TORRENTE PRESIDENTE: DE LA PICARESCA AL GAG TELEVISIVO

 


CRÍTICA DE CINE

Torrente presidente ( Santiago Segura. 102 minutos. España 2026)

Cuando Santiago Segura creó a Torrente, no solo estaba construyendo un personaje: estaba fijando un tipo nacional reconocible, incómodo y profundamente eficaz desde el punto de vista cómico. En sus primeras entregas, especialmente en Torrente, el brazo tonto de la ley (1998), había algo más que escatología y exceso: había una mirada deformante, sí, pero también un retrato reconocible de una España marginal, casposa y contradictoria.

Sin embargo, en Torrente presidente, esa mirada parece haberse diluido hasta convertirse en otra cosa: un producto de consumo inmediato, más cercano al sketch alargado que al artefacto cinematográfico.

Uno de los aspectos más llamativos de la película es que ni siquiera funciona como parodia. Tradicionalmente, la parodia exagera los rasgos de la realidad para hacerlos evidentes. Pero aquí ocurre lo contrario: la película apenas exagera nada. Esto plantea una cuestión inquietante: ¿puede Torrente llegar a presidente? La respuesta, tal como sugiere el propio filme —quizá sin pretenderlo—, es que no resultaría tan extraño. Basta observar el perfil de ciertos representantes políticos contemporáneos para entender que el personaje ha dejado de ser una caricatura para convertirse en una posibilidad verosímil.

En este sentido, la película roza —aunque no lo desarrolle— un terreno que recuerda a la ucronía política de Philip Roth en La conjura contra América: la inquietante proximidad entre ficción grotesca y realidad política. Pero donde Roth construía un relato complejo, inquietante y lleno de implicaciones morales, Segura apenas esboza la idea antes de abandonarla en favor del chiste inmediato.

El gran problema de Torrente presidente no es solo su falta de ambición, sino la transformación del propio Torrente. El personaje ha sido despojado de aquello que lo hacía incómodo. Ya no hay verdadera escatología, ni suciedad moral, ni esa violencia cómica que rozaba lo desagradable en las dos primeras entregas. En su lugar, encontramos un Torrente domesticado, convertido en vehículo de bromas actuales, referencias pasajeras y guiños de consumo rápido. Segura, en este sentido, parece traicionar a su propia creación: donde antes había un personaje incómodo que obligaba al espectador a reírse de sí mismo, ahora hay una figura funcional, diseñada para no molestar demasiado y garantizar la risa fácil.

En sus orígenes, el universo de Torrente podía, en ocasiones, rozar —aunque fuera de forma tangencial— cierta tradición del esperpento y del retrato coral que remite a Luis García Berlanga. Había algo, aunque fuera embrionario, de mirada colectiva, de país deformado pero reconocible. Hoy, ese vínculo se ha roto. Lo que queda es otra cosa: una estética y un ritmo que pertenecen más a la televisión que al cine.

La película se construye a base de gags independientes, de chascarrillos que funcionan en el instante pero no construyen nada duradero. No hay progresión dramática, ni desarrollo visual, ni una puesta en escena que sostenga el conjunto. Ni la fotografía, ni la dirección, ni el guion parecen respirar. Todo está subordinado a la inmediatez del chiste.

Este modelo no es casual. Responde a una lógica industrial muy clara: llenar salas a través del reconocimiento inmediato, la publicidad y la acumulación de momentos virales. El problema es que, en ese proceso, el cine desaparece. Lo que queda es una sucesión de sketches con mayor presupuesto, una extensión de formatos televisivos que han colonizado la pantalla grande. Segura ha encontrado una fórmula eficaz —nadie puede negarlo—, pero también ha asumido sus límites: ya no busca incomodar ni construir, sino asegurar la risa rápida.

Torrente presidente funciona, previsiblemente, en términos comerciales. Llena salas, genera conversación y confirma que existe un público para este tipo de productos. Pero su éxito plantea una pregunta más amplia: ¿qué tipo de comedia está produciendo el cine español? Si el modelo dominante es el del gag televisivo ampliado, entonces el riesgo es evidente: la desaparición de una tradición cómica más compleja, más incómoda y más cinematográfica. Donde antes Torrente podía rozar, aunque fuera torpemente, cierta crítica social, hoy solo queda la repetición de fórmulas. En ese tránsito —del esperpento al sketch— no solo se ha perdido un personaje: se ha perdido también una forma de entender el cine.


IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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