LA GRAZIA: SORRENTINO REGRESA… A MEDIAS

 



CRÍTICA DE CINE

La Grazia (Paolo Sorrentino. Italia. 133 minutos. 2026).

Había en el último cine de Paolo Sorrentino una tendencia al exceso que, aun siendo deslumbrante en otros tiempos, en su obra más reciente empezaba a dar síntomas de agotamiento. Más que estilo, parecía ya inercia. Por eso resulta especialmente interesante —y en cierto modo inesperada— la aparición de La Grazia (2026), una película donde el director italiano parece corregirse, o al menos contenerse, como si hubiera tomado cierta distancia respecto a sí mismo. No es una ruptura, desde luego, pero sí una rectificación bastante visible tras el tropiezo de Parthenope (2024), cuya acumulación de imágenes hermosas terminaba por no sostener nada firme.

Aquí la belleza sigue presente —no podría ser de otro modo en Sorrentino—, pero deja de ocupar el centro. Lo que importa es otra cosa: la duda. La premisa, de hecho, tiene fuerza: un presidente de la República, ya en el final de su mandato, debe enfrentarse a decisiones límite —firmar una eutanasia, conceder indultos— que no se plantean tanto como conflictos jurídicos, sino como dilemas morales que lo atraviesan por completo. Sorrentino esquiva el dramatismo político más reconocible y desplaza el conflicto hacia el interior del personaje. Gobernar, aquí, no es ejercer poder, sino cargar con él.

Cada decisión parece filtrada por una vida previa que no termina de cerrarse. Y en ese pasado hay una figura que lo organiza todo: la esposa fallecida. No aparece como un recuerdo idealizado, sino más bien como una presencia, en ocasiones angustiosa, persistente, casi estructural. El protagonista vive suspendido entre lo que fue y lo que ya no puede ser. Hay cansancio, sí, pero también algo parecido a una fidelidad obstinada: su relación con el mundo sigue mediada por ese amor que, de algún modo, no ha desaparecido.

Es sugerente la relación con los hijos -fundamentalmente con su hija-. No hay grandes conflictos, ni escenas diseñadas para subrayar tensiones. Todo se mueve en una cercanía tranquila, casi discreta. Podría parecer que falta intensidad, pero en realidad funciona: Sorrentino evita convertir ese vínculo en un eje dramático artificial y lo deja en un segundo plano que resulta, precisamente por eso, más creíble.

La película encuentra su mejor tono en esa mezcla de gravedad y ligereza que no siempre es fácil de sostener. Los diálogos son ágiles, bastante precisos, y en algunos momentos incluso irónicos. Gracias a eso, cuestiones complejas —la muerte, la legalidad, la responsabilidad— se abordan sin caer en una solemnidad pesada. El humor aparece de forma puntual, casi como un respiro, pero nunca rompe el conjunto.

Ahora bien, no todo termina de encajar. La Grazia quiere abarcar mucho, quizá demasiado, y no siempre consigue ordenar bien ese material. Hay escenas que se alargan más de lo necesario y pierden fuerza, mientras que ciertos conflictos —sobre todo los ligados a las decisiones políticas— parecen pedir más desarrollo. No es que falten ideas, más bien al contrario; el problema es cómo están distribuidas.

De ahí surge una sensación algo extraña: por momentos la película parece larga, pero en otros da la impresión de que le falta recorrido. Como si Sorrentino hubiera optado por una estructura abierta sin terminar de asumir del todo lo que eso implica. El resultado no llega a ser fallido, pero sí deja una cierta incomodidad, una impresión de obra que no acaba de cerrarse.

Donde sí se percibe un cambio claro es en la puesta en escena. El director renuncia, al menos en parte, a su estilización más evidente y apuesta por una mirada más contenida. La cámara observa más de lo que exhibe; se detiene, no busca constantemente el impacto. Hay una voluntad de dejar espacio a los actores, de no imponerse sobre ellos. Y esa decisión, en este caso, resulta coherente.

Son las interpretaciones las que sostienen la película. Toni Servillo compone un personaje complejo desde la contención, evitando cualquier gesto enfático. Su trabajo está en los silencios, en las pausas, en esa forma de estar que transmite desgaste y lucidez a la vez. Incluso en los momentos más débiles del guion, su presencia mantiene el equilibrio. Esos celos agonizantes por un hecho acontecido hace cuarenta años son uno de los detalles que sostienen la película, incluidas las escenas finales. El resto del reparto acompaña con solvencia, encontrando una verdad que en otros tramos se le escapa al director.

Hay, además, un detalle que merece detenerse un momento: la aparición del papa. No son escenas centrales ni pretenden serlo —quizá un autohomenaje—, pero condensan bastante bien el sentido de la película. La figura pontificia aparece sin solemnidad —negro, con rastas—, integrada en ese tono humano que recorre el film. No ofrece respuestas, ni siquiera lo intenta. Es, más bien, una prolongación de la duda.

Si se compara con La gran belleza (2013), la distancia es evidente. Aquella era una obra cerrada, exuberante, plenamente consciente de su forma. La Grazia, en cambio, es más frágil, más abierta, menos rotunda. Pero quizá ahí esté su interés. Frente al vacío decorativo de Parthenope, aquí hay una voluntad real de pensar, de interrogar, aunque no siempre sepa cómo resolverlo.


No todo está resuelto, ni falta que hace. Sorrentino parece aceptar —y esto es lo más valioso de la película— que algunas preguntas no pueden cerrarse sin traicionarlas. Y en ese gesto, que tiene algo de incómodo, incluso de inestable, La Grazia encuentra su lugar. No es una obra perfecta, pero sí un paso adelante. Una película que, sin renunciar del todo a su estilo, decide enfrentarse a algo más difícil que la belleza: la incertidumbre. Y en ese terreno, menos vistoso pero quizá más honesto, Sorrentino parece volver a estar vivo. Ya se verá.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

 

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