CRÍMENES
DEL FUTURO (David Cronenberg. Canadá.
107 minutos. 2022).
LOS
SUDARIOS. (David Cronenberg. Canadá. 116
minutos. 2024).
A mi primo John.
Crímenes
del futuro (2022)
y Los sudarios (The Shrouds, 2024) forman un díptico
extraordinariamente revelador dentro de la última etapa de Cronenberg. Aunque
ambas películas presentan argumentos muy distintos, comparten una misma
preocupación: la imposibilidad de separar el cuerpo de la tecnología y la
necesidad humana de encontrar sentido a través de esa unión.
Crímenes
del futuro forma
una clara bilogía con eXistenZ (1999). Ambas fueron concebidas
a la vez, pero se han rodado con más de veinte años de diferencia. Las
temáticas van a la par e incluso hay secuencias que parecen interdialogar entre
ambas propuestas. El cuerpo y las diferentes maneras de “corromperlo” sería la
temática que englobaría a ambas películas. En ese aspecto entroncan con Videodrome (1983),
aunque ya el cuerpo haya virado en dirección a otras posibilidades.
Es
cierto que el cineasta canadiense ha rodado más películas, pero en todas
ellas se encontraba alejado de la autoría del libreto salvo en la
adaptación de la novela del sugestivo Don DeLillo, Cosmópolis (2012).
Tras eXistenZ, llegó Spider (2002) que, aunque no era
texto suyo, sí poseía cualidades que hermanaban con sus
temáticas habituales. Con Una historia de violencia (2005)
se adentró en otro cine más comercial, que le llevó a demostrar, una
vez más, que era un cineasta extraordinario y que no importaba el género
en el que se desenvolviese porque siempre conseguía componer buenas películas.
Lo mismo sucedió con Promesas del Este (2007). Cine
que estaba bien materializado, pero que añoraba las particularidades
del cineasta. Sirvió para demostrar que Cronenberg podría adentrarse
en otro tipo de público y, si Barbara Broccoli, hubiese tenido ojo, le habría
invitado a la franquicia de Bond con garantía de éxito y calidad
cinematográfica, aspecto que Sam Mendes no consiguió —el de la calidad—.
Con Cosmópolis, regresó a algunos aspectos de su universo y
con Map to the Stars (2014), materializó una propuesta muy
reconocible de lo que eran ciertas realidades del cine.
En
muchas ocasiones, aunque no firmase el guion, su reelaboración de los textos
era siempre perceptible y las películas ganaban un empaque que no poseían en
los borradores primerizos. Esto también sucedía con Hitchcock y con
Ford. No firmaban la coautoría de los textos, pero su presencia era inequívoca
para conseguir una solidez textual que afianzaba la propuesta global.
Tras
ese 2014, llegó el casi silencio. Su notable novela, Consumidos (2014),
parecía lanzar un mensaje que recordaba que aún seguía ahí. Retomar
un texto como Crímenes del futuro es un acierto. El juego de
poner el mismo título que en su película de 1970 es ya pura fantasía. ¿Por
qué elegir otro si el mismo es adecuadísimo? Cronenberg no juega a
provocar, analiza la realidad y suele adelantarse a acontecimientos corporales
que están por llegar. Esta película pudo llevarse a cabo por la participación
de su gran amigo Viggo Mortensen, sin él no hubiese sido posible. Es el actor
que más veces ha colaborado como protagonista y es, quizá, con el director que
mejores interpretaciones ha conseguido. Si llega a filmarse en el 2000
hubiese despertado la misma polémica que Crash en el 1996,
pero no ha sido el caso. El motivo es evidente, ya casi todo lo que se plantea
con respecto al cuerpo ha llegado o está en proceso de hacerlo.
Su
comienzo es demoledor, el asesinato que se produce es terrible. Se plantean
cuestiones como las nuevas hormonas, el dolor como necesidad, artistas performance que
buscan ese paso más a través de su cuerpo, la autoperforación, automutilación,
creación de enfermedades o extirpación de las mismas. Nada de lo expuesto está
tratado con frivolidad. El guion es concreto y la realización es tan práctica y
resolutiva que ofrece aquellas texturas de un cine que parece haber
desaparecido. El trabajo de Howard Shore con Cronenberg siempre es diferente a
todas las otras producciones en las que trabaja. Su música se inserta con
maestría en los momentos en que hace su aparición. En esta ocasión, su
presencia es casi constante. Por momentos, la película, simula ser una ópera.
Esas notas continuas a lo largo del metraje, inquietantes y altamente
melancólicas se entrelazan con las relaciones y los conflictos que
poseen como motor principal el cuerpo y la adecuación del mismo a los tiempos.
El plástico como ese enemigo que devora, pero al que se busca incluir en la
digestión humana. No faltan autopsias como espectáculos que ofrezcan respuestas
o el juego con las cámaras televisivas a la hora de captar los detalles del
cuerpo en su interior. Saul es ese artista que, junto a su compañera Caprice,
ofrece su yo esencial que muestra desde sus adentros hacia fuera. Se
ponen de manifiesto también los problemas burocráticos que puede tener un
artista. Cronenberg, de un modo u otro, siempre trabaja acerca de la condición
humana, que no deja de ser otra realidad que el propio cuerpo.
