CRÍTICA
LITERARIA
El año pasado en Marienbad. Recuerdos del futuro (Hilario J. Rodríguez, Providence
ediciones. Colección Telemark. 2024. 214 páginas.)
Hilario
J. Rodríguez tardó décadas en atreverse a escribir sobre El año pasado en
Marienbad (L'Année dernière à Marienbad, 1961). No por falta de
ideas, sino por exceso de película. Cada vez que se sentaba a intentarlo, la
obra de Alain Resnais y Alain Robbe-Grillet le devolvía la mirada desde el otro
lado, inmutable, esperando que él se rindiera primero. Al final lo hizo: se
rindió, y el resultado es Recuerdos del futuro, la primera monografía en
español dedicada íntegramente a uno de los filmes más debatidos y menos
explicados de la historia del cine. Que hayan tenido que pasar sesenta y tres
años dice algo sobre la crítica cinematográfica, no sobre la película.
El
libro no pretende resolver nada. Rodríguez lo deja claro desde el principio: no
hay solución al enigma de Marienbad y cualquier crítico que crea haber
encontrado la llave ha confundido la cerradura con el cuadro que la oculta. Su
apuesta es otra. En lugar de explicar la película, decide habitarla, recorrer
sus pasillos como los personajes que la pueblan: sin llegar a ningún sitio
concreto, pero sin dejar de moverse. El ensayo imita formalmente aquello que
describe y esa decisión, constituye su mayor acierto.
Lo
que Rodríguez construye es ilustrativo: La invención de Morel, de Adolfo
Bioy Casares, como posible origen del guion que Robbe-Grillet negó siempre
haber leído; Piranesi y sus arquitecturas imposibles como antecedente visual de
los pasillos del balneario; W. G. Sebald, que en Austerlitz dejó que el
espectro de Marienbad recorriera su novela casi sin nombrarlo; y Borges,
presente en varios ángulos a la vez, como acostumbra. Cada referencia abre un
corredor nuevo. Ninguno conduce a la salida porque no existe.
Uno
de los momentos más fértiles del libro es la reconstrucción del vínculo entre
Resnais y Robbe-Grillet, dos hombres nacidos el mismo año y, sin embargo,
profundamente distintos. El escritor perseguía un cine sin psicología, donde
objetos y espacios existieran con la misma frialdad que la realidad. El
director era lo contrario: un soñador que había crecido enfermo y recluido,
lector de cómics, coleccionista de imágenes, incapaz de filmar sin implicarse
emocionalmente. Robert Smithson, citado por Rodríguez, resumió esa tensión con
precisión: Robbe-Grillet intentó destruir «el corazón romántico de las cosas»
al escribir el guion y Resnais lo restituyó al rodarlo. La película nace
precisamente de ese conflicto. Si uno de los dos hubiera impuesto completamente
su visión, El año pasado en Marienbad no existiría.
El
hallazgo más perturbador del libro llega cuando Rodríguez visita el Palacio de
Schleissheim, uno de los escenarios del rodaje, en noviembre de 2023. Lo que
descubre allí apenas había sido incorporado a la reflexión sobre la película:
durante la Segunda Guerra Mundial el palacio funcionó como depósito del arte
robado por los nazis a familias judías de toda Europa. Más de veintiún mil
piezas catalogadas. Cuadros, manuscritos y objetos personales arrebatados a sus
propietarios antes de enviarlos a los campos de concentración.
Rodríguez
no convierte ese dato en una tesis ni fuerza ninguna alegoría. Simplemente lo
coloca ante el lector y recuerda que Resnais había filmado Noche y niebla
(Nuit et brouillard, 1956) apenas cinco años antes de El año pasado
en Marienbad y que, durante el rodaje, el equipo realizó una visita a
Dachau, a escasos trece kilómetros de Múnich, registrada en una película
doméstica en súper 8 por la figurante Françoise Spira. Recuperadas décadas
después entre sus pertenencias, esas imágenes constituyen hoy el documento más
íntimo conservado sobre el rodaje. Hay algo inquietante en todo ello que
Rodríguez, con buen criterio, se niega a resolver.
En
el último capítulo, Rodríguez se detiene en lo que la película hizo a quienes
la realizaron. Resnais rodó durante cincuenta y tres años más sin volver a
provocar un debate semejante. Robbe-Grillet pasó el resto de su vida
respondiendo preguntas sobre la película en conferencias y presentaciones, con
una mezcla de orgullo y cansancio que el autor describe con precisión. Delphine
Seyrig quedó durante años identificada con el personaje de A, hasta que Chantal
Akerman y Marguerite Duras le permitieron escapar de aquella imagen de estatua
viviente. Françoise Spira, que tenía treinta y tres años cuando apareció como
extra y treinta y seis cuando se suicidó, terminó convirtiéndose en directora
cuarenta y cinco años después de su muerte gracias al hallazgo casual de
aquellos diez rollos de película. Nadie sale del balneario igual que entró.
Recuerdos
del futuro no ofrece el
consuelo de la explicación. Demuestra, en cambio, que existen obras ante las
que la crítica solo puede adoptar una actitud verdaderamente honesta: aceptar
que nunca llegarán a comprenderse del todo y seguir regresando a ellas. En esa
actitud ha permanecido Hilario J. Rodríguez durante décadas. Y en esa
persistencia, más que en cualquier interpretación concreta, reside la verdadera
inteligencia de este ensayo.
IVÁN
CERDÁN BERMÚDEZ
1 Comentarios
Que interesante Hilario!
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