CRÍTICA DE SERIES DE TELEVISIÓN
Dear England (Paul Whittington, Rupert Goold, Inglaterra. 4 episodios de
57 minutos 2026).
Una serie tan inteligente como el
proyecto que retrata: la adaptación televisiva de la obra de teatro más
aclamada del teatro británico reciente se ha adaptado con ambición, valentía y
algunas imperfecciones que no ocultan su poderío. Había cierta ironía perfecta
en que James Graham, el dramaturgo de Nottinghamshire que convirtió el fútbol
inglés en alta cultura, eligiese el nombre del seleccionador para su obra más
celebrada. Dear England —"Querida Inglaterra"— viene de una
carta abierta que Gareth Southgate escribió a los aficionados durante la
pandemia. Graham la tomó prestada y la transformó en el título de algo mucho
mayor: un examen despiadado y conmovedor de la identidad nacional a través del
deporte. La obra se estrenó en junio de 2023 en el Olivier Theatre del National
Theatre de Londres con Joseph Fiennes en el papel del seleccionador, ganó el
Olivier Award y agotó todas las entradas antes de trasladarse al West End. Ahora,
se ha convertido en una miniserie de cuatro episodios —rechazando, conviene
recordarlo, una oferta más lucrativa de Netflix— y el resultado es, con
matices, un triunfo.
Lo primero que hay que señalar de esta Dear
England televisiva es lo que dice su propia existencia: que es un proyecto
articulado con una coherencia poco habitual. Graham ha adaptado su propio
texto, Rupert Goold —director de la obra original— firma los dos primeros
episodios -los más flojos en cuanto a imagen-, y Joseph Fiennes repite el papel
que le dio una de las mayores ovaciones de su carrera. Es la misma gente, el
mismo espíritu, conscientes de que la televisión exige otra cosa.
Esa
conciencia se nota. La serie no es un traslado literal: añade aproximadamente
una hora de material nuevo respecto a la obra, incorpora la Eurocopa 2024
—donde Inglaterra llegó a la final para perder ante España— y lo hace con
inteligencia dramatúrgica. Lo añadido no desentona y se cierra de forma
positiva, quizá algo distinta a lo que planteaba, pero no entorpece.
No es una serie propiamente de fútbol. Más
bien se adentra en una triple pero unida problemática: si las personas, una institución
y un país pueden cambiar. Southgate llega a la selección en 2016 como interino
y se convierte en permanente sabiendo que tiene que hacer algo que nadie le ha
pedido explícitamente: reformar la cultura emocional de un vestuario construido
sobre el miedo al fracaso. Su primer movimiento significativo es contratar a
Pippa Grange, psicóloga deportiva, para que trabaje con los jugadores no sobre
los penaltis sino sobre lo que hay detrás de ellos. Lo que importa, según este
Southgate, es qué ocurre en la cabeza antes del golpeo del balón. El fútbol
como síntoma de algo más profundo.
La relación entre Southgate y Grange —interpretada por Jodie Whittaker con una
calidez sin sentimentalismo— es uno de los ejes más logrados de toda la
producción. Hay ahí una química intelectual y humana que la cámara capta mejor
que el escenario: dos personas que se reconocen en su manera de entender que el
rendimiento deportivo es inseparable de la salud psíquica. Grange introduce en
el vestuario inglés conceptos que en el fútbol masculino de élite seguían
siendo tabú: la vulnerabilidad como fortaleza, el miedo como información, la
identidad como algo que no debe construirse sobre el resultado. Cuando
Southgate abandona ese enfoque en los últimos compases —desesperado por ganar
antes de que le despidan— la serie lo lee como una traición a sí mismo con
consecuencias inevitables. Es la lectura más interesante que propone la serie:
que la derrota ya estaba dentro, antes de pisar el campo.
