CRÍTICA DE CINE
Amarga Navidad (Pedro Almodóvar. España. 2026. 111 minutos)
Hay
algo profundamente incómodo en Amarga Navidad, y no tiene que ver con el
dolor que pretende representar, sino con la sensación de que ese dolor no
encuentra forma. La película parece querer situarse en el territorio de la
autoficción —ese espacio ambiguo donde el yo se expone y se disfraza al mismo
tiempo—, pero lo hace sin asumir del todo el riesgo que implica ese pacto con
la mentira. Y ahí es donde empieza a fallar.
La
autoficción no consiste en hablar de uno mismo, sino en aceptar que toda
confesión es también construcción, impostura, manipulación. Es un terreno
inestable, exigente, que obliga al autor a ir más allá de la mera exposición.
En Amarga Navidad, Pedro Almodóvar parece asomarse a ese abismo, pero se
detiene antes de caer. No hay verdadera entrega ni verdadera distancia: solo un
movimiento vacilante.
El
resultado es un guion que avanza a trompicones, una sucesión de vaivenes sin
una estructura clara ni una tensión que los sostenga. Los personajes aparecen,
se esbozan y se diluyen sin llegar a adquirir espesor dramático. No terminan de
despegar porque la película no decide nunca qué hacer con ellos: si
convertirlos en proyecciones del autor, en figuras autónomas o en simples
vehículos narrativos.
Hay,
además, una sensación persistente de agotamiento creativo. Como si el director
estuviera escribiendo sobre sí mismo no por necesidad expresiva, sino por falta
de alternativas. La película se vuelve entonces un ejercicio autorreferencial
que no logra transformarse en experiencia compartida. Solo en sus últimos
quince minutos parece despertar, como si de pronto encontrara una forma
posible, aunque demasiado tarde. Para entonces, todo ha quedado en un lugar
varado. Resulta significativo que, en otros momentos de su carrera, Pedro
Almodóvar haya alcanzado mayor intensidad trabajando con materiales ajenos,
incluso cuando los filtraba por su universo estético. Aquí, en cambio, la
cercanía con lo propio no produce verdad, sino bloqueo.
Uno
de los aspectos más desconcertantes de la película es su tratamiento del dolor.
Hay una escena particularmente reveladora en la que lo que parece un ataque de
pánico se confunde con una migraña incapacitante. La representación oscila
entre lo trivial y lo involuntariamente caricaturesco. No queda claro si se
trata de desconocimiento, de ironía o de una tentativa fallida de sarcasmo. La
resolución de ese dolor roza lo inverosímil: una cantante que, con una
intensidad casi ritual, entona una canción de Chavela Vargas al oído de la
enferma, como si la música pudiera operar como cura inmediata. La escena, lejos
de emocionar, evidencia una desconexión entre los elementos del film. La música
va por un lado, la historia por otro, y el cuerpo del personaje queda atrapado en
medio sin verdadera articulación. Todo ello acompasado por un troupe de viejos
rostros almodovarianos que incluso posan para la foto, o para evocar que existió
un pasado sin amargura.
Ese
desajuste se extiende a toda la película. Los interiores, como es habitual en
Almodóvar, son visualmente impecables, incluso majestuosos, pero esa perfección
formal no encuentra correspondencia en el desarrollo dramático. La estética
pesa más que la narración. El melodrama está presente, pero no hiere: se vuelve
denso, inerte, incapaz de generar verdadera intensidad.
La
propia idea de la Navidad, que podría haber funcionado como marco simbólico,
queda apenas esbozada. No hay villancicos, no hay comunidad, no hay calor: solo
una acumulación de elementos dispares —un bombero stripper, episodios de dolor
físico, escenas de intimidad fragmentaria— que no terminan de integrarse en un
sentido reconocible.
Amarga
Navidad deja así una
impresión de deriva. No es una película radicalmente fallida, pero sí
profundamente desorientada. Y quizá lo más inquietante sea que esa
desorientación parece consciente. Como si el propio Almodóvar intuyera que ha
llegado a un límite expresivo, pero no encontrara todavía la forma de
atravesarlo.
En
ese sentido, la película puede leerse como un gesto involuntario de
autoconciencia: un cineasta enfrentado a la posibilidad de no tener ya nada
nuevo que decir, o de no saber cómo decirlo. Pero esa conciencia no basta. La
autoficción exige riesgo, crudeza, incluso incomodidad real. Aquí, en cambio,
todo queda a medio camino.
El
resultado es una obra que no interpela, que no incomoda en profundidad y que,
sobre todo, no transforma su materia en experiencia. Un cine que pesa, pero no
duele. Y en ese fracaso parcial hay también una lectura más amplia. Resulta
difícil no pensar en el contexto del cine español contemporáneo, donde conviven
obras de gran interés con una visibilidad cada vez más precaria. Mientras
algunas de las películas más taquilleras -Amarga Navidad y las de Segura- responden a fórmulas agotadas, otras
propuestas más arriesgadas apenas encuentran espacio en salas o permanecen
relegadas a circuitos minoritarios o al reconocimiento internacional.
En
ese panorama, Amarga Navidad ocupa un lugar extraño: no es cine
comercial en sentido estricto, pero tampoco logra sostenerse como obra original y arriesgada. Se queda en tierra de nadie. Quizá por eso lo más
valioso de la película no esté en lo que muestra, sino en lo que deja entrever:
la repetición, el cansancio, la conciencia de un límite. Como si el propio
director, aun sin resolverlo, empezara a ser consciente de verdad de que algo se ha agotado. Algo
huele a podrido en la distribución del cine español.
IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ
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