CUÁNTAS NOCHES SON ESTA NOCHE: LA VIDA COMO FUGA

 

CRÍTICA LITERARIA

Cuántas noches son esta noche

Autor: Juan Domingo Aguilar.

Editorial: La navaja suiza.

Páginas: 179

Año: 2025


Cuántas noches son esta noche, de Juan Domingo Aguilar, tiene un comienzo muy bueno. Entra rápido en la historia, sin demasiados rodeos, y desde las primeras páginas aparece ya esa sensación de cansancio emocional que va a atravesar toda la novela. Hay noches, ciudades, relaciones rotas, conversaciones que parecen importantes solo porque ocurren de madrugada. Y durante bastante tiempo funciona. El lector tiene la impresión de estar siguiendo a alguien que todavía cree que puede encontrarse a sí mismo en otra ciudad o en otra vida.

Posteriormente, la novela empieza a girar demasiado sobre las mismas ideas. El protagonista cambia de lugar, vuelve sobre antiguas amantes, bebe, desaparece, reaparece, recuerda conversaciones, atraviesa hoteles y madrugadas como si en algún momento todo eso fuera a conducirle a alguna parte. Pero no ocurre. Cada huida termina pareciéndose a la anterior. Probablemente ahí esté la idea central del libro. Más que un hombre que intenta encontrarse, el protagonista parece alguien que lleva demasiado tiempo jugando a ser otro. Incluso jugando a ser escritor. Habla de literatura, convierte constantemente su vida en recuerdo y sus relaciones en material sentimental, pero rara vez da la sensación de estar construyendo algo verdadero con todo eso. Vive dentro de una especie de identidad melancólica que necesita seguir moviéndose para no quedarse quieta frente al vacío.

Juan Domingo Aguilar escribe bien. Tiene frases muy buenas y sabe mirar ciertos detalles pequeños: una habitación de hotel, una conversación incómoda, el silencio después de una noche larga. Ahí aparece lo mejor de la novela. El problema es que muchas veces la escritura insiste demasiado en el mismo estado emocional. Algunas escenas parecen prolongarse más de lo necesario y la sensación de deriva termina volviéndose repetitiva.

Da la impresión de que la novela habría ganado fuerza siendo un poco más seca. Hay momentos en los que parece tener miedo de cortar o de dejar espacios vacíos. Y, sin embargo, cuando más funciona es precisamente cuando deja de explicarse. Cuando la tristeza aparece sola, sin subrayados, en un gesto o en una frase perdida.

También los personajes secundarios quedan algo desdibujados. Las mujeres aparecen casi siempre filtradas por la nostalgia del protagonista, convertidas en recuerdos o en versiones de algo que ya no puede recuperar. Todo queda absorbido por esa mirada cansada de alguien que vive más pendiente de lo perdido que de lo que todavía tiene delante.

Aun así, la novela retrata bastante bien a un tipo de personaje muy reconocible hoy: alguien que confunde el movimiento con la transformación. El protagonista cree continuamente que otra ciudad, otra noche o incluso otra versión de sí mismo podrían salvarlo. Pero el vacío reaparece siempre. Eso es quizá lo más triste del libro. No la pérdida amorosa ni las huidas, sino la sensación de estar viendo a alguien que lleva tanto tiempo convirtiendo su vida en relato que ya no sabe muy bien quién es cuando se termina la noche y se queda solo.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

 

Publicar un comentario

0 Comentarios