Hay
películas que nacen ya coronadas. Antes incluso de enfrentarse al juicio del
tiempo, han sido rodeadas de un aura de prestigio: adaptación de una novela
celebrada, directora consagrada, reparto intenso, materia literaria de alto
voltaje cultural. Hamnet pertenece a esa categoría. Y, sin embargo, bajo
esa envoltura solemne se esconde una obra profundamente irregular, partida en
dos bloques que apenas dialogan entre sí y que terminan por evidenciar una
fractura conceptual.
En
realidad, Hamnet son dos películas. La primera se instala en un
naturalismo lírico que aspira a la trascendencia mediante la acumulación de
silencios, miradas y presagios. La vida doméstica de Agnes —la Anne Hathaway
histórica— ocupa el centro emocional. El paisaje rural, la textura de los
campos, el ritmo pausado de las estaciones, todo se convierte en metáfora del
vínculo familiar y del dolor latente. Pero esa voluntad de elevación simbólica
deriva pronto hacia un tono excesivamente enfático. La intensidad interpretativa
se mantiene siempre en un registro máximo, sin matices intermedios. No hay
reposo; todo es herida abierta. La emoción no fluye: se impone.
Además,
el relato se adentra en elementos que rozan lo mágico de manera arbitraria. La
relación del niño Hamnet con lo invisible, los supuestos dones casi
hechiceriles que se le atribuyen, la conexión sobrenatural con la madre,
carecen de una base dramática sólida. No aportan complejidad psicológica ni
espesor histórico. Más bien generan la sensación de que la película necesita
subrayar constantemente su dimensión trágica para sostener el interés. El
resultado es paradójico: cuanto más insiste en la intensidad, más se aleja del
espectador.
La
segunda mitad cambia bruscamente de eje. La tragedia íntima se transforma en
génesis artística. La muerte del hijo aparece como impulso directo de Hamlet.
El duelo familiar se convierte en materia dramática casi literal. La operación
es seductora: vincular la creación de una de las obras cumbre del teatro
occidental con la experiencia personal del autor. Pero es también una
simplificación peligrosa.
Reducir
Hamlet a la transcripción emocional del dolor paterno implica ignorar la
tradición cultural en la que la tragedia se inscribe. La figura del príncipe de
Jutlandia no nace de la nada. Existe un trasfondo legendario previo, una
genealogía textual compleja y una evidente influencia de La tragedia
española de Thomas Kyd, que ya había explorado el tema de la venganza, el
espectro y el teatro dentro del teatro. Hamnet prescinde de todo ello
para privilegiar una lectura sentimental. Shakespeare aparece menos como
dramaturgo inmerso en un entramado teatral concreto y más como artista
romántico que vuelca su herida privada en la escena.
El
problema no es la libertad creativa. Toda ficción histórica la ejerce. El
problema es el desequilibrio. La película pretende sostenerse simultáneamente
como reconstrucción íntima y como explicación implícita de una obra capital.
Pero al hacerlo sacrifica el rigor. La figura de Anne Hathaway, ocho años mayor
que Shakespeare y recordada por la célebre mención de la “segunda mejor cama”
en el testamento, es convertida aquí en eje absoluto de la experiencia creativa
del dramaturgo. La relación conyugal se reviste de una intensidad casi mítica
que no encuentra respaldo en los escasos datos históricos disponibles. La
especulación es legítima; la acumulación de falacias emocionales termina siendo
agotadora.
En
este punto resulta inevitable recordar El último acto (All Is True),
dirigida y protagonizada por Kenneth Branagh. Aquella película abordaba el
regreso de Shakespeare a Stratford tras el incendio del Globe y dejaba
sobrevolar la muerte de Hamnet con una gravedad serena, sin necesidad de
convertirla en detonante único ni en espectáculo sensorial. La contención
dramática generaba una emoción más profunda precisamente porque no estaba
subrayada. Allí el dolor respiraba; aquí se declama.
