CRÍTICA DE CINE
53 domingos (Cesc Gay. España. 78 minutos. 2026)
En 53 domingos, Cesc Gay vuelve a un territorio que conoce bien, aunque esta vez lo hace desde un lugar que evidencia el desgaste de sus propias herramientas. El punto de partida no es estrictamente cinematográfico, sino que procede de su propia obra teatral, y eso se percibe desde el inicio no tanto como una decisión estética firme, sino como un límite. Lo que en escena puede sostenerse por la convención del directo, aquí queda al descubierto: el texto domina, encorseta, impone un ritmo que rara vez encuentra aire en la imagen.
No
es que la teatralidad sea un problema en sí misma. El cine ha sabido integrarla
cuando hay una mirada detrás. Ahí están
Javier Rebollo o Woody Allen,
capaces de hacer que un personaje mire a cámara o que una escena cotidiana adquiera
sentido sin que el artificio pese. En 53 domingos hay algo de esa
intención, cierta ironía, algún gesto de distanciamiento, pero todo se queda a
medio camino. No hay una verdadera apuesta formal. Son apuntes, no decisiones.
El
conflicto, sin embargo, está ahí. Tres hermanos se reúnen para decidir qué
hacer con un padre que vive solo. La premisa es fértil. ¿Quién se hace cargo?
¿Quién aparece cuando hace falta? ¿Quién cambia la bombilla cuando se funde? De
ahí deberían surgir tensiones reales: reproches, culpas, cuentas pendientes. Y
algo de eso aparece, sí, pero nunca termina de desarrollarse. Las discusiones
se repiten, se desgastan antes de avanzar. Todo vuelve siempre al mismo sitio.
Los
personajes participan de esa misma inercia. Parten de roles reconocibles —el
que evita, el que carga, el que observa—, pero no se mueven de ahí. No hay
desplazamiento, no hay grietas. La película parece desconfiar de cualquier
cambio que pueda romper el equilibrio del texto. Así que todo queda fijado, sin
riesgo. En ese contexto, el trabajo de los actores resulta irregular. El
reparto tiene recursos de sobra, pero en muchos momentos se percibe una cierta
comodidad, una tendencia a apoyarse en soluciones ya conocidas. Solo Alejandra
Jiménez introduce algo distinto, una naturalidad menos evidente, más contenida.
En los casos de Javier Cámara y Javier Gutiérrez, la sensación es otra: no
tanto personajes como variaciones de registros que ya les hemos visto. Gestos,
pausas, tonos reconocibles. Funcionan, pero no sorprenden. No hay riesgo. Y sin
ese riesgo, los personajes tampoco terminan de existir fuera del guion.
La estructura acentúa esa sensación. Las escenas se suceden como variaciones mínimas de un mismo momento. No hay sorpresa, pero tampoco una acumulación dramática que lo compense. El humor aparece debilitado, casi como un eco de películas anteriores. El drama, en cambio, no llega a imponerse. Todo queda en una zona intermedia, sin tensión real. Si se mira hacia atrás, el recorrido de Gay ayuda a entenderlo. Desde Ficción (Ficció, 2006), su cine ha girado en torno a la palabra, a las relaciones, a lo cotidiano. Allí había todavía una frescura, una ligereza en la observación. Aquí ya no está. Queda el mecanismo, pero no el impulso.
El
resultado es una película cerrada sobre sí misma, demasiado pendiente de su
propio texto. El corsé de la escritura, junto a esos pequeños trucos irónicos
que antes funcionaban, acaba restando más de lo que aporta. Todo resulta
previsible, incluso cuando intenta no serlo. Lo que termina de evidenciarlo es
su duración. 53 domingos no es larga, pero lo parece. Se alarga sin
crecer. Y ese es el problema. No falta material, falta desarrollo. Todo está
demasiado controlado, demasiado ajustado a un esquema que no admite
desviaciones. También pesa su condición de producción de Netflix: todo resulta
tan reconocible, tan ajustado a un molde, que acaba costando diferenciarla. Y
en ese control, en esa falta de riesgo, la película se queda sin pulso.
IVÁN
CERDÁN BERMÚDEZ
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