LA MIEL: DULZURA, ENGAÑO Y GROTESCO MORAL

 



Crítica de cine

La miel ( Pedro Masó. España. 1979. 100 min) 

                                                           Para Lucy, Herr Direktor y al padre de Agustín González

Dentro de la extensa trayectoria de Pedro Masó, La miel (1979) ocupa un lugar peculiar. No es una de sus películas más celebradas ni una de las que suelen mencionarse al repasar su contribución al cine popular español, pero contiene elementos que la convierten en una obra significativa dentro del contexto cultural de la Transición. Escrita junto a Rafael Azcona y protagonizada por José Luis López Vázquez, la película se mueve entre la comedia amarga, la sátira moral y el retrato de un mundo doméstico donde las apariencias esconden una realidad mucho menos ordenada de lo que parece.

El título posee un sentido claramente irónico. La miel evoca dulzura, armonía, algo agradable y natural. Sin embargo, la película sugiere que esa dulzura es engañosa. Lo que los personajes muestran hacia el exterior —una familia respetable, un profesor serio, una vida aparentemente estable— está cubierto por una capa de normalidad que oculta tensiones morales, engaños cotidianos y deseos reprimidos.

El eje de la película es Don Agustín, interpretado por José Luis López Vázquez. Se trata de un personaje que pertenece a una galería muy característica del cine español de los años setenta: el hombre formado dentro de una moral rígida que de repente se encuentra ante una realidad social que ya no responde a esos principios. Don Agustín es un maestro de colegio religioso y antiguo seminarista, un hombre que ha vivido siempre bajo normas estrictas de comportamiento. Su mundo está construido sobre ideas de orden, disciplina y respeto a las convenciones sociales. Esa estructura moral ha definido su vida hasta el momento en que entra en contacto con Inés, la madre de uno de sus alumnos.

La presencia de esta mujer introduce un elemento de perturbación en la vida del protagonista. Inés representa una forma de existencia mucho más libre, anhelada por él.  Su relación con ella abre una grieta en el sistema moral que había organizado su vida- -o no, si atendemos a las acusaciones de su hermana-. López Vázquez construye el personaje a partir de gestos mínimos: miradas de desconcierto, silencios incómodos, una mezcla de curiosidad y miedo ante aquello que empieza a descubrir. Como en otras interpretaciones de la época, el actor consigue expresar la fragilidad de una autoridad masculina que ya no encuentra su lugar en el mundo.

Frente al personaje del maestro aparece Inés, interpretada por Jane Birkin. Su figura encarna el contraste entre dos modelos de vida. Para Don Agustín, ella representa una libertad que resulta al mismo tiempo fascinante y perturbadora. El descubrimiento de que Inés ejerce prostitución de lujo introduce una dimensión inesperada en la historia. El protagonista se enfrenta entonces a un dilema moral: la mujer que le atrae pertenece a un mundo que contradice completamente los valores que él había defendido.

Masó y Azcona evitan convertir a Inés en una figura puramente negativa. La película no la presenta como una villana ni como una víctima absoluta. Su personaje aparece rodeado de ambigüedad: es capaz de despertar deseo, compasión y rechazo al mismo tiempo. En ese sentido, Inés simboliza una parte del cambio cultural que estaba atravesando la sociedad española en aquellos años. Frente a la moral tradicional, surge una forma de vida que cuestiona abiertamente las normas anteriores.

En el otro extremo del relato se encuentra la hermana de Don Agustín, personaje que representa el mundo moral del que procede el protagonista. Su vida está marcada por la religiosidad cotidiana, por la defensa de las buenas costumbres y por la vigilancia constante de la conducta ajena. Sin embargo, Masó introduce un elemento irónico en ese personaje: su afición al bingo. Esta contradicción entre la moral que predica y su comportamiento real sirve para subrayar uno de los temas centrales de la película: la distancia entre los valores proclamados y las prácticas reales de la vida cotidiana. La hermana encarna así una forma de moral doméstica profundamente arraigada en la sociedad española de la época. Pero esa moral aparece atravesada por pequeñas incoherencias que revelan su fragilidad.

Uno de los aspectos más sugerentes de La miel es la manera en que muestra la familia como una escenificación social. Los personajes viven bajo la presión de mantener una imagen respetable ante el exterior. El modelo de familia que aparece en la película responde al ideal tradicional: estabilidad, disciplina y respeto. Pero la historia revela que ese modelo funciona muchas veces como una representación que se sostiene gracias a silencios y pequeñas mentiras. Masó muestra cómo la vida doméstica puede convertirse en un espacio donde se negocian constantemente las apariencias. La prioridad no es siempre resolver los problemas, sino evitar que esos problemas se hagan visibles.

La miel pertenece al contexto del llamado cine del destape, fenómeno característico del cine español de finales de los años setenta. La desaparición de la censura permitió que el cine abordara temas hasta entonces prohibidos, especialmente relacionados con la sexualidad. En la propuesta de Masó, el erotismo no funciona  únicamente como un reclamo comercial. Forma parte de un conflicto moral más amplio. El descubrimiento del deseo se convierte en una experiencia perturbadora para un personaje que había construido su identidad sobre la represión. Es más una sátira moral, donde el humor convive con una mirada crítica sobre la hipocresía social.

En algunos momentos, la atmósfera de La miel recuerda a El extraño viaje (1964) de Fernando Fernán Gómez. Ambas películas comparten un interés por los espacios domésticos donde la normalidad es solo una apariencia . En El extraño viaje, la familia se convierte en un escenario de tensiones ocultas que terminan produciendo una historia casi grotesca. Algo parecido ocurre en La miel, aunque en un registro menos oscuro. El mundo doméstico aparece como un espacio donde conviven la moral tradicional, las pequeñas miserias y los deseos reprimidos. Todo lo cotidiano se vuelve ligeramente inquietante.



.El desenlace de La miel evita ofrecer una conclusión moral clara. La película no castiga de manera ejemplar a sus personajes ni restaura completamente el orden que parecía amenazado. Más bien propone un final ambiguo, coherente con el momento histórico en el que fue rodada. Los personajes continúan viviendo dentro de una sociedad que está cambiando rápidamente, donde las certezas morales del pasado empiezan a perder su fuerza. Ese final sugiere que el conflicto entre tradición y libertad no puede resolverse fácilmente. Lo único que queda es la adaptación progresiva a un mundo nuevo.

Comedia amarga sobre la hipocresía social, donde la dulzura prometida por el título termina revelándose como una sustancia ambigua: una miel que, más que endulzar la vida, la vuelve pegajosa y difícil de manejar.

 IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ


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