Dear England no rehuye los asuntos incómodos. La homofobia en el fútbol
—uno de los grandes silencios del fútbol profesional, que a día de hoy sigue
sin tener ningún jugador abiertamente gay en las cuatro primeras divisiones
inglesas— aparece sin eufemismos, como parte de la misma masculinidad tóxica
que Southgate intenta desmantelar. La serie entiende que la represión emocional
que impide a un jugador admitir que tiene miedo es la misma que impide a un
vestuario ser un lugar donde alguien pueda vivir abiertamente su
homosexualidad. Son la misma enfermedad con distintos síntomas.
El racismo sufrido por los jugadores negros tras la derrota en la final de la
Euro 2020 ante Italia, con las redes sociales convertidas en cloaca, recibe
también un tratamiento que no aparta la mirada. La serie tiene el valor de
mostrar que el proyecto de Southgate no era sólo táctico ni psicológico: era
político, en el sentido más preciso de la palabra. Estaba hablando de qué
Inglaterra quería ser.
Joseph Fiennes construye un Southgate de precisión milimétrica. La postura
siempre ligeramente contenida, la voz baja incluso cuando hay urgencia, la
mirada que medita antes de responder: es un retrato de la reserva como forma de
liderazgo. Lo que consigue en las escenas largas —los monólogos, las
conversaciones con Grange, los momentos en que Southgate habla a sus jugadores
de su propio fracaso en 1996— es extraordinario. El problema aparece cuando la
dirección decide subrayar los tics físicos del personaje en plano detalle. En
el contexto de una conversación o una dinámica grupal esos gestos funcionan:
dicen algo sobre la tensión interior que la voz no muestra. Pero aislados en un
primer plano que los convierte en objeto de contemplación se vuelven
ilustrativos en el peor sentido. Lo que en el teatro opera como lenguaje del
cuerpo —donde el espectador está a distancia y el actor llena el espacio—
necesita en televisión ser integrado, no exhibido. Es un error de dirección, no
de interpretación. Fiennes sabe exactamente lo que está haciendo; quien no
siempre sabe ilustrarlo es la dirección en su continuo e innecesario subrayado.
Dear England tiene otro debe que conviene matizar. La serie arranca con
vocación teatral declarada: no pretende disimular su origen escénico, y esa
decisión tiene un atractivo estético evidente. Pero cuando en los dos primeros
capítulos hay que recrear el fútbol real —los partidos, la presión del campo,
el tiempo detenido antes de un penalti— la dirección oscila entre lo estilizado
y lo torpe sin encontrar su propio lenguaje. Hay momentos en que la distancia
teatral funciona como elección consciente y coherente; hay otros en que parece
simple incapacidad para resolver la representación del deporte en imágenes. La
diferencia entre ambas cosas se aprecia y aleja.
Esta
tensión se resuelve en los episodios tercero y cuarto, cuando la serie
encuentra definitivamente su paso. Paradójicamente, es cuando el fútbol deja de
ser el problema a representar para convertirse en el marco de una tragedia
personal e institucional. La Eurocopa 2024, la derrota ante España en la final,
la lenta disolución de la autoridad de Southgate sobre sí mismo: todo eso se
narra con una eficacia creciente. El cuarto episodio recupera el pulso
narrativo y da a Fiennes la oportunidad de mostrar algo que los primeros no
terminaban de construir: el agotamiento de alguien que ha intentado algo
difícil y verdadero y ha llegado hasta casi el final, pero no del todo.
La serie provoca inevitablemente una reflexión para el espectador español: ¿Por
qué se ha ninguneado la historia de Luis Aragonés con la selección La figura del técnico de Hortaleza, su
relación con los jugadores, la resistencia de la vieja guardia, el momento en
que España dejó de ser una promesa permanente para convertirse en la mejor
selección del mundo: eso es material dramático inmejorable, tan rico como el
que Graham encontró en Southgate. Que nadie lo haya hecho todavía dice algo
sobre la diferencia entre dos maneras de entender la relación entre cultura y
deporte.
Dear England no siempre encuentra la forma visual adecuada para contar
el fútbol, pero sí encuentra algo más difícil: una forma inteligente de hablar
sobre el fracaso. Y eso explica por qué permanece en la memoria bastante
después del pitido final.
IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ
0 Comentarios