CRÍTICA DE CINE
Nouvelle Vague (Richard
Linklater. Francia, 2025. 105 minutos).
Richard
Linklater ha construido con Nouvelle Vague una película atravesada por
una paradoja fundamental: evocar un momento de ruptura radical en la historia
del cine desde una forma que, en muchos aspectos, es cuidadosa, elegante y casi
reverencial. El film se propone recrear el nacimiento de una revolución
estética, la emergencia de una manera nueva de mirar y filmar, pero lo hace
desde una posición de seguridad industrial y narrativa que, por momentos,
atenúa la violencia simbólica de aquel gesto original. De ahí que la película
resulte sugerente, incluso seductora en su superficie, pero deje flotando una
pregunta incómoda: no tanto si es valiosa, sino si era verdaderamente
necesaria.
Uno
de los grandes aciertos del film reside en su dimensión visual. El blanco y
negro no funciona aquí como un simple adorno nostálgico, sino como un
dispositivo de sentido que reinstala una manera de mirar. La textura de la
imagen, la forma en que los rostros se recortan contra la luz y se convierten
casi en iconos, devuelve a los personajes una cualidad mítica que encaja bien
con la voluntad del proyecto: no contar solo una historia, sino convocar una
época. En ese terreno, la película encuentra una solidez notable. La
reconstrucción atmosférica no se limita al decorado o al vestuario, sino que se
extiende a la respiración misma de las escenas, al modo en que los cuerpos se
mueven dentro del plano y a la manera en que la cámara observa, más que
subrayar. También las interpretaciones participan de ese logro: lejos de la
parodia fácil, los actores sostienen un delicado equilibrio entre evocación y
autonomía, construyendo figuras reconocibles sin caer siempre en la caricatura.
Sin
embargo, esa misma voluntad celebratoria se convierte a menudo en una de las
principales debilidades del film. Nouvelle Vague parece enamorada de su
propio gesto, de la idea de estar representando un momento sagrado para la
historia del cine, y ese enamoramiento la conduce a una cierta complacencia. El
relato avanza más como una sucesión de estampas que como una narración atravesada
por tensiones profundas. Se ofrece información, se multiplican los guiños, se
acumulan escenas que funcionan como contraseñas cinéfilas, pero rara vez se
construye un verdadero conflicto. La película confunde con frecuencia el
contexto con la dramaturgia: muestra un entorno efervescente, pero no siempre
logra traducir esa efervescencia en una dinámica interna que haga avanzar algo
más que el tiempo histórico.
Uno
de los síntomas más claros de este problema es la proliferación de personajes.
La presencia de figuras como Truffaut y otros miembros del entorno de la
Nouvelle Vague aporta color y densidad referencial, pero su función dramática
suele ser limitada. Aparecen como siluetas reconocibles, casi como emblemas de
una época, más que como sujetos atravesados por contradicciones específicas. La
sensación que se impone es la de un desfile: nombres ilustres que entran y
salen del encuadre sin que su paso modifique de forma sustancial el sentido del
relato. Esta acumulación termina produciendo una paradoja: cuanto más se amplía
el mosaico humano, más se diluye el centro emocional de la película. La
sucesión de personajes no enriquece necesariamente la experiencia, sino que a
veces la dispersa, convirtiendo la narración en una especie de álbum ilustrado
de la cinefilia.
Ese
riesgo se percibe con especial claridad en el tratamiento de Godard. La
película acierta al presentarlo como una figura siempre sugerente, atravesada
por una energía singular, capaz de encarnar la promesa de algo nuevo. Ver a
Godard, incluso en la ficción, conserva un magnetismo particular: es observar a
alguien que no solo hace cine, sino que parece pensar el cine como una forma de
insubordinación permanente. Sin embargo, la película se queda a medio camino
entre la evocación y la problematización. Ilumina al personaje, lo vuelve
fascinante, pero no siempre se atreve a mostrar sus zonas más incómodas, sus
aristas más conflictivas. Y esa elección no es menor: la Nouvelle Vague no fue
solo una fiesta creativa, sino también un campo de batalla intelectual, una
disputa feroz contra formas establecidas de narrar y de mirar. Al suavizar ese
conflicto, el film gana accesibilidad, pero pierde filo.
En
este punto, la película parece optar por una reconciliación que no estaba en el
espíritu original del movimiento. Allí donde el cine de Godard dividía,
irritaba y generaba enfrentamientos estéticos y políticos, Nouvelle Vague
tiende a armonizar. El desacuerdo se convierte en anécdota, la radicalidad en
estilo, la ruptura en marca cultural. Se entiende entonces que la película
funcione mejor como homenaje que como intervención crítica. No pretende reabrir
las heridas de aquel momento, sino celebrarlo desde una distancia segura,
transformarlo en un recuerdo compartido más que en una pregunta incómoda para
el presente.
Otro
de los límites del film se encuentra en su estructura narrativa. La historia
avanza de manera bastante clásica, apoyada en una progresión cronológica que
ordena los episodios del rodaje sin someterlos a una verdadera transformación
interna. Todo sucede, pero poco cambia. Los acontecimientos se encadenan, los
diálogos se suceden, pero la sensación de evolución dramática es tenue. Esta
elección puede entenderse como coherente con la intención de mostrar un proceso
más que un conflicto, pero termina dejando al espectador con la impresión de
haber asistido a una serie de momentos interesantes sin que esos momentos
cristalicen en una experiencia profundamente transformadora.
Y,
sin embargo, sería injusto reducir Nouvelle Vague a sus carencias. La
película posee una cualidad que la sostiene incluso cuando se equivoca: su
poder de sugerencia. Hay en ella una capacidad real para despertar el deseo de
volver a las obras que evoca, de reencontrarse con À bout de souffle y
con ese temblor inaugural que cambió la manera de entender el cine moderno. En
ese sentido, funciona como puente, como obra intermedia que no pretende ser
fundacional, pero sí reactivar una memoria. Ese papel no es despreciable,
aunque tampoco puede confundirse con el de una obra verdaderamente necesaria en
términos históricos o estéticos.
IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ
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