, y eso solo puede desembocar en una orgía –bien medida por el director- de violencia. Los ecos al Michael Douglas ‘Un día de fuera’, a la sequedad de Charles Bronson, al cine callejero de Eloy de la Iglesia con esos bares, esa periferia, ese habla deslenguada e incluso esa escena sexual en ropa interior de otra época son otras de las muchas referencias que maneja el autor, quizá demasiadas, lo que redunda en la algo blanda personalidad del filme. Raúl Arévalo firma un sugerente debut en el que destaca su mano con los actores y se echa de menos precisión en el guion y una mayor claridad en la autoría. Nada que no empañe su retrato de esa España negra que de tanto en tanto se deja caer por los titulares de los periódicos. 

RAFAEL GONZÁLEZ TEJEL

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