La
cirugía es el nuevo sexo y sobre él se construyen aspectos de muchas de las
relaciones que se aprecian en la historia. La intimidad se capta magistralmente
en lo que son estos personajes, artistas de ese paisaje interior que son los
órganos de nueva creación y su destrucción. La creación de un órgano nuevo es
un hallazgo de la envergadura que supone encontrar un Picasso
inédito. El síndrome de la evolución acelerada es ese motor que guía a los
personajes en la búsqueda de un sentido.
Por
primera vez en muchos años, no ha podido acompañar a Cronenberg en la dirección
de fotografía el imprescindible Peter Suschitzky. Le ha sustituido, de forma
notable, Douglas Koch aportando unos ambientes tan atrayentes como
inquietantes. Tampoco es Toronto la ciudad que da cobijo a la historia, es una
Atenas magnética y algo lúgubre, pero que hechiza. El reparto es
extraordinario. La habilidad de Cronenberg en el apartado actoral es un
prodigio. Quizá Branagh sea el que le supere en este apartado o al menos el que
está a la par pero, en el aspecto técnico, es Cronenberg el que materializa una
mayor coherencia en los tempos de los planos. Con respecto al reparto,
posiblemente a una actriz del tamaño de Kristen Stewart se le podría haber
sacado más partido, pero es algo que hubiese necesitado algunos recovecos más
en el texto. Viggo Mortensen brinda una interpretación nada confortable, pero
excelente adaptándose con soltura a los desafíos de un director que consigue
sacarle partido. Sucede algo similar con una actriz como Léa Seydoux. Abandona
su lado de confort para entregarse en un rol diferente del que sale
magníficamente parada. Don McKellar vuelve a componer una interpretación
extraordinaria e íntimamente relacionada con su papel en eXistenZ.
Resulta extraordianario volver
a ver a la “familia Cronenberg” de nuevo, a excepción del mencionado
Suschitzky. Todo funciona con precisión. Crímenes del futuro no
es la mejor película de Cronenberg, pero posee un plano final brillante en su
composición, que admite los píxeles suprimidos de color. Un acto osado y un
extraordinario punto final. Lástima que haya llegado con veinte años de
retraso. Cronenberg ha regresado para quedarse. Todo su cine es distinto y
pocos ofrecen tanto como él en cada título.
En The
Shrouds (2024), traducida como Los sudarios, David
Cronenberg, con la calma afilada de quien disecciona su propio cadáver, casi
del mismo modo en el que realizó su brillante cortometraje La muerte de
David Cronenberg (2021), regresa al territorio de lo íntimo y lo
escabroso: el cuerpo doliente, la carne intervenida y la tecnología como
víscera expuesta. Se enfrenta a ello con una madurez terminal, como si en cada
plano se arrastrara también una despedida. No es casual que Vincent Cassel —en
una de sus interpretaciones más sobrias— encarne a un viudo desorientado que
construye “ataúdes” inteligentes para seguir observando a su esposa -su
descomposición- fallecida desde una tablilla -tablet-. No solo hay un
paralelismo vital con el director, también lo hace el peinado de
Cassel, similar y que, en planos generales, parece que es el mismo director el
que campea por sus planos. El proyecto, escrito tras el fallecimiento de su
mujer, llega a ser personal hasta lo mórbido, algo no extraño en Cronenberg.
Esta
película no es un thriller futurista ni una crítica al tecnocapitalismo, aunque
juegue con esas máscaras. Es una elegía digital sobre el apego, sobre el deseo
de seguir tocando al muerto. Y como ocurre en Crash (1996),
Cronenberg no busca metáforas: quiere literalmente unir el cuerpo al artefacto.
Quiere hacer de la imagen un fémur.
Karsh,
empresario de luto, idea “GraveTech”, un sistema que permite observar el
interior de ataúdes en tiempo real. La premisa, de apariencia distópica, se
desarrolla desde el tono melancólico y casi místico del cine de varias etapas
del canadiense. Ya no hay la violencia explícita de Scanners (1981)
o Videodrome (1983), sino una devastación emocional contenida,
como en Inseparables (1988) o Crímenes del futuro (2022).La
fusión de cadáver y tecnología alcanza aquí una perversidad emocional
inquietante y sugerente. En Crash también afrontaba el deseo
enfermizo de unir carne y metal, pero lo hacía desde la pulsión erótica pero
en Los sudarios lo hace desde la pulsión de apego, desde la
imposibilidad de decir adiós.
