Crítica literaria.
Las guerras de lucas.
Autores: Laurent Hopman / Renaud Roche
Editorial: Norma editorial.
Páginas: 208.
Año:2024.
A mi amigo Salva Guerra, creador y sabio.
Hay
algo incómodo en la lectura de Las guerras de Lucas, el tebeo de Laurent
Hopman y Renaud Roche. No se trata de lo que cuenta, sino de cómo lo cuenta:
una historia cuyo desenlace es conocido y que, sin embargo, avanza como si
pudiera desmoronarse en cualquier momento. El libro logra que lo inevitable
parezca improbable. Desde el principio, George Lucas no aparece como una figura
consolidada, sino como alguien que no consigue hacerse entender. Tiene una
película en la cabeza, pero no sabe todavía cómo sacarla de ahí. Habla,
reescribe, prueba. Nada termina de encajar. Lo que imagina está claro para él;
lo que llega al rodaje, no.
Esa
dificultad tiene un origen concreto. La infancia no aparece como un simple
recuerdo, sino como una fuente activa. En ella confluyen dos impulsos
distintos. Por un lado, Flash Gordon: el ritmo de los seriales, la
aventura directa, los héroes sin ambigüedad. Lucas intentó apropiarse de ese
universo y, al no conseguir los derechos, tuvo que reconstruirlo desde cero.
Por otro, una referencia menos evidente pero más estructural: La fortaleza
escondida (1958) de Akira Kurosawa. De ahí procede una forma de narrar:
avanzar desde los márgenes, dejar que la historia se despliegue a través de
personajes secundarios, apoyarse en la acción más que en la explicación. El
resultado no es una síntesis limpia. Es una mezcla difícil de traducir. Lo que
Lucas intenta levantar no responde a un modelo reconocible para su equipo. No
hay referentes claros en el rodaje. Solo fragmentos.
La
novela gráfica evita convertir esa situación en un relato heroico. Lo que
muestra es otra cosa: un proceso lleno de correcciones, la actitud tiránica del
estudio, decisiones provisionales y errores visibles. Los diálogos no
funcionan, los actores dudan, el equipo técnico no entiende del todo qué se
está haciendo. Star Wars no aparece como un destino, sino como una
posibilidad frágil. Que años después acabe legitimada por los Premios Óscar no
elimina esa sensación inicial de inestabilidad; la acentúa. En ese contexto, la
escritura del guion introduce una tensión menos evidente. No es un trabajo
solitario. Hay intervenciones constantes -su mujer fue muy crítica-, ajustes,
manos que corrigen lo que no funciona. Los coguionistas no aparecen en los créditos, pero sí participan de forma
sustancial en términos económicos, con porcentajes significativos. La película
se escribe entre varios, aunque la figura de Lucas absorba la mayor parte del
reconocimiento. La autoría, aquí, es más difusa de lo que suele admitirse.
Francis
Ford Coppola funciona al inicio como respaldo, alguien que avala a Lucas dentro
de la industria. Pero sus apariciones se diluyen. A medida que el rodaje
avanza, Lucas queda solo frente a un equipo que no termina de confiar en la
película. Steven Spielberg aparece como contraste: otro director con ambición,
pero más eficaz en la traducción de sus ideas. Donde Lucas acumula dudas,
Spielberg simplifica. El punto de inflexión está en los actores. Mark Hamill, Harrison
Ford y Carrie Fisher no se limitan a ejecutar el guion. Lo ajustan. Lo tensan.
Ford introduce una distancia irónica que no estaba prevista, incluso reescribe
sus frases para hacerlas más dinámicas. Hamill sostiene el tono desde una
ingenuidad controlada. Fisher afila los diálogos mientras descubre un sentir
inesperado. La película empieza a funcionar ahí. Antes no. La relación entre
Ford y Fisher queda en segundo plano, pero añade una capa más a ese proceso. No
se dramatiza. No se convierte en argumento. Está ahí, integrada en el rodaje,
como otra variable que altera el equilibrio. En paralelo, surge Indiana Jones.
No como un gesto triunfal, sino como una salida lateral. Mientras Star Wars
se atasca, aparece otra historia. No sustituye a la anterior, pero demuestra
que el problema no es la falta de ideas, sino su ejecución.
El
rodaje, tal como lo presenta el libro, no tiene nada de épico, o sí, dadas las
circunstancias. Hay problemas técnicos, tensiones con el equipo, decisiones que
se toman sobre la marcha y estudio cada vez más insolente en su agresividad.
Nadie parece tener claro qué película se está haciendo, salvo sus estrechos
colaboradores que, por las razones de confianza, son incondicionales. Y ese es
quizá el dato más revelador: el proyecto no genera adhesión en la mayor parte
del equipo, genera desconcierto. El dibujo de Roche refuerza esa lectura. No
hay espectacularidad. No hay intención de embellecer lo que se cuenta. Las
viñetas siguen el trabajo paso a paso, sin subrayados. La sensación es la de
asistir a algo que todavía no está terminado. En ese contexto, la figura de
Lucas se vuelve menos nítida. Depende de los demás para que la película avance,
pero no cede en lo esencial. No puede demostrar que su idea funciona. Tampoco
renuncia a ella. Insiste. Ahí está el núcleo del libro: no en la genialidad,
sino en la persistencia. Lucas no aparece como alguien que sabe, sino como
alguien que aguanta. Determinante la aparición de John Williams gracias a la
intervención de Spielberg.
En ese sentido, Las guerras de Lucas se aproxima a otras reconstrucciones recientes de procesos creativos, como La oferta (The Offer, 2022), centrada en la gestación de El padrino (1972). En ambos casos, lo importante no es el resultado, sino la suma de decisiones inciertas que lo hacen posible. No hay una línea recta hacia el éxito. Hay acumulación de problemas. Al terminar el tebeo, la impresión no es la de haber asistido al nacimiento de un mito, sino a un rodaje que podría haber fracasado. Star Wars deja de ser un punto de llegada para convertirse en algo más precario: una posibilidad. El “continuará” final no funciona como un guiño, sino como una consecuencia. Después de lo que se ha visto, la historia no puede cerrarse ahí. La continuación no es una promesa. Es una necesidad. Gran volumen para “cinéfagos”.
IVÁN
CERDÁN BERMÚDEZ
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