ALISON: EXTRAORDINARIA MANERA DE APRENDER A MIRAR

 

CRÍTICA LITERARIA

Alison (Lizzy Stewart. Errata Nature. 165 páginas. 2023)

Hay un momento muy concreto en Alison en el que se entiende perfectamente qué intenta contar Lizzy Stewart. No sucede nada espectacular: alguien dibuja, duda un instante, borra una línea y vuelve a empezar. Precisamente ahí, en esa vacilación mínima, aparece la esencia de la propuesta. No es un tebeo sobre el éxito artístico ni sobre el talento entendido como algo extraordinario. Es una historia sobre el miedo a no estar a la altura de lo que uno quiere hacer.

Stewart construye toda la obra desde esa inseguridad cotidiana y reconocible. Alison habla de escuelas de arte, amistades, descubrimientos emocionales y aprendizaje creativo, sí, pero sobre todo habla de la sensación constante de sentirse pequeño frente a los demás. La protagonista intenta encontrar una voz propia mientras observa a quienes la rodean con la impresión de que todos parecen tener más claro quiénes son y qué quieren hacer.

Esa inseguridad termina afectando inevitablemente a sus relaciones personales. La relación sentimental de Alison ocupa una parte esencial del libro porque permite entender hasta qué punto la confusión interior condiciona también la vida emocional. Stewart retrata a una mujer que entra en una relación buscando estabilidad, casi intentando encajar dentro de una idea de adultez que todavía no le pertenece del todo. La convivencia aparece marcada por silencios, distancias emocionales y una sensación creciente de desconexión. Lo interesante es que Stewart evita convertir la ruptura en un gran estallido dramático. La separación surge lentamente, a través del desgaste cotidiano y de la sensación de estar interpretando una vida que ya no le corresponde.

La autora también introduce una relación posterior mucho más ambigua y compleja. Alison encuentra en un artista mayor una figura fascinante, alguien que parece comprender su sensibilidad y validar su mirada creativa. Sin embargo, Stewart deja claro que esa admiración también esconde una fuerte dependencia emocional. Alison continúa necesitando la aprobación ajena para sentirse legítima como artista y como persona. El libro desmonta así cierta imagen romántica del artista masculino convertido en guía o descubridor de jóvenes creadoras.

Frente a esas relaciones sentimentales marcadas por la inseguridad y la dependencia, la amistad femenina aparece como uno de los grandes espacios de refugio emocional. La relación con su amiga íntima posee una profundidad mucho mayor que muchas de las escenas románticas del relato. Stewart retrata con enorme precisión esas amistades donde aparentemente no sucede nada extraordinario y, sin embargo, se construye una intimidad absoluta. Alison aprende a observarse mejor a sí misma a través de esas conversaciones cotidianas, de los silencios compartidos y de la sensación de sentirse comprendida sin necesidad de explicarse continuamente.

La relación con sus padres está construida desde una distancia emocional muy contenida. No existen grandes discusiones ni conflictos espectaculares, pero sí una sensación constante de incomprensión silenciosa. Alison parece debatirse continuamente entre la necesidad de independizarse y el deseo de sentirse protegida. Stewart entiende muy bien cómo ciertas inseguridades personales nacen también dentro del entorno familiar, incluso cuando aparentemente todo parece estable. La protagonista observa el modelo de vida de sus padres con una mezcla de cariño, incomodidad y extrañeza, como si intuyese que nunca podrá encajar completamente dentro de esa normalidad. Stewart nunca convierte esos conflictos en grandes dramas. No necesita escenas exageradas ni discursos grandilocuentes. La inseguridad aparece en detalles pequeños: silencios incómodos, conversaciones interrumpidas, miradas perdidas o momentos en los que Alison parece quedarse atrapada dentro de sus propios pensamientos.

La propuesta evita uno de los problemas más habituales en muchas historias sobre artistas jóvenes: convertir a los personajes en simples portavoces de ideas sobre el arte o la vida. Aquí casi todo sucede de forma indirecta. Alison aprende observando a los demás, sintiéndose inferior en ocasiones o descubriendo poco a poco que la creatividad también nace de la duda.

El dibujo resulta fundamental para transmitir esa intimidad. Stewart utiliza una línea aparentemente sencilla, pero muy expresiva. Sus personajes no están idealizados; transmiten cansancio, torpeza o incomodidad de una manera muy humana. Incluso los espacios —cafeterías, aulas, habitaciones o calles— parecen cargados de una melancolía tranquila que encaja perfectamente con el tono del relato.



También destaca mucho el uso del color. Stewart emplea tonos suaves y apagados que refuerzan la sensación de estar viendo recuerdos o fragmentos emocionales más que escenas cerradas y contundentes. Todo en el libro parece construido desde la contención. Uno de los mayores aciertos de Alison es la forma en que representa el crecimiento personal sin convertirlo en una lección moral. Alison no vive una transformación espectacular ni alcanza una gran revelación final. El cambio es mucho más pequeño y mucho más humano. Poco a poco empieza a aceptar que quizá nunca dejará de sentir dudas, pero también comprende que eso no invalida su sensibilidad ni su forma de mirar el mundo.

La novela gráfica, cómic, tebeo, entiende muy bien algo que pocas historias sobre creación artística consiguen mostrar: que aprender a dibujar no consiste solo en dominar una técnica, sino también en aprender a convivir con uno mismo. Alison madura cuando deja de buscar constantemente una validación definitiva en los demás y empieza a aceptar que la inseguridad probablemente siempre formará parte de ella. Quizá por eso el libro termina permaneciendo en la memoria. No por grandes acontecimientos, sino por todos esos pequeños momentos que Stewart sabe observar con enorme sensibilidad: una conversación incómoda, una tarde gris, una mirada buscando aprobación o una mano que duda antes de empezar un dibujo. En esos detalles mínimos es donde Alison se hace inmenso.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

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