CRÍTICA DE CINE
Bala perdida (Darren Aronovki. EEUU. 107 minutos).
Hay
algo curioso en Bala perdida (Caught Stealing, 2025): parece la
película de un director que necesitaba dejar de mirarse al espejo durante un
rato. Después de trabajos tan obsesivos y asfixiantes como Cisne negro (Black
Swan, 2010), ¡Madre! (mother!, 2017) o La ballena (The
Whale, 2022), Darren Aronofsky se lanza aquí a un thriller criminal mucho
más ligero, nervioso y juguetón de lo habitual en él. Y eso, al menos durante
buena parte del metraje, se agradece.
La
película sigue a Hank Thompson, interpretado por Austin Butler, un antiguo
jugador de béisbol cuya vida se quedó detenida el día en que su carrera se vino
abajo. Ahora trabaja de camarero, bebe demasiado y arrastra esa mezcla de
apatía y cansancio que tienen muchos personajes de Aronofsky. Todo empieza a
complicarse cuando acepta cuidar el gato de un vecino. A partir de ahí, la
película entra en una espiral de mafiosos, huidas, cadáveres y encuentros
absurdos que apenas le dejan respirar ni a él ni al espectador.
El
punto de partida recuerda bastante a Jo, qué noche (After Hours,
1985), pero también a cierto cine criminal británico de los noventa donde un
tipo corriente acaba atrapado en situaciones cada vez más ridículas y
peligrosas. Aronofsky no intenta esconder esas referencias. Más bien parece
divertirse trabajando con materiales muy reconocibles: delincuentes
extravagantes, bares nocturnos, apartamentos destartalados y personajes que
viven permanentemente al borde del desastre.
Y
seguramente ahí esté tanto lo mejor como lo peor de la película porque Bala
perdida funciona bastante bien cuando no intenta aparentar más profundidad
de la que realmente tiene. Hay ritmo, mala leche y suficiente energía visual
como para mantener el interés incluso cuando algunas situaciones empiezan a
repetirse. Nueva York aparece filmada como un lugar húmedo, cansado y un poco
mugriento, lleno de gente que parece haber tomado demasiadas malas decisiones
seguidas. Aronofsky sigue teniendo muy buen ojo para ese tipo de ambientes
urbanos donde todo parece ligeramente sucio y agotado. A veces parece una
película encontrada de madrugada en televisión y seguramente ahí reside parte
de su encanto.
Aquí
no está el Aronofsky obsesionado con destruir psicológicamente a sus personajes
ni el director empeñado en convertir cada escena en una experiencia límite. Las
muertes, las persecuciones e incluso buena parte de la violencia aparecen
tratadas con cierta ironía, como si la película prefiriera seguir moviéndose
antes que detenerse demasiado en las consecuencias. El problema es que esa
ligereza también juega un poco en su contra. Debajo del caos hay ideas
interesantes: el fracaso masculino, el deterioro físico, el alcohol, la
sensación de haber desperdiciado una vida entera. Hank pertenece claramente a
esa galería de hombres derrotados que atraviesa buena parte del cine de Aronofsky.
Igual que ocurría en El luchador (The Wrestler, 2008), el cuerpo
aparece aquí como el recuerdo incómodo de algo que ya no existe. Hank ya ni
siquiera parece un exdeportista. Parece alguien que lleva demasiados años
fingiendo que todavía puede recuperar lo que perdió. Pero la película casi
nunca se detiene lo suficiente en esas heridas. Prefiere avanzar. Meter otra
persecución, otro cadáver, otro personaje excéntrico. Todo sucede rápido y
genera la impresión de que nada termina de importar demasiado. Hay escenas que
funcionan más por energía que por verdadera tensión. La violencia aparece,
desaparece y la historia sigue adelante sin mirar atrás.
El
reparto secundario entiende bastante bien el tono excesivo de la película. Se
ha apostado por un caos caricaturesco en casi todos los personajes que parecen
estar construidos a toda velocidad. Aparecen, montan el caos y desaparecen. La
película no quiere quedarse demasiado tiempo con nadie.
Bala
perdida tiene oficio,
ritmo y suficiente energía como para resultar entretenida casi todo el tiempo. Otra
cuestión es que exista algo
verdaderamente memorable una vez aparecen los créditos finales. Un thriller
eficaz, a veces divertido y otras bastante convencional. Aronofsky suele ser
mucho más interesante cuando se obsesiona de verdad y lleva a sus personajes
hasta lugares incómodos. Aquí, en cambio, parece conformarse con pasar un buen
rato. A veces con eso basta y más en una cartelera que no deja de ser una mezcla
entre espeluznante y mugrosa.
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