CRÍTICA DE CINE
Historias del buen valle (José Luis Guerín. España. 122 minutos. 2025)
En
Historias del buen valle, José Luis Guerín filma Vallbona como si fuera
un territorio al borde del mapa. No es solo un barrio de Barcelona: es un
límite, un lugar donde la ciudad todavía no ha terminado de imponerse y donde
lo que queda resiste como puede. Esa condición lo acerca a barrios como
Villaverde, en Madrid: espacios atravesados por infraestructuras, rodeados de
polígonos, fragmentados por carreteras y trenes, pero todavía vivos en sus
márgenes.
La
película lo deja claro desde el principio. No hay argumento en el sentido
habitual. Hay un territorio y la gente que lo habita. Guerín observa sin
ordenar demasiado, sin llevar de la mano. Deja que el barrio vaya apareciendo
poco a poco: calles, descampados, huertos improvisados, una acequia, una
conversación que se alarga más de lo esperado. Y, sobre todo, los rostros.
Vallbona
—como Villaverde— es un lugar presionado por la ciudad. Las infraestructuras lo
rodean y lo aíslan al mismo tiempo. El progreso pasa por encima, pero no
termina de integrarlo. Esa contradicción es el motor de la película. Quedan
restos de una vida anterior: espacios abiertos, formas de convivencia más
directas, relaciones menos filtradas. Al mismo tiempo, todo parece provisional,
como si en cualquier momento pudiera desaparecer. El barrio no evoluciona de
manera orgánica; se reconfigura desde fuera.
Aquí
es donde la comparación con el western resulta más precisa. Vallbona funciona
como una última frontera. No en un sentido épico, sino crepuscular. Como en las
películas de John Ford o Anthony Mann, lo que vemos no es la conquista de un
territorio, sino su final. La llegada del tren, las obras, la reorganización
del espacio: todo apunta a lo mismo. El mundo que vemos está a punto de
desaparecer.
Pero
Guerín no convierte eso en nostalgia. No hay idealización. El barrio no es un
paraíso perdido. Es un lugar duro, con problemas muy concretos: vivienda,
precariedad, inmigración, aislamiento. La diferencia es que la película no los
convierte en consigna. No hay una tesis que ordene lo que vemos. Lo que hay son
personas, y ahí está lo mejor del filme.
Los
rostros sostienen la película. Hay cansancio, sí, pero también una forma de
dignidad que no necesita subrayarse. Hay deseo, incluso en condiciones
adversas. Cada uno carga con su historia sin explicarla del todo. Guerín no
busca representar nada: deja que esas presencias se impongan por sí mismas, con
sus contradicciones, con lo que dicen y con lo que se les escapa.
Los
jóvenes ocupan un lugar importante en esa lógica. No son víctimas ni metáforas.
Son parte del barrio, sin más. Se mueven con naturalidad en ese espacio
fragmentado, conocen sus límites, pero no se resignan del todo. Hay en ellos
una mezcla de dureza y energía que evita cualquier lectura fácil. En este
punto, la película se acerca a una tradición literaria bastante reconocible.
Como en El Jarama, lo importante no es lo que ocurre, sino cómo se
habla, cómo se ocupa el tiempo, cómo el espacio se vuelve significativo a
través de los cuerpos. Y, como en Campos de Níjar, el territorio deja de
ser periferia para convertirse en un lugar central, no por lo que tiene, sino
por lo que revela.
La
multiculturalidad aparece sin adornos. Hay convivencia, pero también distancia.
Las comunidades comparten espacio, aunque no siempre se mezclen. Guerín no
fuerza esa realidad ni la dramatiza en exceso. La deja estar. Como parte de una
vida cotidiana hecha de pequeños roces, de coexistencias parciales, de hábitos
que se cruzan sin integrarse del todo.
La
música —flamenco, rumba— no funciona como decoración. Es otra forma de ocupar
el espacio. De afirmarse en él. De sostener una continuidad entre pasado y
presente. A veces surge de manera casi casual, otras se impone, pero siempre
parece ligada a una experiencia concreta del barrio. Como en ciertos westerns,
donde la música marca el pulso de la comunidad, aquí también funciona como una
memoria en activo.
Formalmente,
la película es coherente con todo lo anterior. Guerín trabaja desde la
contención. No subraya ni cierra sentidos. Las escenas parecen encontradas más
que construidas, aunque se intuye una organización muy precisa detrás. El
montaje decide, sí, pero no aplasta. Deja huecos, permite que algo se escape.
Por eso el barrio acaba funcionando como un personaje, aunque no en un sentido
literal: tiene tiempo, memoria, zonas opacas. Como esos paisajes del western
tardío que ya no pertenecen del todo a nadie, pero siguen cargados de historia.
La
relación con Villaverde no es anecdótica. Ambos espacios comparten una misma
condición: estar dentro y fuera de la ciudad al mismo tiempo. Ser necesarios y,
a la vez, invisibles. Lugares donde el progreso se impone sin integrar del todo
lo que encuentra. Lugares donde la vida continúa, pese a todo, con una
obstinación casi silenciosa.
Historias del buen valle no intenta resolver nada. No ofrece soluciones ni discursos cerrados. Hace algo más incómodo: mirar sin simplificar. Mostrar sin convertir en ejemplo. Dejar que un barrio exista en pantalla con toda su complejidad. Como en los mejores westerns crepusculares, lo que vemos no es solo un lugar. Es el final de una forma de vida y, al mismo tiempo, su persistencia.
IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ
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