A mis padres, que siempre me llevaron al cine.
La
crisis de las salas de cine no se manifiesta como un derrumbe repentino, sino
como una lenta pérdida de densidad cultural. Las películas duran muy poco en
cartel, se estrenan durante unos días y desaparecen sin haber tenido
oportunidad de encontrar a su público. El cine ha dejado de ser un espacio de
permanencia para convertirse en un trámite previo a la plataforma. Esa mutación
no es solo económica ni tecnológica, es una transformación profunda de la
manera de entender qué es una película y para qué sirve una sala.
Durante
décadas, el cine funcionó bajo una lógica hoy prácticamente extinguida. Las
películas no se jugaban su destino en un primer fin de semana. Iban de un cine
a otro, recorrían barrios, ciudades, incluso países, con tiempos largos y
sostenidos. Se podía seguir una película en distintas salas sin que eso
implicara horarios marginales ni sesiones de castigo. Un título sin respaldo
publicitario encontraba su espacio porque el sistema lo permitía. Un ejemplo
paradigmático es Lo que el viento se llevó, que permaneció cerca de un
año en el cine Palacio de la Música de Madrid antes de ampliarse a Barcelona.
La película no era un objeto fugaz, era un acontecimiento prolongado. El
espectador sabía que podía llegar más tarde, que el cine no iba a retirarla de
inmediato para hacer sitio a la siguiente novedad.
La
desaparición de los cines de barrio ha sido decisiva en esta degradación. No
eran solo salas pequeñas, eran nodos culturales donde el cine formaba parte del
paisaje cotidiano. Su cierre no ha sido sustituido por una oferta equivalente,
sino por complejos comerciales donde la película compite con el consumo
acelerado. A ello se suma un precio de entrada cada vez más elevado, difícil de
justificar cuando el propio sistema anuncia que en dos semanas, a veces menos,
la película estará disponible en una plataforma. El mensaje implícito es
demoledor: la sala ya no es necesaria, solo anticipa lo inevitable.
Las
plataformas han sabido vender esta lógica como una liberación. Se promete al
espectador que ahora elige la hora, el ritmo, el lugar. Pero esa promesa
encierra una renuncia. Elegir la hora significa también perder el espacio
compartido, la atención sostenida, la experiencia común. El cine se convierte
en un archivo disponible, no en un acontecimiento. Y esa transformación
condiciona cómo se hacen las películas. Cada vez más títulos adoptan una
estética de tv movie -en el peor sentido de la palabra- incluso cuando
manejan presupuestos considerables. Puestas en escena funcionales, iluminación
plana, montaje diseñado para resistir la distracción, diálogos redundantes.
Películas pensadas para no incomodar, para ser vistas a medias, para
desaparecer sin dejar huella. No es solo una cuestión de dinero, es una
cuestión de horizonte estético.
Por
eso no se rueda igual una película para plataforma que una pensada para cine.
Cuando la sala deja de ser el centro, desaparece la exigencia formal. El sonido
pierde densidad, el plano se acorta, la atmósfera se diluye. Incluso cineastas
de prestigio aceptan esa deriva. El caso de Kathryn Bigelow resulta revelador.
Su última película nace con ambición cinematográfica, pero su circulación
confirma el nuevo orden: paso simbólico por salas y destino principal en streaming.
No es una derrota personal, es la constatación de un sistema que ya no cree en
el cine como experiencia colectiva prolongada.
En
este contexto, la figura del autor queda profundamente debilitada. Si una
película solo tiene unos días para existir, el autor se convierte en una
presencia frágil, dependiente de premios, titulares o gestos excepcionales. Si
no hay presupuesto para publicidad, no hay tiempo para el boca a boca. El cine
de autor se ve obligado a vivir en los márgenes o a adaptarse a una lógica que
le es ajena. La desaparición del reestreno y del programa doble no es un
detalle anecdótico, es la prueba de que el sistema ya no permite la maduración
de una obra ni de una mirada.
Frente
a este paisaje, el trabajo de Javier Rebollo adquiere una relevancia central.
No solo por la calidad de su cine, sino por su comprensión profunda de lo que
está en juego. Rebollo entiende que la distribución no es un trámite técnico,
sino una extensión ética y estética de la película. En la alcoba del sultán
ha encontrado su lugar a través de pases concretos, días sueltos, coloquios,
encuentros con el público. No como gesto nostálgico, sino como afirmación de
una idea de cine que se resiste a desaparecer. Su talento no se limita a la
escritura o a la puesta en escena, sino a la defensa activa del cine como
experiencia compartida. En un sistema que empuja a la invisibilidad, Rebollo
apuesta por la presencia, por la conversación, por devolverle a la sala su
sentido original.
En
contraste, conviene ser claro con ciertos relatos complacientes. El caso de Albert
Serra con su película Tardes de Soledad y la recepción de Los
domingos de Alauda Ruiz de Azúa han sido presentadas como prueba de
vitalidad del cine de autor. Sin embargo, una lectura exigente muestra los límites
de ambos títulos. Sus carencias formales y narrativas persisten y no
desaparecen por el hecho de haber generado conversación o resultados puntuales.
Magnificar estos casos no fortalece al cine, lo debilita, porque sustituye el
análisis crítico por el entusiasmo defensivo.
Paralelamente,
muchas salas intentan paliar la caída de asistencia poblando su programación
con lo que se denomina experiencias: retransmisiones de ópera, ballet, teatro
filmado o conciertos. Sin duda, algunas de estas propuestas pueden resultar
enriquecedoras. Pero conviene no confundir los planos. No son cine y no
resuelven la crisis del cine. Funcionan como ocupación del espacio y
diversificación del uso de la sala, pero no reconstruyen el vínculo entre
película, espectador y tiempo. No generan continuidad ni memoria
cinematográfica. Cuando el cine necesita justificarse a través de otras artes
para llenar butacas, lo que revela es su pérdida de centralidad cultural.
A
todo ello se añade la degradación del sistema de premios y festivales. Lo que
durante décadas funcionó como instancia de legitimación crítica y como refugio
para obras frágiles se ha convertido en un mecanismo de homologación. Los Premios
Goya, los Óscar, e incluso festivales históricamente decisivos como Festival de
Cannes, Festival de Venecia o Festival de San Sebastián tienden cada vez más a
premiar un cine banal, reconocible, cómodo, fácilmente exportable como
prestigio, pero escasamente diferencial desde el punto de vista formal o moral.
Los premios ya no descubren, confirman. Ya no arriesgan, certifican consensos. En
lugar de abrir caminos, los cierran.
La
consecuencia es clara. Si los premios no prolongan la vida de las películas ni
les conceden una segunda oportunidad, su impacto se reduce a un pico
informativo efímero. El cine pierde uno de los pocos mecanismos que todavía
podían oponerse a la lógica de la desaparición rápida. La banalización de los
galardones forma parte del mismo problema que vacía las salas y empobrece la
experiencia.
La
alternativa no pasa por competir con las plataformas en su propio terreno, sino
por recuperar aquello que no pueden ofrecer. Tiempo, espacio, comunidad. La
posibilidad de seguir una película de cine en cine, de encontrarla en horarios
dignos, de verla crecer. El cine que sobreviva no será el que imite la lógica
del streaming, sino el que entienda que exhibir también es una forma de
escribir. Porque el verdadero peligro no es que desaparezcan las salas, sino
que el cine acepte convertirse en algo que ya no necesita una sala para
existir.
IVÁN
CERDÁN BERMÚDEZ
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