Para mi padre que me
enseñó a John Ford en aquellas sobremesas de los sábados.
En el cine de John Ford la
Navidad no es un decorado, sino un estado del alma. Puede presentarse como un
milagro silencioso, una redención en mitad del desierto o una reconciliación
bajo el sol. Tres películas —Hombres marcados (Marked Men, 1919),
Tres padrinos (Three Godfathers, 1948) y La taberna del
irlandés (Donovan’s Reef, 1963)— forman un tríptico moral donde la
fe, la culpa y la comunidad se entrelazan como variaciones de una misma
parábola: la del hombre que, perdido o cansado, vuelve a encontrar sentido en
los otros.
Ford siempre fue un director de
ceremonias: bodas, funerales, desfiles, banquetes. Su sentido religioso no
pertenece al catecismo, sino a la vida compartida. En sus películas, la fe no
baja del cielo: se sostiene en las manos de quienes se ayudan, en el gesto
mínimo que impide que la esperanza se apague. Por eso, cuando filma la Navidad,
no muestra prodigios divinos, sino la terquedad humana por mantener encendida
una luz.
Hombres marcados (Marked
Men, 1919): el milagro en el desierto.
Apenas tenía veinticinco años
cuando Ford rodó Hombres marcados, una historia del Oeste en la que tres
forajidos, tras un robo fallido, encuentran a una mujer moribunda que da a luz
la noche de Navidad. Antes de morir, les ruega que salven a su hijo. Los
hombres aceptan y atraviesan el desierto para cumplir la promesa.
El argumento, heredado del relato
de Peter B. Kyne, suena a parábola: tres bandidos convertidos en padrinos, el
desierto como Belén, la huida como acto de fe. En esa primera película navideña
ya se reconocen los temas que recorrerán todo el cine de Ford: la culpa, la
familia, la redención y la fidelidad a la palabra dada.
El protagonista de Hombres
marcados era Harry Carey, actor y amigo del joven Ford. Juntos habían
definido el primer western moral, donde el pistolero no era tanto un héroe como
un hombre que intenta, torpemente, hacer el bien. El propio Ford diría años
después que en esos rodajes con Carey “aprendió a mirar el alma detrás del
polvo”.
La película se ha perdido, pero
su espíritu permaneció en la memoria del director durante treinta años, como
una promesa incumplida. Esa promesa volvería a nacer, literal y simbólicamente,
en otra Nochebuena filmada en color.
Tres padrinos (Three
Godfathers, 1948): el hijo y la promesa.
Cuando Ford rueda Tres
padrinos, el mundo ha cambiado y él también. Harry Carey ha muerto. El
director, devastado, decide retomar aquel cuento navideño para rendirle
homenaje. El papel que interpretó el padre lo hereda ahora su hijo, Harry Carey
Jr., en uno de los gestos más emotivos de la historia del cine.
En los créditos iniciales puede
leerse: “A la memoria de Harry Carey —estrella luminosa del firmamento del
western”. No es una dedicatoria convencional, sino una declaración de amor. Tres
padrinos es la versión madura y elegíaca de Hombres marcados: la
misma historia de tres forajidos que hallan a una mujer a punto de dar a luz en
Nochebuena, y que deciden salvar al recién nacido a costa de sus vidas.
El desierto vuelve a ser
escenario, pero ya no es solo paisaje: es metáfora. La arena se convierte en
pesebre, la sed en penitencia, la promesa en religión. Ford filma en
Technicolor ardiente, con cielos anaranjados y horizontes que parecen
infinitos. La música alterna himnos y silencios. Cada paso de los tres hombres
hacia el pueblo de Nueva Jerusalén tiene el tono de una peregrinación.
El último de ellos, interpretado
por John Wayne, llega tambaleante con el niño en brazos. No busca perdón ni
recompensa, solo cumplir lo que prometió. Es una de las imágenes más puras del
cine de Ford: un hombre cargando con la inocencia del mundo.
Esta dimensión simbólica y
espiritual ha sido analizada con profundidad en la reciente edición de Eduardo
Torres-Dulce para Hatari Books, un volumen que ofrece un extenso estudio sobre Tres
padrinos y el lugar que ocupa en la filmografía de Ford. El autor, exfiscal
y crítico cinematográfico, examina la película como una liturgia de la amistad
y del sacrificio, donde el nacimiento se confunde con la redención. Su lectura
ilumina la intención del director con una sensibilidad que combina erudición y
emoción, y consolida a Tres padrinos como una de las obras más humanas y
secretamente religiosas de Ford. La edición incluye además materiales gráficos
y contextuales que enriquecen la comprensión del film como un western moral y
teológico.
Décadas después, Harry Carey Jr.
recordaba ese rodaje en su libro Compañía de héroes (1994, en español
2023), escribiendo que Ford dirigía la escena final en completo silencio, con
lágrimas contenidas. “Era como si estuviera filmando el entierro y la
resurrección de mi padre al mismo tiempo”, dice. Y quizá tenía razón: Tres
padrinos es, más que un western, una elegía navideña, un réquiem luminoso
por un amigo y por una época.
La taberna del irlandés (Donovan’s Reef, 1963): la última misa.
Años más tarde, Ford regresa a la
Navidad, pero ya sin tragedia. La taberna del irlandés es una comedia
cálida, ambientada en una isla del Pacífico donde tres viejos marineros —John
Wayne, Lee Marvin y Jack Warden— regentan un bar desastroso pero feliz.
La historia transcurre en
diciembre y culmina con una gran fiesta navideña comunitaria: misa, desfiles,
niños disfrazados, villancicos. Todo el pueblo —mezcla de marineros, monjas,
polinesios y expatriados— participa de la celebración. La Navidad se convierte
en una excusa para reunir lo disperso, para reconciliar a una hija con su
padre, a los viejos amigos con el tiempo.
Ford rueda con una ligereza
nueva, casi festiva. La cámara baila con la multitud; el alcohol sustituye al
sacrificio. Donde en Tres padrinos había desierto y sed, aquí hay mar y
abundancia. Pero la esencia sigue siendo la misma: el milagro de estar juntos,
aunque sea por un rato.
En ese paraíso inventado, la
Navidad ya no simboliza la redención del pecado, sino la simple necesidad de
comunidad. Ford, que envejecía y veía morir a su generación, parece ofrecer su
última misa: un brindis por los que quedan y los que se fueron.
Estas tres películas —Hombres
marcados (Marked Men, 1919), Tres padrinos (Three
Godfathers, 1948) y La taberna del irlandés (Donovan’s Reef,
1963)— cuentan, en realidad, la misma historia vista con tres miradas
distintas: la del joven que cree en los milagros, la del hombre que los busca y
la del anciano que se despide de ellos.
En Hombres marcados, la
Navidad es un acto de fe; en Tres padrinos, un acto de amor; en La
taberna del irlandés, un acto de perdón. El milagro cambia de forma, pero
nunca de sentido. Siempre hay una promesa, una comunidad que se rehace, una
mano tendida.
Ford convierte la Navidad en una
moral sin sermones. La fe no consiste en creer en Dios, sino en cumplir la
palabra, ayudar al otro, no dejar morir la esperanza. Sus villancicos son
disparos al aire; sus pesebres, desiertos o tabernas.
Y así, en ese tránsito desde el
polvo al océano, Ford termina afirmando algo más profundo que cualquier
doctrina: que la redención es terrenal, que los milagros los hacen los hombres,
y que cada película, en el fondo, es también un nacimiento.
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