ALTAS CAPACIDADES: TAN EXCESIVA COMO RECONOCIBLE

 

CRÍTICA DE CINE
Altas capacidades (Víctor Gacía León. España. 101 minutos. 2026)

 Altas capacidades, de Víctor García León, no es una película sobre niños excepcionales, aunque así lo sugiera un título tan reconocible en el discurso educativo actual. Es, más bien, un retrato incómodo de adultos profundamente incapaces de asumir la realidad que tienen delante. El título funciona como una trampa: aquí no se habla de talento, sino de negación. Y lo más perturbador es que, pese a ciertos elementos de exageración, casi todo resulta reconocible.

La película se articula en torno a un elemento muy concreto: los matrimonios. No como núcleo afectivo, sino como estructura de evasión. Nadie quiere ver lo que ocurre con su hijo porque eso implicaría mirarse a sí mismo. Así que el problema se desplaza: al colegio, al sistema, a otros padres. Siempre fuera. La solución, casi automática, pasa por el dinero: cambiar de centro, pagar más, buscar un entorno “mejor”. Como si la educación fuese una cuestión de tarifas. Como si bastara con eso para evitar lo que en realidad se está eludiendo.

En ese ecosistema se mueve el personaje de Juan Diego Botto, que no necesita recurrir a la dureza explícita para resultar incómodo. Su fuerza está en otra parte: en su integración absoluta en ese mundo de apariencias —éxito laboral y social— y en una autoridad que nunca llega a ponerse en duda. A su alrededor, un grupo de padres se refuerza mutuamente, construyendo una burbuja donde todo queda justificado si sirve para mantener la posición. La escena del cumpleaños condensa con precisión esa lógica. Mientras celebran a sus hijos, varios adultos se encierran en el baño a consumir cocaína. No hay clandestinidad ni culpa visible. Es un gesto rutinario. Lo significativo no es el consumo, sino la contradicción: quienes critican al supuesto narcotraficante desde una supuesta superioridad moral participan sin conflicto en aquello que condenan. La doble moral no genera fricción; forma parte del sistema.

Frente a ese grupo, el personaje de Israel Elejalde —anhelante de escalar social y laboralmente— representa otra forma de evasión: la del padre que no se enfrenta a nada. No impone, pero tampoco cuestiona. Es un pusilánime de libro. Se adapta, evita el conflicto, se diluye. Elejalde construye un personaje reconocible, aunque limitado en matices. Es eficaz, pero no aporta una evolución significativa. En cierto modo, encarna la figura más extendida: la del adulto que prefiere agachar la cabeza antes que asumir una posición. Su interpretación queda a medio camino.

La presencia de Marian Álvarez, como pareja del personaje interpretado por Elejalde, introduce momentos de lucidez, pero no rompe del todo el círculo. Su personaje percibe las grietas, aunque permanece atrapado en esa red de relaciones donde todo se negocia y nada se afronta de manera directa. En el centro de ese entramado está el niño. No como enigma, sino como resultado. La película lo plantea con claridad: es el producto de los discursos, los silencios y las contradicciones de sus padres. Pero incluso ante esa evidencia, la reacción no es asumirla, sino apartarla: etiquetar, trasladar, redefinir. Siempre resulta más sencillo cambiar el contexto que cambiar uno mismo.

El retrato del sistema educativo refuerza esa idea. La enseñanza pública aparece desbordada, incapaz de atender la complejidad real del alumnado. La privada tampoco se presenta como solución, sino como una versión más sofisticada del mismo problema: más orden, más discurso, más recursos, pero idénticas carencias de fondo. La pregunta queda suspendida: ¿qué significa hoy educar? La película no responde, pero sí señala que ninguno de los modelos actuales está funcionando plenamente. En ese punto surge la llamada “técnica del oso Arturo”, propuesta desde la escuela pública como método de intervención. En apariencia, ofrece una solución concreta, una herramienta para gestionar conductas difíciles. Pero su presencia introduce una inquietud inevitable. Más que comprender al niño, se trata de encauzarlo, de ajustarlo a un procedimiento. El propio nombre —casi infantil, tranquilizador— contrasta con lo que implica: una pedagogía que empieza a parecerse demasiado a un protocolo. No se ridiculiza abiertamente, pero tampoco se valida. Queda en una zona ambigua donde incluso las soluciones parecen insuficientes o tardías.

Especialmente inquietante resulta la figura de la directora del colegio privado -Una estupenda Pilar Castro-. No tanto por lo que dice como por cómo lo dice. Su discurso es impecable, lleno de terminología pedagógica y soluciones aparentemente modernas. Sin embargo, en su forma de hablar —en ese control absoluto, en esa calma medida— emerge una autoridad difícil de cuestionar. No impone de forma visible, pero dirige, encauza y neutraliza cualquier conflicto real. Es la cara institucional de ese mundo de apariencias.

La dirección de fotografía rehúye la oportunidad de diseccionar por medio de la luz. La imagen es fría, funcional, sin estilización. Los espacios se muestran sin protección y la cámara observa con distancia. No hay refugio visual. Todo queda expuesto. La dirección de García León apuesta por una discreción casi invisible. Los claroscuros que manifiesta la historia no son tenidos en cuenta por el equipo técnico, que parece quedarse en un lugar alejado. El guion, en ocasiones se pierde en excesos, reconocibles, eso sí, pero no profundiza. Parece buscar la sonrisa más que el análisis.

En contraste con ese entorno aparece la viuda colombiana, probablemente el personaje más honesto de la película. No participa del juego ni mide sus palabras. Dice lo que ve. Y por eso incomoda. No porque exagere, sino porque no disfraza. En un contexto donde todo se negocia —la verdad, la responsabilidad, incluso el dolor—, introduce una claridad que descoloca al resto. No puede integrarse sin alterar el equilibrio del grupo, y por eso queda al margen. Su presencia rompe la lógica dominante: la de la evasión.

La película incorpora elementos de humor que, en algunos momentos, funcionan. Sin embargo, tiende a reiterar sus ideas, lo que genera cierta sensación de alargamiento innecesario. Esa insistencia debilita parcialmente su impacto. Aun así, el resultado deja una impresión difícil de eludir —20 minutos menos harían la película mejor—.





Más allá de sus excesos, Altas capacidades acierta en algo esencial: muestra que estas actitudes no son excepcionales. Están en las aulas, en las reuniones con familias, en los discursos que los alumnos reproducen sin advertirlo. En la ESO y en Bachillerato, esas mismas problemáticas siguen presentes, arrastradas desde etapas mucho más tempranas, como si nada se hubiera abordado realmente. Algo no está funcionando en la educación, pero resulta más sencillo desplazar el problema, barrerlo y dejarlo oculto, que enfrentarlo. La negación, el miedo al conflicto, la necesidad de aparentar forman parte del día a día. No es una película sobre niños brillantes. Es una película sobre adultos que no quieren mirar. Y sobre lo fácil que resulta, al final, agachar la cabeza.

 

MATILDE MONTERO E IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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