LA VENGADORA DE LAS MUJERES: YO LAS QUIERO DEFENDER, MÁS NO DEJAR DE QUERER

 


CRÍTICA DE TEATRO

La vengadora de las mujeres. (de Lope de Vega.  Dramaturgia: Alfonso Plou y María L. Insausti. Dirección Carlos Martín. Teatro Clásico. Madrid).

Lope escribe La vengadora de las mujeres hacia la primera década del XVII, cuando Madrid vive el auge de tertulias y academias literarias, caldo propicio para la aparición de un espécimen tan raro como polémico: la dama culta.

Nuestro dramaturgo vive entonces su plenitud literaria integrado en la vida cortesana. Afianzado en su dominio de la comedia nueva, consolida estilo y refina la comedia urbana y palatina, en contacto con un entorno culto afín a sus mecenas. Son los años de La discreta enamorada, El perro del hortelano y La dama boba, obras con las que esta pieza guarda claras concomitancias.

Tras su estreno en el Teatro Principal de Zaragoza, la Compañía Nacional de Teatro Clásico y Teatro del Temple inauguran temporada en Madrid rescatando este Lope de madurez. Con estructura sólida, versificación brillante y personajes de trazo magistral, la comedia bosqueja con sorprendente modernidad un paisaje efímero de liberación femenina que en esta versión se vuelve imperecedero.

En esta obra, Laura, princesa de Bohemia, crea una escuela de mujeres para corregir signos de ignominia literaria y despreciar a los hombres. La crítica reciente ha destacado el empoderamiento femenino como eje de la pieza, pero, ¿es realmente protofeminista la lectura de Lope? La representación de mujeres cultas en el Barroco español y en el primer clasicismo francés es un objeto de mofa que da cuenta de la tensión entre realidad social, ideología patriarcal y ansias de modernidad. 

Tanto Lope como Molière construyen figuras femeninas que reflejan o parodian la presencia creciente de mujeres instruidas en las cortes. Lope crea un amplio abanico de mujeres cultas, desde las razonadoras hasta las eruditas militantes, dentro del cual se encuentra Laura, quien domina filosofía y retórica, y cuestiona abiertamente la autoridad masculina. Pero también la inteligencia de Finea, La dama boba, “despierta” gracias al amor, lo que revela la idea barroca de que la mujer culta es deseable siempre que no desestabilice el orden social.

A estas mujeres Lope, las admira: son ingeniosas, brillantes, capaces de debatir; pero las teme: su exceso de razón o libertad puede romper el orden, por lo que las integra en la comedia para que puedan ser “reencauzadas” hacia el matrimonio o la obediencia simbólica. No solo Lope, Tirso de Molina criticará la afectación y retórica vacía de doña Magdalena en La celosa de sí misma al igual que lo hará Calderón con doña Ángela en La dama duende por su «exceso de ingenio», y si hubo una pluma especialmente afilada en estos lares, habría de ser la de Quevedo en su sátira La culta latinparla. Fuera de nuestras fronteras tampoco faltará un Molière que escriba Las preciosas ridículas, Las mujeres sabias o La escuela de las mujeres sobre la educación femenina y el miedo a la mujer instruida.

La propuesta escénica de Teatro del Temple respeta el texto clásico y lo combina con una lectura contemporánea basada en la interpretación y un diseño escenográfico que concilia anacronismos. El espacio único, blanco y lacado, se transforma mediante la sustitución de pinturas —de Caravaggio al hombre de Vitruvio— y la reubicación de un mobiliario mínimo. La sala única se va descomponiendo de forma modular para sugerir un espacio mutable, definido por las conversaciones que en este suceden (palacio, escuela, galería, jardín) mediante cambios de elementos o sutiles reubicaciones del parco mobiliario compuesto por dos bancos alargados. 

El vestuario incide en dicha desubicación temporal apostando por elementos simbólicos, ya sea en el color de las prendas o la rigidez trasmutada en ligeras transparencias de la protagonista que acusan su busto, su feminidad, la debilidad que será también su fortaleza.  Añade peso simbólico el color que de forma llamativa impregna el vestuario de los pretendientes ataviados con trajes de esgrima durante toda la función, no solo en la justa final. Será precisamente una dama travestida quien luzca el traje blanco: Laura, cuya ropa se había ido oscureciendo en el transcurso de la pieza y que finalmente recobra claridad.

La dirección del reparto equilibra respeto al texto y actualización escénica, potenciando la mordacidad sin suavizar aristas. Añade densidad la presencia de criados representados como polillas antropomorfas, criaturas adheridas a esa sociedad anquilosada que invaden el espacio y que no se muestran como tales hasta el acto final en el que una de ellas despliega sus alas antes de caer fulminada. 

Silvia de Pé naturaliza la poesía del verso sin perder ritmo ni claridad, construyendo un arco emocional coherente entre militancia y enamoramiento. Por su parte, José Vicente Moirón aporta un contraste que evoca la contemporaneidad más rabiosa en su encarnación del vividor, aunque se echa en falta una escena que justifique la atracción hacia él. El elenco se beneficia de una coreografía gestual fluida y gags distribuidos con mesura, salvo puntuales excesos de histrionismo. La plasticidad visual y física se ven acentuadas por una serie de efectos sonoros que evocan coros celestiales o abejorros por momentos, ampliando la dimensión metafórica.



El conjunto del elenco consigue forjar un tono compacto bien sustentado en la musicalidad del octosílabo, cuyo esquema presenta variaciones para marcar cambios de tono o emoción. En general, el cuidado de la prosodia es formidable, sin por ello renunciar a la comicidad verbal y su coordinación con cómplices movimientos aclaratorios. Aunque el verso se precipite a veces en boca de un fresco Secun de la Rosa, quien parece priorizar naturalidad sobre claridad, la pauta rítmica y sus inflexiones sumergen al espectador en el verso sin esfuerzo, haciendo accesible su sensibilidad y enorme belleza.  

En definitiva, nos encontramos ante una interpretación sólida y estéticamente atractiva, cuyo enfoque facilita la recepción del público actual. Se trata de una adaptación valiente que mantiene la esencia del texto y atenúa la restauración del orden social patriarcal con que Lope concluía su pieza. El director compone un final ajustado a la tesis sorora que subraya la compatibilidad del amor con la lucha por los derechos de las mujeres. Laura no claudica, aun concediendo la imposibilidad de vivir sin hombres, persevera en su voluntad de reivindicación y defensa de la mujer. 

Quizá no sea preciso, como reza el programa de mano, denominar protofeminista a la pieza, pero sí en cambio verla como parte de un amplio movimiento de crítica, sátira y debate sobre la mujer culta, donde Lope combina ideas avanzadas con un tratamiento cómico. Ello no resta valor a la relectura con perspectiva de género a la que nos invitan la CNTC y el Teatro del Temple bajo la dirección de Carlos Martín, quien ha sabido resignificar con gusto un valioso, casi desconocido, texto del siempre inmortal fénix de los ingenios. 

NURIA PÉREZ MATESANZ


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