viernes, 14 de noviembre de 2014

'NUBES Y CLAROS'. Danés, frío, calculador




CRÍTICA LITERARIA

'Nubes y claros'
Autor: Bjarne Riis
Editorial: Cultura Ciclista
Páginas: 418
Año: 2014


Bjarne Riis era aquel mocetón danés, buena planta, pedalear poderoso, que un buen día de 1996 sacó la guadaña y despellejó a Miguel Induráin. Fue en la subida a Hautacam. Un repaso al archivo fotográfico de la jornada todavía produce escalofríos. Se ve a Riis con la mandíbula desencajada, trepando la montaña pirenaica como si tuviera veneno en las venas. Más tarde se supo que esto último respondía a la realidad, nada de recurso literario. La ya archiconocida EPO. Riis cuenta en su autobiografía acerca de lo sucedido aquel día y dentro de su organismo. Y de bonus track deja un poco más, como cuando explica que en la jornada posterior a Hautacam los aficionados navarros le sometieron a una lluvia de tomates por el desagravio cometido hacia su héroe. 

Anécdotas al margen, ‘Nubes y claros’ responde claramente al perfil que el ganador del Tour de Francia de 1996 daba en pantalla y en las entrevistas. Es la suya una autobiografía robótica, limpia y aseada, tanto por la fluidez al leerla como por lo que cuenta, tan rígido como la más insípida de las etapas llanas de kilometraje superior a los 200 kilómetros. Riis está por encima de fracasos, desengaños, éxitos, dopaje y camisetas amarillas. Su figura ensombrece todo, porque no hay arrepentimientos tardíos ni exaltación de los triunfos y menos reflexión sobre los sentimientos. Sucedió, ahora se escribe, y ya está, que siga el libro, la vida. Paso a la siguiente página, al próximo objetivo.

Así despacha Riis su tránsito de ser un gregario del montón a escolta de lujo de Laurent Fignon, aspirante del Tour y finalmente a portar el amarillo y destronar al pentacampeón Induráin. Admite que se dopó, pero deja que los hechos fríos guíen esa parte. Igual pasa con el capítulo que dedica a la edición del Tour que conquistó. Lo narra a modo de diario y apenas se escapa algo del tópico. Y cuando por la parte personal el relato se ensancha y parece que tomará vuelo (el fracaso de su matrimonio y posterior idilio con una deportista de éxito en su país, fraguado en Atlanta'96 a lo Urdangarín), Riis se pierde en un sentimentalismo tibio de película de sobremesa, encajona otra vez la reflexión, enfría el relato y se lanza a devorar su siguiente objetivo, el éxito como manager y director de un equipo.

‘Nubes y claros’ es la historia de un hombre ambicioso. Esa es la palabra. Riis calculaba todo para sacar el máximo beneficio posible en torno a lo que quería conquistar, unas aspiraciones que iban mutando. En el camino dejó amigos, no puede ser de otra manera. Es estremecedor el pasaje en el que decide deshacerse de Bo Hamburger, cuando este ciclista danés, amistad de larga duración, dio positivo en el equipo que dirigía. Riis recuerda los gritos de reproche de la mujer de Hamburger en la reunión que mantuvo con ellos en su casa familiar.

Se agradece el intento del danés por ser lo más objetivo posible. Pero a su autobiografía le falta chispa y, hace falta decirlo aunque se supone, algo más de autocrítica respecto a lo sucedido con el dopaje. No todo se puede justificar en el socorrido “todos iban igual”, y menos cuando Riis sigue siendo un hombre de capital importancia en la estructura de este deporte. Como resumen simbólico, antes y ahora, valen las dos imágenes que la editorial Cultura Ciclista ha puesto como portada. En la superior está la famosa foto de Riis al límite, venas a punto de explotar, escalando Hautacam, su jornada de mayor gloria y después vergüenza. En la inferior, ya vestido de traje, figura de director, mira y sonríe a Alberto Contador, puntal de su proyecto actual, Tinkoff-Saxo. El ciclismo de antes con el ciclismo de ahora, el deporte que nunca cambia.

RAFAEL GONZÁLEZ

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