CRÍTICA DE TEATRO. CRÍTICA DE CINE
Tras el ensayo (Versión y dirección: Ernesto Caballero. Sala Margarita Xirgú. Abril 2026).
Tras el ensayo (Guion y dirección: Ingmar Berman. Suecia. 70 minutos. 1984).
El ensayo como lugar de desgaste: verdad y ficción en Tras el ensayo de Bergman
La
adaptación de Tras el ensayo dirigida por Ernesto Caballero parte de un
problema de base: la incomprensión del material original de Ingmar Bergman.
Lejos de profundizar en el texto, Caballero se desvía de él, apostando por una
línea más cercana a un teatro de guiño fácil, con ecos que remiten más a cierto
teatro declamativo —más próximo a Marquina— que al rigor introspectivo
bergmaniano.
El
resultado es irregular. Los tiempos escénicos no terminan de asentarse y el
Henrik Vogler de Emilio Tomé parte de una interpretación natural, contenida,
pero se va desdibujando en los desequilibrios del conjunto, hasta hacer
tambalear la solidez del personaje. La relación con Anna —interpretada por
Elisa Hipólito— carece de la tensión emocional necesaria: no hay verdadera
conexión ni conflicto sostenido -una lástima también la elección de su
vestuario-. En cambio, la Rakel de Lucía Quintana, -su aspecto evoca a Liv
Ullmann-, destaca por su fuerza interpretativa, aunque en ocasiones incurre en
el exceso, favorecida por una dirección que le concede una libertad sin un
marco claro.
Elementos
como la inclusión de música de ABBA resultan ajenos al tono de la obra. El
juego metateatral, lejos de enriquecer, funciona como una coartada: más que
dialogar con Bergman, parece querer situarse por encima de él. En ese intento,
lo que emerge es una adaptación que no asimila el original y que recuerda a
ciertos montajes que toman a William Shakespeare como excusa para alejarse de
él sin construir una lectura propia.
Para
entender ese desajuste, conviene volver al original de Bergman.
Cuando
Ingmar Bergman rueda Tras el ensayo (Efter repetitionen, 1984),
no está construyendo una obra sobre el teatro en sentido convencional, sino
regresando a un espacio muy concreto: el de la creación entendida como herida.
El proyecto, en su origen, no tenía forma dramática. Bergman había pensado en
una correspondencia entre un director y una joven actriz, una serie de cartas
donde se cruzaban la experiencia, el deseo, la autoridad y la fragilidad. Ese
material fue transformándose hasta convertirse en lo que finalmente conocemos:
una pieza cerrada, contenida, casi suspendida en el tiempo, pero que conserva
el pulso epistolar en su manera de hablar, de recordar, de pensar en voz alta.
La
película se sitúa después de Fanny y Alexander, una obra que había
funcionado, en cierto modo, como una despedida. Sin embargo, lejos de
retirarse, Bergman vuelve a un espacio mínimo: un escenario vacío tras un
ensayo. Ese gesto no es menor. No hay público ni representación; el artificio
ha desaparecido. Solo queda el residuo del trabajo, el cansancio, la
repetición. Es ahí donde sitúa a sus personajes: en el momento en que todo ya
ha ocurrido y, sin embargo, aún no ha terminado.
El
director Henrik Vogler, interpretado por Erland Josephson, es una figura
reconocible dentro del universo bergmaniano. No se trata simplemente de un
personaje, sino de una proyección directa. Bergman no oculta ese vínculo. La
autoficción, en su cine, nunca ha sido un juego lateral, y aquí se vuelve casi
explícita. Vogler es un hombre cansado, inseguro, sostenido por el trabajo pero
también atrapado en él. No hay grandeza en su figura, sino desgaste. El ensayo
no es preparación, es repetición. Y la repetición, en Bergman, termina teniendo
algo de condena.
La
relación con la joven actriz introduce un movimiento esencial: la posibilidad
de repetir el pasado. No desde la nostalgia, sino desde una inercia casi
inevitable. Pero esa relación no puede entenderse sin la presencia de Rakel, la
madre de la actriz, interpretada por Ingrid Thulin. Ahí se encuentra uno de los
núcleos más complejos de la película.
Rakel
no es solo un recuerdo ni una figura secundaria. Es el pasado encarnado. Fue
amante de Vogler, y su presencia —real o evocada— atraviesa toda la película.
Él piensa en ella constantemente, como si no pudiera desprenderse de ese
vínculo. Pero lo más interesante es la forma en que está interpretada.
Thulin
no siguió exactamente la línea que Bergman tenía en mente. Su interpretación es
más emocional, más abierta, más vulnerable de lo que el director parecía
buscar. Hay en ella un exceso, una exposición que desborda el control que
Bergman suele imponer a sus actores. Y, sin embargo, Bergman termina cediendo.
No corrige esa desviación: la acepta. Ahí aparece una grieta en el conjunto,
una verdad que no está del todo domesticada.