El
argumento parece bifurcarse hacia una subtrama de conspiración internacional:
Karsh descubre que las tumbas han sido hackeadas y profanadas. Hay sospechas de
intervención china, de sabotaje, de espionaje. Pero todo es un espejismo
narrativo: la amenaza exterior se diluye como humo paranoico. Cronenberg
introduce la idea para desmontarla después, subrayando que ningún enemigo
externo puede competir con el dolor de una pérdida. La propuesta, fiel al
estilo del director, rehúye el clímax explicativo. Lo importante no es qué
pasó, sino lo que queda tras la sospecha: una imagen suspendida envuelta en un
luto eterno.
La
dirección de Cronenberg alcanza aquí un grado de distanciamiento quirúrgico. La
cámara permanece impasible, sobria, como testigo clínico del derrumbe
emocional. No hay movimientos espasmódicos, ni efectos de estilo. Todo en Los
sudarios respira contención. El ritmo pausado —y por momentos
inquietantemente estático— crea una atmósfera de duelo continuo, donde cada
plano parece resistirse a concluir. Como si el encuadre mismo se negara a
cerrar el ataúd.
Ese
tono se apoya en una fotografía precisa, obra de Douglas Koch. Las imágenes
están construidas con una geometría glacial: interiores minimalistas, muy
precisos, lujosos, colores neutros, luz quirúrgica. Los espacios
—fríos, casi inhumanos por momentos— recuerdan a laboratorios, pero también a
cámaras mortuorias. La tecnología aparece integrada con naturalidad, sin
espectacularidad: las pantallas, las interfaces, los dispositivos, se confunden
con la piel. Esta coherencia visual entre lo tecnológico y lo orgánico es clave
para que el artificio nunca parezca ajeno al cuerpo. Todo forma parte de un
mismo tejido moribundo. La luz, en lugar de revelar, sella. Sucede lo mismo con
la partitura de Howard Shore, se balancea por la trama de forma sutil.
Sobre
esta base fílmica se sostienen interpretaciones profundamente silenciosas.
Cassel, como Karsh, no interpreta el dolor: lo contiene, lo encapsula. Su
rostro es una máscara de resignación, pero bajo ella se adivina un magma
afectivo imposible de drenar. Hay en él una especie de rigidez espectral, como
si ya estuviera del otro lado. En muchos planos no actúa: habita. Cronenberg lo
convierte casi en extensión de su propia presencia: un doble emocional, un
trasunto afectivo. Cuando Cassel camina por los pasillos del tanatorio, no es
un personaje: es una idea que se arrastra.
Diane
Kruger, que da vida a la difunta Becca y a su hermana. Un doble papel
excelente. Su voz resuena a través del cuerpo de la nueva pareja, compone una
figura inquietante: no tanto una mujer, como una memoria carnal. Su presencia
es residual, espectral, y sin embargo, decisiva. Kruger logra una extraña
intensidad desde la ausencia, convirtiendo su imagen —y luego su voz— en los
ejes del conflicto interior de Karsh. En una de las escenas finales, cuando el
rostro de Soo-Min (interpretada con pulso minimalista por Sandrine Holt) se
funde con el de Becca, la intervención de Kruger resulta perturbadoramente
orgánica: es ella sin estar, es el recuerdo insertado en un cuerpo nuevo
-sucede lo mismo en su rol de hermana-.
Sandrine
Holt, por su parte, maneja con una elegancia extrema la ambigüedad de su
personaje. Es una interfaz, una mediadora entre el deseo de olvido y la
imposibilidad de duelo. Su interpretación es mesurada, llena de silencios y
miradas oblicuas. Y sin embargo, cuando Becca habla a través de ella, no se
produce una ruptura tonal: todo está ya contaminado.
En
la última secuencia la historia no juega con las nuevas ilusiones, se trata de
dejar clara la tesis de la propuesta: no hay nuevo amor posible, solo la
persistencia del anterior, reencarnado como simulacro. Es un final perturbador,
y quizás uno de los más trágicos de Cronenberg. Aquí el simulacro —envuelto
casi en pulsión íntima— no es un juego mental, sino una imposibilidad de duelo.
En Crash los cuerpos se reprogramaban con cicatrices y
prótesis para hallar placer, aquí se reescriben para seguir existiendo como
archivo del amor muerto. Las cicatrices ya no erotizan: ahora suplantan.
La
película no termina: se suspende. Como una oración interrumpida. Karsh viaja,
pero no escapa. Becca sigue hablando a través de Soo-Min. El beso final no
anuncia una nueva vida, sino una prolongación enferma de la anterior. La
tecnología, en lugar de consolar, prolonga el duelo.
Los
sudarios es menos
una película sobre la muerte que una película sobre no poder dejar morir. Su
cámara, sobria y melancólica, asiste al velatorio de la carne con una frialdad
que hiela. Cronenberg ya no necesita provocar: le basta con mostrar. Y lo que
muestra es devastador. Porque más allá de las pantallas, más allá de la
conspiración o del artificio digital, queda la imagen muda de un hombre que no
puede soltar la mano de su esposa, ni siquiera cuando ya solo queda hueso.
Enorme Cronenberg.
IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ
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