EL VIAJE DE PACO ROCA: EL TIEMPO MUERTO DE LOS DERROTADOS

 


CRÍTICA LITERARIA

EL VIAJE (Paco Roca. Astiberri. 190 páginas. 2026)

La peor compañía para una espera larga suele ser uno mismo. Paco Roca lo sabe y convierte ese principio en el motor de El viaje. Mientras un vuelo cancelado lo obliga a permanecer varios días en Argentina, su protagonista aprovecha ese paréntesis involuntario para revisar las ruinas de un matrimonio que ya no tiene arreglo.

Durante esos días conoce a una vendedora de juegos de mesa con la que comparte conversaciones, vasos de Fernet con Coca-Cola, algunos tequilas y largas horas suspendidas fuera de la rutina. Ella escucha. Él recuerda. Entre ambos surge una conexión amable y pasajera que sirve de marco para una historia mucho más íntima: la recapitulación de una relación terminada y el juego de la conexión para vivir instantes que son alejados de uno.

Lo primero que llama la atención de El viaje es que parece menos interesado en contar una historia que en ordenar unos sentimientos. Hay algo de confesión y algo de ajuste de cuentas con uno mismo. Paco Roca no construye un relato de culpables e inocentes. Tampoco busca el dramatismo de las grandes rupturas sentimentales. Lo que le interesa es algo mucho más cotidiano y reconocible: cómo una relación puede deteriorarse lentamente mientras nadie parece darse cuenta.

El protagonista examina algunos de los motivos que contribuyeron al fracaso de su matrimonio. La obsesión por la creatividad, el trabajo convertido en prioridad absoluta, los viajes, las promociones y esa tendencia tan contemporánea a situar el desarrollo personal por encima de cualquier otra cosa. No hay revelaciones extraordinarias, pero sí una honestidad poco frecuente. Fran descubre que mientras perseguía proyectos y objetivos profesionales iba dejando atrás a quienes más le querían.

La gran virtud del libro es que evita el resentimiento. Podría haber sido una historia de reproches. También una narración marcada por la culpa. Sin embargo, Roca opta por un tono mucho más difícil de sostener: el de la aceptación. El protagonista intenta comprender qué ocurrió sin convertir a nadie en enemigo. La herida sigue abierta, pero ya no sangra con violencia. Lo que queda es una tristeza serena.

Las dos hijas ocupan un lugar importante en esa reflexión. No protagonizan la narración, pero aparecen constantemente como una presencia afectiva imposible de ignorar. Son el recordatorio de que una separación nunca afecta únicamente a una pareja. También representan aquello que permanece cuando todo lo demás parece haberse roto.

Hay además una dimensión observacional que resulta especialmente atractiva. Mientras espera el vuelo que nunca termina de llegar, Fran contempla las rutinas de vidas ajenas. Empleados del hotel, viajeros perdidos, clientes habituales de un bar que parece existir fuera del tiempo. Paco Roca se detiene en esos personajes secundarios con la misma curiosidad con la que observa sus propios recuerdos.

Ese bar constituye uno de los escenarios más sugerentes del libro. Tiene algo de refugio para náufragos sentimentales. Un lugar suspendido en una época indefinida donde las conversaciones se alargan entre vasos de fernet con Coca-Cola y tequilas compartidos. Allí la espera deja de ser una molestia para convertirse en una forma de vida provisional.

En esas páginas sobrevuela un espíritu que recuerda a la Argentina sentimental de Fito Páez y, especialmente, a El amor después del amor. No porque el libro cite constantemente la canción, sino porque comparte con ella una misma intuición: después de una pérdida importante la vida continúa, aunque ya nunca vuelva a ser exactamente igual. Los personajes de El viaje parecen moverse dentro de ese estado emocional ambiguo donde el dolor todavía existe, pero empieza a transformarse en otra cosa.

También está muy presente la idea del adiós sin despedida. Muchas relaciones no terminan con una gran discusión ni con una escena definitiva. Simplemente se desgastan. Se van alejando poco a poco hasta que un día resulta imposible regresar al lugar donde comenzaron. El matrimonio que recuerda Fran pertenece a esa categoría. No hay una causa única que explique el fracaso. Lo que aparece es una acumulación de pequeñas ausencias, conversaciones aplazadas y prioridades mal distribuidas.

Formalmente, Paco Roca vuelve a demostrar su enorme capacidad narrativa. Los flashbacks están integrados con gran naturalidad gracias al uso del color. El lector identifica inmediatamente cuándo se encuentra en el presente argentino y cuándo está asistiendo a un recuerdo. El recurso funciona porque no interrumpe el flujo de la narración. Los recuerdos aparecen del mismo modo que lo hacen en la vida real: desencadenados por una frase, una imagen o una conversación aparentemente trivial.



La metáfora es evidente desde muy pronto, pero funciona. Fran está atrapado en Argentina esperando un vuelo que no llega, igual que permanece atrapado en una etapa de su vida de la que tampoco sabe cómo salir.  No todo funciona con la misma intensidad. El abundante anecdotario que acompaña la estancia en Argentina provoca ciertos desequilibrios. Hay episodios secundarios que enriquecen la historia y otros que parecen simples apuntes de cuaderno trasladados directamente a las páginas. En algunos momentos el libro pierde fuerza y da la impresión de que Roca se deja llevar más por la acumulación de recuerdos que por las necesidades de la narración.

Quizá por eso El viaje no alcance la potencia emocional de obras como Arrugas. Aquí no existe una estructura tan sólida ni una historia tan poderosa como las que sostenían trabajos pasados. Sin embargo, la lectura conserva un atractivo constante gracias a la sinceridad del planteamiento. El tebeo no pretende descubrir nada nuevo sobre el amor ni sobre las rupturas. Lo que ofrece es algo más sencillo y quizá más valioso: la observación de una persona intentando comprender su propia vida. No hay grandes lecciones. Tampoco soluciones. Sólo preguntas.

Al terminar la lectura permanece una sensación extraña. No se ha asistido a una reconciliación, ni a una catarsis, ni siquiera a una conclusión definitiva. Lo que queda es la imagen de alguien que ha decidido mirar de frente aquello que perdió. Desde la distancia geográfica y emocional, Fran contempla el fracaso de su matrimonio como quien observa un paisaje que ya no puede habitar.

El viaje no aporta demasiadas novedades al panorama de la novela gráfica contemporánea. Tampoco parece tener interés en hacerlo. Es un libro pequeño, irregular por momentos, más cercano al cuaderno íntimo que a la ficción. Se lee con agrado y contiene verdad emocional. Como esos encuentros fortuitos que sólo pueden ocurrir durante una espera inesperada, encuentra su mejor versión cuando deja de buscar respuestas y se limita a acompañar la incertidumbre.

IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ

 


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