LOS GOYA Y EL ESPEJISMO DEL CINE ESPAÑOL

 


Cada edición de los Premios Goya se presenta como celebración colectiva del cine español. Sin embargo, más allá del ritual de la gala, conviene preguntarse qué modelo de cine está siendo legitimado y qué queda fuera del foco. La cuestión no es únicamente qué películas ganan, sino qué concepción del cine se impone como norma.

En los últimos años se ha instalado una sensación persistente de uniformidad. Una parte significativa de la producción exhibida —con excepciones contadas— responde a un patrón reconocible: narrativas planas, subrayado emocional constante, personajes construidos a partir de arquetipos y una puesta en escena funcional, cercana a la televisión con presupuesto o al estándar de plataforma. No se trata de una cuestión presupuestaria ni de talento técnico; es una cuestión de ambición estética. En esta edición se ha vuelto constatar en la más laureada.

La influencia de las plataformas ha transformado los ritmos de consumo y, con ellos, los criterios de producción. Se privilegia la claridad inmediata, el impacto rápido, la facilidad de promoción. El resultado son películas diseñadas para circular con fluidez en redes sociales, acompañadas de campañas publicitarias intensivas y de comentarios efímeros que rara vez se traducen en debate crítico profundo. El cine se vuelve un acontecimiento breve, intercambiable, fácilmente sustituible por el siguiente estreno.

En ese contexto, propuestas como Sirât o Tardes de soledad evidencian al menos la existencia de un concepto cinematográfico reconocible. Se podrá discutir su eficacia o su alcance, pero en ambas hay una conciencia formal, una voluntad de construir imagen y duración, una apuesta por el lenguaje como territorio propio. No se limitan a contar una historia; intentan organizar una experiencia.


Sin embargo, la verdadera anomalía del panorama reciente es En la alcoba del sultán, de Javier Rebollo, probablemente la película más sólida y coherente en años -demasiados- y, paradójicamente, completamente ausente de las nominaciones en la ceremonia del curso pasado. Su exclusión no fue solo un descuido; fue un síntoma. Al suceder eso, nada de lo que ha acontecido en la presente gala puede sorprender. 

En la alcoba del sultán no busca la complacencia ni el aplauso inmediato. Rebollo construye un universo visual preciso, sostenido por una dirección que entiende la puesta en escena como arquitectura emocional. La composición del plano, el uso del silencio, el trabajo con el espacio cerrado y la tensión contenida revelan una conciencia cinematográfica rara en el panorama actual. La película no recurre al subrayado sentimental ni a la retórica fácil; confía en la potencia de la imagen y en la inteligencia del espectador.

Su grandeza no reside únicamente en la elegancia formal, sino en la coherencia entre forma y fondo. Cada decisión estética parece responder a una lógica interna, no a una estrategia de mercado. No hay concesiones al trending topic ni a la frase destinada a circular en clips promocionales. Hay, en cambio, una voluntad de duración, de atmósfera, de riesgo. Es un cine que se toma su tiempo, que construye sentido en la acumulación de detalles y que rehúye la espectacularidad impostada.

La ausencia total de nominaciones a una película de esa envergadura obliga a cuestionar los criterios de reconocimiento. ¿Qué se premia cuando se premia? ¿La intensidad gestual? ¿La identificación inmediata? ¿La eficacia promocional? En demasiadas ocasiones, las interpretaciones galardonadas parecen apoyarse en la sobreactuación como garantía de “verdad”, y los guiones celebrados se sostienen sobre fórmulas previsibles, giros forzados y conflictos tratados sin complejidad real. La sensación de estar ante ejercicios de escuela —correctos pero sin profundidad— se repite con inquietante frecuencia.

No se trata de exigir experimentalismo radical en cada obra. El cine popular puede ser sofisticado y ambicioso. Lo preocupante es la recurrencia de tópicos, la repetición de esquemas narrativos y la búsqueda de rentabilidad inmediata a través de temas coyunturales explotados sin verdadera investigación estética. Se confunde actualidad con profundidad y relevancia social con calidad formal.

Las campañas publicitarias sustituyen a menudo al debate crítico. La conversación se agota en cifras de espectadores y en tendencias digitales. Las películas se consumen con rapidez y se olvidan con la misma velocidad. Pocas dejan huella, pocas generan reflexión sostenida, pocas sobreviven más allá del ciclo de promoción. El cine, reducido a producto de consumo rápido, pierde su dimensión de experiencia duradera.


En ese paisaje, En la alcoba del sultán destaca con una diferencia abismal. Es una obra que apuesta por la concentración, por la densidad simbólica y por la exigencia formal. No busca agradar a todos ni convertirse en fenómeno viral; aspira a construir un espacio propio dentro de la tradición cinematográfica. Su marginalización en el sistema de premios no la debilita; al contrario, subraya su singularidad.

El problema no es que existan películas convencionales o comerciales; el problema es que el sistema parezca incapaz de reconocer con claridad la excelencia cuando esta se aparta del molde dominante. Si el cine español quiere evitar la sensación de deriva, necesita recuperar la ambición estética como criterio central. Premiar la repetición y la seguridad consolida la mediocridad; reconocer el riesgo estimula la renovación.

Los Goya podrían ser un espacio de impulso creativo, un mecanismo de señalización hacia obras que expanden el lenguaje cinematográfico. Cuando esa función se diluye, la gala se convierte en espejo complaciente de una industria que prefiere la fórmula conocida al desafío formal.

El cine español no carece de talento. Carece, a veces, de valentía institucional para respaldarlo. Mientras películas como En la alcoba del sultán queden fuera del reconocimiento y se privilegien propuestas previsibles, la sensación de estancamiento persistirá. No por falta de historias, sino por falta de ambición en la manera de contarlas.

El debate no debería centrarse en la nostalgia ni en el desprecio generalizado, sino en la exigencia. Exigir más al sistema de premios, más a la crítica, más a las productoras y más a los propios cineastas. Porque cuando aparece una obra que demuestra lo que el cine español puede ser, su invisibilización no es solo una injusticia puntual: es una oportunidad perdida para redefinir el rumbo.

 

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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