CRÍTICA DE CINE
Marty Supreme (Josh Safdie. EEUU. 149 MINUTOS. 2025).
La gigantesca campaña publicitaria que acompañó el estreno de Marty Supreme (Marty Supreme, 2025) terminó teniendo bastante más fuerza que la propia película. Durante meses se habló del nuevo trabajo de Josh Safdie como si fuera uno de los grandes acontecimientos cinematográficos del año: Timothée Chalamet transformado otra vez en personaje extremo, una historia inspirada libremente en el mundo del tenis de mesa profesional y el regreso de uno de los directores estadounidenses más asociados al cine nervioso y urbano de la última década. Pero una vez desaparece todo el ruido promocional, lo que queda es una película profundamente irregular, excesivamente larga y demasiado enamorada de sí misma.
La historia sigue a Marty Mauser, un buscavidas obsesionado con la fama, el dinero y la necesidad permanente de llamar la atención. Josh Safdie intenta convertirlo en una especie de símbolo grotesco del éxito americano contemporáneo, aunque el guion nunca termina de profundizar realmente en esa idea. La película avanza a golpes de energía, saltando continuamente entre la sátira, el drama deportivo y la comedia histérica sin encontrar un tono verdaderamente sólido. Ese termina siendo uno de los grandes problemas de Marty Supreme: la sensación de que la película nunca deja de correr porque teme detenerse un instante. Todo aparece acelerado. Los diálogos, el montaje, la cámara y hasta la manera en que los personajes se relacionan entre sí parecen diseñados para generar ansiedad continua. Hay escenas donde esa energía funciona y Safdie consigue recuperar parte de la tensión incómoda que ya aparecía en Good Time (Good Time, 2017) o Diamantes en bruto (Uncut Gems, 2019). Pero aquí el exceso acaba devorándolo todo.
La película se alarga muchísimo más de lo necesario. Llega un momento en que Marty engaña, improvisa, manipula y vuelve a fracasar tantas veces que todo empieza a parecer una variación continua de la misma escena. El personaje deja de evolucionar y la historia termina girando sobre sí misma. El espectador comprende muy pronto quién es Marty: un hombre obsesionado con convertir su vida en espectáculo. Safdie, en cambio, tarda demasiado en asumirlo.
Da la impresión de que el director está demasiado fascinado por su protagonista. Incluso cuando intenta criticarlo, la película parece admirarlo. Ahí aparece la gran contradicción de Marty Supreme: quiere hablar sobre el exceso, el ego y la fabricación pública del éxito mientras termina cayendo exactamente en esa misma lógica. Todo necesita ser más grande, más ruidoso y más intenso de lo necesario.
Visualmente sí aparecen momentos muy potentes gracias al trabajo de Darius Khondji en la dirección de fotografía. Probablemente sea lo mejor de toda la película. Khondji consigue darle textura a los espacios nocturnos y a los interiores decadentes mediante una fotografía llena de neones apagados, colores enfermizos y una sensación constante de desgaste físico. Algunas imágenes transmiten mucho más sobre el vacío del personaje que el propio guion. Hay secuencias nocturnas donde Marty parece moverse dentro de una ciudad fantasmal, atrapado en un espacio que nunca deja de vibrar. El problema es que Safdie tampoco sabe detenerse ahí. Incluso las escenas visualmente más logradas terminan invadidas por nuevos movimientos de cámara, cortes rápidos o personajes gritando unos encima de otros. La película parece desconfiar constantemente del silencio.
La interpretación de Timothée Chalamet funciona mejor durante la primera mitad. Tiene presencia y entiende bien el narcisismo del personaje, pero con el paso del metraje la actuación empieza a repetirse. Marty vive permanentemente acelerado: habla rápido, se mueve rápido y gesticula rápido. Faltan momentos de pausa que permitan descubrir algo más detrás de toda esa fachada exhibicionista. En Un completo desconocido (A Complete Unknown, 2024) había muchos más matices emocionales. Aquí Chalamet parece atrapado dentro del propio ritmo neurótico de la película.
Gwyneth Paltrow está bastante desaprovechada. Durante algunos momentos parece que la película quiere construir una relación más compleja entre su personaje y Marty, pero nunca termina de desarrollarla. Algo parecido ocurre con Fran Drescher, reducida casi siempre a una presencia excéntrica más que a un personaje real. Muchos secundarios entran y salen del relato sin dejar demasiada huella, como si la película estuviera constantemente mirando hacia el siguiente momento de caos.
También el guion transmite una sensación continua de dispersión. Introduce conflictos, personajes y relaciones que después abandona rápidamente. Hay ideas interesantes sobre el espectáculo convertido en identidad y sobre la obsesión americana por fabricar mitologías alrededor de personajes mediocres, pero Safdie prefiere casi siempre el movimiento antes que la observación. La película confunde intensidad con saturación. Quizá ahí esté el verdadero problema de Marty Supreme. Todo acaba siendo demasiado: demasiada duración, demasiados gritos, demasiada música, demasiada cámara moviéndose y demasiada necesidad de impresionar continuamente al espectador. Safdie rueda como si el silencio fuese un enemigo.
No se trata de una película completamente fallida. Hay escenas potentes, una atmósfera visual muy trabajada y momentos donde reaparece el talento incómodo del director. Pero el conjunto termina resultando agotador. Marty Supreme quiere ser una gran reflexión sobre el ego y el espectáculo contemporáneo, aunque al final queda atrapada exactamente dentro de aquello que intenta retratar. Mucho ruido, mucha histeria y bastante menos película de lo que parecía prometer.
IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ
0 Comentarios