¿Qué
es entonces Hamnet? No es una película sobre Hamlet en sentido
estricto. Tampoco es una biografía de Shakespeare. Es una fábula emocional que
aspira a la trascendencia y que, por momentos, se vuelve tremendamente
aburrida. La acumulación de solemnidad termina por vaciar de contenido la
experiencia. El desenlace busca elevar la emoción hasta un clímax casi
redentor, pero esa emoción no empapa. Se percibe el esfuerzo por conmover más
que la conmoción misma.
Y,
sin embargo, el aparato industrial que rodea a los premios ha colocado esta
obra en el centro de la conversación. La Academia, históricamente inclinada
hacia el drama de prestigio y la adaptación literaria, encuentra en Hamnet
un producto ideal: literatura consagrada, recreación de época, intensidad
interpretativa -su protagonista está demasiado pasada-, aura cultural. Todo
encaja en el molde del reconocimiento institucional.
Mientras
tanto, otra película de enorme potencia ha quedado en segundo plano.
La
última obra de Kathryn Bigelow, Una casa llena de dinamita, representa
exactamente lo contrario de esa solemnidad impostada. Aquí no hay misticismo ni
lirismo rural. Hay tensión, precisión y una construcción milimétrica del tiempo
fílmico. La historia se articula desde tres puntos de vista distintos,
ofreciendo una mirada poliédrica sobre un conflicto contemporáneo de enorme
gravedad. Cada línea narrativa aporta información nueva y reconfigura la
percepción del espectador.
Bigelow
trabaja el tempo con una maestría que recuerda inevitablemente a Punto
límite (Fail Safe), de Sidney Lumet, aquella obra maestra de los
años sesenta que convertía el miedo nuclear en un drama claustrofóbico de
decisiones morales extremas. Como en el film de Lumet, la amenaza no necesita
grandilocuencia; se construye a través de decisiones éticas, silencios cargados
de significado y una progresión dramática implacable. El suspense no depende de
explosiones visuales, sino de la conciencia de que cada gesto puede
desencadenar una catástrofe.
El
reparto funciona como un organismo colectivo. No hay una interpretación
desbordada que monopolice la atención; la tensión nace del engranaje. La puesta
en escena es sobria, directa, sin adornos superfluos. La verosimilitud se
impone como criterio rector. La película no busca la lágrima ni la
trascendencia sentimental. Ofrece, en cambio, una experiencia incómoda,
desalentadora y profundamente coherente.
Aquí
se dibuja con claridad la paradoja: mientras una obra irregular pero
prestigiosa ocupa el centro de la temporada de premios, otra que roza la
excelencia formal queda relegada. La sobrevalorada y la ninguneada. No es un
fenómeno nuevo en la historia de los Oscar. La Academia ha privilegiado con
frecuencia el drama histórico y literario frente al thriller político o al cine
de tensión contemporánea.
No
se trata de oponer sensibilidad a inteligencia ni emoción a técnica. Se trata
de reconocer que la intensidad constante no equivale a profundidad, del mismo
modo que la sobriedad no implica frialdad. Hamnet aspira a explicar el
nacimiento de una tragedia universal mediante un relato íntimo cargado de
misticismo. Una casa llena de dinamita construye, sin aspavientos, una
tragedia contemporánea desde la precisión narrativa y el control del ritmo.
El
cine está cambiando, sí. Pero el problema no es la transformación del lenguaje
cinematográfico. El problema es la forma en que se legitima. Cuando el
prestigio previo pesa más que la solidez interna de la obra, los premios se
convierten en confirmación de expectativas más que en reconocimiento del
mérito.
Quizá
dentro de unos años la memoria colectiva coloque cada película en su sitio. Las
estatuillas doradas no garantizan la permanencia. Lo que permanece es la
capacidad de una obra para resistir revisiones, para mantener su fuerza cuando
el entusiasmo inicial se disipa.
Entre
la película sobrevalorada y la ninguneada se juega algo más que una temporada
de premios. Se juega la manera en que entendemos el valor del cine. Y tal vez
convenga recordar que la verdadera historia no la escriben los Oscar, sino el
tiempo.
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