CRÍTICA DE CINE
Proyecto salvación (Phil Lord, Christopher Miller. EEUU. 156 minutos. 2026).
Hay
películas que dialogan con la tradición de la ciencia ficción y otras que,
directamente, se apoyan en ella sin el menor disimulo. Proyecto salvación
pertenece, sin duda, al segundo grupo. Desde sus primeras secuencias, la
película parece declararse heredera de un imaginario muy concreto: el del
asombro cósmico y la épica emocional que popularizó Encuentros en la tercera
fase (Close Encounters of the Third Kind, 1977). Sin embargo, lo que en
la obra de Spielberg era misterio, ambigüedad y una profunda inquietud ante lo
desconocido, aquí se convierte en una sucesión de escenas que resultan
familiares incluso cuando no recordamos exactamente de dónde vienen, ensambladas
con corrección técnica pero sin verdadero riesgo.
El
punto de partida no es nuevo: la humanidad se enfrenta a una amenaza de escala
planetaria y, como es habitual, la salvación recae en una figura individual,
casi mesiánica. En este caso, el científico o profesor —figura recurrente del
género— es quien debe asumir la responsabilidad de comprender lo incomprensible
y actuar donde otros no pueden. La película insiste en este arquetipo sin
apenas matices, confiando en que el espectador reconozca el esquema y se deje
llevar por él. No hay, sin embargo, una revisión crítica ni una actualización
significativa del modelo: se reproduce tal cual, como si bastara con su
eficacia probada. Y la película nunca cuestiona esa elección: simplemente la da
por válida.
En
ese sentido, Proyecto salvación funciona como una especie de compendio
de referentes. No solo remite a Encuentros en la tercera fase en su concepción
de lo extraterrestre como fuerza trascendente, sino que también incorpora ecos
evidentes de Moon (Moon, 2009) en su aproximación a la soledad del
individuo frente a lo tecnológico, e incluso de E.T. el extraterrestre (E.T.
the Extra-Terrestrial, 1982) en la apelación directa a valores como la
amistad y el vínculo emocional como motores narrativos. El problema no es la
presencia de estos referentes —la ciencia ficción siempre ha sido un género
intertextual—, sino la falta de transformación. La película no dialoga con
ellos: los cita, los encadena y sigue adelante.
Este
carácter derivativo se hace especialmente evidente en su tratamiento emocional.
La amistad, el sacrificio, la redención… todos los grandes temas están
presentes, pero rara vez se desarrollan con la profundidad necesaria. Más bien
aparecen como elementos funcionales, casi obligatorios, que permiten sostener
la estructura dramática sin llegar a conmover de verdad. Hay una cierta
sensación de que la película confía demasiado en la familiaridad del espectador
con estos valores, como si bastara con nombrarlos para que el espectador
sintiera algo.
A
ello se suma un metraje excesivo. Las dos horas y media de duración no se
justifican por la complejidad de la historia ni por una ambición formal
particular. Al contrario, el relato tiende a dilatarse en escenas redundantes y
en explicaciones innecesarias. Los flashbacks son el ejemplo más claro de este
problema: lejos de aportar nuevas capas de significado o de enriquecer la
psicología de los personajes, se limitan a repetir lo que el espectador ya ha
entendido mucho antes.
Esta
insistencia narrativa acaba afectando al ritmo y, sobre todo, a la experiencia
del espectador. Lo que podría haber sido una película ágil, incluso eficaz
dentro de sus propios límites, se convierte en un producto que se alarga más de
lo necesario, como si temiera no ser entendido. Hay, en este sentido, una
cierta desconfianza hacia el público que resulta paradójica en una obra que se
apoya tanto en códigos conocidos. Como si tuviera miedo de quedarse corta y
terminara excediéndose.
Quizá
uno de los aspectos más llamativos de Proyecto salvación sea su tono. A
pesar de su duración y de su aparente ambición temática, la película funciona,
en muchos momentos, como un relato claramente orientado a un público infantil o
juvenil. No tanto por su contenido —que incluye elementos de cierta gravedad— como
por la simplicidad de su estructura moral y emocional. Todo está claramente
delimitado: los conflictos, las decisiones, incluso las consecuencias. No hay
zonas grises ni ambigüedades reales. En este sentido, estamos ante una película
infantil envuelta en el ropaje de una superproducción de ciencia ficción.
El
desenlace confirma esta impresión. El final feliz cierra la historia sin
fisuras, eliminando cualquier posibilidad de conflicto residual o de reflexión
más compleja. Es un cierre coherente con el tono general de la película, pero
también previsible y, en cierto modo, complaciente. No deja huella, no abre
preguntas, no invita a la relectura.
En
última instancia, Proyecto salvación es una película que funciona
mientras dura y se disuelve en cuanto termina. Su principal problema no es la
falta de recursos —técnicamente es competente— ni siquiera la acumulación de
referentes, sino la ausencia de una mirada propia. Todo en ella remite a algo
ya visto, ya sentido, ya resuelto en otras obras. Y aunque eso no impide que
funcione en un nivel básico, sí limita considerablemente su alcance.
En un momento en el que la ciencia ficción sigue explorando nuevas formas de pensar el futuro y de cuestionar el presente, películas como esta parecen mirar más hacia atrás que hacia adelante. Y hacerlo, además, sin la distancia crítica o la reinterpretación que permitirían convertir el homenaje en algo verdaderamente significativo. Aquí, en cambio, el eco de los clásicos no genera resonancia: solo repetición, sin que nada termine de quedarse.
IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ
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