Crítica Literaria
Hacer el amor
Autor: Jean- Philippe Toussaint.
Editorial: Malastierras.
Páginas: 106.
Año:2025.
En Hacer el amor -publicada en 2002-, Jean-Philippe Toussaint construye una novela que es, más que un relato, una atmósfera. El argumento parece sencillo: una pareja, al borde de la separación, viaja a Tokio para una exposición artística de ella. Sin embargo, detrás de esta premisa mínima, se desarrolla una narración tensa, cerebral, afectiva y dolorosa que convierte la experiencia amorosa en un campo minado de gestos silenciosos, palabras suspendidas y violencia soterrada. Lejos de la tradición de la novela romántica, Toussaint propone un modelo narrativo donde lo que se cuenta es, sobre todo, lo que no se puede decir. Se podría señalar que es el lado reverso de la trilogía que compuso Richard Linklater.
La novela sigue a un narrador anónimo —hombre occidental, sofisticado, herido— que viaja con su pareja -o ex-, Marie, a Tokio. Ambos han decidido separarse, pero ese final aún no ha tomado forma definitiva. La tensión entre ellos es constante: una mezcla de deseo no resuelto, rencor acumulado y necesidad de despedida. Nada extraordinario sucede a nivel externo: no hay revelaciones ni golpes de efecto. Sin embargo, cada escena está cargada de inestabilidad emocional -sin olvidar cierto postureo creativo- donde el mundo exterior refleja la fractura interior de la pareja, como puede apreciarse en el seismo. La novela no relata tanto una ruptura como su imposibilidad de resolverse plenamente.
Toussaint escribe con una prosa precisa, en no pocas ocasiones, preciosista, medida pero también excesiva aunque juegue con la apariencia de lo profundamente contenido. El lenguaje no busca explicar las emociones, sino rodearlas, crear el hueco en el que el lector interprete. Este estilo se apoya en una mirada casi obsesiva por los detalles: una habitación de hotel, una luz reflejada en el suelo, la humedad de un abrigo. La narración se detiene en lo mínimo, en lo físico, en lo superficial, como si el mundo material ofreciera una compensación frente al caos emocional. Pero esa superficie no oculta: más bien revela, mediante la repetición y la insistencia, la imposibilidad de escapar del dolor íntimo. Todo ello bajo el manto de los caprichos de una sociedad alta en la que todo parecen ser caprichos, el del sentir, también.
Marie, artista de éxito, es la figura central que el narrador intenta comprender, recuperar, controlar o destruir. Es bella, distante, libre. Nunca se accede a su punto de vista: Marie solo se conoce a través del narrador, que la observa, la persigue, la analiza y, al final, la contempla desde una distancia definitiva. Marie no se explica -aunque sí deja claro sus cambios, sus lágrimas, sus caprichos- ni se defiende: es presencia y ausencia a la vez, alguien que habita el relato pero que siempre se escapa de él. En este sentido, Marie representa una forma de poder: no el poder del dominio directo, sino el del sujeto que se ha liberado de la necesidad de justificarse. Su arte funciona como prolongación de su mirada. El narrador, en cambio, sigue atrapado en la palabra, en el relato. Huye, regresa, busca, anhela, pierde. En realidad ¿qué siente? La novela se convierte así en un combate desigual entre dos formas de narrar el amor y la pérdida: la imagen, impasible y el lenguaje, tambaleante.
Tokio no es un simple decorado. Es un espacio desconocido, ajeno, despersonalizado. Lejos de ofrecer refugio, potencia la sensación de desorientación del narrador. Es una ciudad que no le pertenece, donde el idioma es ininteligible, la arquitectura inabarcable y el tiempo parece deslizarse sin ritmo reconocible. Esta extranjería refuerza el estado emocional del protagonista: el desamor -entendido como el dejar de amar a alguien- vivido como exilio interior. Tokio también representa un lugar de transición: el final del amor no ocurre en el país de origen, sino en otro mundo, en otra cultura, como si el duelo necesitara una ruptura total con lo conocido. El terremoto que sucede durante la estancia, aunque leve, añade una capa simbólica evidente: la tierra tiembla justo cuando las certezas sentimentales se derrumban, pero con esas, buscan sus cuerpos en esa escena íntima en medio de ninguna parte. La pasión parece no tambalearse, aunque sus adentros sí. Hay una parte más descriptiva sexual en sus principio pero la misma se diluye.
Uno de los elementos más inquietantes de la novela es el frasco de ácido que el narrador transporta desde el inicio. No se explica qué piensa hacer con él, pero su presencia funciona como una sombra constante. Es la condensación material del resentimiento, del daño contenido, del deseo de hacer algo irreparable.
Hacer el amor no es una historia de amor, sino una historia de lo que queda del amor cuando ya no hay palabras compartidas. La novela no busca emocionar de forma directa, ni explicar los motivos de la ruptura, ni justificar al narrador. Se trata de una autopsia emocional que avanza por fragmentos, observaciones, escenas suspendidas. El título, además, actúa como ironía o inversión. En lugar de “hacer el amor” como acto físico o romántico, lo que se hace aquí es su contrario: deshacerlo, desmontarlo, observar cómo se desgasta, cómo se convierte en recuerdo o en rencor. Lo que se construyó entre dos termina siendo experiencia de uno solo.
Jean-Philippe Toussaint ofrece una obra seca, que no termina de cuajar. Su ritmo cinematográfico es un acierto, pero pese a la brevedad, la novela se ahoga en su falta de desarrollo. Parece querer jugar con la idea de que el amor se convierte en memoria, y la memoria en herida, pero es solo una suposición.
IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ
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