Rakel
aparece como una figura herida, inestable, atravesada por una mezcla de lucidez
y descomposición. No es un personaje que se sostenga desde la distancia, sino
desde la caída. Y esa caída afecta a Vogler, lo desarma. Porque si la joven
actriz representa lo posible, lo que aún no se ha fijado, Rakel representa lo
que ya no puede repararse.
La
película se convierte así en un espacio donde pasado y presente no se separan
con claridad, sino que se contaminan continuamente. El ensayo no es solo
teatral, es vital. Vogler no ensaya una obra: ensaya su propia incapacidad para
cerrar sus relaciones, para terminar lo que ha empezado.
Hay
algo profundamente honesto en esta exposición. Bergman no intenta embellecer el
proceso creativo. Al contrario, lo muestra como un lugar de inseguridad, de
duda constante, de agotamiento. La creación no aparece como una fuerza
inspiradora, sino como una necesidad que persiste incluso cuando ya no hay
entusiasmo. El impulso creativo no desaparece, pero se vuelve más pesado, más
difícil de sostener.
Formalmente,
la película es extremadamente contenida. No hay voluntad de deslumbrar. El
espacio es reducido, los movimientos son mínimos; la puesta en escena, en
ocasiones, incluso torpe. Bergman era consciente de sus limitaciones en este
terreno. No buscaba una perfección formal, sino una adecuación al material. Aun
así, hay momentos en los que esa austeridad se vuelve rígida. No todo funciona
con la misma precisión.
En
ese sentido, Tras el ensayo no es una obra perfecta, pero sí
profundamente sugerente. Su interés no está en la ejecución impecable, sino en
lo que pone en juego. Hay una incomodidad constante, una sensación de que algo
no termina de encajar, y esa incomodidad forma parte de su sentido.
El
episodio de su exhibición en Nueva York resulta revelador. Bergman afirmó que
prefería que la película se viera en televisión y no en salas de cine. Pero esa
afirmación no respondía del todo a una convicción artística. Era, en parte, una
manera de proteger la obra, de controlar su recepción. Bergman no estaba
satisfecho con el resultado, y esa decisión funcionaba como una coartada. No
era del todo cierta, pero le servía.
Ese
gesto resume bien la ambigüedad de la película: una mezcla de sinceridad y
cálculo. Bergman se expone, pero también organiza esa exposición. No hay
ingenuidad en su honestidad.
La
pregunta que surge es inevitable: ¿hay en Tras el ensayo un gesto de
despedida? ¿Un agotamiento definitivo? La película podría leerse como un punto
final, como un cierre. Pero la trayectoria posterior de Bergman desmiente esa
idea. Siguió trabajando, dirigiendo, escribiendo. El final no estaba ahí.
Y,
sin embargo, la sensación permanece. No como realidad biográfica, sino como
estado. La película transmite un cansancio profundo, una conciencia del
desgaste que no necesita justificarse con un final inminente. No es un adiós,
pero sí una confrontación con el límite.
Con
el paso del tiempo, la película ha envejecido bien. Quizá porque no depende de
un contexto específico, sino de una experiencia que se repite: la del creador
que continúa trabajando cuando ya no está seguro de por qué lo hace. Esa
incertidumbre no se resuelve, se habita. Lo que Bergman pone en juego no es una
anécdota teatral, sino algo más difícil de sostener: la creación como lugar de
repetición, de inseguridad, de memoria que no se cierra.
La
película no ofrece soluciones. No hay redención ni aprendizaje claro. Solo
queda el ensayo. Y quizá eso baste.
En
ese contraste es donde la adaptación de Ernesto Caballero revela con mayor
claridad sus límites. Mientras Bergman construye en Tras el ensayo un
espacio incómodo, casi cerrado sobre sí mismo, donde la creación se confunde
con el desgaste y la memoria nunca termina de asentarse, el montaje teatral se
desplaza hacia fuera: hacia el gesto, el guiño y cierta voluntad de subrayado.
Allí donde Bergman reduce, Caballero amplifica; donde el cineasta duda, el
montaje afirma; donde el original se repliega sobre sus propias heridas, la
adaptación parece evitarlas.
Esa
divergencia no es solo una cuestión de estilo, sino de lectura. Bergman no
propone un juego metateatral ni una reflexión brillante sobre el oficio, sino
algo más difícil de sostener: la continuidad de un trabajo cuando ya no hay
consuelo en él. Al no asumir ese núcleo, la puesta en escena convierte el texto
en algo más visible, pero también más superficial, perdiendo precisamente
aquello que lo hacía incómodo y necesario.
Quizá
por eso la distancia entre ambas obras no se mide en términos de fidelidad,
sino de intensidad. No se trata de ser fiel a Bergman, sino de entender qué
está en juego en su escritura. Y es ahí donde la adaptación se queda a medio
camino: no porque se aparte del original, sino porque no logra habitarlo.
IVÁN
CERDÁN BERMÚDEZ
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