miércoles, 12 de octubre de 2016

'EL PEQUEÑO PONI'. Trama tirada por tierra



CRÍTICA DE TEATRO

'El pequeño poni'
Autor: Paco Bezerra
Dirección: Luis Luque
Teatro Bellas Artes (Madrid)

Lo sucedido, pese a tratarse de un hecho basado en un acontecimiento desgraciado que tuvo lugar en Estados Unidos, no impide que la obra escrita por Paco Bezerra sea una aleación de elementos que suenan a distancia y engaño. Sus frases rimbombantes y sus metáforas de corte melodramático consiguen que el texto quede varado desde el comienzo. La dirección de Luis Luque es asimétrica e intenta combinar las imágenes con efectos “espaciales” que no aportan nada al desarrollo de la trama. Su dirección gana en algunas confrontaciones entre ambos personajes, fundamentalmente cuando estos no precisan moverse, pero sucede solo en determinadas acciones.

Con un tema que a todas luces es vibrante y conmovedor, ‘El pequeño poni’ se ve condenado por las decisiones arbitrarias de una dramaturgia sin fuerza y de una dirección que transforma lo interesante en lánguido. La propuesta recula de la temática para escapar del enfrentamiento con la realidad y extraviarse de todo aquello que pudiese ser reconocible.

Siguiendo con sensatez los acontecimientos, lo propuesto podría tener aplomo, pero el viraje hacia el realismo mágico lo vuelve todo ridículo. Los elementos están presentes. ¿Por qué no desarrollar de un modo honesto el funesto deterioro que ocasiona un acontecimiento de tamaña envergadura? Negligencia, autoengaño, mentira, dolor… Nada. No hay arrojo en aquello que parecen tener entre manos. ¿Cómo afecta esa convulsión interna que cada uno de los padres siente en el desarrollo? Se resuelve sin apenas trabajar las consecuencias. El vídeo, las transiciones, la música y los homenajes irrisorios −cómo puede considerarse el que evoca a Dreyer, concretamente a ‘Ordet’− no tienen calado alguno. Son formas de despistar para huir del problema real, el 'bullying'. 

En cuanto a los actores, tanto María Adánez como Roberto Enríquez navegan en la irregularidad. Enríquez comienza de un modo garrafal abusando de tonos cantarines y ninguna intención. A medida que avanza la función, toma el pulso al personaje y logra sus mejores instantes en los enfados. Adánez, normalmente natural, presenta en demasiados momentos un dolor inverosímil y lastra el supuesto dramatismo de los acontecimientos −ya de por sí desarrollados erróneamente−. La escenografía es tan pretenciosa que termina por no aportar. La música parece buscar solo la ñoñería y su empleo en transiciones termina por ser tan redundante como cansino. ¿Qué ha pretendido Luque con esa dirección sin matices? No se han cuidado los detalles, como el de que la protagonista aparezca en una cena con tacones cuando supuestamente están cómodos en casa. En otras ocasiones, sin embargo, la vemos descalza. ¿A qué se debe? Enríquez siempre se muestra igual. No se pide un cambio de vestuario, simplemente que las situaciones vayan en consonancia con lo que demandan: trabajar la rutina del día a día. En ningún momento se logra una consistencia. Nada sigue una línea clara en una propuesta difusa. 

Se trata de un espectáculo en el que falta muchísimo trabajo para poder mostrar algo. Es una pena tirar al fango una trama que podría ser fascinante, sobre todo en estos tiempos en los que el 'bullying' campa a su antojo.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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