El día de la revelación (Steven Spielberg, EEUU, 2h 25 minutos,
2026)
CRÍTICA
DE CINE
La
pregunta que plantea El día de la revelación no es si existen o no los
extraterrestres. Es otra: quién tiene derecho a administrar la verdad. Una
premisa extraordinariamente fértil que Spielberg desperdicia bajo una montaña
de géneros, subtramas y personajes que compiten entre sí sin que nadie arbitre
el partido.
No
aburre pero tampoco aporta. Las dos horas y veinticinco minutos avanzan con
oficio suficiente para mantener al espectador en la butaca, aunque sean excesivos.
El oficio solo ya no basta, y esa es precisamente la incomodidad que deja la
película: no la del fracaso, sino la de la ocasión perdida.
El
problema nace en el guion. La historia parte de una idea del propio Spielberg,
desarrollada luego por David Koepp, colaborador habitual desde Parque
Jurásico (1993). Sus mejores películas llegaron cuando el material le
imponía límites desde fuera. Encuentros en la tercera fase (1977)
hablaba del deseo de trascender. E.T. el extraterrestre (1982) convertía
un encuentro imposible en una historia sobre la infancia y la pérdida. Minority
Report (2002) usaba la ciencia ficción para hablar de vigilancia y libre
albedrío. Todas tenían una línea dramática clara. Aquí esa claridad desaparece,
y se nota de dónde viene la dispersión.
La
película -siguiendo una espantosa moda de hace unos años- quiere ser demasiadas
cosas. Thriller paranoico, road movie, ciencia ficción clásica,
reflexión sobre los medios, fábula humanista, drama de persecuciones. Un plato
combinado en el que cada ingrediente conserva su sabor pero el plato no tiene
el suyo. Se dispersa, es inconsecuente, y cada nueva idea desplaza a la
anterior antes de que tenga tiempo de respirar. El dilema central —si hay que
revelar al mundo la existencia de vida extraterrestre, con todo lo que eso
implica para las creencias, las instituciones, el orden establecido— tiene un
recorrido moral enorme. La película lo enuncia y sigue adelante hacia otra
cosa. Las preguntas flotan sin elementos que las anclen.
El
olor a refrito es constante. Ecos de La visita (2015) —con sus mismos
problemas—, de Encuentros, de Minority Report, de E.T.
Pero donde esas películas tenían filo, originalidad y búsqueda, esta tiene
contornos borrosos. Los extraterrestres son el prototipo de siempre: gran
cabeza, ojos saltones, extremidades largas. Parecen sacados de un catálogo de
cincuenta años de iconografía extraterrestre, sin misterio, sin fascinación,
reconocibles antes que inquietantes. En una película que trata precisamente
sobre el descubrimiento de lo desconocido, esa falta de sorpresa visual pesa
demasiado. El planteamiento busca fuentes americanas fundamentales del género
—los paralelismos con Hansel y Gretel, los ecos de H.G. Wells, la figura
del mediador— pero los convoca sin propósito, como quien colecciona referencias
en lugar de digerirlas.
La
inteligencia artificial aparece mucho y de manera demasiado obvia. Tan
señalada, tan subrayada, que pierde cualquier capacidad de inquietar. Lo mismo sucede
con el lenguaje y las matemáticas como código de contacto: huele a visto. El
problema no es que esté, es cómo está.
Colin
Firth hace de villano con un resultado más cómico que amenazante. No es el
actor, es el personaje: mal concebido, sin lógica interna, oscilando entre el
burócrata, el conspirador y la caricatura. Debería encarnar la amenaza
institucional, el rostro del secreto convertido en poder. Un antagonista que
nunca consigue convertirse en amenaza es un problema estructural, no
interpretativo. Tampoco el resto del reparto ayuda mucho -ni Emily Blunt pese a
sus esfuerzos-, ni la fotografía, ni el montaje. Todo parece orquestado por un
Spielberg que parece ahogado en una creencia que no consigue transmitir.
Las
escenas de persecución irrumpen sin que la narrativa las convoque, como
obligación industrial más que necesidad dramática. La planificación resuelve
problemas sin transformarlas en la emoción
que pretenden. La música de John Williams, que en colaboraciones anteriores
abría espacios emocionales que las imágenes solas no alcanzaban, aquí
simplemente acompaña. No estorba pero tampoco está.
Cuando
la película abandona la épica y se mete en las intimidades, cuando atiende a la
fragilidad de los personajes y a esa paradoja de saber mucho del universo y muy
poco de uno mismo, aparece el Spielberg que importa. Esos tramos son los
mejores de la película y, paradójicamente, los que demuestran lo que podría
haber sido con una mirada más recogida y menos ambiciosa. El personaje de la
novia, con su pasado en el convento, prometía algo en esa dirección: una
textura distinta, una pregunta oblicua sobre la fe frente a lo inexplicable.
Queda sin desarrollar, como tantas cosas
Con
una hora y media y una mano exterior dispuesta a recortar sin piedad habría
ganado. Tal como está, la duración pesa más de lo que el material justifica. La
cuestión final es inevitable. ¿Se juzgaría igual esta película firmada por
otro? No. Se hablaría de una superproducción competente y excesivamente
ambiciosa, incapaz de ordenar todo lo que pone en circulación. La decepción no
nace de compararla con el cine de hoy, sino con el suyo propio. Ahí está la
medida real del desencanto. Las mejores películas de Spielberg dejaban una
imagen imposible de olvidar. De El día de la revelación permanece, sobre
todo, la sensación de que dentro había una película mucho mejor intentando
salir. Y esa es la mayor decepción que puede provocar un director de su talla.
IVÁN CERDÁN BERMÚDEZ
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